No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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27/3/11

Ley de Vagos y maleantes






Otra memoria histórica. (I)

El artículo referente a la Ley de vagos y maleantes que en este mismo Cajón de Sastre insertó hace dos días el poeta Col. R. G. Andradas, me sugirió el comentario que allí figura y que quedó inconcluso porque su continuación requería un espacio mayor que el que con buen criterio creo debe concederse a un simple comentario.

Por ello y para dar cumplimiento a mi anuncio de continuarlo, expondré seguidamente cuanto al respecto pudiera tener interés para quienes nos leen.

Decía yo que conocía a quienes aparecían en las fotografías que ilustran aquel artículo; y así es o por lo menos eso creo, pues cuando yo los conocí personalmente, entre los años 1947 y 1952, estaban sus fisonomías ya muy cambiadas. Y no era para menos, pues es de tener en cuenta que sobre ellos habían trillado dos años (1934-1936) de “medidas progresistas” en su centro de internamiento, tres años (1936-1939) de fatigoso genocidio de “fascistas”, seis o más años de trámites judiciales y de extinción de condena por los delitos que se les hubieran inculpado, y para adornar la faena un viajecito a pie desde la provincia de León, en donde habían sido puestos en libertad, hasta repasar el Alto de los Leones, camino de Madrid.


Pero vayamos al detalle de los hechos:

Como ya he dicho en algún comentario, yo era hijo de guardia civil. Entre los años 1.947 y 1.952, vivíamos en la pequeña casa-cuartel de un pueblo de la sierra madrileña, y ocurría con bastante frecuencia que parejas de agentes de servicio en carreteras conducían a aquel puesto a individuos desconocidos e indocumentados que viajaban andando; a tales individuos les era tomada declaración para poder conocer su identidad y otros datos de interés policial, luego y con los datos declarados se telegrafiaba a sus lugares de origen en solicitud de información sobre la veracidad de los datos declarados; a veces, en pocas horas quedaba resuelto el trámite y el preventivamente detenido podía ser repuesto en libertad o pasaba a disposición judicial, lo que correspondiera. Pero cuando el tiempo necesario para la comprobación de identidad se prolongaba, los detenidos eran conducidos al calabozo municipal, el cual se hallaba situado a una distancia aproximada a dos kilómetros; conducción que era realizada a pie, ya que el puesto no disponía de vehículo apto para realizar ese tipo de servicio, lo cual producía la consiguiente incomodidad para el conducido y para los componentes de la pareja encargada de realizar la conducción, sobre todo cuando concurrían situaciones atmosféricas desfavorables –incomodidad a la que por entonces no se le concedía mucha importancia, pues entre las clases populares aún se consideraba que lo natural, “lo de toda la vida”, era el desplazarse andando; y así era frecuente el oír en las conversaciones corrientes el conformista autocalificativo de pertenecer a la “gente de a pie”–.

El Ayuntamiento de la localidad tenía concertado con el propietario de un bar-fonda cercano al cuartel el suministro de las comidas para los detenidos que pudiera haber en éste; pero en aquellos años la comida aún era un bien muy apreciado por causa de su escasez (y no sólo se acusaba escasez en España, ya que toda Europa padecía las consecuencias ruinosas de la recién terminada II G. M.), así que, cuando llegaba al puesto algún detenido con aspecto de desnutrido, las esposas de los agentes del mismo (informadas por su respectivo marido), caritativamente apartaban algo de la comida familiar y por medio de alguno de los niños se lo enviaban al detenido, como refuerzo de la comida sufragada por el municipio. Los niños cumplíamos de buen agrado esos encargos; nos llegábamos hasta el agente de servicio y le pedíamos permiso para entregar aquel alimento; el agente, si no habían llegado antes otros proveedores similares, nos abría la puerta de la habitación en donde estaba recluido el destinatario y nosotros nos dirigíamos a éste con tímida frase: «que dice mi madre ¿que si quiere usted comida de la nuestra?».

Es de suponer que en tal situación aquellos hombres no estuviesen de muy buen humor y también podría ocurrir que aquella inesperada visita los desconcertase, así que no solían mostrarse muy expresivos ellos; algunos murmuraban algo breve e ininteligible y otros no decían nada; pero nosotros dejábamos el recipiente de la comida sobre la mesa y nos retirábamos apresurados…Debe tenerse en cuenta además que la mayoría de aquellos hombres indocumentados detenidos acababan de ser puestos en libertad tras cumplir larga condena de prisión; provenían casi todos ellos de un presidio situado en la provincia de León (?) y se encontraban en una situación muy difícil, como era la de tener que rehacer su vida y buscarse un medio de subsistencia, sin saber ellos por dónde empezar; además y puede que sin excepción, en su juventud habían sido mal educados (por decirlo de manera suave) con las ideas demagógicas y antisociables con las que se preparó al pueblo español para su más dañina participación fratricida y destructiva en la que, según los planes de los máximos poderes imperialistas supranacionales decisorios, debería ser guerra civil aniquiladora de España y del mayor número posible de españoles:

Con otro talante nos recibían a los niños los detenidos en el puesto cuando, más tarde, acudíamos nosotros a recoger el respectivo recipiente de comida que anteriormente les habíamos llevado; esta vez solían mostrarse afables, nos daban las gracias y algunos nos encargaban que dijésemos a nuestra madre «¿que si tiene ropa vieja, de tu padre, y me la quiere dar?», y también los había que nos encargaban que le dijéramos a nuestro padre «¿que si me puede dar para liar un cigarrito?».

Tales referidos hombres detenidos en su peatonal viaje eran los más necesitados de cuantos habían cumplido condena de presidio, nadie había ido a acompañarlos en su puesta en libertad, reconocían no tener familiares que les pudiesen ayudar y no tenían prisa por llegar a parte alguna (algunos manifestaban su intención de presentarse en algún Banderín de Enganche en La Legión, pero antes de hacerlo querían gozar de absoluta libertad y por ello viajaban sin prisa y sin preocupaciones accesorias); en el momento en que habían sido puestos en libertad tras cumplir su condena carcelaria, les habían entregado un documento (cédula o salvoconducto) acreditativo de su identidad y de su situación, pero ellos, ignorantes de la utilidad del mismo o queriendo romper con su propio poco apreciado currículum anterior, habían extraviado tal documento y por esa razón viajaban indocumentados y daban lugar al referido trámite identificativo –un ineludible trámite en las zonas que padecían el acoso de los bandoleros. Además, al quedar indocumentados, no podían ellos pedir ayuda en algún Ayuntamiento para que les facilitasen un billete de tren o de autobús, y entonces viajaban a pie, mendigando para comer y refugiándose en cobertizos, casetas abandonadas u oquedades del terreno. Hasta en cruda época invernal se daban esos casos de viajar a pie, y era conmovedor ver a quienes vestidos con un mínimo de ropa (pantalón, camisa y chaqueta o jersey, boina, deteriorados zapatos o alpargatas y algún trozo de manta que hubiesen encontrado por el camino) habían hecho largas caminatas sobre la nieve y atravesado el gélido puerto de montaña de Los Leones, en dirección a Madrid (por entonces no existía aún el túnel de la carretera N-VI que luego vendría a facilitar el paso entre las dos vertientes serranas).

(Continuará)

José Antonio Chamorro Manzano
XVI Promoción A G M

25/3/11

Ley de vagos y maleantes.


LEY DE VAGOS Y MALEANTES


Uno de los más extendidos mitos es que la Ley de Vagos y Maleantes fue promulgada por el General Franco. Sin embargo, la Ley de Vagos y Maleantes es de la República, salida del magín de Manuel Azaña. Fue aprobada esta ley por las Cortes Constituyentes de la República, y firmada y promulgada el 4 de agosto de 1933. Curiosamente, el fundamento de esta norma era el famoso comienzo del artículo 1º de la Constitución de la República de 1931, el cual señalaba que «España es una República de trabajadores de toda clase…». Es decir, era persona peligrosa la que no tuviera trabajo o no pudiera trabajar. Esa misma ley preveía el sometimiento de medidas de seguridad «progresistas» a las siguientes «clases de ciudadanos»:


Vagos habituales; rufianes y proxenetas; los que no justificaran la posesión o procedencia del dinero u otros efectos, los mendigos profesionales o los que vivan de la mendicidad o exploten a los menores, enfermos mentales o lisiados; los ebrios y toxicómanos; los que para su consumo inmediato suministren vino o bebidas espirituosas a menores de catorce años en lugares y establecimientos de instrucción o en instituciones de educación e instrucción y los que de cualquier manera promuevan o favorezcan la embriaguez habitual; los que ocultaren su verdadero nombre, disimularen su personalidad o falsearen su domicilio o tuvieren documentos de identidad falsos u ocultaren los propios; los extranjeros que quebranten una orden de expulsión del territorio nacional; y los que observen conducta de inclinación al delito, manifestada por el trato asiduo con delincuentes y maleantes, por la frecuentación de los lugares donde éstos se reúnen habitualmente; por su concurrencia habitual a casas de juegos prohibidos y por la comisión reiterada y frecuente de contravenciones penales



 
A los incursos en alguna de estas circunstancias se les imponía unas medidas de seguridad que oscilaban desde el internamiento en centros de «reeducación» por tiempo no superior a cinco años, o la expulsión de los extranjeros, el «asilamiento curativo en casos de templanza por tiempo absolutamente indeterminado» o el destierro indefinido. La Ley de Vagos y Maleantes de Azaña es sin duda un texto que define el pensamiento de la izquierda de entonces sobre los marginados sociales y cuál era el trato social y jurídico que merecían. Un texto propio de régimen totalitario que engendró en el seno de las Cortes Constituyentes de la II República. Era un texto que pisoteaba los supuestos derechos fundamentales de los ciudadanos reconocidos en la Constitución, pues esta ley ordinaria era la que se aplicaba, no la Carta Magna.
El primer campo de concentración de vagos y maleantes de España.

El 18 de agosto de 1934, la revista gráfica Estampa, que se editaba en Madrid y se distribuía en toda España por 30 céntimos el ejemplar, publicó un interesante reportaje sobre esta ley «progresista». En la portada varios vagos y maleantes en fila de formación, y debajo el titular «El primer campo de concentración de vagos y maleantes». En Alcalá de Henares (la patria chica del promotor de la Ley, Manuel Azaña) se había inaugurado un campo de concentración, llamado más tarde «Casa de Trabajo» sobre las antiguas instalaciones de la cárcel de mujeres. Después de la Guerra Civil estas infraestructuras se convirtieron en los Talleres Penitenciarios de Alcalá de Henares, en cuya imprenta se editaba la tirada oficial del Código Penal, y la que los presos redimían penas por el trabajo.
1934. Los vagos y maleantes con pico y pala en Alcalá de Henares

En agosto de 1934 estaban entre sus rejas trescientos vagos y maleantes proscritos por la República democrática. En el resto de España había ya condenadas cerca de tres mil personas, internadas en las cárceles comunes. En Alcalá de Henares, los vagos y maleantes eran ocupados en las más diversas tareas tales como mover una azada y un pico, abrir surcos en la tierra de cultivo, pintar paredes, cortar leña sin percibir nada más que el rancho como contraprestación. Para los internos, esta nueva vida «era un calvario». Esta es una parte de la Historia de España, olvidada por la subvencionada Memoria Histórica.

Rogelio G. Andradas
Coronel de Infantería