LA FELICIDAD
Cuando por estar llena la tercera clase la Compañía autoriza a algunos viajeros a utilizar la clase segunda...
El indivíduo a quien se dirigió el caballero se incorporó un poco asombrado. ---¡Yo! -dijo-. Me gustaría saber por qué he de ser yo. ---Porque usted es el único que se aprovechó de su concierto. Todos lo oímos sin querer, y todos teníamos cara de disgusto; pero usted tarareó la canción ayudado por el instrumento. En conciencia debe de pagar.
Murmuró algo, pero no pudo oponerse, porque el otro tenía razón. Y le miré aprobadoramente.
El chiquillo, en esto, se deslizó del regazo de su madre -que no hizo nada por retenerle- y se dedicó a aventurarse en escursiones entre las piernas de los viajeros. Nadie se atrevía aún a darle patadas, pero era evidente que sus ejercicios no despertaban ni la más leve admiración. El caballero de junto al pasillo, cuando el inquieto molusco se apoyó en su rodilla produjo un rumor muy parecido al de un perro que cree que le van a quitar el hueso que roe.
---¡Chitín! -llamó la madre.
Y lo cogió en brazos.
---Es travieso, ¿eh? -indagó un viajero, que creyó que ya había pasado definitivamente la molestia y sentía esa locuacidad que produce el haber vencido un riesgo.
---¡Es un diablo! -contestó con indudable orgullo de madre.
El crío se ajitaba en sus brazos, y para darnos una idea de lo fuerte que era su vástago, se dejó patear por él hasta declararse vencida.
---¡No puedo dominarlo! ¡Nadie puede dominarlo! -declaró-. Únicamente lo tendremos quieto si le dejan ustedes ir cerca de la ventanilla. ¿Permite usted, señor?
El interpelado era el más sucio de todos aquellos buscadores de patatas. Ya porque le extrañase que le llamasen "señor", ya porque no quisiera ceder su sitio, tardó en responder, pero no hizo falta, porque el crío ya le pisaba la chaqueta, en ruta hacia el vídrio, donde atornilló la naríz, sin dejar d moler con pequeñitas coces las ancas del viajero desahuciado. Desde entonces se dedicó a dar a su madre estentóreas noticias de los estraordinarios descubrimientos del mundo que podía hacer desde su observatorio.
---¡Mira, mira, mamá: un niño con una cabrita!
Y la madre:
---Sí, Chitínn; sí.
Y él:
---¿Me has de "compá" un niño con una "cabita"?
---Sí, Chitínn; sí.
---Hay que tener cuidado -dijo sombriamente el desaciado de la ventanilla- con dejar ir a los niños así, cerca de una portezuela. Ya he visto yo, en León, una vez... Iba un chico así, como éste, de la misma manera que va éste, y como la puerta estaba mal cerrada... Y contó la historia truculenta de un niño destrozado, con tantos detalles espeluznantes, que se notaba que era mentira.
---Pero esta portezuela va bien cerrada -opinó la madre.
---Así nos parecía a todos que iba la otra. Nada hay peor que fiarse de las portezuelas cerradas. ---Cierto, cierto -otorgó la señora-. ¿Quier hacer el favor de pasarle un brazo por la cintura al niño?
El hombre lo hizo así, después de mirarnos a todos para ver si le animábamos a la resistencia. pero estábamos sumidos en una egoista inhibición. Supongo que el husmeador de huevos debió pellizcar al crío, porque este chilló y abandonó un momento su afán de ilustrarse y de ver mundo para arañarle fieramente una mejilla, lo que le valió que su madre volviese a recordarle que era el diablo. Si era el diablo al menos carecía de esa mala pasión del rencor, ya que al segundo siguiente, olvidado de todo y juzgándose mal situado para contemplar con el necesario horizonte las maravillas del globo que habitamos, puso los dos pies sobre el muslo del sufrido ex propietario de la ventanilla, y debió de deducir de este ensayo que había dado en el quid y que los panoramas necesitan ser examinados desde la altura, porque e sentó en el hombro del indivíduo, agarrándose para ello a su cabellera, cabellera que visiblemente no había consentido hasta entonces -sino muy pocas veces- el contacto del peine.
Entonces el sujeto martirizado abrió con una mano la portezuela , asió al chiquillo con la otra mano, lo arrojó a la vía y volvió a cerrar.
La madre se puso en pie, dando gritos, insultando al viajero y amenazándole con hacerlo ahorcar.
La señora se quedó estupefacta.
---¡Bueno! -dijo al fin-. Ustedes hacen este recorrido casi todos los días; los conozco bien. Me quedan tres chicos como ese; los traeré en el próximo viaje.
Y se marchó al otro departamento.
El señor criminalísta, que resultó muy ameno, nos contó después muchos casos notables; entre ellos, el de un famoso ladrón que entró en la morada de un millonario y se escondió muy bien para esperar a que todos durmiesen y llevarse una fortuna; y los niños del millonario "cogieron una perra", como suele decirse, no sé por qué, y estuvieron llorando dos horas seguidas, lo que no representaba ningún exceso en susu hábitos, y, al cabo de las dos horas, el ladrón salió del magnífico escondite, donde nadie hubiese podido encontrarle, y dió un puñetazo muy fuerte en una mesa, y gritó como un loco: "¡Aquí no hay quien pueda estar escondido, ni quien tenga cabeza para robar, ni quien resista esto! ¡Me voy ahora mismo!" Y se fué echando venablos. Así, de una anécdota en otra, llegué a mi estación de destino.
Y entonces vine a mi casa y me puse a escribir este relato, porque entre los lectores de un periódico siempre hay algunos aficionados a las narraciones de viajes.
W. FERNANDEZ FLORES


