LA CODORNIZ
La revista más audaz,
para el lector más inteligente.
CUIDO LA CASA
Elegí el título <<Cuido la casa>> en vez de <<domum sevavit...>> para que los lectores nucleares, supersónicos, interplanetarios que se proclaman adversarios del latín no rompan en pedazos esta página mía, y con ella toda la revista, lo que representaría una ofensa inmerecida para las demás páginas. Debería haber escrito <<domum servavit, lanam fecit>>, como se lee en la inscripción romana en memoria de Claudia, virtuosa y fiel matrona que no salía nunca de su cuarto, sobre el monte Janículo, e
Pero actualmente la casa, por atrancada que se halle la puerta, no ofrece ya el máximo de seguridad. Los falsos vendedores de jabones de tocador a beneficio de mal definidas instituciones benéficas y los seudo corredores de aspiradoras de polvo, han modernizado los métodos de los antiguos bandoleros. Las estadísticas de las mujeres muertas en su casa por desconocidos le hacen dar a uno el deseo de irse al cine o al café. Según la policía u delito de cada dos ocurre entre las paredes domésticas, y según los bomberos de las grandes ciudades, de cada millón de accidentes mortales más de la mitad se verifican en el hogar. Los niños son las principales víctimas de ellos: en el primer año de vida 57 fallecimientos anuales por cada 100.000 habitantes de París.
Hay que
llegar a la conclusión de que Pascal se equivocaba cuando escribió su
famoso pensamiento: <<He descubierto que toda la desdicha de los
hombres proviene de una sola cosa, el no saber quedarse tranquilos en su propio
cuarto>> Se debe admitir que en su tiempo los asesinos no eran
absueltos y no recibían amnistías ni indultos, y que existían el gas la
electricidad, los aparatos eléctricos domésticos, la radio, el ascensor, y que
la gente no se dormía con el cigarro encendido, no comunicando por ello el
fuego a la cama, a la casa, a la ciudad como ocurrió en San Francisco de
California. Hoy vivimos sobre polvorines, y el recomendar prudencia causa
gracia. Es la actitud mental de los que no tienen en cuenta el progreso. Es un
modo de razonar como el de aquella cándida viejecita que recomendaba a su nieto
aviador, que <<volara bajo y despacito>>. Mucho más adaptado a la
realidad es el corredor de automóviles Fangio, que exclamó: << ¡Si
supieran ustedes de cuantas situaciones difíciles he escapado con un exceso de
velocidad, con un viraje absurdo y con una imprudencia! >>
Todo esto en el orden físico.
En el
orden moral. Entre las causas de separación y de divorcio, los actos realizados
fuera del hogar por uno de los dos o por ambos son los que globalmente pesan
menos en la balanza de la justicia. Es en casa, en el acolchado de un sillón o
entre las páginas de una vieja gramática, que se encuentran las cartas comprometedoras.
Es una cosa que se discute, o, lo que es peor, donde se calla. Es en el
<<tapidarium>> de las paredes domésticas donde los estados
de ánimo culminan en las frases irreparable. Pocos hombres y pocas mujeres se
defienden contra una maladresse, esa
torpeza que señalaba Rousseau, y que consiste en no saber evitar una
pelea, o conjurarla, y no todas las mujeres tienen la habilidad de esa señora
rusa, mujer del general Ernesto gobernador de Tiflis, que cuando
el general estaba con ánimo d reñir se sentaba al piano, tocaba el himno
nacional y obligaba a su marido a ponerse en posición de firme, inmovilizándolo
en esa actitud marcial (¡Dios salve al sar!) hasta que el himno hubiera
terminado o el general hubiera estallado en una carcajada.
Desde el tiempo en que los desmayos femeninos y las lágrimas pasaron de moda (Eleanor Roosevelt decía todavía, pero eran otros tiempos, que las lágrimas femeninas constituían la más poderosa energía hidráulica del mundo),
desde que las mujeres se lanzan en paracaídas, vencen en las olimpiadas, frecuentan los abismos submarinos y viajan en cápsula hacia las estrellas, la antigua atmósfera familiar ha cambiado de fórmula química. Sin embargo, los ingredientes que componen el hogar poseen siempre el mismo coeficiente de incompatibilidad, de enrojecimiento y de incandescencia y presentan los mismos peligros de incendio. En el cajón mal cerrado, el frasco mal tapado, los clavos que no se hallan, las frases desafortunadas (tu eres siempre la que…) las respuestas desdichadas (claro, es muy propio de ti ir a la estación una hora antes, como un palurdo), la serie de desentierros (Tu habías dicho que…) y de viejas reexumaciones (y tu aquella vez…) que ponen al interlocutor con la imposibilidad de defenderse, porque los detalles de aquella vez se han desvanecido en la memoria y no quedan ya los medios de defensa. Todos esos elementos caseros de mal humor están en el origen de la vida imposible.
De ahí el ademán de tomar el sombrero y
salir.
Si en otros tiempos se decía: <<Si
quieren pelear, váyanse fuera>>, hoy se acomoda más a la experiencia
el consejo: <<Si quieren pelear, quédense en casa>>.
A quien le
preguntaba el secreto de vivir tranquilo, Confucio respondía: <<La
soledad>>. Entonces para hallar y asesinar a alguien se aplicaba un
complicadísimo ceremonial. Hoy se aprieta el timbre y se dice: <<Pasaba
por aquí…>> Entonces los malandrines no estaban organizados y no se
intercambiaban, echados sobre divanes, las listas de las mujeres solas, sus
hábitos y sus domicilios. No sé si entonces era más difícil vivir, pero no era,
como, hoy, tan fácil morir.


