Me lo manda mi hermano, hombre de bien, militar esférico (lo mires pon donde lo mires, militar).
"Que cada cual piense lo que quiera. Yo estoy de acuerdo
hasta la médula..."
Rafael Ruiz de Eguílaz y Mondría
Como a los ministros de
Defensa del PP los nombra el Rey –a los del PSOE se limita a jalearlos-, tengo
a Morenés por el último y más acabado ejemplo de lo que podríamos llamar
burocracia de amortización de las Fuerzas Armadas. Desde Narcís Serra acá
(porque Oliart fue una calamidad en el juicio a los golpistas del 23F, según
decía el propio presidente Calvo-Sotelo), los militares han dejado de ser un
problema político, alivio que los jóvenes quizás no valorarán pero que los
mayores agradeceremos siempre. A cambio, precisamente desde el 23F, han dejado
de figurar colectivamente como garantía última de la integridad nacional, en
favor del Rey, en teoría su Comandante Supremo pero que, en la práctica, se ha
limitado a hacer de guardián de la fiera uniformada -anestesiada, politizada,
jibarizada y, al fin, exhausta- y se ha plegado a todas las fórmulas de
liquidación nacional promovidas por el PSOE y CiU, siempre, eso sí, que el
Gobierno de turno le dejara campo libre para sus líos y negocios, civiles o
militares. Hoy las Fuerzas Armadas no dan miedo, pero viéndolas morir en
Afganistán dan pena, y viéndolas mudas ante el desmantelamiento nacional, dan
lástima.
Lo peor de Morenés no es su
persona, que desconozco, ni su política de personal, si la tiene, ni su
política en general, que no la puede tener. Lo peor es que ha llevado a la
milicia el discurso de la nulificación ciudadana. Será un gran profesional,
pero de un sector al que no consigo tener respeto: ese amplio e impreciso
negociado de la venta de armas cuyos ejecutivos van de lo privado a lo público
y de Indra al Ministerio, o sea a La Zarzuela. Lo que me parece exigible es
que, al menos, no se crea que burocrático y militar pueden ser sinónimos y que
una palabrería leguleyesca sirve para dejar clara la posición política y
militar de una nación en un conflicto como el de Gibraltar. No le pido
elocuencia. Le pido un mínimo de educación.
Y hay frases recientes de
Morenés indignas de superar la reválida de Bachillerato. Veamos algunas:
1/ "El conflicto no tiene
que ver con la soberanía"
Todo conflicto relativo a
Gibraltar tiene que ver siempre con la soberanía. Gibraltar es en sí mismo un conflicto
de soberanía. Difícilmente podría dejar de serlo cualquier cosa relativa a
Gibraltar.
2/ "Esto no es el siglo
pasado. No funciona así".
Efectivamente, no es el siglo
pasado. Es el siglo XVIII. Y desde entonces funciona exactamente así: como un problema
de soberanía que de ningún modo puede solventar ningún tratado, empezando por
el de Utrecht, que los británicos han vulnerado sistemáticamente desde
entonces. Y desde el siglo pasado hay un mandato de la ONU para descolonizar
Gibraltar. Si no ha funcionado hasta ahora es por la permanente oposición
británica y la torpe desidia española, pero, sí, debería funcionar justo así.
3/ "Es un anacronismo
pretender llevar este contencioso al nivel de un conflicto militar".
Anacronismo es mantener la
colonia militar de Gibraltar en suelo español. El conflicto de soberanía abarca
a todas las áreas, empezando por las de seguridad, cuyo escalón máximo es el
militar.
Y 4/ "Total
normalidad" en las maniobras militares británicas. ¿Después de estallar el
conflicto, que, como incluso Morenés entiende, es de orden legal, es decir,
después de un desafío de las autoridades de la colonia al Gobierno español y de
lesionar los intereses de los españoles, ¿cómo van a ser "normales"
unas maniobras militares de la potencia colonial? Para los que se sienten a
gusto como sujetos obedientes, puede. Para los ciudadanos españoles, desde
luego que no. Para los militares españoles, menos aún.
En realidad, tanto para los
militares como para los civiles españoles, lo triste, por no decir lo
indignante, es tener a un ministro de Defensa como Morenés.
Y si te hace falta cargar las pilas
Cuatro hombres en un
paisaje hostil
Me telefonea Augusto
Ferrer-Dalmau, nuestro pintor de batallas. El que tiene la maldita Internet
saturada, entre otras cosas, de reproducciones de ese lienzo sobre Rocroi -El
último tercio, es el título- al que todos los amigos se ven en la obligación de
enviarme enlaces en plan «Éste te va a gustar», etcétera. Y me dice, el
compadre, que vaya a Valladolid, a su estudio, que ha terminado el cuadro sobre
Afganistán. Que me lo quiere enseñar antes de librarse de él. Y como los amigos
están para fastidiarlo a uno, allá me voy, resignado, carretera arriba hasta
Valladolid, oyendo a Carlos Herrera en la radio. Y le aterrizo al pintor en su
estudio con buena luz de media mañana, perfecta para mirar bien su último
trabajo. Y allí, entre sables, morriones, pistolones, pellizas de húsar y otros
artilugios que Augusto utiliza como motivos para ambientar sus trabajos, está
el último cuadro, grande, estupendo: La patrulla, se llama. Y muestra, en un paisaje
desolado y desértico, con colinas ocres al fondo, las casas de un pueblucho
mísero; y entre ellas y el espectador, como si el jefe de la patrulla acabara
de volverse hacia atrás para mirar a los hombres que lo siguen, cuatro soldados
españoles y uno afgano, que con equipo de combate caminan espaciados, las armas
a punto, internándose cautos por territorio hostil, mientras el sol del
atardecer proyecta en el suelo sus sombras largas sobre la tierra calcinada.
Sé que para Augusto es un
cuadro importante. Su homenaje personal a los soldados españoles que combaten
-ésa es la palabra exacta, pese al lenguaje perifrástico oficial- desde hace
tiempo en Afganistán, y cuya misión se encuentra en fase de repliegue. Augusto
ha pintado este cuadro para donarlo al museo del Ejército de Toledo. A fin de
documentarlo pasó varios días con las tropas españolas, a tiro de los talibán.
Jugándosela en posiciones avanzadas, peligrosas. He visto el álbum
extraordinario de bocetos que trajo de allí como material base: retratos,
apuntes, paisajes, estudios de luz, de sombras, rostros de afganos,
paracaidistas y legionarios españoles, cada uno con su historia, sus notas
minuciosas, sus referencias útiles para el proyecto. Paradójicamente, tras esa
copiosa cantidad de material, la obra final sobre el lienzo aparece por
contraste vacía, casi desnuda, absoluta en su simplicidad; en su árido paisaje
y en esos casi solitarios hombres duros que pisan aquel peligroso rincón del
mundo. Misión de paz, misión de guerra, fiel infantería de toda la vida, la
misma que aparece en el ya legendario lienzo sobre el último cuadro en Rocroi.
La vieja y única historia posible: lealtad a los compañeros inmediatos más que
a las grandes palabras huecas y a las cambiantes banderas donde tanto canalla se
envuelve y medra. Un cuadro grande, un paisaje árido, unos soldados. Cuatro
españoles que caminan por un paisaje hostil, protegiéndose serenos unos a
otros. Sabiendo que nadie les agradecerá nada. Realizando con pundonor y
sencillez el trabajo por el que les pagan, como llevan haciéndolo desde hace
siglos. Desde que la palabra guerra, por azares de la vida y de la Historia, se
interpone en el camino del ser humano.
«¿Qué te parece?»,
pregunta Augusto, parándose a mi lado. Está inquieto, como siempre que enseña
un cuadro nuevo. Con esa inseguridad del artista humilde que, pese a su dominio
del oficio, sabe que cada trabajo es empezar otra vez desde cero, jugársela.
Este último lienzo -penúltimo en realidad, pues acaba de abocetar otro sobre la
batalla de San Marcial- me gusta mucho, y se lo digo. Lo hago sin demasiada
retórica, pues sé que los elogios excesivos intranquilizan más que ayudan. Hago
observaciones, señalo algún detalle que me llama la atención. Luego nos
quedamos los dos mirando el cuadro en silencio, y al rato comento: «Lo has
clavado, cabrón». Entonces Augusto sonríe, relajado al fin. «Es mi homenaje
-dice-. Y cuando la misión allí termine, escribiré detrás los nombres del
centenar de muertos que hemos tenido en Afganistán. Aunque en el museo no se
vean, yo sabré que están ahí». Apruebo la idea. Después me pide que elija un
boceto para mí, entre los que tiene tirados por el suelo. Quiere hacerme ese
regalo. Escojo uno magnífico, de un legionario barbudo, y Augusto sonríe.
«Quiero que pongas alguna cosa detrás de La patrulla, de tu puño y letra, y que
lo firmes. Que quede ahí para siempre». Es un honor, respondo. Me entrega un
rotulador, y con él me voy detrás del cuadro. Pienso un momento, y escribo:
«Durante siglos, en cada una de sus huellas estuvo España».
José V. Ruiz de Eguílaz y Mondría
Coronel de Caballería

