No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
Poetas Muertos
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11/7/22

EL OJO --- La Codorniz

 







LA CODORNIZ
La revista más audaz,

 para el lector más inteligente.



EL OJO

 

         Total, era bien sencillo. El viejo molestaba, era antipático y tenía guardado un dinero que no quería más que para contemplarlo. Era un ser inútil, un parásito, un advenedizo en la vida de juventud y placer, que es la auténtica vida hasta que se da uno cuenta de que es demasiado tarde, y de que se está sentado a las orillas de la muerte… Llegar a ese estado sin gozar sería una estupidez. Hay mujeres, Whisky, restaurantes que sirven platos exquisitos y despertadores que no suenan nunca.                                                                                                           Y, sobre todo, narcóticos. Aquello les obsesionaba. Llevaban cinco días privados de su paseo por las zonas indefinibles de la región del estupefaciente. Y querían flotar de nuevo. El deseaba quedarse mirando por la ventana al patio, sucio estómago de la casa, e imaginarse en los montones de latas, cascos de botella, trapos y otras inmundicias, paisajes lunares, fuentes multicolores, bosques silvestres de su Polonia natal…                                                                   Ella prefería salir, pasear y conocer un hombre nuevo en cualquier esquina. Al día siguiente, le contaría a su marido lo que había sucedido. Como siempre, él preguntaría si había conseguido dinero, y ella contestaría que no. No quería dinero de aquella forma, porque quería conservar la poesía de su depravación... El se encogería de hombros y sacaría el labio inferior como un rito convenido, antes de echar mano a la jarra de agua. No le era indiferente, pero perdonaba.

    Abel era judío, de pelo crespo rojizo, grandes orejas casi pegadas a las sienes y mirada dulce y lejana. Su ilusión, la emigración a América, estaba por completo frustrada y caída en el pozo del olvido. No hay trabajo para todos. No hay trabajo para un polaco huido del corazón de Europa. Su obsesión era un NO rotundo y estremecedor, fijo en su mente como las marcas de ganadería grabadas con un hierro al rojo. Al menos, tenía la ligera suerte de poseer a Adela, la que le había iniciado en el vicio. Se había casado, cierto, tiempo atrás. Entonces, la fábrica tenía trazas de prosperar, y él ganaba un buen sueldo como fresador. Pero terminó la guerra, y con las licencias vinieron los despidos.

  Conoció a Adela en la calle. Estaba drogada, y la arrastró a la pensión donde ahora vivían en cuestión de segundos. Abel llevaba horas vagando, buscando empleo, con el consabido NO como resultado, y fumó aquello sin mucha convicción. Hubiese preferido un vaso de viejo vodka y unos pepinillos.

    ---Te hará bien -le había dicho ella, una vez conocido su paro.                                            ¡Maldito el bien que le hizo! Se mareó, vomitó y no fue capaz de...¡Y como se reía ella!

   Pero siguieron juntos, y se casaron: Abel, Adela y la droga. ¿De donde salía el dinero? Apenas lo sabían. Ella, con gran desfachatez, dejaba cuentas, pedía préstamos a extraños amigos.y. con la manía particular de cada toxicómano, no aceptaba un céntimo de los hombres que conocía en la calle. Era su sentimiento íntimo e ínfimo de dignidad, el hilo de araña que unía su persona a la conciencia, reconciliándolas un tanto falsamente.

  Aquel día, no había dinero. Y los escombros del patio eran escombros. Y la habitación, una pocilga maloliente que albergaba a dos sere hundidos en el vicio. Y el paro, y la falta de un minuto de felicidad y de suerte se hundían en las mentes minándolas. Y total, era bien sencillo. El viejo molestaba...

    Le habían visto la noche anterior. Las ventanas se juntaban, en la pared sucia del patio, formando ángulo. Y el viejo se había olvidado de bajar la persiana. Y pudieron observarle cuando abrió el colchón y extrajo de allí un montón de billetes.    
    Los manoseó, los acarició y los contempló durante largo rato. Abel sintió impulsos de saltar de ventana a ventana y acogotar al avaro, pero ella se lo impidió, adivinando su intención. Había que pensar como hacerlo, y sobre todo, esperar a ver si el viejo colocaba el dinero en el mismo sitio.                                                                                                                            Lo hizo. Y con ello firmó su sentencia de muerte.


                                                



    Abal y Adela estaban sin droga, y, como toxicómanos, excitados como fieras sin pitanza.
    Entraron en la habitación del viejo sin dificultad: la llave estaba en la cerradura. Levantóse este de la cama al oírles pasar, sobresaltado, y quiso hacerles frente. La mirada del matrimonio era la de dos energúmenos.                                                                                                    Asió la lámpara, tratando de defenderse, pero fue inútil. Se le echaron encima, y, Abel, a golpes y puñetazos, le redujo. Después, le echó las manos al cuello y apretó con sarna. Adela, que no quería rehuir el crimen, y cuyo instinto le dictaba participar en la muerte del avaro, le hundió las uñas en los ojos. Cuando el viejo, con la cabeza colgando de lado como un ganso de trapo, expiró. Adela tenía en la palma de la mano un globo sanguinolento: un ojo.
Lo contemplaba y reía.




    Habían fumado toda la noche, con delectación. En la oscuridad de la nueva alcoba, Adela sintió bajo su cuerpo desnudo un contacto frío y húmedo. Encendió la luz, palpó las sábanas y descubrió un ojo aplastado, que parecía mirarla con odio.                                                        El alarido despertó a Abel, que le preguntó a su mujer qué ocurría.
    ---¡Un ojo! ¡Míralo!


    ---¡No hay nada! ¡Deliras!
    ---¡Está ahí! ¡Frío y viscoso!
    ---No hay nada! ¡Es la droga!...
  En efecto. El ojo había desaparecido. Apagaron la luz, y esta vez fue Abel quien vio junto a él un ojo brillante que lo miraba en la oscuridad encendido de sangre. Y le pareció sentir el aliento del viejo sobre su cara. Encendió a su vez precipitadamente, suspendido en el aire, y lo vio de nuevo, derramando gotas de sangre sobre la colcha.
 Gritó, y quiso apartarlo de un manotazo, pero la marihuana hacía que sus movimientos fuesen lentos, torpes, de pesadilla.     
  La noche transcurrió llena de sobresaltos similares. El ojo parecía ,multiplicarse. Miraba en la oscuridad como los gatos. Ponía los pelos de punta a los asesinos cuando notaban su fría mucosidad en la espalda o sobre el pecho. Se acercaba y retrocedía  a velocidad increíble... se agrandaba y se achicaba...                                                                                           Llegó el alba, descubriendo en la cama  a dos seres macilentos y ojerosos que parecían salir del infierno.                                                                                                                                Requirieron ambos la jarra de agua, y, ávidos se sirvieron en sus respectivos vasos.
  Tragaron, y su gesto de repugnancia fue casi simultáneo. Una convulsión les sacudió el cuerpo, y quedaron boca arriba mirando hacia la lámpara de cristal barato que le alumbraba. 


Cuando les hicieron la autopsia, los médicos vieron con asombro y espanto que los dos estómagos contenían un ojo humano.