No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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25/5/21

MI VIAJE POR ÁFRICA XLIV




 MI VIAJE POR ÁFRICA XLIV


Pero el método más recomendable para desplazarse en África central -por sorprendente que pueda parecer- es la bicicleta. En la estación seca, los caminos a través del monte bajo, allanados por los pies de los nativos, ofrecen una excelente superficie. Incluso aunque el sendero solo mida dos pies de anchura y esté flanqueado por una densa jungla que llega a entrelazarse por encima de nuestras cabezas, la bicicleta se desliza sin dificultad, rozando los invasores arbustos mientras silba sobre la hierba a una velocidad respetable, incluso si cada pocos cientos de yardas se ve uno obligado a desmontar por culpa de puntiagudas rocas, piedras sueltas, corrientes de agua o empinadas laderas, en general, es posible mantener una media de siete millas por hora. Con todo lo que ello implica. Según mi propia experiencia, creo que se podrían cubrir entre veinticinco y treinta millas de media, si los porteadores fueran capaces de aguantar ese ritmo; de esa manera se podría recorrer el triple de trayecto en el mismo tiempo y, a su vez, el radio de acción de cada funcionario aumentaría en la misma proporción.


Casi todos los funcionarios británicos que allí conocí poseían ya bicicletas e incluso los jefes indígenas estaban empezando a adquirirlas. Pero para desarrollar este medio de transporte, es necesario establecer un buen sistema de refugios de piedra en las principales líneas de comunicación, situados a intervalos de unas treinta millas y fumigados a prueba de insectos. Tal realización significaría una enorme ventaja para la salud de los funcionarios británicos y un respetable aumento de su poder. Si antes de llegar a Uganda, yo mismo hubiera sabido las ventajas que que ofrece este método, abría podido conocer más a fondo el país por el simple procedimiento de triplicar el recorrido de mis viajes enviando a los porteadores al siguiente destino, con unas semanas de antelación, para que montasen el campamento y me fuesen dejando vituallas a intervalos regulares del camino. Así, en en lugar de viajar exclusivamente de un gran lago a otro, en el mismo periodo de tiempo, habría podido explorar la fértil y populosa llanura de Toro, descender el bello valle de Semliki, atravesar el lago Alberto de un extremo al otro y bordear las laderas de la sierra Ruwenzori. "¡Si la juventud supiera...!


                                             Sierra Ruwenzori y Valle de Semliki

Pero las marchas, en cualquier caso, siempre llegan a su fin: si, además, te detienes a comer y a reposar en un refugio, como es recomendable, encontrarás el siguiente campamento ya casi preparado. Durante las horas más abrasadoras del día, todos nos retiramos a las tiendas, o al más efectivo cobijo de la "banda", con el fin de dormir o leer un rato. Más tarde cuando el sol ya está bajo, afloramos para fumar o charlar y, talvez, aun quede el tiempo justo para practicar el vigoroso ejercicio  de perseguir un antílope y cazar unas cuantas pintadas o unos pichones.
A la caída del anochecer, la llegada de los ruidosos mosquitos, infectados de fiebre, obliga  a tomar máximas precauciones frente a las enfermedades y otras amenazas procedentes de los insectos. Cenamos en el interior de un espacio mosquitero elaborado con fina gasa, de unos doce pies cúbicos. La ropa de cama, que siempre debería guardarse empaquetada en cajas de estaño, se coloca durante el día protegiéndola con mosquiteros bien sujetos contra toda suerte de alimañas. Todo el mundo se calza las botas anti-mosquitos, largas, suaves y provistas de polainas de cuero hasta la cadera. Se recomienda protegerse con gorro, bufanda y guantes, si es posible, no sentarse en sillas con asientos de caña sin cubrirlas previamente con un cojín o un periódico y llevar una silbante red atrapa-mosquitos. Así pertrechado uno se mueve con relativa seguridad entre los coros de feroces zumbidos.

23/5/21

MI VIAJE POR ÁFRICA XLIII

 



MI VIAJE POR ÁFRICA XLIII


La cabaña que nos había acondicionado se asentaba sobre una fila central de troncos en forma de Y que servía de base a un marco de bambú; sus muros estaban hechos con cañas entretejidas y coronados por un alto y empinado techo de espadaña



Techos de espadaña

El suelo de las "bandas" africanas, cuando está recién hecho, luce una suave y limpia superficie alfombrada de tiernos arbustos verdes; el interior, a menudo, aparece dividido en acogedores compartimentos y la construcción principal se ha ya conectada a las cocinas y otras dependencias, de la misma liviana textura, por paisajes cubiertos de pórticos. En realidad, son una prueba de la cortesía y buen gusto de los nativos que, a una velocidad casi increíble, las construyen con plantas de la jungla vecina; la sensación de entrar en uno de estos elevados, frescos, sombríos y espaciosos interiores y acomodarse en el blando suelo de juncos con alguna bebida en la mano, que al menos no esté tibia, compensa con creces la severa incomodidad de una marcha bajo el sol del ecuador. La "banda", sin embargo,, es un lujo ante el cual no debe bajar la guardia el viajero pues, si lleva construida más de una semana, se convierte un lugar de innumerables insectos transmisores, en gran parte, de veneno y enfermedades malignas. De hecho, cuando se duerme en viejos refugios o sobre terreno de acampada abandonados, casi siempre se contrae la fiebre del espirilo.



La vida" de safari" se ve gratificada por un sentimiento de despreocupación total sumamente satisfactorio. Tienes que "hacer" tantas millas al día y cuando las has "hecho" se acaba tu jornada de trabajo. Se trata de un sencillo programa en el que no queda nada por pedir ni por desear. Por la mañana muy temprano, a menudo una hora antes del amanecer, las cornetas del Batallón de Fusileros Reales hacen sonar el toque de alborada. Todo el mundo se viste de prisa a la luz de las velas para tomar un frugal desayuno mientras se aproxima el alba; las tiendas son abatidas y los porteadores se abren paso con sus cargas. Entonces comienza la jornada. Es evidente que se debe caminar. No hay forma más segura de sentirse bien en Uganda que marchar de doce a catorce millas diarias. Pero si el viajero no desea realizar ese esfuerzo, tiene otras alternativas. Existe el descansado pero aburrido rickshaw, ya descrito en el capítulo anterior, y la litera que, transportada sobre la cabeza por seis hombres de diferentes alturas, de vez en cuando se desliza hasta los hombros de los porteadores, quienes para subirla de nuevo, le dan una desalentadora sacudida que resulta tan incómoda como pueden suponerse. Los ponis no soportan vivir en Uganda, o de hecho no lo hacen, aunque el jefe de policía, convencido de que un cuidadoso control de las caballerizas realizado por los propios ganaderos  podría hacerlos prosperar, se proponía lleva a cabo un experimento con ellos.




 La mulas se adaptan mejor, aunque tampoco demasiado bien. A la que nos acompañó en la última etapa del "safari" a Gondokoro, le pronosticaron una muerte segura; no obstante, en apariencia al menos, la dejamos en perfectas condiciones y con un ánimo excelente. 






MAMA ME DIJO QUE NO VINIERA