LA CODORNIZ
La revista más audaz,
para el lector más inteligente.
GRAGEAS
Y usted ¿Qué opina de la
Píldora?
En tanto que Bates,
el mayordomo, servía ceremoniosamente el wisky con soda, lord Pepewood le examinaba
con curiosidad, como si pretendiera desentrañar algún misterio.
--- Me temo, Bates
-dijo al fin el aristócrata- que estés a disgusto en esta casa.
--- Perdón, milord -replicó
el mayordomo-, pero me temo que estáis equivocado.
--- En ese caso -levantó una
ceja lord Pepewood, para significar que su flema estaba a punto de
abandonarle-, ¿cómo no me has asesinado aún, por Jove?
--- Me temo que no os
comprendo milord.
--- Es extraño, porque
precisamente viniste recomendado por los herederos de lord Wintley, a
quien tu servías, y que murió asesinado en su despacho.
--- Una horrible desgracia,
milord -bajó los ojos Bates.
--- Una desgracia completa,
puesto que la policía no logró descubrir al asesino. Y tu tenías una buena
coartada, ¡por Jove!
--- Me limité a demostrar mi
inocencia, milord.
--- ¡Naturalmente! -exclamó lord
Pepewood sarcástico-. Del mismo modo que no pudieron demostrar tu
culpabilidad cuando lord Lindmon, a quien también servías, apareció
apuñalado en su biblioteca.
--- Una Lamentable
coincidencia, si me permite decirlo.
--- En ese caso -dio vueltas
al vaso de wisky entre sus dedos lord Pepewood- espero que esa
coincidencia se repita aquí.
--- ¿Tanta
prisa tiene milord por celebrar sus funerales?
--- Me temo que no soy yo el
impaciente, sino el señorito James, que quiere heredar el condado cuanto
antes. Dice que como ahora gobiernan los sangrientos laboristas, es de temer
que cualquier día aumenten los impuestos sucesorios.
--- Condenada política…
-movió la cabeza Bates, desolado-. Por algo voté yo a los conservadores.
--- Aplaudo tu buen sentido,
por Jove -asintió lord Pepewood-, pero, como no es cosa de esperar a las
próximas elecciones, te ruego que actives lo posible mi desaparición.
--- Como mande milord. ¿Qué
es lo que pretende milord para su óbito? ¿Arma de fuego? ¿Arma blanca? ¿Veneno?
--- Una gragea de
estricnina, por favor. Ya sabes que me molesta el ruido, y no digamos la
sangre. Bueno se pondría el señorito James si le estropeáramos la
alfombra.
Con un suspiro, el aristócrata volvió a su
wisky, en tanto que el mayordomo se retiraba discretamente a su habitación,
para documentarse con las novelas de S.S. Van Dine.
CASTELLANO
Bristol Love Hope of Deliverance
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