JOSÉ UTRERA MOLINA. Ex-Ministro
Siento verdadero dolor al insistir sobre una cuestión que
martillea continuamente mi conciencia y lastima sensiblemente mi corazón. El
gobierno social-comunista de la Junta de Andalucía ha decidido dar un paso más
en el proyecto de ingeniería social iniciado por el gobierno Zapatero -y
mantenido con enorme irresponsabilidad por el actual gobierno del Partido
Popular-, consistente en la manipulación institucional de la historia con fines
políticos y su imposición coactiva, prescindiendo del método científico y
vulnerando la neutralidad y el espíritu crítico que debe presidir la labor del
historiador.
Hago referencia al proyecto de Ley denominado esta vez de
“Memoria Democrática” y a la adopción de diversas disposiciones sectoriales que
la acompañan, algunas de las cuales alcanzan cotas inimaginables de cinismo y
falsedad histórica. Recientemente, la
Consejería de Administración Local de la Junta adoptó un acuerdo declarando
treinta y cuatro lugares de “Memoria Histórica de Andalucía”. Entre ellos se
menciona la antigua prisión provincial de Málaga que, según el citado decreto,
«cumplió con los objetivos de reinserción del gobierno republicano» y que,
«sobre todo a partir de la ocupación franquista el 8 de febrero de 1937», se
convirtió en un centro de terror y sufrimiento. Ignoro el significado que para
la Junta de Andalucía tiene el término «reinserción», pero por mi edad he
conocido cientos de familiares de hombres, mujeres y niños reinsertados durante
la dominación roja de Málaga. Algo más de 2.600 reinsertados durante el año
1936 que jamás volvieron a ver la luz del día.
No aparece, entre los lugares de memoria señalados, el sitio
donde la turba asesinó, arrancó los ojos y mutiló salvajemente al Capitán
Agustín Huelin, sometiendo a su cadáver a las más bajas humillaciones. Tampoco
figura el lugar del Camino Nuevo en el que, noche tras noche, se fusilaba a
decenas de malagueños desafectos al frente popular y a sacerdotes –algunos aún
imberbes- que no tenían más demérito que haber sido fieles a su vocación, y en
el que a la luz del día siguiente acudía una macabra romería para escupir y
profanar los cuerpos sin vida de unos fascistas que ni siquiera sabían que lo
eran. No me lo ha contado nadie. Yo lo viví con diez años y aún resuenan en mis
oídos las descargas de los fusiles, los tiros de gracia y las risas y
aspavientos de una turba enloquecida. Y así podría seguir, hasta llenar páginas
de horror de aquellas fechas que, en mi ingenuidad, creí superadas para
siempre.
La Junta de Andalucía –la del 46% del paro juvenil- se
apresta también a imponer el estudio del «franquismo» (más bien su visión
manipulada del mismo) a los niños andaluces, aleccionándoles con una clara y
bastarda finalidad política. Y en las páginas de ABC, el designado Director
General de la “Memoria democrática” –eufemismo con el que se trata de encubrir
al moderno comisario político- amenazaba abiertamente a la Iglesia Católica con
eliminar cualquier vestigio de la contienda de Iglesias y Conventos, olvidando
que las principales huellas de la guerra civil yacen silentes en las tumbas de
los más de 7.500 religiosos asesinados por los que ahora son llamados
«defensores de la legalidad republicana».
Y me pregunto si alguien en su sensatez podrá parar esta
increíble inmoralidad. Recuerda Joaquín
Leguina en su libro “Zapatero el gran organizador de derrotas”, que he leído
con honda admiración, que en la Tribuna de las Cortes, un día de octubre del
año 1977, el líder de Comisiones Obreras, Marcelino Camacho, hablando en nombre
del Partido Comunista, refiriéndose al espíritu de reconciliación que había de
presidir la transición, pronunció las siguientes palabras: “Hoy no queremos
recordar el pasado porque hemos enterrado a nuestros muertos y a nuestros
rencores”. Me pregunto si esta afirmación tan contundente como aleccionadora
encontrará alguna vez eco en el corazón de los desalmados que pretenden volver
a recordar una tragedia que para el bien de todos tratábamos de dejar en la
tribuna de la historia, para que sólo ella, desde la serenidad que otorgan los
años, se encargue de otorgar la razón a quien la tuvo y arrancarla de cuajo a
aquellos que la han utilizado a su favor.
Los que aprendimos el patriotismo con notas de dolor y con
afán de perfección, no podemos permanecer impasibles ante lo que constituye una
ignominia que nos lleva irremisiblemente a una sociedad indecente que la gran
mayoría de los españoles no nos merecemos. Tenemos derecho a alzar nuestra voz
enronquecida, después de tantas provocaciones y pedirle a Dios que España
encuentre alguna vez la paz y el sosiego que necesita para conquistar su
futuro.
Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda



