POR BLAS PIÑAR
La reforma política,
es decir la Transición, fue acompañada, por la eclesiástica y la castrense. La
concurrencia de la tres, según mi punto de vista, no fue casual. Las tres
coincidieron para cumplir con un objetivo que no era solo el de poner fin al
régimen político que tuvo su origen en el Alzamiento del 18 de Julio de 1.936,
sino el de descristianizar y degradar a la sociedad y abrir, con alguna
cautela, pero sin descanso, a quienes pretendían y pretenden ahora, con escasas
dificultades, mutilar o deshacer la unidad de España y cambiar su identidad
histórica. Me he ocupado en otras ocasiones de las tres reformas coincidentes.
Ahora me limito a recordar, en el marco de la política, a quien desempeñó para
lograrla, un puesto decisivo. Me refiero a Adolfo Suárez.
No conozco bien su carrera profesional, y solo sé que
opositó, sin obtener éxito, a Jurídico de la Armada. Lo que conozco, que es lo
que importa destacar, es su carrera política. Comenzó siendo secretario
particular del Gobernador civil y Jefe provincial del Movimiento, en Sevilla,
Hermenegildo Altozano, con el que hizo amistad en el despacho de Fernando
Herrero Tejedor, cuando éste era Vicesecretario General del Movimiento.
Luego, Adolfo Suárez fue Gobernador y Jefe provincial de
Movimiento, en Ávila, Director general de Radio y Televisión en el Ministerio
de Información y Turismo, Vicesecretario, y, después, Ministro –Secretario del
Movimiento, y, por último, presidente del Gobierno (después de Carlos Arias) ya
instaurada la Monarquía. Le conocí personalmente cuando era Director general y
yo Notario de Madrid. Tratándose de documentos que precisan de la fe pública, y
que deben de otorgar las Administraciones, éstas tienen que solicitar de los
Colegios Notariales correspondientes al Notario de turno para que los autorice.
Por dicha exigencia me correspondió a mí autorizar uno de
esos documentos en el Ministerio de Información y Turismo. Se trataba de un
tema vinculado a la Dirección General a cuyo frente se hallaba Adolfo Suárez.
La conversación no profesional, fue cordialísima. Adolfo Suárez estuvo
simpático y amable conmigo.
Los encuentro con Adolfo Suárez fueron escasos, pero los
enfrentamientos, aunque pocos, muy importantes, porque fueron ideológicos y
tácticos.
Para contribuir a su clarificación, aludo, en principio, a
una reunión del Consejo Nacional de Movimiento, convocada después de la muerte
de Franco. Era preciso cubrir por cooptación dos vacantes de Consejero. Así
estaba legalmente previsto ya que aún no se había promulgado la Constitución. José
Antonio Girón de Velasco tomó la palabra y nos dijo que parecía conveniente, y
hasta necesario, que el Secretario general del Movimiento fuera Consejero
nacional, y que no siéndolo Adolfo Suárez debíamos nombrarle, para cubrir una
de las dos vacantes. El argumento era fuerte y quien lo esgrimía una
personalidad política leal a Franco y de enorme prestigio e influencia.
Por eso, sin duda, captó la voluntad de casi todos y Adolfo
Suárez resultó elegido. Tuve la presunción –y tenía algunos motivos para ello-
de que este nombramiento facilitaría la Transición. No le voté. Mi voto fue
para el General de aviación José Ramón Gavilán y Ponce de León, un auténtico
caballero, que fue segundo jefe de la casa militar del Caudillo. Estoy seguro
de que Girón de Velasco, pensó, o le hicieron pensar, que contando con Adolfo
Suárez, la Transición, llamada reforma, no sería la que se llevó a cabo.
El propio Adolfo Suárez demostró que no me equivoqué. El
lector podrá convencerse teniendo a la vista lo que dijo con respecto a Franco,
antes, y después de que este falleciera.
Ataviado con camisa azul, se expresó así al tomar posesión
de la Vicesecretaría General del Movimiento: “se trata de continuar la ingente
labor del Caudillo (y pongo de manifiesto) mi lealtad a un Régimen nacido de la
necesidad de recuperar la identidad nacional del país y su legitimidad como
Estado que, encabezado por el general Franco, ha sabido dar respuesta en
circunstancias cambiantes y desde luego no fáciles, al reto de mantener unido
su destino como país, acelerar su progreso y posibilitar su vida democrática.
Te pido, ministro secretario, que hagas llegar al Jefe Nacional de Movimiento
mi gratitud por su generosa designación y especialmente el testimonio de
lealtad de este español de filas que aprendió en la dureza de su tierra
abulense a ser fiel a la palabra dada y estricto cumplidor de sus
obligaciones”.
En esa misma línea de pensamiento, Adolfo Suárez, a la
muerte de Franco, se pronunciaba así: “El paso de los siglos no borrará el eco
de su nombre, unido siempre al recuerdo de una justicia social y un progreso
como nunca antes conociera nuestra patria. Con él logró España ser una, grande
y sobre todo libre de cualesquiera fuerzas extrañas a sus propios designios. La
obra de Franco perdurará a través de las generaciones”. (El Alcázar, 21 de
Noviembre de 1.975).
Antes del referéndum de 15 de Diciembre de 1.978, convocado
para aprobar la Constitución, dirigiéndose, sin duda al franquismo sociológico,
habló así: “no ignoramos nuestro inmediato pasado, el construido por la
excepcional figura de Franco, (y lo) asumimos con responsabilidad y recogemos
su herencia para perfeccionarla”.
Pues bien, a pesar de estar reiteradas manifestaciones de
fidelidad a Franco y de su carrera política deslumbrante en su régimen, en el
diario italiano “La República” hizo saber lo que sigue: “España está saliendo
gradualmente, pero con absoluta firmeza, de la larga y triste vicisitud de la
dictadura”.
Para liquidar la “dictadura”, en la que tuvo cargos tan
relevantes, Adolfo Suárez, jefe del Gobierno de la Monarquía parlamentaria,
antes de que la Constitución de 6 de Diciembre de 1.978 se aprobase en
referéndum, inició la tarea liquidataria del Régimen. Frívolamente, en la
Cámara legislativa, habló de desdramatizar la situación realmente dramática que
vivía España, pidiendo que se legalizase lo que estaba en la calle, incluso a
los partidos políticos, entre ellos el comunista, dando paso a las
preautonomías, y concediendo el voto en las elecciones a partir de los
dieciocho años.
Convocadas las elecciones generales, que tuvieron lugar el
15 de Septiembre de 1.977, Adolfo Suárez, sin inconveniente por parte de la
corona, no respetó la incompatibilidad, legal entonces, de ser candidatos los
que formaban parte del gobierno, sosteniendo que la misma afectaba a los
ministros pero no al presidente del Consejo.
Otro encontronazo tuvo lugar en la Cámara legislativa cuando
defendí mi enmienda a la totalidad del proyecto de ley para la reforma
política, que se había publicado en el boletín Oficial de las Cortes del 21 de
Octubre de 1.976. Era jefe del Gobierno Adolfo Suárez, cuyo nombre para serlo,
se incluyó, a petición del rey, en la terna que debía presentarle el Consejo
del Reino. Del debate, y, por tanto, de mi intervención, hay constancia literal
y escrita, en el mencionado Boletín, y en el primer volumen de mi libro
“Escrito para la Historia”. Uno y otro -debate e intervención- tuvieron enorme
resonancia en la prensa. Tuve la impresión de que mi discurso, muy aplaudido,
fue casi unánime. La sesión fue suspendida, aunque se reanudó poco después. En
los pasillos, Adolfo Suárez me felicitó dos veces en término efusivos. Pero una
cosa son los aplausos y otras los votos. El proyecto de ley tuvo 425 votos a
favor, y 59 en contra. Las abstenciones fueron 13 y no estuvieron presentes 34
diputados.
El primero de Abril de 1.978, en el Cine Madrid, se
conmemoró el día de la Victoria, con un lleno absoluto. Mucha gente tuvo que
escuchar los discursos en la plaza, donde el local abre sus puestas, a través
de los altavoces que, previéndolo, se habían instalado.
La verdad es que quienes estaban fuera no pudieron oírlo al
completo, ya que la policía, obedeciendo órdenes de la superioridad, cortó los
cables. Yo cerré el acto. Mis palabras no debieron gustar al gobierno, que
presentó una querella contra mí. Fue rechazado por el Juzgado nº 7, por
estimar, y con razón, que yo era consejero nacional del Movimiento, pues estaba
vigente la Ley Orgánica del Estado, y porque, además, y con arreglo a la misma,
la querella, por una parte, tenía que presentarse ante la Sala Segunda (la
penal) del Tribunal Supremo y, por otra, obtener una respuesta afirmativa al
suplicatorio que era preciso dirigir al Consejo Nacional. Si esto no fuera así,
se pondría de relieve la ilegalidad del nombramiento de Adolfo Suárez como
Presidente del Gobierno, que se hizo de conformidad con dicha Ley Orgánica.
Con un lleno absoluto, el 18 de Julio de 1.979, en la Plaza
de Toros de las Ventas (y por consiguiente en Madrid), hubo un acto convocado
por Fuerza Nueva, conmemorativo de la fecha del Alzamiento Nacional. En las
hemerotecas podrá encontrarse información superabundante sobre el mismo. Lo
traigo a colación porque ante veinte mil personas, o treinta mil, (así lo
contaba la prensa) dije, entre otras cosas, que “la aprobación, en este 18 de
Julio, del Estatuto vasco es como si alguien quisiera restregarnos el texto a
los patriotas”.
En este momento la plaza entera irrumpió en gritos contra el
presiente Suárez. Así puede leerse en la página entera en la que “El Imparcial”
del día siguiente daba cuenta del acto. Este grito prueba que había un respaldo
a nivel popular de la postura que veníamos manteniendo contra la reforma que
nos conduciría a la desintegración de España, en la que participaron de forma
decisiva Adolfo Suárez y la “Unión de Centro Democrático” que él presidía.
En el Congreso de los diputados, y en varias ocasiones, pude
manifestar mi distanciamiento político –no personal- de Adolfo Suárez. Destaco
la de 30 de Marzo de 1.979, en la sesión de su investidura, y la de 17 de
Septiembre de 1.980, en la que negué mi voto a la petición de confianza que
había pedido a los congresistas. Estas relaciones, no gratas, siguieron
produciéndose cuando Adolfo Suárez, ya cesado como Jefe de Gobierno –y disuelta
la U.C.D- era presidente del “Centro Democrático Social”. Así lo puso de
relieve en la nota, que no pudo desconocer, publicada en Valencia con motivo de
la “Convención de Juventudes Europeas” (de signo nacional).Estábamos en el mes
de Marzo de 1.992.
La nota decía así: (esta Convención) es un “espectáculo
bochornoso, de clara ideología racista y postulados xenófobos (por lo que)
mostramos nuestra repulsa, (siendo) necesario que las Cortes Valencianas y sus
parlamentarios democráticos demuestren que por una vez son capaces de llegar a
un acuerdo en algo tan importante como es la condena de actos como el de la
cumbre fascista que pretende organizar en Valencia la ultraderecha europea”.
No quiero concluir este trabajo sin destacar el tremendo poder,
tanto de la propaganda, como de la postura acomodaticia de quienes se enmarcan
en lo que se viene llamando políticamente correcto. La evidencia de los hechos
demuestra que la propaganda hace opinar de forma incorrecta y errónea a
quienes, por otra parte, están en un campo ideológico distinto, y, por otra, a
quienes, para presumir de objetivos, siéndolo en general, dejan de serlo para
evitar ataques de quienes han logrado el poder y pueden criticarle y de algún
modo castigarle.
Quiero referirme a los dos supuestos y con relación a este
último, al historiador Manuel Fernández Álvarez, y en concreto a lo que se
puede leer en la página 541 de su libro “España. Biografía de una nación”
(Editorial Espasa. Madrid 2011):“hay que recordar al político que supo hacer
realidad el sueño del Rey. Curiosamente se trataba de un antiguo falangista
que, cambiando su orientación política, hizo posible desmontar desde dentro el
antiguo tinglado político del régimen franquista para llevar a España a ese
régimen de libertades que anhelaba el Rey. Y ese político fue Adolfo Suárez ”Por lo que respecta al poder de la
propaganda, me sorprendieron lo que opinaban el almirante José Toribio Merino,
el colaborador más íntimo de Pinochet, en Chile, y el General argentino Juan
Carlos Onganía, que fue Presidente de la República. El primero me dijo, creo
que literalmente: “es un acierto providencial que España haya encontrado un
hombre como Adolfo Suárez para la Transición política”; el segundo me hizo –no
recuerdo la frase exacta –un gran elogio del mismo.
Finalizo mencionando a Sigfrido Hillers de Luque. Coincido
con su opinión-diagnóstico-dictamen que hace en uno de sus libros, y en un
artículo publicado en “La Nación”, de 12 de Abril a 9 de mayo del año 2.000:“El
régimen jurídico-político de Franco, no se hundió a la muerte de Franco….fue
dinamitado (en una) voladura controlada por (sus) antiguos ministros (como por
ejemplo) Adolfo Suárez”.
Franco debió preverlo en su último mensaje escrito, que vale
la pena reproducir: “No olvidéis que los enemigos de España y de la
civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros, y para ello
deponed, frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español,
toda mira personal ”Esos enemigos están
ganando la batalla ¿Quiénes la han facilitado con la quiebra de su juramento,
el, con el olvido o descalificación de la Cruzada, con su voto en las
elecciones o con su falta de unidad para defender los valores innegociables?
*Fundador de Fuerza Nueva, político, notario y escritor, que
falleció el 28 de enero de 2014.
Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda






