MI VIAJE POR ÁFRICA XXIII
Los grandes lagos
Nos encontramos viajando de nuevo en el Ferrocarril de Uganda. Por muy bellos e interesantes que resulten los paisajes contemplados en el trayecto de Mombasa a Nairobi, lo superan con creces los magníficos escenarios que se observan de camino hacia el lago. El primero, por situación e importancia es, el valle del Rift. Esta curiosa falla en la faz de la tierra, que según los geólogos abarca las cuatro mil millas de tierra y mar que nos separan de Palestina y llega hasta el extremo sur del lago Tanganica, es atravesada por la línea férrea de Uganda en una de sus zonas más impactantes. A lo largo de unas sesenta millas de meseta se va elevando de modo gradual, formando una serie de ondulaciones cubiertas de bosques, hasta un nivel de más de seis mil pies de altitud y, de pronto, desciende en picado, casi precipitándose, desde una altura superior a los dos mil pies. Este fruncido muro de rocas y bosques que, con la rectitud de una regla, se extiende hasta más allá de lo que alcanza la vista, es el Kikuyu Escarpment. A medida que el tren se abre paso, descendiendo en diagonal y zigzagueando sobre su superficie, un majestuoso panorama comienza a desplegarse ante los ojos. Mucho más abajo, bañada por la luz del sol y alargándose hasta brumosos horizontes morados, se divisa la vasta depresión del valle del Rift, salpicada por colinas volcánicas de caprichosas formas y quebrados cráteres. A lo lejos, en tonos azules pardos, se alza como una amenaza la ladera de la montaña.
Como observamos la llanura con la perspectiva de quien viaja en globo, los bosques nos parecen verde campos de hierba y los imponentes árboles, matorrales espinosos.
Al cabo de una hora, aproximadamente, aparece a la vista el lago Naivasha. Cuenta con una superficie de unas diez millas cuadradas y, en el centro, la corona de un cráter sumergido configura una extraña isla en forma de cono. Sus aguas saladas repelen a los hombres pero ofrecen refugio a los hipopótamos y a innumerables aves salvajes. En Naivasha se halla la granja ganadera estatal; sus rebaños cuentan con ejemplares de ovejas nativas y de las cruzadas con la raza inglesa. La mejora es asombrosa. La oveja de aquí es un peludo ser que, a los ojos del profano, parece más bien una cabra. Cruzada con sangre de Sussex o de Australia, procrea un animal lanudo de aspecto más familiar. En el siguiente cruce la progenie apenas se distingue, en apariencia, de la de pura sangre inglesa, pero muestra una mayor adaptación al sol y al clima africano. Otro tanto ocurre con el resto del ganado. En la primera generación desaparece la joroba del buey africano y en la segunda, se revela ya el respetable vacuno inglés de cuernos cortos.
Esta granja estatal persigue un doble objetivo:
Por un lado, encontrar la especie animal que mejor se adapte a las condiciones locales; por otro, procurar a los colonos y a los nativos un estable y creciente suministro de ejemplares de pura sangre que les ayuden a triplicar o cuadruplicar el valor de sus rebaños. El celo y entusiasmo de los encargados de esta labor nos resultaron muy alentadores. De todos modos, sus actividades están limitadas actualmente por la insuficiencia de fondos disponibles y las precauciones que se están adoptando ante la fiebre de la costa oriental. El primero de estos impedimentos puede ser superado; el segundo, en cambio, parece más difícil de combatir.
La fiebre de la costa oriental entró a trvés de la frontera alemana hace año y medio, y desde entonces, pese a contar con las medidas preventivas que la escasa financiación permite, se ha ido propagando de modo paulatino a través del Protectorado. Una vaca enferma tarda unos treinta días en morir; mientras tanto, adonde quiera que vaya, transporta los afectados enjambres de ácaros, que conservan la infección durante un año.
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