LA CODORNIZ
El salon de subastas se encontraba repleto de personas que, aunque no querían adquirir nada, lo pasaban muy bien viendo como los demás compraban. Ya se habían subastado varios objetos, sin que las pujas hubieran revestido gran emoción, cuando el subastador dijo:
- ¡Ahora vamos a subastar el último y más valioso objeto! se trata de este reloj de pared, cuyo...
- Ofrezco cinco pesetas -dijo alguien con extraordinaria seguridad, mostrando un billete de Banco. Se trataba de un rico terrateniente de la ciudad, que hasta ese momento había permanecido en silencio. Instantàneamente alguien dijo: - Cincuenta pesetas. Un escalofrío de emoción recorrió la espalda de todos los que llenaban la sala, terminando cansadísimo porque eran cerca de doscientas personas. No era para menos. El que acababa de hablar tenía fama de ser el enemigo acérrimo del rico terrateniente, y era a su vez acaudalado industrial.
Las pujas se sucedieron con gran rapidez entre los
protagonistas.
- ¡Quinientas mil pesetas!
- Cinco millones de pesetas!
Después de esta última puja, el rico terrateniente quedó
un momento indeciso. Por último dijo
-No llevo encima más que cinco millones de pesetas, pero el odio que profeso a mi antagonista hace que ofrezca mi finca de Rio Abajo, de veinte mil acres. Si suspenden por un momento la subasta, podré pagar al contado, como de costumbre.
El rico terrateniente salió un momento de la sala para aparecer poco después montado sobre un caballo pura sangre.
Detrás de él empezaron a entrar numerosos labriegos llevando cubos llenos de tierra y sacos de garbanzos y trigo, vacas, cerdos y gallinas que en silencio se fueron colocando en un rincón de la sala.
Tras
una ligera vacilación, el acaudalado industrial dijo, poniéndose pálido:
- ¡A pesar de eso, el reloj será mío!
¡Pujo con mi gigantesca fábrica de automóviles marca Vulcano! En efecto: el acaudalado industrial tuvo una corta conferencia telefónica y al poco rato empezó a oírse gran estrépito en la calle. Miles de automóviles, camiones, tractores y tanques fueron entrando en la sala de subastas. Legiones de obreros, llevando llaves inglesas en la mano, aparecieron por todas partes. Albañiles especializados levantaban naves provistas de altísimas chimeneas.
Entonces
una voz histérica se oyó en la sala de subastas. Era del rico terrateniente:
-
¡Todavía no estoy perdido! -dijo-. ¡Aún me
queda mi cuantioso seguro de vida! ¡Y ya sé que en las subastas hay que pagar
al contado…! -y diciendo esto, el rico terrateniente tomó una pequeña tableta y
cayo al suelo, víctima del veneno que contenía. El subastador dio un
golpe con su martillo de madera.
-
¡Concedido al rico terrateniente! -anunció. La gente que
llenaba la sala de subastas desfiló hacia la calle, mientras comentaba lo
sucedido.
-
No ha estado mal la subasta. Ha sido
entretenida…
OSCAR PIN
La cinta rosa
Lucio Battisti
