UNA PICA EN FLANDES
Esteban
González Pons
Cuando una causa
patriótica se antepone a la inteligencia, hasta los maestros se vuelven hienas.
Los alumnos miran al maestro qué entra, con rostro serio,
en el aula. Si dijera: “Que levanten la
mano los hijos de parejas homosexuales o de gitanos”. O, señalando a uno: “Estarás contento del atentado que
cometieron en París los moros como tu padre”. O, con indignación contenida:
“No puedo dar clase por lo que ocurrió
ayer, ya que llegaron nuevas pateras, con inmigrantes ilegales, tal que la
madre de este, a quitamos el pan”. O, en plan Herodes piquete: “Chaval, si no vienes a manifestarte contra
la inclusión de discapacitados en aulas de chicos normales, ya puedes irte del
colegio”. Si la boca del profesor expulsase cualquiera de estas
barbaridades, se formaría un escándalo nacional. La noticia de que un educador
segrega a sus alumnos por la raza, la opción sexual, la religión o la situación
social o laboral de sus padres, correría como la pólvora y levantaría justificadas tempestades de indignación pública y tuits.
Pero, nuestro caso fue distinto. Los humillados eran hijos de Guardias Civiles, gente con alma de
charol, y los profesores que, ante sus compañeros de pupitre, los vejaron,
heroicos independentistas catalanes,
el colmo de lo políticamente correcto. Digamos, entonces, que casi pudo
tratarse de un tormento legítimo. Cuando una causa patriótica se antepone a la
inteligencia, hasta los maestros se vuelven hienas. “Arriba el que su padre sea picoleto, facha o españolazo” y, el pequeño
charnego que se puso en pie, tiritaba. Así que, excepto una columna en algún
periódico, nadie dijo demasiado al respecto. Seis meses después, hemos sabido
que la Fiscalía se querelló en defensa
de los menores acosados y, durante un día al menos, el tema fue discutido en la
radio. Aunque tampoco mucho, dado que la actualidad baja cargada de lodo y sedimentos.
Estos niños,
ultrajados en Colegios Públicos por ser hijos de Guardias Civiles,
constituyen el grupo de víctimas más
cruelmente maltratado en la Cataluña feroz de hoy. Primero, porque, cada día, sufren un tipo de angustia prohibido en Europa desde el final del nazismo. Y, segundo,
porque, seamos sinceros, si fuera al revés, si un Guardia Civil separase de sus camaradas al hijo de un maestro
independentista, todos pondríamos el grito en el cielo, pero, a la inversa, no
se espera nada parecido. En España existe
una doble vara ideológica de medir y, si perteneces al platillo equivocado de
la balanza, te caen chuzos de punta como si lo merecieses. No hay empleados
públicos más generosos y peor gratificados que Guardias Civiles y Policías Nacionales, hasta que no se entienda
eso no disfrutaremos de una democracia sana. Hace más de un año, tuve ocasión
de cenar con dos Guardias y sus parejas
que, semanas atrás, habían sido
golpeados como perros en algún lugar de Navarra, de cuyo nombre no quiero
acordarme. En un momento dado, les pasé mi móvil, alguien muy importante del Gobierno quería darles un abrazón.
Cuando regresaron a la mesa, pregunté:
¿Qué habéis pedido? ¿Un traslado? ¿Una
medalla? Me respondieron: “Nada de eso, que arreglen las ventanas de
la casa cuartel, los hijos del cuerpo se mueren de frío en invierno”. Se me
puso la piel de gallina y pensé: “EL
HONOR ES SU DIVISA”. Y la nuestra, no. La
nuestra, definitivamente, no.
Francisco Javier de la Uz Jiménez

