LA GRAN NOTICIA DEL NACIMIENTO DE UN NIÑO EN BELÉN
Estamos en
los albores del Año I, de una nueva Era en la Historia de la Humanidad,
conocida como “Era Cristiana”, por el grandísimo impacto que ha de tener en el
mundo el nacimiento de un Niño, esta noche, en la lejana ciudad de Belén. El Imperio Romano lo rige, desde hace ya
bastante años, el Emperador César Augusto, si bien, la edad no perdona, y ya no
es ni una sombra de lo que fue; toda vez que se encuentra cubierto de achaques
y su muerte ya se adivina próxima. En el otro confín del Imperio, en la Judea,
existe una gran expectación pues se espera la venida al mundo de un Mesías que
habrá de redimir al pueblo judío del yugo opresor de los romanos. Se ha
cumplido ya la época en que el profeta Daniel había anunciado la venida de este
Mesías, y la Madre escogida por el Verbo Divino es María, esposa de José, y
ambos son de Nazareth en Galilea.
El Emperador
ha ordenado al Rey Herodes el Grande, vasallo de Roma, que decrete un
empadronamiento general de todos su súbditos, y ello obliga a José, como
descendiente de la familia de David, a inscribirse en Belén; y es aquí, donde
cumpliéndose exactamente las profecías, nacerá el Salvador.
Los esposos
bajan de las colinas de Nebí Saín, sobre la cual está Nazareth. Dejan atrás,
entre la distancia y la niebla, la silueta del Líbano, con la circular cumbre
del Monte Tabor. Cruzan la Samaria, infestada de bandidos y salteadores de
caminos, y donde treinta y dos años más tarde hablará el Salvador de un agua
que apaga la sed para siempre. Quedan a un lado las palmeras de Jericó, y a
otro Jerusalén, levantada entre cumbres y destacando en lo más alto su templo
milenario. Y al fin, tras un viaje penosísimo, José y María llegan a la ciudad
de David, sostenida por una colina de la que surgen por doquier viñas y, sobre
todo, olivos. Es la ciudad de Belén, en cuyos campos el Rey pastor apacentó sus
ganados y cuyas tierras se empaparon con las lágrimas de Noemí y de Ruth.
En Belén de
Judea, José y María no encuentran posada. Por la gran afluencia de forasteros
con motivo de la orden de empadronamiento, todo se halla ocupado. José acude al
mesón de unos parientes a quienes implora por María que está a punto de dar a
luz. Más es en vano, no hay sitio para ellos, ni tampoco piedad, y la negativa
cae sobre la súplica. El carpintero de
Nazareth sufre por María y por el hijo que ésta lleva en su seno. María siente
que le empiezan a traspasar los dolores que herirán desde entonces su alma y
las primeras lágrimas por Jesús brotan de sus ojos. Siguen pidiendo asilo por
la ciudad, más nadie los ampara. Algunos de aquellos a los que acuden indican a
José que existe una especie de establo, en una caverna situada en el camino que
lleva a Hebrón, y a ella se dirigen. La cueva es la morada más pobre que se
pueda concebir. El esposo prepara fuego para mitigar el intenso frío de la
noche que se acerca…Y la noche ha venido. Transcurren lentas las horas, y a las
doce en punto se produce la feliz realidad del nacimiento del Hijo de Dios y de
María. Acaba de cerrarse el antiguo Testamento. Se abren los cielos y una corte
de ángeles entona la diana gloriosa de la Redención “ Gloria a Dios en las alturas y Paz en la Tierra a los
hombres de buena voluntad”.
La alborada
siguiente anunciará dos soles sobre la Tierra. Después la partida y el retorno
por caminos inaccesibles pues los esbirros de Herodes los persiguen con
saña no exenta de una cruel y encendida
furia, hasta su humilde hogar de Nazareth, donde Jesús pasará su infancia
ayudando a su “padre” en las modestas tareas de carpintero. Y cuando llegue el
día predicho por el Padre, empezará su peregrinar y Galilea, Judea, Samaria…lo
verán pasar vestido con túnica hecha por María y echado el “tallith” sobre sus hombros; haciendo el bien, prodigando el bálsamo
de sus parábolas, hablando del amor que no tiene fin. El suelo de Palestina
besará sus plantas cuando del Tiberíades al Mar Rojo recorra sus poblados. Pero
eso será un mañana todavía lejano. Hoy, en el vientre de su Madre, ha hecho su
primer camino. El frío de la noche y el fuego preparado por José, la falta de
caridad de los parientes y el arrebato de los pastores son el presagio de su
vida de Redentor. La cueva de Belén, es el más humilde pero a la vez el más
bello pórtico para dar inicio al Nuevo Testamento. Y desde allí, de generación
en generación, la gran noticia ha llegado hasta nosotros: Como una y otra vez,
desde hace dos mil y trece años : “ESTA NOCHE DE NUEVO, CRISTO HA NACIDO EN
BELÉN”.
A
todos los Poetas que justificamos “Como Presentes” en las Listas de
Revista de este caudaloso manantial del “Club de los
Poetas Muertos”, bastión literario inexpugnable de la Historia y Tradiciones
Patrias, les deseo:
¡Feliz Navidad!
Francisco Ángel Cañete Páez ( Nochebuena de 2013)
(XVII Promoción de la Milicia
Universitaria (IPS)

