La historia de Lopez Lomong, el niño
sudanés refugiado que llegó a ser corredor olímpico
Belén Manrique / Revista
Misión
En una Misa le secuestraron, en otra
halló su futuro.
¿Cómo
es posible que un niño de Sudán secuestrado para ser convertido en soldado, haya llegado a competir
como atleta en las Olimpiadas de Pekín
y Londres? Parece un excepcional guión cinematográfico, pero lo cierto
es que hasta el detalle más aparentemente inverosímil de la vida del joven Lopez
Lomong es verídico.
En
su país de nacimiento, Sudán del Sur, más del 70 por ciento
de la población solo ha conocido la guerra. Los tres conflictos armados que
acumula el país en los últimos cincuenta años han truncado la infancia de miles
de niños, arrebatados a sus familias y reclutados como soldados para combatir.
Lejos de desaparecer, en los últimos meses este drama se ha recrudecido al
desencadenarse de nuevo la guerra entre dos de las principales etnias del joven
país, independizado del norte en 2.011. Pero como hasta en las oscuridades más
profundas siempre brilla una luz, la buena noticia es que algunos de estos niños de la guerra logran escapar e, incluso,
milagrosamente muchos vuelven a empezar de cero lejos del terror y del hambre.
Esta
es la historia del joven atleta Lopez Lomong. A los seis años, fue secuestrado durante la Misa dominical
de su pueblo natal por unos soldados rebeldes, combatientes en la segunda
guerra civil de Sudán (1.983-2.005). Hasta entonces, Lopez era un niño feliz
dedicado a jugar y a ayudar a sus padres en las tareas del campo. Tras ser
arrebatado de los brazos de su madre y conducido junto con otros niños a un
campo rebelde de prisioneros, permaneció
tres semanas cautivo en un barracón, sin luz ni saneamiento alguno,
alimentándose de arena y tiritando de frío durante las noches por las bajas
temperaturas. Debido a las duras condiciones, todas las mañanas algunos de sus compañeros amanecían muertos.
Sin
embargo, este lugar miserable constituyó la línea de salida de la exitosa
carrera vital de Lopez. Una noche, aprovechando que el soldado de guardia había
abandonado su puesto, decidió escapar
junto con tres amigos. Para él, los Ángeles del Cielo trabajaron aquella
noche para que pudieran lograrlo con éxito.
“Me
acordé de la historia que cuentan los Hechos de los Apóstoles, cuando los Ángeles liberan a San Pedro de la prisión en
mitad de la noche. Dios hizo lo mismo conmigo y mis tres Ángeles”, cuenta en su libro autobiográfico, Correr para vivir (Editorial Palabra). Una vez libres, los cuatro corrieron sin apenas
descanso durante tres días por la sabana africana, creyendo que tomaban rumbo
de vuelta a casa; pero la realidad fue que
avanzaban hacia la frontera con Kenia,
donde varios soldados los llevaron al campo de refugiados de Kakuma, al noreste de Kenia,
perteneciente al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Una ciudad de tiendas de
campaña cuya población mayoritaria son los niños sin hogar y en la que, en la
actualidad, aún viven más de 100.000 personas, según (ACNUR).
Veloz como Michael Johnson
Kakuma
se
convirtió en la residencia de López durante diez largos años y el resto de niños, en su familia. Contaban con una sola comida diaria, excepto los
martes, cuando podían alimentarse de las sobras que los trabajadores de la ONU
arrojaban a la basura. El fútbol, las carreras y la asistencia a la Iglesia Católica del campo se convirtieron en sus
vías de escape durante aquellos años, en los que la máxima aspiración de Lopez
era sobrevivir.
Lopez
Lomong durante una carrera en los JJOO Pekín (Beijing) 2.008
“Para
no perder la esperanza y mantenernos vivos, intentábamos evitar pensar en el
pasado y preocuparnos solo por la supervivencia del día a día”, cuenta el joven
a Misión. Además, como sus padres nunca
fueron a buscarle, Lopez se hizo a la
idea de que habían muerto.
Pero
esta situación dio un giro de 180º el día en que acudió a una granja vecina
para ver por televisión las Olimpiadas del año 2.000. Al ver competir al
campeón olímpico Michael Johnson,
uno de los mejores atletas de todos los tiempos, Lopez, dotado de grandes
destrezas como corredor, comenzó a soñar con convertirse él también en atleta
olímpico, e, incluso, tuvo la certeza de que lo lograría. “Si Dios me había
conducido hasta Kakuma era por algo. Michael
Johnson había ampliado mi horizonte; vi qué destino me tenía reservado Dios y
estaba seguro de que no me faltaría su ayuda”, pensó en aquel momento.
Tan
solo dos meses después, la Iglesia se convirtió precisamente en el
salvoconducto para alcanzar esta nueva meta. “Un domingo, el Sacerdote anunció que Estados Unidos quería que 3.500
niños perdidos sudaneses fueran reubicados en familias norteamericanas.
Teníamos que elaborar una redacción en inglés contando nuestra historia vital y
entregarla para ser seleccionados”, relata.
Para
Lopez,
el hecho de que en una Iglesia hubiese sido secuestrado y en otra se le
ofreciera la oportunidad de viajar a EE
UU no fue una mera coincidencia. “Dios
mío, esto tiene que ser cosa tuya”, pensó. A pesar de su escaso inglés, con
ayuda de sus compañeros, logró elaborar su redacción y, meses después, resultó
seleccionado para ser acogido por una
familia de Siracusa, en Nueva York.
Lopez
y su familia adoptiva
“Al
llegar, pensaba que comenzaría a trabajar en una fábrica para salir adelante,
porque en África me consideraba un adulto, pero tuve que aprender a ser un niño de nuevo”, explica Lopez,
que por entonces tenía 16 años. Habituarse a las costumbres de la nueva cultura
no le fue fácil. Los primeros días, se duchaba con el agua helada porque no
sabía que saldría caliente con tan solo girar el grifo; era incapaz de comerse una hamburguesa entera porque se acordaba de que
sus amigos no tenían qué llevarse a la boca; o se sorprendía porque los profesores
no le pegaran en clase cada vez que cometía un error, como hacían en Kakuma.
“Creí que se habían equivocado al darme una familia y la oportunidad de
estudiar, por lo que esperé a que se dieran cuenta del error y me arrebataran
aquella nueva vida maravillosa”, confiesa.
Pero
ese momento jamás llegó, y, gracias al apoyo de su nueva familia, Lopez
ha podido alcanzar todos sus sueños. Tras años de intensa preparación para
convertirse en atleta profesional, ha
llegado a competir en las Olimpiadas de Pekín 2.008 y de Londres 2.012.
Hasta el Presidente George Bush le
saludó en Pekín y le transmitió su alegría por tenerle entre sus
ciudadanos.
Lopez
Lomong con el Presidente de EEUU George W. Bush durante la Ceremonia de
Apertura de los JJOO en Pekín
Lopez
Lomong. Abanderado USA en Pekín 2.008
Sin
embargo, el logro que más enorgullece a Lopez es haberse graduado en la Universidad
en 2.011. “Ha sido un viaje muy largo. Proceder del lugar más bajo del mundo,
de ser un refugiado que escribía con un palo en la tierra, hasta alcanzar más de lo que nunca había soñado:
un título universitario”, exclama. La cadena de fortunios no termina aquí.
El atleta ha podido reencontrarse con sus padres biológicos y regresar a su
pueblo natal, donde fue recibido con grandes festejos y su padre destruyó la tumba que le había cavado años atrás, dándole por
muerto.
En
la Universidad el día de su Graduación
Lopez corre ahora para dar voz a los que no la tienen. “Dios ha estado conmigo incluso en las
experiencias más traumáticas de mi vida, guiándome para que me convirtiera en
la mejor persona que pudiera llegar a ser. Él
todavía me guía para que aspire a más y ayude a la gente de mi país que no pudo
conseguir las mismas oportunidades que yo”, explica. Por eso, cuenta con una Fundación con la que contribuye
a cubrir las necesidades básicas de la población de Sudán del Sur. Y, además,
con ayuda de un grupo de musulmanes, está construyendo una Iglesia de la reconciliación
en el lugar en el que fue secuestrado.
Lopez
Lomong, galardonado con el Premio Humanitario de Alltech 2.014 durante el
Trigésimo Simposio Internacional Anual de Alltech, que se celebra en Lexington,
Kentucky, Estados Unidos.
Francisco Javier de la Uz Jiménez


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