HAY
QUE RECUPERAR EL PATRIMONIO
MILITAR
¿Qué es lo que se
considera como patrimonio militar? Para no liarnos diremos que es la Historia,
las Tradiciones, la Cultura, los Monumentos, los Museos, los
Archivos…militares, escrito cada concepto con mayúscula para que pese más.
Y allá va otra pregunta
¿Y quién es el principal responsable de ese Patrimonio? Fácil respuesta: el
Ejército. Aunque hemos de decir que no es
sólo el Ejército el dueño de ese patrimonio, porque lo es de todos los españoles. Pero al decir que el Ejército es el
principal responsable hemos de aclarar para que nadie nos coja con el paso
cambiado, que hablamos del Ejército como abstracción, el de las generaciones
pasadas, las actuales y las futuras.
La generación
actual, sometida al “diktat” de una secta política circunstancialmente en el
poder, no puede cambiar ni destruir ese Patrimonio del que “sólo” es su
defensor, tal como se lo dice, no ya la lógica y la razón, sino las mismas Reales
Ordenanzas. Que es cosa que muchos responsables actuales de uniforme han
ignorado, actuando de forma vergonzosa contra nuestro propio Patrimonio
Histórico, Monumental, Cultural…, que volvemos a escribir con mayúsculas para
que su importancia no decaiga.
Soy militar y pertenezco
a una generación de las denominadas de veteranos, a las que se les sube o baja
según conveniencias del que manda, dicho así de forma suave para que nadie se
enfade, que ya le llegará el momento en párrafos más adelante. Y somos del
Ejército o pertenecemos a él, tanto como
el actual JEME, el Jefe de la Brigada Paracaidista o el cabo encargado del
pienso de los caballos. Hace años tuve un intercambio de cartas en un periódico
de Barcelona con un conocido periodista catalán. En una de ella, el plumífero escribió esto: “Éste se ha creído que me va a asustar por firmar
como Coronel de Artillería”. La respuesta fue lógica y hasta él la iba a
entender: “Usted firma como periodista,
porque es periodista, pues yo firmo como coronel, porque lo he sido cuando
estaba en activo, los soy ahora cuando estoy retirado y cuando me muera seré
coronel muerto, pero siempre coronel”.
Y vamos a seguir con
el firmante como línea argumental de estas consideraciones para poder llegar al
final a la razón de estos comentarios: la defensa y recuperación del Patrimonio
tan cobardemente destruido o escondido a lo largo de tantos años con la
colaboración, no sabemos si entusiasta o dolida, del llamado “Mando”. Y nos
elegimos, con el perdón del lector, porque somos el militar que mejor
conocemos. Y así entraremos en las entretelas de un veterano que lleva el
Ejército en la sangre, en el cerebro y en el corazón, dicho así sin la menor
intención de hacer frases sonoras.
De casta le viene a
este galgo. Mi abuelo, que había sentado plaza en un regimiento de Infantería
en Málaga como educando de banda, pasaría por Cuba de sargento, y regresaría
después de la derrota ya de subteniente. Moriría muchos años después de
comandante. Mi padre salta a África en cuanto sale de la Academia de Toledo,
después participa en la guerra civil en el bando nacional (¿en cuál iba a ser?)
y muere en el frente de Madrid en mayo de 1937. Y ahora el galgo… Antes de
saber andar, gateaba por las instalaciones militares del Castillo de Galeras
donde estaba destinado mi padre. Algún tiempo después, saltamos a África y allí
me entero de quien soy y de donde estoy en un fuerte en el desierto del Sáhara,
viviendo el aire y el ambiente que algunos llaman despectivamente cuartelero;
luego saltamos a la Península, estalla la guerra y presencio y vivo el ambiente
militar de una ciudad, Lugo, que es casi una fiesta. Allí veo desfilar hacia el
frente a los soldados gallegos a los acordes de las marchas “Los Voluntarios” y
“Las Corsarias”. Después me veo en una ciudad que es como un campamento
militar, Talavera, donde tenemos bombardeos de vez en cuando, uno de ellos el
día de mi cumpleaños. Allí “fundé” la XII Bandera del Tercio en la que caería
mi padre unos meses después. Fin de la guerras, un Colegio de Huérfanos de
Militar, preparación para la General, cuatro años de cadete para saltar a
África como primer destino…, y así hasta que un día llega el retiro, y otro
coronel más pasa de activo a retirado.
El amor al
uniforme hizo que jamás aceptara la recomendación de acudir al destino de
paisano, a mi último destino de coronel el Barcelona iba en el metro, y hasta
fui a visitar en más de una ocasión al teniente coronel Tejero en Figueras, de
uniforme. Y el amor al Ejército me hizo seguir a su sombra hasta que “la muerte
nos separe”.
Pertenezco a una
generación que se hicieron cadetes cuando el Ejército estaba todavía en sus
horas bajas, falto de medios y de
material, pero con ilusiones muy altas. Hasta el año 1954 (en el segundo
período) no vimos actuar a un carro de combate. En el período de Caballería
durante el segundo curso, la instrucción era exclusivamente a caballo, en
vehículos o en blindados, ni soñarlo. En el período de Infantería manejábamos
la ametralladora Hotckins, la misma que había visto por primera vez en el
desierto, quince años antes. Para prácticas topográficas, había tortas para
poder coger el único goniómetro “Wild” que teníamos para trabajar…
Algo había cambiado
en cuanto a mejora de vida del cadete porque con el general Capalleja tuvimos
dos piscinas, un campo de deportes y hasta duchas individuales con agua
caliente, además de una notable mejora en la comida, que era excepcional en
maniobras o campamentos.
Nuestro salto a
Melilla nos permitió comprobar otras deficiencias de material en instalaciones,
deficiencias que no existían en la Legión o Regulares. Parecía que nosotros,
artilleros e infantes de “a pie”, éramos unos advenedizos en una tierra que
pertenecía a los otros, a legionarios y regulares. Pero teníamos la boca dura y
las ilusiones intactas…, ilusiones que se mantuvieron a lo largo de nuestra
vida, pese a los tropezones que dábamos de vez en cuando que para eso éramos
hombres y no dioses. Presenciamos mejoras en el Ejército que muchos han
pretendido minimizar, como artillero puedo hablar de los antiaéreos 90/50 o del
40/70, y más tarde de los grupos del Missil “Hawk” que hizo que, allá por
mediados los años sesenta, centenares de artilleros, desde Jefes hasta Cabos 1º
pasaran meses en los Estados Unidos aprendiendo a manejar el material.
Pero cuando muere
el Generalísimo Franco llega la hora de los enanos. Y aquel Ejército de la
Victoria, gracias al cual España había alcanzado aquellos niveles de desarrollo
y de paz, se empieza a disolver, poco a poco al principio, y a gran velocidad
poco después.
Nunca podremos
entender aquella sumisión y aquella abulia que permitieron a nuestros enemigos
(nuestros enemigos, lo repetimos) arremeter impunemente contra nuestra Historia
y nuestro Patrimonio. No entendemos cómo generales que desfilaron delante de la
estatua del generalísimo Franco cuando eran cadetes permitieran, primero,
quitar el ”Víctor” de la base de la estatua para después, cuando llegó el
tercer canto del gallo, eliminar la estatua, o cambiar el monolito de la
entrada, por otro sin gracia.
Pero esto viene de
lejos, no es cosa de la pútrida “Memoria Histórica”, sino desde los tiempos iniciales de la
llamada transición. A un general de la Legión se le arresta por llevar
legionarios al Valle de los Caídos; a un coronel que se despide de su unidad,
la Maestranza de Artillería de Granada, se le arresta por mencionar a Franco en
la “Orden del Día” como guía de su vida militar”; a un capitán general se le
arresta por un comentario sobre sus compañeros juzgados por el 23-F; se obliga
a cambiar el prólogo de un libro sobre la Historia de las FFAA, para quitar los
elogios a Franco como militar; desaparece de la primera página de las Escalillas
el nombre del generalísimo Franco, que había sido una iniciativa real, aunque
después el soberano firmara la ley de la “Infamia Histórica” sin descomponer el
gesto. Y nos referimos sólo al mundo militar, que en lo civil, la ofensiva
iconoclasta era todavía más dura.
Sabemos que por una
u otra razón, al morir Franco, las cosas en España iban a tener que hacerse de
otra manera. La llegada de la democracia de partidos era ya imparable, y se
sabía que ya no iba a ser necesario irse a Perpiñán para verles las domingas a
la Bardot, que aunque alguien se escandalice, era deseo prioritario de gran
parte de la sociedad española que primaba sobre la legalización de los
partidos.
El programado
fracaso del 23-F (…de 1981, que hubo otros en el siglo) vino de perlas para
acoquinar a una sociedad militar que, a partir de entonces, se dejó manipular y
humillar de forma imparable. Dentro de una sociedad española, sin rumbo, y cada
vez más corrompida por la peste nacionalista y separatista, el Ejército pasó de
forma implacable a ser una baraja en el juego de tahúres de las sectas
políticas. Y se dejó manipular domeñado por los “mandos” convenientemente
elegidos y en los puestos claves. Y tuvimos que sufrir una caterva de ministros
de Defensa cuya principal característica era que el nombrado iba a ser peor que
el anterior, pero indudablemente mejor que el que le iba a suceder. Los nombres
de los dos Serra, Trillo, Alonso, Bono o Chacón pasarán con todos los
deshonores a las antologías del disparate. Ellos y los demás han participado de
forma eficaz en la destrucción de nuestro Patrimonio. Luego se han marchado a
sus fincas, yates y propiedades dejando tras sí un paisaje de páramo cultural,
que quizá era de lo que se trataba.
Pero es sin embargo
responsabilidad de mucho cargo militar el que esta aberración se haya cumplido,
y ellos deberían responder de su actitud entre condescendiente o cobarde, en
todo caso sumisa de haberse llevado al Ejercito a esta situación de ilotas
espartanos. Lo que nos ordenan las Reales Ordenanzas para defender nuestras
Tradiciones y nuestra Historia, parecía tener para ellos la misma importancia
que la ley de arrendamientos urbanos de la república del Congo. Por eso, parte
de nuestro Patrimonio fue eliminado, destruido o almacenado, incluso el que
había en acuartelamientos militares que tenía directa relación con su propia
Historia Militar. Dos mujeres ministras, la de Defensa y la de Cultura, decían
sin tan siquiera alzar la voz: “esto fuera”. y “esto” se iba fuera o se
destruía con una grúa, una excavadora o una piqueta manejada por mano militar.
Insistimos en que,
si bien la miserable ley de la “Memoria Histórica” es la responsable de la
sublimación del talibanismo rencoroso de una secta llamada socialista, todo
venía ya rodando y empujada por otras opciones políticas. La eliminación
absurda del Museo del Ejército de Madrid fue cosa de un Aznar que jamás había
pisado aquel excepcional museo,
entusiasmado con una idea lanzada por una ministra socialista. Y de la
instalación de los restos de ese Museo en el Alcázar de Toledo, mejor es
dejarlo para otro día… Citemos, porque es obligado, el asesinato del museo
Militar de Montjuich, que se perpetró, al principio de forma lenta, después
aceleradamente a lo largo de varias legislaturas de colorines políticos
diferentes.
El terrorífico
Rodríguez Zapatero se ha marchado a contar sus medallas y los generosos beneficios
económicos de su gestión, lejos del tinglado que ha dejado por detrás, y ahora
un partido, el PP, ha de bailar con la más fea: la terrible crisis que, por
otra parte, da la impresión de que, al no coger el toro por los cuernos, se ve
incapaz de solucionar. Pero si Rajoy es
capaz de andar y de rascarse al mismo tiempo, ha de dar instrucciones, por ejemplo,
a su ministro de Exteriores para que solucione lo de Algeciras; al de Interior
para que ponga firmes a los mineros del norte y a los de la rama etarra
legalizada; y al de Defensa para que, además de cerrar farmacias militares o
dejar sin postre a los militares, restaure nuestro Patrimonio.
La “Ley de Memoria
Histórica” de ser anulada para que el Ejército pueda recuperar su propia
dignidad.
Hay que ir pensando
en volver a instalar la estatua de Franco en la Academia General, como símbolo
o imagen un nuevo talante en el que prime la inteligencia y, por supuesto, una
auténtica democracia que dice aquello de que todos los españoles somos iguales
ante la ley, sea verdad.
¿Cómo se dice en
inglés, “perder el tiempo”?
Blas de Lezo
(Se firma con el habitual
“Blas de Lezo” para quitarnos un protagonismo que no buscamos).
