¿El
sitio más diabólico del s.XX? Ni Auschwitz ni los «killing fields»: fue
Pitesti, en Rumanía.
Escena
promocional de un reportaje corto en la televisión rumana Pro TV sobre Pitesti
El
siglo XX ha sido pródigo en matanzas horrendas y en exterminios deliberados,
algunos rápidos e improvisados, otros metódicos y sistemáticos. Campos nazis
como Auschwitz
o Treblinka, el gulag estalinista, los "Killing fields" de Camboya
popularizados por la película de Roland Joffé, el napalm en Vietnam, las matanzas con machete en Ruanda o el odio étnico en Yugoslavia compiten en la liga del
horror, a veces, quizá, en distintas categorías.
Pero
es probable que la palma al lugar más
diabólico del siglo XX se lo lleve la cárcel comunista
rumana de Piteşti, una ciudad de 150.000 habitantes,
hermanada con Huelva (España), con
Universidades, Historia, Cultura... pero que algún día tristemente será
recordada por el experimento inhumano de su cárcel
comunista.
Piteşti
aún no tiene su película, pero sí un historiador y cineasta trabajando en ella
desde hace más de diez años. Es Sorin
Ilieșiu, hijo de un cura grecocatólico clandestino. Fue miembro del Partido
Comunista, casi por casualidad, en la segunda mitad de los años 70.
Luego fue documentalista de la revolución del 89 y la del 90 y senador en
democracia. Le falta dinero para acabar la película que pueda contar el horror
más refinado.
Poner Piteşti en perspectiva
El
ruso cristiano Aleksandr Solzhenitsyn,
premio Nobel de Literatura y autor de Archipiélago
Gulag, escribió que el experimento Pitesti fue "el acto más terrible
de barbarismo del mundo contemporáneo". Pero "barbarismo"
hace pensar en ira ciega, y la maldad en Pitesti se recreaba de forma
meticulosa, cientifista y sistemática.
El
historiador François Furet, de la
Academia Francesa, lo considera "uno de los experimentos más terribles en
deshumanización que ha conocido nuestra época".
Pero
Sorin
Iliesiu, entre los cientos de horas de testigos y expertos que ha
grabado y entrevistado, quiere dejar claro que nada llega al nivel de Piteşti, y para ello recurre al historiador Stéphane
Courtois, ex-maoísta,
investigador del CNRS francés y director del equipo que escribió en 1.997 "El Libro negro del Comunismo".
El
ex-maoísta e historiador especialista en comunismo Stephane Courtois: "los
jemeres rojos en Camboya eran banales en comparación con Piteşti"
"Piteşti fue un experimento increíble, llevado al extremo. Sí, hubo otros experimentos de ingeniería psicológica
como el de los jemeres rojos con la
población de Camboya, pero eran
banales en comparación. En Camboya la
gente estaba obligada a participar, después del trabajo, en reuniones donde
tenían que repetir consignas todo el tiempo. Pero en Piteşti se trabajaba día y
noche, sin interrupciones, sobre la psicología de los jóvenes, para
transformarla totalmente. Y hasta ahora, que
yo sepa, ésta es la única experiencia de este tipo. Tal vez se descubren
cosas nuevas en los archivos de Moscú,
en los de China o en otros lugares,
pero según el estado actual de nuestro conocimiento histórico, es una
experiencia única. Es de gran interés porque nos muestra hasta qué punto se puede llevar el proyecto comunista, hasta
donde puede empujarse un experimento", afirma Courtois, uno de los
mayores expertos en crímenes del comunismo.
Hay
un apasionante libro reciente sobre la persecución comunista en Rumanía,
especialmente con testimonios de cristianos, titulado "La tortura del
silencio", del italiano Guido
Barella, publicado en español por Rialp,
que dedica todo un capítulo al tema, de la mano de Sorin Ilieșiu, su mayor investigador.
El
comunismo en Rumanía fue peculiarmente
extenso, brutal e insistente... La Tortura del Silencio detalla por qué sus
atrocidades aún no salen a la luz y recoge testimonios de fe.
Un cineasta, investigador y senador
El
padre de Iliesiu, antes de ser cura grecocatólico, estudió filosofía y
letras y fue periodista. Después de 1.948 fue ordenado sacerdote en la
clandestinidad (los católicos orientales pueden ordenar a hombres casados) y celebraba misa, confesiones y bautismos
-incluso el de sus hijos- a escondidas en casa. El pequeño Sorin
vivió ese culto clandestino y doméstico.
Sorin admite que en su juventud él no fue disidente y señala que en Rumanía casi no hubo
disidencia en los años 70 entre los intelectuales. En la campaña de
promoción demócrata de la Carta 77, con disidentes de toda Europa Oriental, sólo participó un rumano, Paul Goma. "Vosotros estáis bajo ocupación rusa, nosotros los
rumanos bajo ocupación rumana, al fin y al cabo más dolorosa y eficaz que una
extranjera", escribió ese año 1.977, justo antes de escapar del país.
Sorin explica que ingresó en el Partido Comunista prácticamente por error. "No te vayas del
país. Eres honesto y buen profesional, si todos nos vamos, quedará en manos de
los rusos", le dijo un profesor suyo que lo avaló. Sorin admite que su primer
acto de disidencia fue el 21 de diciembre de 1.989, el día de la caída del
régimen, participando en una manifestación. Y ahí empezó a filmar las
manifestaciones. También filmó la
manifestación inacabable de abril de 1990, que duró 52 días, para su película
"La plaza de la universidad".
Sorin
Ilieșiu ha reunido mucha documentación
Hoy
la vocación de Sorin Ilieșiu es contar
lo que sucedió en la cárcel de Pitesti,
el experimento social por el que pasaron más de mil presos de 1.949 a 1.952.
Que cada preso sea torturador de su
compañero
En
Pitesti
se daban los malos tratos extremos de
las otras cárceles comunistas rumanas: palizas frecuentes, falta de
alimento, frío constante, falta de comunicación, etc... Eso sólo ya era brutal.
Pero el "experimento Pitesti" añadía elementos
propios.
Marius
Oprea, el mayor investigador de
crímenes comunistas en Rumanía y
colaborador de Sorin Ilieșiu, lo resume así: "Los detenidos tenían que torturar a otros en las celdas. Se
alimentaban el uno al otro con heces, los sacerdotes
eran obligados a celebrar la liturgia ante una cruz hecha con excrementos bajo
la mirada sádica de los guardianes. Si
no te convertías en torturador, eras víctima de la tortura. He preguntado a
algunos: ¿cuál fue el día que nunca
olvidarás? Muy pocos me han contestado, pero todos se han echado a
llorar".
El
documentalista explica que es difícil lograr testimonios: "Incluso recordar lo vivido allí parece blasfemo. Allí se
vivía matando al compañero de celda, destruyéndolo psíquicamente. Y a veces era
el padre contra el hijo, el hermano contra el hermano. De eso nadie se
cura".
Oprea
añade: "Los detenidos debían admitir culpas que no tenían. Primero les minaban los fundamentos de la
familia y la religión. Destruían estos sentimientos para destruir el alma.
A partir de esas confesiones, se detenía a familias enteras. Arrestaron incluso
a un niño de 9 años, hermano de un estudiante, y murió allí. Su hermano, bajo
tortura, había dicho que le había ayudado a esconder armas en el jardín".
Habla un superviviente
En
1.990 Aristide Ionescu, arrestado en 1.949, organizó un primer
congreso sobre el "Experimento Piteşti". Ionescu fue de las víctimas menos afectadas, porque pasó mucho tiempo
allí hospitalizado: sólo por eso no llegó a convertirse en torturador.
Aristide
Ionescu, superviviente de la cárcel de Piteşti, junto a una placa que recuerda
las atrocidades cometidas
"Todavía
hoy, cuando estoy en una iglesia, me da la impresión de que no tengo derecho a
estar allí, de no poder siquiera entrar después de haber visto lo que he visto,
de no haber luchado bastante para oponerme. ¿Un infierno en la tierra? Peor,
creo que ni en el infierno puede pasar lo que vi allí, hasta Satanás podría aprender de los que estaban allí. Algunas
víctimas podrían ser canonizadas: personas que dieron a un compañero el último
trozo de pan que tenían. Este sistema fue
un intento diabólico de aniquilar al individuo, de convertirlo en algo menos
que un animal. El régimen quería que cada uno terminase por matar su propia
alma. Yo digo que no lo consiguió", afirma Ionescu.
Ensañamiento espiritual
El
elemento espiritual está presente una y otra vez en Pitesti porque había un
ensañamiento y una ritualización especial contra los cristianos, a menudo en
fechas señaladas como Pascua o Navidad.
El
poeta y escritor Virgil Lerunca, en su libro Fenomenul Pitești (Editura
Humanitas, Bucarest, 1.990, con reedición
en 2.007), escribió: "La imaginación delirante de Turcanu,
el jefe de los torturadores, daba rienda
suelta sobre todo cuando se trataba de estudiantes que creían en Dios y se
esforzaban en no blasfemar. Así, algunos eran bautizados cada mañana con la
cabeza sumergida en un recipiente de
madera lleno de orina y heces, mientras que otros alrededor cantaban la fórmula del bautismo.
Duraba hasta que el contenido hacía burbujas."
Ionescu es uno de los testigos que lo confirma. Y añade más
detalles que casan mal con un mero materialismo y permiten sospechar un mal
espiritual refinado.
"Los sacerdotes eran obligados a
celebrar el nacimiento de Cristo con palabrotas, una cosa tremenda. Decían que Jesucristo era una persona que vivía de mentiras, que María Magdalena era su mujer, que no era
hijo de José y por tanto era un bastardo y que la Virgen María... vale, imaginad, me cuesta repetir lo que oía
entonces. Y en respuesta nosotros
hacíamos la señal de la cruz pidiendo la ayuda de Dios para superar esos momentos,
en gran secreto, moviendo la lengua
dentro de la boca cerrada. Pero si por desgracia te veían hacer el signo de
la cruz, te obligaban a comulgar con heces", detalla el testimonio de Ionescu.
En
el estudio de 2.006 de Alin Muresan
“Reeducación mediante la tortura” se describen algunas escenas extremadamente
groseras que el jefe Turcanu ordenaba
escenificar en Viernes Santo, con presos representando a la Sagrada Familia en
relaciones sexuales con animales. “Los
reeducados encabezados por Turcanu manifestaban un placer diabólico en burlarse
de los más fieles, apodados «místicos». Tales escenas tenían un efecto
terrible sobre las víctimas, que encontraban, por lo general, el único consuelo
en la fe. Después de participar en las liturgias negras, toda su fe era
sacudida desde sus cimientos", recoge el informe.
Con
ilustraciones como esta se mostró en una exposición sobre Pitesti en Rumanía
cómo los presos tenían que torturar a otros presos
Que el torturado sea torturador
Además,
los responsables de la cárcel querían que cada preso llegase a ser torturador
de los demás. Se llegaba a eso confesando mentiras, insultando a la propia
familia, a lo sagrado, y luego dañando al compañero.
Marcel
Petrisor, otro superviviente,
declaró: "Es una cosa terrible que te obliguen a renegar de tu propia
madre, decir que era una puta, confesar que habías fornicado con una cerda...
Cuando una persona se ve obligada a decir eso no lo olvida jamás. Y luego tener
que torturar a tu prójimo, que es como tú".
Emile
Sebesan, otro preso que da su
testimonio, detalla: "Si era un
amigo el que te golpeaba estábamos contentos. Porque estábamos convencidos
de que el amigo no lo hacía con rencor, sentíamos
en cada golpe que no había odio, que se trataba de otra cosa".
Traian
Popescu, otro superviviente, cuenta
que incluso así había un espacio en el interior de la persona para la
creatividad. "Yo ya no podía rezar, estaba desesperado. ´Dios, por qué no me llevas, por qué me pasa
todo esto...´ Y entonces pensaba y
se me ocurrían versos, y con los versos, música. No sé, me parece que nadie
ha compuesto sin preparación musical y sin papel ni lápiz una ópera sinfónica.
La he titulado El Calvario",
explica Popescu.
Rumanía declaró que comunismo fue
tiránico
Iliesiu y otros activistas como Mario Oprea lograron que
el Parlamento Rumano en 2.006 declarase solemnemente que "para los
ciudadanos rumanos el comunismo fue un régimen
totalitario opresivo que ha expropiado a los rumanos de cinco décadas de
historia moderna, ha pisoteado las leyes
y ha obligado a los ciudadanos a vivir en la mentira y el miedo".
Pero
tras estas palabras, no se ha dedicado
ningún esfuerzo público a investigar los crímenes comunistas, identificar
culpables, encontrar cadáveres y fosas ni educar a las nuevas generaciones en
lo sucedido. Sólo activistas que se sienten llamados a ello, como Marius
Oprea realizan esta tarea en condiciones precarias.
Sorin
Iliesiu con su cámara
Ayuda para que surja la película
Aunque
Sorin
Iliesiu es reconocido en su país como senador, intelectual y cineasta,
no ha conseguido financiación todavía para su película. Su web
www.thegenocideofthesouls.org documenta y difunde el "Experimento Piteşti",
pero no le ha aportado fondos suficientes para convertir sus 450 horas de testimonios grabados en un
documental o película divulgador.
Tampoco
parece que los cineastas europeos o Hollywood tengan pasión por dar a Piteşti
la misma atención que a Auschwitz, donde las víctimas eran
quemadas y tratadas como material de desecho, pero no se les pedía blasfemar
contra su fe y torturar sistemáticamente a su compañero.
Sorin
Ilieșiu sigue dispuesto a difundir lo sucedido, que tiene una
enseñanza espiritual y otra moral. La espiritual es que, pese a tantas torturas específicamente blasfemas “el genocidio de las
almas no fue posible precisamente porque las almas son inmortales. Era la
esperanza de los condenados a la muerte espiritual. Sólo la fe en Dios les salvó”, constata el cineasta.
La
enseñanza moral es que difundir estos hechos ayuda a dificultar que se repitan.
“La historia se puede repetir en cualquier momento, pero al conocer la verdad se descarta una repetición de la historia,
precisamente porque el genocidio de las almas representa un capítulo esencial de acusación en el juicio del
comunismo”, escribe Iliesiu.
En el vídeo, una visita a las cárceles comunistas alemanas de los últimos años,
crueles pero mucho menos perversas que Pitesti:
Francisco Javier de la Uz Jiménez








