CARTAS QUE EL PUNDORONOSO NIÑO JUANITO ESCRIBE A SU AMADISIMO ABUELO II
La Codorniz
La lectura más audaz
para el lector más inteligente.
Aun como por muy cierto tengo que tu modestia se encuentra entre las virtudes más exigibles de los escolares y jovencitos en general, no puedo hoy dejar de narraros, abuelo mío venerable, lo que sucedió, no ha muchos días, a mi amigo y condiscípulo Anselmo, y la sagacidad y sabiduría demostrada por mí en semejante ocasión. Pues sabréis que, siendo día de vacación, decidimos hacer una visita a nuestro común amigo y condiscípulo Diosdado Ter, hijo de uno de los pasteleros más ricos de nuestra ciudad, y no mediocre escolar. Recibidos cortesísimamente por nuestro compañero Diosdado, charlamos con él durante largo tiempo, y no de cosas ligeras o frívolas, que muy a gusto dejamos a los compañeros díscolos o desaplicados, sino solamente de aquellos que a la escuela y a la enseñanza atañen y conciernen, citando varias veces el nombre reverenciado del señor maestro y de las utilísimas nociones de que, día a día, nos hace partícipes para nuestro derecho y deleite

Y habiéndonos llegado en tales conversaciones la hora del ocaso, disponíamos ya prudentemente a marchar, cuando así habló nuestro compañero Diosdado : "Esperad un minuto, amigos, para que yo pueda, con el consentimiento de mi padre, haceros don de algunas golosinas de las cuales comáis vosotros algunas moderadamente y deis las restantes a vuestros hermanos o pequeños parientes."
E indicándonos algunas bellísimas bandejas llenas de crema, bocadillos y otras glotonerías, graciosamente y con bello garbo nos invitó a coger de ellas. Tres o cuatro cogí yo, discretísimo, y sin llevarme ni una sola a la boca, pues como bien conozco cuan nocivos son los dulces para los escolares, guardélos cuidadosamente en un papel. Bien diverso fue, sin embargo, el comportamiento de mi amigo Anselmo, el cual, con codicia indescriptible, echóse sobre los dulces y sobre las cremas y llenóse el gaznate hasta quedar harto, ensuciándose malamente el rostro y las manos.
"Anselmo -le dijo- ¿qué dirían tus progenitores, el señor maestro don Domingo y todos nuestros abuelos si te sorprendieran en tal actitud, más de bestia, a mi parecer, que de humana criatura? Yo te conjuro a que dejes eso y vuelvas conmigo a casa, pues ya la hora de ocaso ha pasado, y encontraremos a nuestras amorosísimas madres en la más indes criptible de las ansias." Y como el glotonzuelo titubease, arrastréle fuera." "Vamos -gritábale- vamos". Y yo os aseguro, abuelo mío humanísimo, que no habían pasado dos horas cuando nuestro glotón fue preso de la más violenta de las fiebres y de fortísimos dolores, y agitándose en su pequeño lecho: "¡Juanito, queridísimo! -decíame entre sollozos-. ¡Ojalá le hubiera escuchado cuando, con prudentísimas palabras, me invitabas a no engullir más de aquellas golosinas malditas que juro no volver a comer en mi vida!"
Yo espero, abuelo mío valerosísimo y sabio, que tengáis a bien apreciar los sentimientos de gratitud y de admiración de los que no creo indigno a vuestro pequeño nieto.
JUANITO
Stand By Me

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