El Coronel, y sin embargo amigo..., Juan Valenzuela nos manda esto:
UNA CLASE MAGISTRAL DE
HISTORIA UNIVERSAL
– LA GUERRA EN CURSO –
30 OCTUBRE, 2016
Una continuidad de
enfrentamientos desde Maraton, Salamina, Platea, Lepanto, Viena, Nueva York, la
era de las batallas decisivas enfrentando ejércitos ha terminado, ahora estamos
en una guerra, no digo quien tiene razón, quien es culpable ni sermoneo sobre
el tema.
Pero que estamos en guerra, no
cabe la menor duda, y no es la guerra al estilo de Waterloo o Normandía o
Stalingrado, es una guerra de miles de hechos acumulados, esporádicos, de
guerrillas, sin
declaraciones ni banderas ni
cargas de caballería, y a eso se enfrenta Europa y sus posibilidades,
honestamente, no son las mejores, basta saber un poco de historia.
Una cosa es integración…
¡Bienvenida! … pero no se engañen, acá estamos frente a una invasión a toda
regla, en cámara lenta, que tampoco se gana con muros ni fronteras ni
extradiciones, a esta altura eso es irrelevante.
Esto no se arregla con
pitecantropus como Le Pen o Neo Nazis, es tan compleja que pocos saben lo que
hacer.
Y lo peor es que no todos los
“moros” son enemigos……
Por lo que es inútil hacer una
barbaridad al estilo de Simon de Montfort, cuando mandó matar a todos los
habitantes de una ciudad durante la “Cruzada” contra los Albingenses y alguien
le dice: ¡Sire, hay buenos católicos entre ellos! Y él responde… ¡Matadlos a
todos Dios separará a los buenos de los malos!
Así que las soluciones
facilonas xenofóbicas tampoco caminan. ¡Jodida situación!
Los que saben algo de
historia, entienden lo que digo.
Hoy es Paris, porque sale en
todos los medios y todos lo saben, ¿pero cuantos saben de Aleppo o Darfur o
Somalia?
Es una guerra mundial, que
empezó hace mucho, y estamos en el medio de ella, aunque los bienpensantes y
bien intencionados digan que no.
Desde el punto de vista
histórico (la Historia siempre se repite) la situación es llamativamente
similar a la de LOS GODOS DEL EMPERADOR VALENTE. En el año 376 después de
Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres,
mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el
avance de las hordas bárbaras de Atila. Por diversas razones – entre otras, que
Roma ya no era lo que había sido – se les permitió penetrar en territorio del
imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores,
éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se
acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron
que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y
corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la
codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en
Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su
ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo,
último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.
Y es que todo ha ocurrido ya.
Otra cosa es que lo hayamos olvidado o que gobernantes irresponsables nos
borren los recursos para comprender.
Desde que hay memoria, unos
pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los
invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y
sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando
a sus hijos.
Así se mantuvieron hasta que
la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado
el ocaso, sufrieron la misma suerte.
El problema que hoy afronta lo
que llamamos Europa, u Occidente
• ese imperio heredero de una civilización compleja, que
hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y se emparenta con el Corán, que
florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y
libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa,
es que todo eso – Homero,
Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire – tiene fecha de caducidad y se
encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya
sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.
Por eso Occidente está pagando
nuestros pecados.
La desaparición de los
regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano
desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en
lugares donde las palabras Islam y Rais (religión mezclada con liderazgos tribales)
hacen difícil la democracia, pusieron a
hervir la caldera. Cayeron los
centuriones – bárbaros también, como al final de todos los imperios – que
vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero
eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas
de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros – en el sentido histórico
de la palabra – que cabalgan detrás de ellos.
Eso nos sitúa en una coyuntura
nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente
histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las
oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios,
civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o
desaparecieron.
Y los pocos centuriones que
hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados.
Los condenan nuestro egoísmo,
nuestro ‘buenismo’ hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde
incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental
supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los
bárbaros.
A ver si nos enteramos de una
vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra
propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por
detrás a los ‘modernos godos’ lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros
en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo.
Nuestra civilización,
afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos
de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean ONGs, no
fuerzas militares.
Toda actuación vigorosa – y
sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia – queda descartada
en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a
enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939.
Cualquier actuación contra los
que empujan a los nuevos ‘godos’ es criticada por fuerzas pacifistas que, con
tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso.
La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias.
Detalle significativo: las
operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración,
sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas.
Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción.
El ciudadano es mejor ahora
que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades.
La herramienta histórica de
pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber
matanza de godos. Por fortuna para la Humanidad y por desgracia para el
imperio.
Todo eso lleva al núcleo de la
cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y
libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado
por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la
absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al
mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida.
Pero las cosas no son tan
simples. Los ‘godos’ seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos
y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene:
juventud, vigor, decisión y hambre.
Cuando esto ocurre hay pocas
alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran
en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la
destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en
desmoronarse.
Eso nos mete en el cogollo del
asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del
imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o
deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano
ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni
hospitales, ni espacios confortables.
Además, incluso para las
buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de
una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos
instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf,
trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas
tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho.
Donde no todos, y cada vez
menos, podemos conseguir lo que ambicionamos.Y claro. Hay barriadas, ciudades
que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando
arderán, porque también eso es históricamente inevitable.
Y más en una Europa donde las
élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos
analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso
final será una
policía más dura y represora,
alentada por quienes tienen cosas que perder.
Eso alumbrará nuevos
conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos,
represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos
violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos
desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la
injusticia. También parte de la población romana – no todos eran bárbaros –
ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia
iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay
forma de parar la Historia.
«Tiene que haber una
solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos
incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la
Historia no se soluciona, sino que se
vive; y, como mucho, se lee y
estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo,
en la historia de la
Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay
solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley
natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros.
Mucho quedará de lo viejo,
mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a
muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que
éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos
bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables.
Una, es el consuelo analgésico
de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es
imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al
que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los
bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.
La otra actitud razonable,
creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos
jóvenes.
• Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y
sentido común el mundo que viene.
• Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que
puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue.
• Dándoles herramientas para vivir en un territorio que
durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso.
• Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que
se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por
lucidez. Por serenidad intelectual.
• Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que
piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes – llegado el caso – de la
digna altivez del suicidio.
• Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar
sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con
demagogias baratas y cuentos de Walt Disney.
Ya es hora que en los
colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a
los ojos.
ES LA GUERRA SANTA, ¡IDIOTAS!
Pinchos morunos y cerveza. A
la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor – treinta años de
cómplice amistad – se recuesta en la silla, sonríe, amargo, y me dice: «No se
dan cuenta, esos idiotas que esto es una guerra, y estamos metidos en ella. Es
la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta».
Mi amigo sabe de qué habla,
pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme.
De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada.
«Es una guerra y la estamos perdiendo por nuestra estupidez…. sonriéndole al
enemigo».
Mientras lo escucho, pienso en
el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida
habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia.
Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los
tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las
Termópilas.
Como se repitió en aquel Irán,
donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y
la llegada del libertador Homeini y sus ayatollás.
Como se repitió en el babeo
indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final – sorpresa
para los idiotas profesionales – resultaron ser preludios de muy negros
inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras
libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace
creer exportables en frío, acaban siendo administradas por imanes, sacerdotes o
como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano
hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió
el barón Holbach en el siglo XVIII:
«Cuando los hombres creen no
temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».
Porque esto que está
ocurriendo, es la Yihad….. ¡ idiotas !.
Es la guerra santa.
• Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña
parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí.
• Lo sabe quién haya leído Historia, o sea capaz de
encarar los periódicos y la tele con lucidez.
• Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y
fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes
a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por ser infieles
al Islam, de adúlteras lapidadas – cómo callan en eso las ultrafeministas, tan
sensibles para otras chorradas -, de criminales cortando cuellos en vivo
mientras gritan «Alá Ajbar» mientras docenas de espectadores lo graban con sus
putos teléfonos móviles.
• Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán –
no en Iraq, sino en Australia – exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte
al Profeta».
• Lo sabe quién vea la pancarta exhibida por un joven
estudiante musulmán – no en Damasco, sino en Londres – donde advierte:
«Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».
A Occidente, a Europa, le
costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Para poder
ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te
cuelguen de una grúa. Para ponerte falda corta sin que te llamen puta.
Gozamos las ventajas de esa
lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la
que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando
era joven y aún tenía fe.
Pero ahora los jóvenes son
otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a
llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos
históricos, ellos son los nuevos bárbaros.
Europa, donde nació la
libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven,
valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones (ellos y ellas) muy
puestos en su sitio.
Dar mala imagen en YouTube les
importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra.
Trabajan con su dios en una
mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría
ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo
del todo, atrapado en sus propias contradicciones socios teológicos.
Creer que eso se soluciona
negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa imbecilidad.
• Es un suicidio.
• Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a
negociar. Y con quién.
• Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla
sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del
televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma.
Porque es contradictorio,
peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al
mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.
ARTURO PEREZ REVERTE
Juan Valenzuela.
Chevi Sr.

