No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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3/2/24

AMOR DESGRACIADO --- La Codorniz

 





LA CODORNIZ

La  revista más audaz, 

 para el lector más inteligente. 



AMOR DESGRACIADO
(1948)


 Me pareció gracioso que aquel señor se paseara a altas horas de la madrugada por el pretil del puente. Caminaba con el aire de un funámbulo por la cuerda floja, con la diferencia de que el señor llevaba el paraguas cerrado, colgando del brazo.

 

    ---¿Qué hace usted? -le pregunté, dándole una palmadita en el tobillo.           El señor volvió la cabeza, y entonces pude verle la cara. Tenía la expresión bondadosa de quien, de niño, ha sido lector de don Edmundo de Amicis. Por eso su respuesta fue más bien chocante.

Edmundo de Amicis 
    
    
---Voy a suicidarme -dijo con lúgubre encanto. Y, dando un salto, cayó a mi lado. Cuando estuvo en tierra firme suspiró levemente, tan levemente como pudiera suspirar una mosca.
    
---Así no podrá suicidarse -advertí-. Para caer al río, ha de saltar por el otro lado del pretil.                                                                                                      Pareció no haberme oído. Me disgustó, porque era una advertencia muy razonable.

   

    ---Antes de morir -dijo-, quiero contarle una historia para que le sirva de enseñanza. ¿Tiene usted un corazón bondadoso?                                                No supe qué decir. Nunca me he parado a considerar la calidad de mi corazón.
   ---Pss... -contesté para salir del paso.
  ---Es lo mismo. Tiene un corazón, y basta. Porque supongo que tendrá un corazón...
   ---Pues guárdese de él, jovencito. Yo no supe guardarme del mío, y vea donde me va a conducir.                                                                                    Diciendo esto, señaló las aguas del río, que se deslizaban, siniestras, a nuestros pies; parecía darme a entender que nada podía impedirle que se mojara las orejas en aquella corriente. Me cogió de la mano y, obligándome a sentarme a su lado, en el suelo, habló así:                                                          ---Siempre he sido un hombre bueno. Cuando era niño, las señoras me señalaban con el dedo y decían: <<Feo , sí; pero bondadoso>>. Crecí, y mi bondad creció conmigo. Socorrí a los huérfanos, compadecí a las viudas, di posada a los peregrinos... No quiero cansarle, ni parecerle vanidoso. Solo le diré que hace un año, la natural bondad de mi corazón me impulsó a afiliarme a la <<Sociedad protectora de animales y plantas>>. Ese fue el principio de mi desgracia...        El ex lector de Edmundo de Amicis hizo una pausa. Sollozó. Sobre nuestras cabezas, las estrellas parecían lágrimas suspendidas de la punta de la nariz de millones de angelitos. La voz de mi amigo se hizo tenue como una tela de araña.

Debería darles vergüenza venir borrachos
a un chiste tan respetable...

    ---¿Puede haber algo más hermoso que proteger a los animales y a las plantas? Nada. Y eso, que es tan hermoso...¡es imposible! No se puede proteger a la vez a las plantas y a los animales. Porque, ¿sabe usted qué comen casi todos los animales? ¡Plantas, amigo mío! De manera que si quiere proteger a los animales, ha de dejar que se coman las plantas. Y si quiero proteger a las plantas, los animales se mueren de hambre sin remedio... ¡Es imposible proteger toda a la vez! ¿Lo comprende? No hay ninguna solución. ¿Sabe usted de alguna acaso?



    En su voz había una ansiedad febril. Me hubiera gustado muchísimo conocer otra solución, y quise buscarla; pero mis esfuerzos fueron inútiles.
  --- No, no conozco ninguna -dije después de un largo rato-. No hay más remedio que elegir entre proteger a los animales o proteger a las plantas.
       --- Ahí tiene. Y yo no podré soportarlo. Mi amor se reparte por igual entre unas y otras. La única solución es morir.                                                                    No fui capaz de contradecirle. Volvió a subir al pretil, después de tenderme su paraguas.
      --- Se lo regalo -dijo-. ¡Y guárdese de su corazón amigo mío!               Fueron sus últimas palabras. Dio un salto y desapareció. Aun escuché el ruido de su cuerpo en el agua:
            --- ¡Chop...!  
    Luego el silencio.








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CLIFF RICHARD & THE SHADOWS

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