Esta
periodista, de la que no ofrece ninguna duda su carácter imparcial, democrático
y liberal, ha publicado este artículo basándose en hechos reales sobre una de
las verdades Históricas de España, que con anterioridad, ya habían escrito
algunos historiadores.
Victoria
Prego
El Valle de los Caídos es inseparable de la figura de Francisco Franco y, aunque se exhumen sus restos y se trasladen al
cementerio de El Pardo, donde está
enterrada su mujer, siempre conservará su huella. Y eso es así porque fue Franco quien ideó que se levantara en
aquella España de la posguerra un Valle
de los Caídos. Porque fue él quien eligió personalmente el lugar en el que
debía erigirse el monumento y quien supervisó directísimamente las obras; quien
encargó al escultor Juan de Ávalos -un
republicano con carnet de las Juventudes Socialistas- las esculturas que
adornan la fachada de la Basílica y
las que están en la base de la gigantesca cruz de 150 metros de granito que la
corona. Fue Franco quien eligió la
rama de enebro con la que el escultor nacionalista
vasco Beobide hizo la talla del Cristo en la cruz que preside el altar.
Y fue Franco quien definió también
el cometido del monumento.
Diego Méndez, uno de los dos arquitectos del Valle, cuenta que desde mucho antes de que ganara la guerra, Franco tenía la obsesión de levantar un
monumento con el que honrar a los muertos caídos en la contienda. Y es cierto
que en aquel momento su intención era la de homenajear a sus muertos. Y así lo
atestigua el decreto del 1 de abril de 1940, un año después de terminada la
contienda, en el que se ordena que «se
levante un templo grandioso […] en el que reposen los héroes y mártires de la
Cruzada».
Pero 18 años más tarde ciertas cosas habían cambiado en
el país y, cuando en 1958 se inauguró el Valle
de los Caídos, los gobiernos civiles informaron oficialmente a todos los
ayuntamientos que el propósito del monumento era «dar sepultura a cuantos cayeron
en nuestra cruzada, sin distinción del campo en el que combatieron, […] con tal
de que fueran de nacionalidad española y de religión católica» puesto
que se trataba de sepultarles en un lugar sagrado. E invitaban a que, quienes
lo desearan, llevaran a enterrar allí a los suyos. La segunda condición para
que los restos identificados fueran depositados en Cuelgamuros fue que ello contara con el consentimiento pleno de los
familiares.
A partir de 1958 empezaron a llegar a la cripta de la
basílica las primeras cajas. Ahora mismo
la Basílica cobija en la cripta los
restos identificados de alrededor de 35.000 caídos en el frente y en las
retaguardias, la mayoría de los cuales, me aseguró el anterior abad de la
Basílica, Anselmo Navarrete, pertenece al bando republicano. De
los que faltan hasta sumar la totalidad de los restos guardados allí, casi 100.000, procedentes la mayor parte de
las fosas comunes abiertas en los frentes de batalla, no se conocen las
identidades y sería hoy ya muy difícil su identificación. Esta es la realidad
demostrable y documentada de los muertos en la Guerra Civil española que descansan en este Valle de los Caídos, objeto en los últimos años de una muy agria
polémica.
Pero este Monumento
carga con una leyenda negra alimentada por determinados grupos de la izquierda que ha tenido un éxito indudable entre la
población. Y uno de esos elementos
falsos es el de que allí se sometió a trabajos forzados a los presos
políticos después de la guerra. No
es verdad. Estos son los datos: durante los casi 19 años que duró su
construcción trabajaron allí entre 800 y 1.000 presos políticos, nada de
decenas de miles como quiere la leyenda negra divulgada. Y nunca acudieron en
régimen de trabajos forzados. Todo lo contrario:
para ir a trabajar a Cuelgamuros los
reclusos políticos tenían que solicitarlo oficialmente. Porque ocurría que las
perspectivas penales, económicas y personales eran mucho mejores allí que en
cualquier prisión.
En lo personal, porque los presos fueron autorizados a llevar a sus
mujeres y a sus hijos, que se quedaron en muchos casos a vivir con ellos.
En lo penal, porque los
reclusos políticos podían redimir de dos a seis días de condena por cada día de
trabajo. Los primeros presos
llegaron a finales de 1942, dos años y medio después de comenzadas las obras, y
al terminar 1950 no quedaba ninguno porque todos habían redimido ya sus penas y estaban
en libertad. Muchos de ellos, sin embargo, optaron por seguir en el Valle como personal contratado. Y en lo
económico porque las condiciones de los presos políticos eran
idénticas a las de los trabajadores libres.
Cobraban el mismo
salario, aunque a los reclusos se
les retenían las tres cuartas partes de la paga, un dinero que se les ingresaba
en la Caja Postal de Ahorros para
entregárselo a sus mujeres e hijos, si los tenían, o a ellos mismos cuando
recuperaban la libertad. Cobraban los
puntos por cargas familiares, las horas extraordinarias y estaban asegurados.
Todo esto está documentado, además de avalado por los testimonios directos de
quienes trabajaron allí.
Tampoco existieron
nunca esos miles de muertos en el tajo que cuenta la leyenda negra ahora revivida y admitida como buena por casi todos. En los casi 20 años que duró la
construcción se registraron exactamente 14 accidentes mortales. Y la mayor parte de las víctimas, si no la
totalidad, fueron obreros libres que,
por razón de la especialización de las tareas, eran la mayoría de los que
estaban allí trabajando.
Ni siquiera está
claro que Franco quisiera ser enterrado en el Valle de los Caídos, como se sostiene. El único testimonio
existente en ese sentido es el del arquitecto Diego Méndez, quien cuenta que, durante las obras, Franco le señaló a él un lugar junto al
altar mayor y le dijo: «Yo, aquí».
Nada más. No existe constancia escrita
de este deseo ni nadie lo supo nunca: ningún miembro de su familia, ni
tampoco el Presidente del Gobierno. En los últimos días de la enfermedad del General, Arias Navarro le preguntó a su hija
Carmen exactamente eso, si sabía que su padre había expresado su deseo de
ser enterrado allí, y la respuesta fue: «No».
Lo que sí consta
es que las obras para acondicionar una tumba al otro lado del altar se realizaron a toda prisa estando el dictador
ya irremediablemente enfermo. Consta
también, y hay testimonio de ello, que a comienzos de los 70 Franco envió a su mujer a visitar la
cripta de la ermita del cementerio de El
Pardo. Y consta que en esa cripta había una urna funeraria con capacidad
sobrada para dos cuerpos y que, una vez enterrado Franco en Cuelgamuros,
esa urna fue retirada. Y, finalmente, consta que allí reposan ahora en
solitario los restos de su viuda, Carmen
Polo.
Entre tantas conjeturas y tanta leyenda, hay, eso sí, una
certeza: la de que el Valle de los
Caídos es uno de los pocos lugares de España donde la huella física de
Franco existe todavía. Y la de que la
retirada de sus restos de la Basílica no será suficiente para borrar su huella
del Monumento.
Francisco Javier de la Uz Jiménez


