LA CODORNIZ
Además de ser una revista de humor, no daba puntada sin hilo con solapadas críticas al Régimen (...han entumecido la atención popular.)
La
revista más audaz,
para el lector más inteligente
ESPOSA CASCARRABIAS
No pida usted peras al olmo, señora! Nuestras estadísticas particulares, que dan sopas con honda a las del insttituto Gallup ese, demuestran que el ochenta y cinco por ciento de los maridos pueden considerarse humanamente ideales! Pero un marido no puede estar dotado, como usted quisiera, de un <<detector de mentiras>> para averiguar si no miente cuando dice que pasó la velada en el café con sus amigos.
Pero un marido no es ningún muñeco que dice <<nenas>> y <<cariño>> cuando austed le apetece oprimirle el tórax.
Pero un marido no puede sentir predilección por la mecanógrafas cuarentonas y miopes.
Pero un marido no puede estar obligado toda su vida a devanar madejas sentado en una mecedora.
¡Usted, esposa cascarrabias, desearía que su marido no supiera nunca el dinero que lleva encima y dejara a su alcance, en el respaldo de una silla, la americana con la cartera en el bolsillo!
¡Usted, esposa cascarrabias, desería que en sociedad su marido llegara a la categoría de <<simpático>>, sin alcanzar el grado de <<encantador>>!
¡Usted, esposa cascarrabias, desearía que su marido bailase demasiado mal para obtener éxitos fulminantes con personas que lo acaban de presentar!
Decir que monsieur Marcel Terry fue inoportuno, imprudentemente inoportuno, asesinando a su tía, en momentos poco propicios dentro del concierto europeo, no es más exagerado que afirmar que ha hecho el ridículo muriendo en la guillotina en un año en que todavía no se ha normalizado la sensibilidad pública.
Marcel Terry, en otros tiempos, tal vez hubiera asesinado lo mismo a su tía -porque hay criterios cerrados chez el hombre-. y acaso igualmente que ahora habría ofrecido su cuello al digno empleado del Estado encargado, como Barbero Mayor de la República, de sesgar cabezas con culta y tradicional ligereza: pero las compensaciones de su vanidad habrían funcionado de bien diferente manera. Antes - y no es que vengamos siempre añorando otros tiempos- un criminal era la competencia y la envidia de los colaboradores literarios de los periódicos. Cierto que su fama era relativamente efímera, pero esto ocurre tambien con las firmas más estimables. Lo cierto es que , cuando se descubría un crimen, el criminal veía compensada la escas gracia que le hacía ingresar en la cárcel con una popularidad que le envanecía y que mortificaba a los escritores.
El nombre del criminal venía en los mejores diarios y revistas, y salían fotografías de sus padres, de su casa natal y del lugar del suceso, generalmente marcado con una cruz o señalado por un niño, que los buenos periódicos tenían a sueldo con carnet de niño señalador. Todo esto halaga el temperamento menos propicio a la vanidad, igualmente que alagaba el trato que recibía en la cárcel y hasta que llegaba al patíbulo. No es nada exagerado decir que antes un ajuiciado moría en verdadero olor de muchedumbre y dándole ocasión a que dijera antes de morir la frase que legaba a la historia.
Ahora los tiempos son malos para los criminales. La guerra primero y esta paz con ejecuciones en masa y condenas diarias, han entumecido la atención popular. La publicidad ocupa mucho espacio en los periódicos, y sabemos que hay administradores que no conceden más que una línea por docena de ejecutados, a no ser que las familias paguen la noticia en los ecos de sociedad. El crimen y la ejecución de un particular apenas interesa a nadie y hace falta mucha vocación para cometer un acto cuya repercusión va a ser más escasa que la de un poema puro.
La cárcel de la Santé, de Paris, en cuyo patio ha sido guillotinado Marcel Thierry, está también algo pasada de moda. ya en los tiempos de la ocupación alemana, en que los que estaban presos en Cherche Midi, prisión militar del boulevard Raspail, que tenía bastante chic, no consideraban nada a los presos de la Santé y únicamente con intención de molestarles, llevaron allí los alemanes algunas personas distinguidas.
Cárcel de la Santé
Marcel Thierry, sin haber sido político, ni colaboracionísta, ni espía, ni nada un poco fino, no ha podido conmover a París, que en fin de cuentas sigue siendo una ciudad que se paga mucho de los detalles. Un hombre que mata auna tía suya no interesa hoy a nadie, y lo comprendo por mi mismo, que ni aún en el caso de habérseme recomendado me hubiera atrevido a molestar la atención de un especialista voluptuoso como, por ejemplo, Camilo josé Cela. Hay que reconocer que matar a una tía o a un tío son cuestiones de familia siempre cargantes como cuando en una reunión literaria la mujer de un escritor va y se pone a hablar de cómo está el servicio.
Pero también sería una falta de caridad como otra cualquiera para un escritor de mi tipo -sentimental y mariposón de noticias- no dedicarle más que las cuatro líneas que las agencias an concedido a Marcel Thierry.
Total, que la sociedad actual ha hecho de Marcel un guillotinado resentido y malhumorado. Está visto que no se puede matar a una tía cuando el mundo anda distraído en otras cosas. Resulta que le matan a uno y además le echan la bronca.
Mal negocio, Marcelo. Otra vez será.
César González Ruano