EL SOLDADO ESPAÑOL QUE AMETRALLÓ A
DECENAS DE RIFEÑOS PARA DEFENDER LOS CADÁVERES DE SUS COMPAÑEROS
Por tierra, por mar... y también por aire. Las
heroicidades del Ejército español en
la Guerra de Marruecos se cuentan a
día de hoy por decenas y, aunque la mayoría se sucedieron a ras de suelo y en
unos calurosos páramos cubiertos de arena (un claro ejemplo fueron las muertes en acto
de Servicio del Cabo Noval y del Capitán Salafranca), algunas también
tuvieron como protagonistas a los
pilotos que surcaban las nubes a los mandos de los entonces desfasados aviones de combate.
Bristol
similar al que voló Ordiales
Entre las acciones más destacadas es imposible olvidarse
de los actos de valentía de SENÉN
ORDIALES GONZÁLEZ. Un Teniente
madrileño (de Carabanchel, más concretamente) que, durante una operación de
ataque sucedida en 1925 en el Norte de
África, aterrizó con su avión
Bristol en territorio enemigo para defender a tiros los cadáveres de unos
compañeros que se habían estrellado cerca de Beni-Bu-Yahi. Sabía que nada podía hacer por sus vidas pero, aun
así, quiso arriesgar el cuello para evitar que los hombres de Abd El-Krim vejasen a los fallecidos.
Ordiales, desde su adolescencia, fue un Militar fascinado por los
cielos en una época en la que había que ponerle todavía un buen par de botas
para plantarse las gafas de piloto y subirse a un aeroplano. Fue, en
definitiva, un Soldado que pisó a lo largo de su carrera decenas de aeródromos.
Lugares desde los que despegó para arrojar bombas sobre sus enemigos y que,
hasta este momento, han permanecido en el olvido colectivo.
Ahora, sin embargo, el Ejército del Aire ha querido rendir su particular homenaje a la Guerra de África y a los aviadores que
combatieron en ella inaugurando un gigantesco diorama en el que se representa
la vida en un Aeropuerto Militar de
Melilla entre los años 1913 y 1927, en el Aeródromo de Cuatro Vientos (Madrid).
El Teniente Ordiales y los inicios de la
aviación
La aviación española en Marruecos. Salida de un aeroplano
militar del nuevo aeródromo de Melilla - José Zegri
El contenido de sus líneas se ha mantenido hasta nuestros
días: “El Servicio de Aviación, que
hasta ahora no ha pasado del periodo experimental por falta de recursos, podrá,
en breve, adquirir mayor desarrollo, tanto por existir ya algunos pilotos, como
por disponer de material adecuado para maniobras y operaciones en Campaña. Es
indudable que el aeroplano, aun
cuando ha de sufrir modificaciones que atenúen sus defectos ya que -por la naturaleza del medio en que se
mueve- quizá no sea nunca posible dotarle de estabilidad absoluta,
constituye un elemento importante para el Servicio
de Exploración y podrá, con el tiempo, ser susceptible de otras
aplicaciones”.
En el año que Ordiales
se sintió llamado por la Aviación,
sobre los cielos españoles se podían observar aviones militares tan
rudimentarios como el «Maurice Farman
MF.7». Un aeroplano similar a una gigantesca «cometa voladora» motorizada en la que se podían subir –narices mediante- dos tripulantes y que
pesaba escasamente 580 kilos. También destacaban los no menos primitivos «Morane Saulnier G» regalados por el Conde de Artal al Ejército español. Dichos
aparatos llamaban la atención por su escasa utilidad a la hora de acabar con
los enemigos de la Península ibérica,
y por no ser demasiado seguros (así lo demuestra el que, tras su llegada a
nuestro país, se incendiaran y averiaran en multitud de ocasiones y sus fallos
costaran la vida a varios aviadores).
Fuera como fuese, e independientemente de la novedad y la
peligrosidad de los aparatos sobre los que intentaran alzarse del suelo los
militares españoles, Ordiales siguió
su camino hacia los cielos. Así pues, tan solo cinco años después de entrar con
paso marcial en la Academia, logró
ascender a Teniente. Tras obtener
ese cargo, se ofreció voluntario para ser destinado al Regimiento Mixto de Artillería de Melilla en el cual, como bien
señala el General de División del
Ejército del Aire José Sánchez Méndez en su dossier «Noveno laureado de la Aviación
Militar: Teniente de Artillería,
piloto aviador Senén Ordiales González»,
combatió en la posición de Kadia (ubicada en Beni Said, a unos 40 kilómetros de Ceuta) y de Dar Queb Dani
(unos 55 kilómetros al oeste de Melilla). «Recibiría su bautismo de fuego en el
ataque y conquista de Nador de Beni Ulixech», añade el militar en su
obra.
Senén Ordiales, tras ganar la Laureada de San Fernando
Posteriormente, Senén
llevó a cabo los cursos de piloto de
aeroplano en Sevilla, desde donde se
dirigió al popular aeródromo de Cuatro
Vientos (en Madrid) para acabar
su formación. En 1924, finalmente, fue destinado al Grupo de Escuadrillas Expedicionarias. Es decir, que le tocó hacer
el petate y, como tantos otros, dirigirse hacia Marruecos, donde se estaba sucediendo una guerra a sangre y fuego
entre España –cuyo objetivo era
dominar el territorio de Marruecos
que la comunidad internacional le había cedido en 1912 (apenas 25.000
kilómetros cuadrados)- y los rifeños,
empeñados en no dejarse dominar por aquellos hombres uniformados que no habían
visto en su país más desierto que el de Almería.
La guerra llega a Marruecos
Ordiales llegó a las calurosas tierras rifeñas en 1923. Sin
embargo, para cuando pisó aquellos desérticos páramos la aviación militar española ya llevaba más de una década
aposentada en el norte de África.
Concretamente, todo comenzó el 19 de febrero de 1913, poco después de que
concedieran a la Península aquella franja de tierra que tan pocas alegrías iba
a dar a los militares.
Un territorio plagado de tribus nativas rebeldes dispuestas a pasar a cuchillo a todos
aquellos españoles (además de al Sultán de Marruecos,
al que consideraban un traidor amigo de los cristianos) llegados de más allá
del estrecho de Gibraltar. Pero
amigo… la política era la política, así que tocó atarse las botas, ponerle «napia» y empezar a someter a los
enemigos de la Corona a base de
fusil, machete, y lo que se terciase. Y una de las primeras ciudades en hacerlo
fue Ceuta.
«En 1913 el Comandante Militar de Ceuta (…) emprendió una
serie de operaciones para alejar de la ciudad a las Harkas enemigas e intentar someter a las Cábilas rebeldes a la autoridad del Sultán, la que no reconocían. (…) El movimiento rebelde lo dirigía Muley Ahmed el Raisuni», explica Méndez en otra de sus
investigaciones, "La aviación militar
española en la campaña de Marruecos» (1913-1927)".
La idea de dominar por las bravas al enemigo cuajó bien
entre la Oficialidad hispana. Uno de sus más ilustres miembros, José Marina (Alto Comisario y general
de las Tropas españolas), se aventuró, incluso, a dar un paso más y solicitar a
España la ayuda del recién creado Servicio de Aeronáutica Militar. Y el Ejército, como cabía esperar,
aceptó. Así fue como, después de construirse el aeropuerto de Sania Ramel en Tetuán, una Escuadrilla formada por 11 aviones se desplazó hasta África.
Los objetivos de los primeros aviones
militares
Una vez instalados en los diferentes aeródromos que se
fueron creando en el norte de África,
el Ejército otorgó una serie de
misiones habituales a sus aviadores. Estos fueron definidos brevemente por el General Manuel Goded (quien participó
en la Guerra del Rif) de la
siguiente forma en su obra “Marruecos, las
etapas de la pacificación”: “Su empleo en Marruecos es de extraordinaria eficacia, de infinita variedad y de
enorme efecto moral. (…) En la información y en la exploración, en los
bombardeos de castigo, en la disolución de las concentraciones enemigas y de
los Zocos, en la destrucción de las cosechas, en el combate para batir a la Artillería
enemiga, o para vencer con bombas o con ametralladoras una resistencia
obstinada, en los momentos difíciles abasteciendo posiciones y columnas… en
todas las ocasiones y momentos el avión es indispensable para la guerra en Marruecos”. A estas se
añadían, a su vez, otras tantas:
Bristol F2B en vuelo - ABC
1- La exploración. Era el objetivo básico de estos aparatos. Los pilotos y
observadores de vuelo solían dibujar mapas de las zonas inexploradas por el Ejército lo que permitía que, al ser
capturadas, pudieran ser bien defendidas. A su vez, estos planos permitían a
los españoles no ser “cazados” hombre
a hombre en una emboscada de los rifeños.
Por descontado, estos Soldados también tenían la capacidad de descubrir los
puntos clave de resistencia para que pudieran ser batidos por la Artillería.
Su labor era tan útil, que sus bondades fueron recogidas
por decenas de Militares. Así lo afirmaba un Oficial de la época en un informe
que recoge el Ejército del Aire en su dossier “Usos de la aviación en Marruecos”: “Es indudable que se debe por todos
los medios tender a hacer (la información aérea) efectiva y permanente, por lo
que sería conveniente se confiara a las fuerzas aéreas como una de sus misiones
permanente esta de información diaria (…) Insistiendo sobre esta fuente de
información consideramos que prestaría un excelente servicio”.
Componentes
de la escuadrilla con base en Tetuán. Con ellos su Jefe, el Comandante de
Estado Mayor Aymat - ABC
2- Atacar al enemigo. Como es lógico, el
que los aparatos estuvieran elaborados con madera y lona (y que, por tanto,
fueran muy sensibles a los impactos de bala), no impidió a los militares
españoles utilizar estas nuevas máquinas para bombardear y ametrallar al
enemigo. Los pilotos llevaban a cabo ambas acciones volando «a la española»,
como se solía decir. Es decir, atacando a los
rifeños a un distancia lo más cercana posible al suelo para así ganar en
puntería y no errar el blanco (además de
dispararles en cadena). De hecho, se solía decir que no había peor
vergüenza para un aviador que ser fotografiado por sus compañeros disparando a
los moros desde una gran altura.
3- Abastecer las
posiciones avanzadas españolas asediadas por el enemigo. En la Guerra del Rif,
los militares españoles solían defenderse en Blocaos (pequeñas
fortificaciones portátiles de madera que podían montarse fácilmente en mitad
del desierto). El problema fue que, ante de 1921, la expansión del Ejército a lo largo del vasto
territorio africano fue de tales dimensiones que resultó imposible que las
posiciones estuvieran ubicadas cerca unas de otras para defenderse mutuamente.
Por el contrario, solía existir una gran cantidad de territorio entre ellas.
Así pues, cuando eran asediadas debían resistir varios días hasta que llegaran
los refuerzos.
En ese momento entraban en acción los aviones. Estos
despegaban continuamente desde los aeródromos cargados con sacos de comida y
cartuchos para que los defensores pudieran hacer frente a los rifeños hasta que fueran reforzados. También solían llevar agua
hasta los sitiados. Con todo, no lo hacían lanzando sacos cargados con el
líquido elemento, ya que de esta forma podían romperse (y se habría desperdiciado un viaje) sino que arrojaban barras de
hielo de 12 kilogramos desde los cielos. Cuando estas eran recogidas, los Militares tan solo debían esperar
unas pocas horas para beber un buen vaso de agua helada.
Lanzamiento de suministros desde el aire - EA
4- Enviar cartas. “En cuanto a su utilización de correos, destacaba en
ciudades o posiciones de cierto tamaño que estaban aisladas y donde el enemigo
había interrumpido el contacto telegráfico con el resto del territorio bajo
dominio español. Hay que tener en cuenta que el uso del telégrafo fue bastante
tardío en el contexto de las Campañas de
Marruecos puesto que el heliógrafo tenía mucho más predicamento en el Ejército español”, añade el Ejército
del Aire en su dossier.
5- Evitar el rearme
de los enemigos. Tanto los aviones
tradicionales como los hidroaviones fueron sumamente útiles en la costa para
evitar que los rifeños recibiesen
armamento y municiones desde el exterior.
La venganza tras Annual
Los diferentes aviones sirvieron en los siguientes años
de forma heroica en África y, día
tras día, hicieron multitud de salidas con las que ayudaron al General Manuel Fernández Silvestre (Comandante General de Ceuta y Melilla)
a expandir el territorio español en el norte de África a base de fusil y bayoneta.
Y todo ello, a pesar de contar con unos hombres bisoños
(novatos y faltos de entrenamiento), un armamento anticuado y heredado de la Guerra de Cuba y unos víveres no
demasiado abundantes. Así lo hicieron hasta julio de 1921, año en que miles de
rifeños al mando del General rebelde Abd
El-Krim –hasta el turbante todos ellos de tanto español por aquí y militar
por allá- iniciaron una gran ofensiva que fue imposible contener por parte de
los Militares.
Tras tomar las posiciones de Igueriben y pasar a cuchillo a sus defensores, los hombres de Abd El-Krim cayeron entonces sobre el
campamento de Annual (al oeste de Melilla). Su ferocidad y
número no tuvo parangón y, tras una breve resistencia, los españoles no
tuvieron más remedio que retirarse para salvar la vida. Así fue como la casi
totalidad del Ejército español dio
la espalda a los rifeños en una
cruel carrera para lograr subirse a los camiones que se dirigían a la plaza
fuerte de Melilla. El resultado, a
pesar de la ayuda que prestaron los aviones, fue el de unos 10.000 muertos por el bando rojigualdo. Un desastre de grande
como una montaña.
La masacre fue
absoluta. Sin embargo, cuando el Frente se estabilizó y se logró
expulsar a los rifeños de las
cercanías de las posiciones españolas, la aviación cobró una gran importancia,
pues los aviones se dedicaron a despegar día tras día de los aeródromos para
atacar de forma incansable a los rifeños.
No ya solo para diezmar las Fuerzas
moras, sino para aniquilar cuantos más enemigos mejor en venganza por la
muerte de sus compañeros.
«Durante el Desquite, en septiembre se recuperaron el aeródromo de Melilla y Monte Arruit, protegiendo la Aviación estos avances. Poco
después, en noviembre se crearon las Fuerzas
Aéreas de Marruecos que contaban con seis Escuadrillas (de aviones) y cuyo
mando fue confiado al Coronel de
Ingenieros Jorge Soriano, lo que facilitó las Operaciones terrestres que
permitirían recuperar el terreno perdido en 1921 y llevar cierta calma al
territorio», añade Méndez en otras
de sus obras, "La Aviación Militar
Española: una historia corta pero de gran intensidad".
La Balumba» y el Breguet
Nuestro protagonista llegó a Marruecos cuando el "Desquite" estaba tocando a su fin, pero todavía seguía activo (aproximadamente en 1923). Ordiales fue incluido en la "La Balumba", un grupo destinado -por un lado- a minar la moral de los rifeños mediante continuos
bombardeos y -por otro- a explorar
continuamente el territorio en posesión del enemigo para evitar sorpresas
desagradables, Además, este aviador y sus compañeros también recurrieron a la "guerra de guerrillas". Es decir, a
destruir habitualmente el ganado y las cosechas de los Soldados leales al
infame Abd El-Krim.
Ordiales, al igual que todo su grupo, pilotó uno de los aviones
más populares de la Primera Guerra
Mundial, el Breguet XIV, durante sus primeros años en África. Este biplano había sido adquirido por el Gobierno español a
Francia tras la Gran Guerra aprovechando su gran excedente. Cuando llegó a la
Península -allá por 1919- fue destinado directamente a la Guerra de Marruecos, donde ofreció dignos servicios durante años.
Teniente. Senén Ordiales con Uniforme de gala
«El Breguet XIV fue un avión muy importante en nuestra aviación militar
por el duro y prolongado trabajo que realizó en Marruecos. Dotado de una célula robusta, de estructura
principalmente metálica, fue preferido por muchos al DH.4 para el empleo habitual en Marruecos», explica el
Instituto de Historia y Cultura Aérea en su obra coral "Aviones militares
españoles".
Primeros combates
En las siguientes
semanas nuestro protagonista participó en sus primeros combates en el norte de
África demostrando su carácter y sus capacidades como piloto. No le quedaba más remedio, pues tanto él como sus
compañeros eran –en muchos casos- la única esperanza para los Soldados españoles
que quedaban aislados en el Frente occidental. A su vez, también solían
convertirse habitualmente en los ángeles que descendían de los cielos para
salvar a aquellos Soldados que eran asaltados por los Soldados a las órdenes de
el Jeriro (el lugarteniente de Abd El-Krim) “Este había comenzado una
serie de ataques que amenazaban las comunicaciones de nuestras Tropas con los
puestos avanzados y en la primera quincena de mayo fueron alcanzados varios convoyes
españoles”, añade Méndez.
Sin embargo, Ordiales
todavía tuvo que esperar hasta finales de junio para que su nombre empezase a
ser conocido en los aeródromos bajo Bandera
española. Y es que, fuese a partir de ese mes (del día 28, más
concretamente) cuando empezó a ametrallar a los rifeños que habían aislado la posición de Coba Darsa. Todo ello, acompañado por las continuas y peligrosas
salidas que hacía a diario para aprovisionar a sus compañeros. Por entonces la
tensión podía cortarse con una gumía
rifeña pues, como ya había admitido el General
Primo de Rivera en una nota informativa a uno de sus Oficiales, “el estado de cosas en la zona occidental de
Marruecos se ha agravado sensiblemente”. Y esa confesión, viniendo del Alto
Mando, no era demasiado halagüeña. Pintaban bastos, como se suele decir, para
el Ejército español.
Fue por ello por lo que «La Balumba» y Ordiales
tuvieron una gran importancia en aquella Región. “Desde el aeródromo Sania Ramel
durante dos meses realizó una larga, dura y agotadora Operación para abastecer
a las numerosas posiciones asediadas y atacadas por una Fuerza de cerca de 7.000 rifeños. El Teniente Ordiales tuvo una activa y decidida participación en los
bombardeos de las Fuerzas rifeñas y
en la protección y abastecimiento aéreo de las posiciones de Coba Darsa y Solano. Unas misiones que
hubo de realizar bajo duras condiciones meteorológicas, sobre un terreno muy
accidentado y con el riesgo de ser alcanzado por una bala rifeña”, completa el general.
Durante aquellos meses no hubo descanso para los hombres
de «La Balumba» y sus fieles
aparatos. Así lo demuestra el que, una vez finalizadas las Operaciones de
reabastecimiento a las posiciones sitiadas, les fuera entregada una nueva
misión: la de bombardear el Cuartel de Albd
El-Krim y su propia casa. En una de estas Operaciones de ataque selectivo
fue nuevamente reconocido el valor de Senén
Ordiales por el “espíritu y gran celo
demostrado en un bombardeo realizado el 11 de octubre de 1924 sobre las
trincheras enemigas de Dar Mizzian”.
Bristol F2B similar al usado por Ordiales en el descenso
Las dos Medallas de Ordiales
1-
El valiente que ametralló a decenas de rifeños para
salvar los cadáveres de sus compañeros (Medalla militar individual).
1925. Ese, sin duda, fue uno de los peores y, a la vez, de los
mejores años de Senén Ordiales. Y es
que, aunque estuvo a punto de morir en varias ocasiones, también logró hacerse con dos flamantes Medallas
que quedarían como una exhibición perpetua de su valor y coraje. La primera,
concretamente, la recibió en abril de ese mismo año. Un mes en el que el Ejército español se estaba preparando
para llevar a cabo la primera Operación de su historia en la que se
coordinarían las Fuerzas de Tierra, Mar
y Aire (el desembarco en la bahía de
Alhucemas) con el objetivo de dar el golpe definitivo a los rifeños.
El 19 de abril de
1925, nuestro protagonista andaba subido a lomos de su aeroplano.
Desconocemos de qué color estaría el cielo, si hacía buen o mal tiempo… pero lo
que sí sabemos es que, a su espalda, Ordiales
contaba con la compañía del Sargento
Gutiérrez Lanzas quien, como ametrallador que era, andaba asiendo su arma
dispuesto a defender el aparato de los
rifeños ubicados en tierra. Aquella jornada, además, Ordiales andaba lanzando las bombas de espoleta contra el Had de Beni-Bu-Yahi. “Bum, bum, bum”.
En esas andaba el piloto español cuando observó que uno de los miembros de su
grupo, el Bristol nº 24, había sido
derribado y se había estrellado sobre territorio enemigo.
Poco podía hacer ya Ordiales
por sus compañeros. Probablemente ya estarían muertos. Sin embargo, el
aviador descendió sin dudarlo conociendo, probablemente, las vejaciones que sus
compañeros podrían sufrir de parte de los
rifeños si todavía seguían vivos. Quizá todavía estaba en su mente lo que
los hombres de Abd El-Krim habían
hecho apenas cuatro años al General
Silvestre quien (según se cree)
fue capturado, torturado y paseado como un trofeo de guerra entre la población.
Es probable que en su mente estuvieran también los castigos de los nativos a
otros tantos Soldados, a quienes habían enterrado o incinerados vivos. Sin
embargo, lo cierto es que no podemos saberlo.
Independientemente de lo que pasara por su mente, lo
cierto es que Senén Ordiales
descendió y, con su carabina, defendió lo que quedaba de sus compañeros. Así
relata aquel suceso el dossier «100 años
de la aviación militar española»: "Sin
dudar un momento, junto con su ametrallador el Sargento Gutiérrez Lanzas,
aterrizó próximo al lugar, defendiendo con su carabina a los cadáveres de los
tripulantes del Bristol abatido hasta la llegada de fuerzas terrestres propias
y despegar de nuevo con su aparato. Por esta acción le sería la Medalla Militar
individual".
2-
La muerte alada en Alhucemas (Cruz Laureada de San
Fernando).
Tras la Medalla
Militar individual, Ordiales
obtuvo su máxima condecoración en el Desembarco
de Alhucemas, una gigantesca Operación Militar en la que participaron 13.000 soldados, más de
una veintena de piezas de Artillería, 11 Carros de Combate “Renault FT 17”, media docena de tanques “Schneuder CA1”, 67 Navíos de guerra y unos 160 Aeroplanos. Entre ellos se
destacaba el avión de Senén quien,
en las Operaciones que se sucedieron entre el día del desembarco (el 8 de
septiembre) y octubre de 1925,
demostró su valor en una acción heroica
sobre el monte de Yebel Amekrán (en
Axdir,). Un monte del que los rifeños
solían decir que, “si cayera algún día en
manos del infiel, los cristianos se apoderarían de la Cábila de Beni Urriaguel
y la dominarían durante treinta años”.
El 1 de octubre de 1925 Ordiales, todavía Teniente
de Artillería y a los mandos del Bristol
número 15, se encontró con su destino. Y es que, mientras volaba sobre el
monte ya citado, se percató de cómo un grupo de nativos transportaba por el
terreno un cañón con el que arrasar a las Tropas
españolas que acudían, como alma que lleva el diablo, a la zona con sed de
venganza. Como ya hizo al conseguir su pasada condecoración, el aviador pensó
rápido y se lanzó contra ellos volando a
una altura de apenas 60 metros. El descenso le salió caro, pues una bala rifeña le impactó en la
cabeza. Sin embargo, el piloto no se detuvo y soltó sus bombas sobre aquellos
rifeños con el objetivo de inutilizar su pieza de artillería.
Al poco, el destino
fue nuevamente esquivo con él, pues otro
cartucho rifeño le impactó en la muñeca derecha, provocando un reguero de
sangre. Todo parecía estar perdido, pero Ordiales
continuó con su misión. “Después de vendarse con la corbata del Sargento bombardero, continuó la misión
hasta arrojar todas las bombas, aterrizando entre Malmusi y Cala del Quemado sin averías en el aparato. Al descender
a tierra perdió el conocimiento, salvando
la vida gracias al inmediato tratamiento médico”, explicó la Real Orden del
1 de Mayo de 1927 (la misma que
corroboró que recibía la Cruz Laureada de San Fernando).
ABC informa de como Ordiales recibió la Laureada - ABC
Ordiales sobrevivió y, en marzo de 1927, volvió a la vida Castrense.
Fue ascendido a Jefe de Escuadrilla del
Sector Occidental de Marruecos por sus múltiples actos de valor. Dos años
después en junio de 1929, fue destinado en la Escuadrilla de Experimentación de Cuatro Vientos. Su vida fue
relativamente tranquila hasta 1936, cuando se negó a volar bajo la bandera
republicana y fue encarcelado. El 18
agosto de 1936 fue sacado de prisión y fusilado.
Francisco Javier de la Uz Jiménez









