MI VIAJE POR ÁFRICA XLIV
Pero el método más recomendable para desplazarse en África central -por sorprendente que pueda parecer- es la bicicleta. En la estación seca, los caminos a través del monte bajo, allanados por los pies de los nativos, ofrecen una excelente superficie. Incluso aunque el sendero solo mida dos pies de anchura y esté flanqueado por una densa jungla que llega a entrelazarse por encima de nuestras cabezas, la bicicleta se desliza sin dificultad, rozando los invasores arbustos mientras silba sobre la hierba a una velocidad respetable, incluso si cada pocos cientos de yardas se ve uno obligado a desmontar por culpa de puntiagudas rocas, piedras sueltas, corrientes de agua o empinadas laderas, en general, es posible mantener una media de siete millas por hora. Con todo lo que ello implica. Según mi propia experiencia, creo que se podrían cubrir entre veinticinco y treinta millas de media, si los porteadores fueran capaces de aguantar ese ritmo; de esa manera se podría recorrer el triple de trayecto en el mismo tiempo y, a su vez, el radio de acción de cada funcionario aumentaría en la misma proporción.
Casi todos los funcionarios británicos que allí conocí poseían ya bicicletas e incluso los jefes indígenas estaban empezando a adquirirlas. Pero para desarrollar este medio de transporte, es necesario establecer un buen sistema de refugios de piedra en las principales líneas de comunicación, situados a intervalos de unas treinta millas y fumigados a prueba de insectos. Tal realización significaría una enorme ventaja para la salud de los funcionarios británicos y un respetable aumento de su poder. Si antes de llegar a Uganda, yo mismo hubiera sabido las ventajas que que ofrece este método, abría podido conocer más a fondo el país por el simple procedimiento de triplicar el recorrido de mis viajes enviando a los porteadores al siguiente destino, con unas semanas de antelación, para que montasen el campamento y me fuesen dejando vituallas a intervalos regulares del camino. Así, en en lugar de viajar exclusivamente de un gran lago a otro, en el mismo periodo de tiempo, habría podido explorar la fértil y populosa llanura de Toro, descender el bello valle de Semliki, atravesar el lago Alberto de un extremo al otro y bordear las laderas de la sierra Ruwenzori. "¡Si la juventud supiera...!
Pero las marchas, en cualquier caso, siempre llegan a su fin: si, además, te detienes a comer y a reposar en un refugio, como es recomendable, encontrarás el siguiente campamento ya casi preparado. Durante las horas más abrasadoras del día, todos nos retiramos a las tiendas, o al más efectivo cobijo de la "banda", con el fin de dormir o leer un rato. Más tarde cuando el sol ya está bajo, afloramos para fumar o charlar y, talvez, aun quede el tiempo justo para practicar el vigoroso ejercicio de perseguir un antílope y cazar unas cuantas pintadas o unos pichones.
A la caída del anochecer, la llegada de los ruidosos mosquitos, infectados de fiebre, obliga a tomar máximas precauciones frente a las enfermedades y otras amenazas procedentes de los insectos. Cenamos en el interior de un espacio mosquitero elaborado con fina gasa, de unos doce pies cúbicos. La ropa de cama, que siempre debería guardarse empaquetada en cajas de estaño, se coloca durante el día protegiéndola con mosquiteros bien sujetos contra toda suerte de alimañas. Todo el mundo se calza las botas anti-mosquitos, largas, suaves y provistas de polainas de cuero hasta la cadera. Se recomienda protegerse con gorro, bufanda y guantes, si es posible, no sentarse en sillas con asientos de caña sin cubrirlas previamente con un cojín o un periódico y llevar una silbante red atrapa-mosquitos. Así pertrechado uno se mueve con relativa seguridad entre los coros de feroces zumbidos.
LET IT BE ME
Bryan Adams



















