LA CODORNIZ
revista más audaz,
para el lector más inteligente.
EL SORDO
Buenos días.
- No señor, no. Yo no tengo ninguna tía.
- ¿Se le murieron a usted?
- Yo muy bien. ¿Y usted?
- Bien, gracias.
- Para ir al Paseo de las Acacias, tiene que tomar el metro de Embajadores.
- Señor mío: está usted bastante sordo.
- Ya ve, pues yo creía que había adelgazado.
- ¡Pero si yo no le digo que esté gordo!
- Un poco: sobre todo del oído izquierdo.
-¿Quiere usted mil pesetas?
- Vengan.
- Entonces ¿lo de la sordera es un camelo?
- Gracias, prefiero los bombones.
- Pues que se los compre su tía.
- Buenos días tenga usted.
- En fin -yo vengo a cobrar una factura.
- Sí: ha bajado la temperatura.
- ¡No! ¡Digo que vengo a cobrar!
- Ya lo creo. ¡Y lo que tiene que bajar!
- ¡Es que vengo a cobrar un recibo!
- ¿Qué días son los que recibe?
- Bueno; pero ¿es que me quiere usted tomar el pelo?
- No señor; no tengo el gusto de conocer a su abuelo.
- Pero si yo no digo eso.
- A mi también; sobre todo el roquefort.
- ¡Cá!, donde esté el Gruyére que se quiten todos los demás quesos.
- Usted lo que quiere es que yo le de Roquefort.
- Hablando francamente, sí.
- Eso quisiera usted.
- Ande, deme Roquefort.
- Si quiere usted que le de Roquefort, deme usted a mí Gruyére.
- Es que el Gruyére es mucho más caro.
- Pero ahora que me fijo. Si es usted sordo, ¿cómo entiende lo que le digo?
- Si está usted citado con un amigo, por mi no lo deje.
- Bueno, ¿me paga usted de una vez?
- ¿Conque la cita es en la calle del pes? ¡Pues ya se puede dar prisa!
- ¡Qué poca vergüenza tiene!
- Hasta la semana que viene.
TINER
Arroyito