Trafalgar sigue fascinando a numeroso público europeo. El combate naval que se libró el 21 de octubre de 1.805 en aguas
próximas al Cabo de este mismo
nombre tiene todavía resonancias míticas. Forma parte de nuestra memoria
colectiva para siempre.
Batalla Naval de Trafalgar
Una
andanada del HMS -siglas del inglés
His/Heer Majesty´s Ship – (Buque de su Majestad) Sandwich
durante la Batalla. (Óleo de Auguste Mayor, pintado en 1.836)
Poetas, pintores,
novelistas, nos han dejado bellos testimonios artísticos y literarios de aquel
combate, que enfrentó a la Escuadra hispano-francesa, al mando
de Villeneuve, a una británica, liderada
por Nelson.
Historia
del Combate en Trafalgar
La visión global de las
operaciones navales del año 1.805 realizada por R. Monaque, desde el punto de vista francés, y por J.I. González-Aller, desde la óptica
española, coinciden ambos, en las grandes carencias de la Escuadra combinada en
esta campaña. Sin embargo, también coinciden, en el hecho de que contrariamente a lo defendido por la historiografía
tradicional, las fuerzas hispano-francesas presentaron mejor batalla de lo
previsto inicialmente por Nelson y
sus Capitanes. Concluyendo, que Gravina, jefe de la Escuadra española estuvo a la altura de su tiempo.
Hubo un tiempo en que era
fácil leer en las crónicas francesas de
las guerras napoleónicas que la batalla de Trafalgar fue, esencialmente, un
hecho marginal que no introdujo ningún cambio de importancia.
Los historiadores
británicos, por el contrario, afirmaban que la victoria de Nelson había desbaratado los planes de Napoleón de invadir Gran Bretaña y que, por algún mecanismo
no muy claramente explicado, había servido para asegurar la supremacía naval
británica durante todo un siglo.
Táctica
de Combate en Trafalgar
Nelson, quería “una
batalla a corta distancia y decisiva”. No podía permitirse maniobrar
durante mucho tiempo debido a las pocas horas de luz que tienen los días a
finales de octubre y, con el menor esfuerzo posible debía poder aislar y
derrotar a una gran parte de la Escuadra
enemiga antes de que el resto pudieran intervenir. La única forma de
lograrlo era trabar rápidamente combate a corta distancia y de manera
desorganizada y confusa. Su plan de ataque tenía como finalidad aislar y
destruir dos tercios de la Escuadra combinada antes de que su
vanguardia pudiera volver en su auxilio,
y en la nota secreta que mandó a sus Capitanes antes del combate, les
recomendaba que “si no se pueden ver o
entender perfectamente las señales, ningún Capitán se equivocará si pone su
buque al costado de un buque enemigo”.
National
Marine Museum Greenwich.
Retrato de
Nelson, por Lemuel Francis Abbot, 1.800
Nelson
hizo todo lo posible para que el plan que había concebido llegara con claridad
a sus Capitanes. La Escuadra británica, que estaba bien adiestrada en las
maniobras en formación, no tenía experiencia en la táctica del combate
desorganizado. Nelson había formado
su Escuadra rápidamente y dispuso de poco tiempo para hacerles conocer a todos
ellos su propia doctrina táctica. Sin duda eran
muchos los partidarios del combate cuerpo a cuerpo. Mientras que los
Capitanes de la Escuadra aliada tenían más experiencia en combate y trece de
ellos habían participado recientemente con Calder en el combate ante el Cabo Finisterre el 23 de julio, frente a
uno solo de los de Nelson.
Sin embargo, el plan de Nelson no se cumplió en su totalidad. La
táctica de Nelson consiguió
concentrar 26 ó 27 navíos británicos frente a 23 ó 24 de los Navíos de la Escuadra
combinada. No obstante, nueve de los buques aliados seguían sin ser
capturados cuando la vanguardia avanzó para acudir en su auxilio, y los nueve
consiguieron escapar con parte de la vanguardia
a Cádiz. En parte, este hecho
se debió a la velocidad con la que atacó Nelson,
que dejó a algunos de sus barcos
rezagados para entrar en combate, debido a distintos motivos de navegación que
los hacía más lentos. Todos ellos al final entraron en acción, pero el pleno
efecto del plan de Nelson, y sus
esperanzas de apresar veinte buques de la sección central y de retaguardia de
los aliados, quedaron frustrados por la mala táctica y la ineficacia consiguiente del empleo de la
artillería por parte de algunos de estos Navíos rezagados. Se podría decir que
hasta casi la mitad del combate todo fue como lo había planeado Nelson,
pero a partir de ahí empezó a ir mal, y de eso es responsable el deficiente
empleo de la artillería británica.
Según el método clásico,
para llevar a cabo un combate a corta distancia con efecto óptimo, debía
reservarse el fuego artillero desde las bandas hasta que los buques estuvieran
a la par. La razón es que así la tripulación llegaba a ese momento descansada y
capaz de mantener un ritmo rápido y preciso de tiro durante el tiempo
suficiente para superar el fuego del enemigo y apartar a su tripulación de los
cañones, tras lo cual iba creciendo el número
de sus bajas hasta que se producía su rendición para evitar un mayor
castigo o quedaba tan debilitado que se evitaba cualquier intento de abordaje
por su parte.
El
plan de Combate de Nelson
En septiembre de 1.805 el
Navío de guerra dotado de 100 cañones y bautizado con el nombre de Victory llegaba a Cádiz, para unirse a una escuadra que estaba siendo reunida por los
británicos para hacer frente a la escuadra combinada franco-española,
refugiada en la bahía gaditana desde mediados de agosto. Ahora los británicos
mandaban a su más famoso Almirante
para que se pusiera al mando de la Escuadra.
Recién iniciado el otoño de
1.805 Nelson tenía ya una idea
clara de cómo iba a entablar su siguiente combate y de que estaba tan
seguro de su plan que podía tratarlo, e incluso demostrarlo, con colegas y
amigos. Y por la descripción del Capitán Keats,
amigo personal y confidente, de la conversación semanas antes en los jardines
de la casa del Almirante en Inglaterra y del dibujo descubierto, se puede ver
que el plan tenía tres elementos fundamentales:
1.- Un ataque con la Escuadra
dividida en dos columnas
2.- Romper la línea enemiga
3.- Un ataque relámpago (“avanzaré con toda rapidez contra el
enemigo”) ideado para “sorprender y
confundir al enemigo” y provocar “una
batalla desordenada, con combates
parciales”.
El
Almirante Nelson, explica su plan de
ataque a sus Oficiales a bordo del “Victory”
momentos antes de la Batalla. (Aguafuerte de James Godboy, según un original de
William Marsall)
En cuanto al combate
desordenado, con combates parciales, era conocida de Nelson su preferencia por el combate a corta distancia. De hecho,
una de las señales que utilizaba con más frecuencia era la que transmitía el
mensaje “Combatir con el enemigo más de
cerca” y en Trafalgar fue la única señal que mostró y ordenó que quedara
ondeando del mástil de Victory durante
todo el combate.
Dibujo
del Buque “Victory” del Almirante Nelson
Nelson,
decía a sus subordinados que estaba seguro de que “…sabréis, una vez conocido mi objetivo exacto de entablar combate
decisivo y a corta distancia, suplir cualquier deficiencia en las señales si se
produce el caso”. Antes del combate
escribe. “Si ambas Escuadras están
preparadas para el combate y es necesaria poca maniobra, cuanta menos mejor, un
día se pierde en ello”.
Queda claro que quería un “combate a corta distancia y decisivo”
y que para ello debía romperse la línea enemiga y concentrar el ataque en
algunos de sus Navíos, dejando el resto fuera de la acción. Ahora, sin embargo,
se ven dos elementos nuevos. Primero, Nelson
desea evitar toda maniobra innecesaria antes del comienzo del combate y,
segundo, dice a sus Capitanes que no deben esperar a sus señales sino actuar
por propia iniciativa. Más adelante añade que por esta razón “el orden de navegación debe ser el orden de
combate”. De manera que no se debe perder tiempo en maniobras: tan pronto
como se aviste al enemigo comenzará el ataque de los británicos.
Cuando la Escuadra británica
partía hacía el combate la mañana del 21 de octubre, Nelson decidió animar a la Flota con una señal: “Inglaterra espera que cada hombre cumpla
con su deber” Esa es la esencia del “Toque
de Nelson” y, sin duda, más que ninguna otra innovación táctica, lo que
decidió la victoria de los británicos en Trafalgar.
Estrategia,
táctica y resultados
Lámina, orden de batalla en
el Combate de Trafalgar
Plano
de las dos Flotas opuesta a las doce del medio día del 21 de octubre de 1.805
(según Taylor, 1.950)
La
Flota británica se aproxima a la Flota Combinada de Francia y España
desde el Sudoeste.
Plano
de la Batalla a las 4:30 de la tarde (según Taylor, 1.950)
Ya
resulta obvio que los británicos han ganado
la Batalla y los barcos franceses y españoles capaces de retirarse de la zona de batalla no dudan en hacerlo.
La táctica anunciada por Nelson en Trafalgar suele
presentarse como una innovación decisiva que decidió la suerte del combate
naval y revolucionó sus reglas. No obstante, ya se había demostrado en otras
campañas, que un comportamiento más agresivo, dejando a un lado el combate
tradicional entre dos líneas de batalla, podía llevar al éxito. Este método a Villenueve
no le sorprendió. Con una lucidez total, había descrito a sus Capitanes
cuál sería el comportamiento de su adversario. No veía la forma de
contrarrestarlo y así se lo escribía en agosto a Decrés: “Tenemos un Táctica Naval anticuada, sólo
sabemos ponernos en línea, y eso es lo que pide el enemigo”. Yo no tengo ni
los medios, ni el tiempo, ni la posibilidad de adoptar otra”.
El traumatismo
revolucionario, pese a haber transcurrido ya una docena de años, sigue teniendo
gran impacto en el personal de la Marina Imperial. Casi todos sus
aristócratas habían sido guillotinados y la Marina Real francesa
anterior a la revolución había sido una organización muy aristocrática. Todos
los que tenían una vinculación con la Nobleza, habían huido del país para no
ser guillotinados o sufrir otro de los castigos a los que se sometía a los
responsables del antiguo régimen, como se denominaba.
Almirante Villenueve
El Almirante Villeneuve, como sus Oficiales Superiores pertenecían al segundo, incluso al
tercer nivel de Comandantes Navales
franceses y esto que lo más alto de la jerarquía no era bueno, se repetía
en todos los extractos hasta el más bajo.
El Almirante, también cuestionaba
insistentemente algunas dificultades materiales,
especialmente en lo tocante a “los mástiles, velas y aparejos viejos y de mala
calidad, que con el mínimo soplo de viento, se rompen sus mástiles y se
desgarran las velas…”.
Los ingleses utilizaban
desde sus alcázares y castillos, un arma de corto alcance realmente terrible: la carronada. Este cañón, corto, de
gran calibre, cuyo retroceso absorbía una braga que se hacía firme en el
puente, por lo tanto fácil de recargar, permitía proyectar contra el adversario
grandes cantidades de metralla, que barrían los puentes y despedazaban vela y
aparejos.
Un último campo, el de la logística. Los británicos desde 1.793,
dominan el mar y se han vueltos maestros en mantener y aprovisionar a sus escuadras
lejos de los puertos de arribada. Nada parecido en el caso de los franceses,
casi siempre bloqueados en sus Bases, y que en esta campaña, vuelven a
descubrir las dificultades que entraña el mantenimiento en alta mar.
Los
españoles en Trafalgar
En cuanto a los
buques, es admitido comúnmente entre los estudiosos que el diseño y la
construcción naval Militar española del siglo XVIII y hasta después de Trafalgar
tenía poco que envidiar si no es que superaba a los de otras naciones.
Almirante Francisco Gravina Napoli
Gracias a unos grandes
constructores españoles de comienzos de siglo, se construyeron navíos
excepcionalmente bien conseguidos, más grandes y resistentes que sus homólogos
británicos. Estos buques estuvieron entre los mejores del siglo, y muy
especialmente sus navíos de tres puentes y 112 cañones de porte, de entre los
cuales el Príncipe de Asturias (comandado por el popular Almirante
Francisco Gravina Napoli) y el Santa Ana (capitaneado por el General
Ignacio
María de Álava) tuvieron una destacada actuación en Trafalgar.
Conviene resaltar que con la técnica de aquella época resultaba casi
imposible que dos Navíos según los
mismos planos resultasen enteramente iguales en condiciones, era inevitable que
algunos salieran medianos y otros francamente malos. Uno de los menos conseguidos
pese a su potencia, después de las sucesivas y poco afortunadas reformas fue el
famoso Santísima Trinidad (al mando del General Baltasar Hidalgo de
Cisneros), siendo el buque de
guerra más grande del mundo y presente en Trafalgar. Destacando también el San Juan Nepomuceno (un
buque de 74 cañones al mando del conocido Contralmirante Cosme Damián Churruca).
Navío
Príncipe de Asturias, arbolando la Insignia de Gravina, se bate contra
cinco Navíos Ingleses, 21 de octubre. (Composición y dibujo de A. Cortellini)
Baltasar Hidalgo de Cisneros
Réplica
de la Santísima Trinidad en el
puerto de Alicante
Cosme Damián Churruca
Dibujo
del Navío San Juan Nepomuceno
Otro aspecto que resultó aún
más decisivo, es el de la enorme superioridad numérica británica sobre
ambas Escuadras combinadas. Hubo una proporción de dos a uno.
Seguramente esta superioridad numérica tuvo un efecto muy claro sobre los
marinos de ambos bandos: La Escuadra combinada sabiéndose muy
superados tendieron siempre a tácticas defensivas y conservadoras, mientras que
los británicos, seguros de su superioridad, tendieron a tácticas mucho más
agresivas, demostrando que tenían poco que perder y mucho que ganar.
Resulta fácil ahora criticar
esta postura de españoles y franceses, pero una actitud más agresiva por parte
de estos, hubiera sido casi con toda seguridad suicida.
Los buques de la época se clasificaban en diversas categorías
atendiendo sobre todo al número de cañones que portaban, arma por
entonces fundamental en el combate naval y prácticamente única, salvo por las
ligeras de las dotaciones a muy corta distancia o en abordajes. Los Navíos
mayores contaban con tres puentes de
baterías, aparte de los cañones en cubierta, totalizando una cifra que
rebasaba el centenar, por debajo de ellos estaban los de 80 y de 74, con algunos
más pequeños de 64, sobre todo en la Royal
Navy. Aunque la diferencia entre los
de 80 y de 74 parece escasa, era de hecho mucho mayor, pues los de 80 contaban
con piezas de mayor calibre que los de 74, por lo que resultaban muy superiores
y lo mismo cabe decir de los tres
puentes, que el número de sus piezas sumaban el superior calibre de la
batería baja, por lo que uno de 74 o de a 80 no era realmente enemigo para
ellos. También en esto, era evidente la superioridad británica con sus siete tres puentes contra los cuatro
españoles, mientras los franceses no tuvieron ninguno en Trafalgar. Por su parte,
los Navíos británicos llevaban dos carronadas
de 32 y seis de a 34 ó 18, por lo que la superioridad inglesa se basaba en
el mayor número de Navíos de tres
puentes y en las carronadas.
En cuanto la eficacia y
velocidad de fuego de ambas Escuadras, se ha exagerado mucho. La realidad es
muy sencilla: los británicos reservaban su tiro hasta el último momento, cuando
más daño podía hacer, en vez de disparar a la larga o media distancia como sus
enemigos. En cuanto a la puntería, cabe recordar que los británicos preferían
efectuar sus andanadas casi a quemarropa, mientras que españoles y franceses lo
hacían a media o larga distancia, por lo que la comparación no puede
establecerse en sus justos términos. Por último, siendo superior la artillería
de la Royal Navy sobre la Marina
francesa, fue la superioridad en la táctica y en la artillería sobre la
mitad francesa de la Escuadra combinada lo que le dio la
victoria a Nelson.
Los Navíos españoles
llevaban ya no completas sus dotaciones de hombres, sino que e incluso iban
tripulados en exceso. No parece que éste fuera el caso de los franceses, que
tuvieron serios problemas para cubrir las bajas por enfermedad, combate u otras
causas durante la campaña, pues muchos de ellos llevaban meses sin recalar en
puertos propios.
Al final, aquellos españoles
lucharon por puro patriotismo, honor y disciplina, faltos de medios
materiales y dignos de mejor causa, lo que les convierte en figuras heroicas,
estando además avalado por su conducta durante el combate y en la posterior
salida para rescatar a los buques apresados por el enemigo, hecho pocas veces resaltado y que es
una prueba concluyente de su valor y tenacidad.
Las
consecuencias de Trafalgar:
Para los franceses, el combate marca una fractura histórica. La
mentalidad de tierra adentro del país se siente confortada y como justificada.
La esperanza de poder disputar a Inglaterra la supremacía marítima se esfuma
para siempre. La Marina francesa ha de conformarse con papeles de segundo
plana.
Para los ingleses, Trafalgar es una apoteosis. Toda la
nación siente por ello orgullo y confianza en su destino. La Royal Navy consigue un prestigio enorme
y Nelson, divinizado, ve, aún en el
siglo XXI, cómo se celebra su culto cada año con un fervor totalmente
religioso.
Los
españoles, por su parte, ven en Trafalgar un sacrificio
inútil, en aras del honor y en pro de un aliado impuesto, que no se mostró nada
agradecido. Privada de su Flota y de sus
comunicaciones con América Latina, España tendrá que renunciar a su papel de
potencia marítima mundial.
El
Almirante Gravina en Trafalgar
Napoleón,
en
agosto de 1.805, decía del Jefe de la Escuadra española: “Gravina es todo genio y
decisión en el combate. Si Villenueve
hubiera tenido esas cualidades, el combate de Finisterre hubiese sido una victoria completa”.
Gravina
poseyó todas las características de un líder, respetado por sus subordinados,
mantuvo siempre un trato firme pero respetuoso con ellos, y la lealtad hacía
ellos, fue otra gran cualidad suya. Destacó por el desprecio a las
incomodidades de la dura vida a bordo y
las peligrosas misiones en tierra. Fue ejemplo de laboriosidad, a costa de su
salud. Supo rodearse de un equipo excelente de Oficiales en 1.805, muchos de
los cuales habían servido a sus órdenes en otras campañas. Entre ellos se
encontraban prestigiosos Comandantes de Navío como Dionisio Alcalá Galiano, Cosme
Damián Churruca y Francisco Alcedo y Bustamante, los
tres muertos en el combate al mando de sus respectivos Buques: Bahama, San Juan Nepomuceno y Montañés.
Además Gravina demostró su flexibilidad en el mando al delegar en sus
Comandantes la elección de los Segundos de cada buque en los inicios de la
campaña.
Dionisio Alcalá Galiano Francisco Alcedo y
Bustamante
El trabajo de un equipo
formidable, dio frutos a lo largo de 1.805. La moral de combate fue notoria en
la Escuadra
española, tanto en Finisterre como en Trafalgar.
A lo largo de su carrera
Naval, también demostró su habilidad para sacar el mejor partido a la Armada.
Siempre que fue posible sometió a las tripulaciones a un entrenamiento
constante en la maniobra y el manejo de la artillería. Incluso existen indicios de una planificación antes
del combate con sus Oficiales o la distinción entre objetivos estratégicos y
tácticos.
Las dotes estratégicas y
tácticas de Gravina y su equipo se comprobaron nuevamente en la propia Cádiz. Enterado del nuevo proyecto de Napoleón de enviar la escuadra al Mediterráneo, el Jefe
español conferenció con Villenueve.
Le advirtió sobre las dificultades de salida y paso del Estrecho, debido a las fuerzas enemigas que bloqueaban la Plaza y
los vientos contrarios. Gravina siguió razonando a Godoy (Primer Ministro de Carlos IV) las dificultades y riesgos
de una salida precipitada Finalmente, no hay pruebas documentales de que Gravina,
ante la vista de la Escuadra británica el día 21 de octubre, pidiese a Villenueve
operar de forma autónoma con su Escuadra de observación. La formación de una línea de combate larga y mal organizada fue
probablemente la última de sus frustraciones en esta campaña.
Sin embargo, durante el
combate de Trafalgar la Escuadra de Gravina y Escaño (Segundo Jefe de
la Escuadra española) maniobró con mejor fortuna que el
resto de la combinada, a pesar de la dureza del ataque británico. Ello le
permitió agrupar finalmente algunas Unidades y retirarse a la bahía de Cádiz.
El comportamiento heroico de
Gravina
fue admirado por sus contemporáneos e influyó decisivamente en su
carrera. El sentimiento de honor inspiraba su conducta y la lealtad a sus
superiores fue sobresaliente en el
Almirante. Esa lealtad incuestionable a su Jefe, a las órdenes de Godoy
y la Alianza hispano-francesa fue decisiva a la hora de aceptar la salida de la
Escuadra
combinada el 19 de octubre, pese a los riesgos con que se enfrentaba.
Considerado el mejor táctico
del siglo XVIII español y convertido a su pesar en el líder de la Escuadra
derrotada, tomó sabias decisiones en los días siguientes, entre otras la de continuar el combate, enviando a la mar
los Navíos disponibles –españoles y franceses-, a pesar de las duras
condiciones meteorológicas.
Estandarte del Buque Príncipe de Asturias del Almirante Francisco Gravina Napoli
En cuanto a la decisión conjunta
tomada por ambas Escuadras, Villenueve optó por salir a la mar. Gravina
solo cumplió su deber militar y siguió su código de honor al aceptar
las órdenes del Gobierno, apoyando a Villenueve en aquella huída hacia
delante, hacia un combate seguro y desfavorable. Lo cierto es que el Marino
español sufrió fuertes presiones de Napoleón, Decrès y
Godoy a lo largo de la campaña. Si Gravina se hubiese opuesto a esta
salida, a largo plazo nada hubiese cambiado. Su probable sustitución por otro
Jefe español no hubiera impedido la continuidad en la subordinación de la Armada
a una mala estrategia Naval de Napoleón, a la ausencia de un líder
Naval francés a la altura de los tiempos.
Cádiz
y el Combate de Trafalgar
El Cabo Trafalgar es una pequeña isla que se une al Continente
por un brazo de arena. Frente a este lugar se desarrolló la Batalla
En Cádiz, Antonio Alcalá Galiano (hijo del Marino Dionisio Alcalá Galiano)
fue testigo de cómo se fue preparando la Escuadra franco-española para
enfrentarse a la inglesa. Recordaremos que mientras los ingleses al mando de Orde iniciaron el bloqueo de 1.805 y
franceses y españoles acordaron reunir una Escuadra
combinada en Cádiz para combatir
definitivamente a la del Reino Unido,
que al mando del Almirante Nelson se
había aproximado a las costas gaditanas con intención de atacar la Escuadra
combinada fondeada en la bahía, pues aunque la franco-española tenía
más Navíos que la inglesa, ésta estaba mejor armada y su experiencia era mayor.
Al mando de la aliada, estaba el Almirante
francés Villeneuve, y la Escuadra
española la comandaba el Almirante
Federico Gravina.
Tras los imprescindibles
preparativos, desoyendo los consejos más expertos de los marinos españoles que
consideraban que la ventaja de la Escuadra combinada consistía en
esperar el ataque en la bahía, y le anunciaban, entre otras cosas, un temporal
de levante que dificultaría la salida a mar abierto, dándole mayor ventaja a la
Escuadra de Nelson, el Jefe de la Escuadra combinada, Almirante Villenueve ordenó, el día 18 de
octubre, preparar su salida. La Escuadra se hizo a la mar el 19
y, como habían anunciado los Jefes españoles, el fuerte viento de levante
retrasó las maniobras hasta la siguiente jornada.
Cuthbert Collingwood
Como señaló Antonio
Alcalá Galiano, los
gaditanos se volcaron en el socorro de los combatientes, una ayuda que
prestaron a todos los heridos, sin mirar la nacionalidad, incluso a los
enemigos ingleses. Un comportamiento que sorprendió a los propios ingleses, y
que constataban, al tiempo que mostraban admiración y gratitud, como hizo el
Vicealmirante Collingwood en un
escrito al Almirantazgo inglés.
“Nuestros Oficiales y hombres heridos en
algunos de los buques apresados fueron tratados con la mayor consideración;
todo el país se encontraba en la playa para recibirlos; los Sacerdotes y las
mujeres repartían vino, pan y fruta para ellos; los Soldados salieron de sus
barracones para buscarles alojamiento”. (Lord
Collingwood a J.E. Blanket, 2 de noviembre 1.805).
Posiblemente por ello, en
reciprocidad, Collingwood ofreció al
General Solano (Capitán General de Andalucía), el 27 de octubre, la
libertad de muchos prisioneros españoles heridos para que pudiesen ser
asistidos en tierra, ofrecimiento aceptado y correspondido de la misma manera
por el General Francisco de Solano, otorgando, así, al combate de Trafalgar
un final de dignidad humana.
Bicentenario de la Batalla de Trafalgar
El
21 de Octubre de 2.005, conmemorando el Bicentenario de la
Batalla de Trafalgar, las Escuadras
implicadas en la misma, rindieron homenaje a los caídos en las aguas de Cádiz.
Las
Fragatas, Reina Sofía, española, Montcalm, francesa, Y Chatham, inglesa, desfilan ante el Portaaviones
Príncipe de Asturias, rindiendo
honores a los caídos en la batalla de Trafalgar.
El
Comandante de la Fragata Reina Sofía lanza
una corona de flores a su paso ante el Portaaviones Príncipe de Asturias, en el homenaje rendido en las aguas de Cádiz.
Francisco Javier de la Uz Jiménez
Fuentes
consultadas:
Trafalgar y el mundo
atlántico, por
Agustín Guimerá, Alberto Ramos y Gonzalo Butrón (coords.)
Trafalgar. Biografía de una batalla, por Roy
Adkins. Traducción de Jorge Salvetti
Otras Fuentes



















