ME LO REMITE NUESTRO TENIENTE CORONEL JUAN MILANS DEL BOSCH, JINETE DE ILUSTRES APELLIDOS Y CABALLERO DE ARMA Y ALMA.
"Detrás de la proliferación de las ONG hay un enorme
negocio"
Luis Sánchez-Moliní | diariodesevilla.es - 26.10.2014
Ha estado en muchos de los escenarios catastróficos del
mundo en las últimas
décadas. Fue pionero en la aplicación en Andalucía de
métodos para atender las
emergencias sanitarias.
Carlos Álvarez Leiva. Presidente del Grupo Samu y coronel
médico retirado
Nadie puede negar a Carlos Álvarez Leiva su condición de
militar. Tiene esa mezcla
de autoridad y cercanía, de seriedad y retranca, de sequedad
y amabilidad que es
fácilmente reconocible para quienes han corrido por los
patios de los cuarteles. Su
misma escuela de formación del SAMU, en Gelves, donde se
celebran todo tipo de
cursos y de másteres de la Universidad de Sevilla en
emergencias sanitarias, es una
versión académica de un hospital de campaña donde un grupo
de alumnos descansa
al sol de la mañana mientras otro hace instrucción para
atender una emergencia por
contagio de ébola. Llevan esos monos y esas máscaras que
suelen dar a las escenas
de las epidemias contemporáneas un aire de ciencia ficción
tan irreal como siniestro.
"Hay que instruir en las condiciones reales. Hoy se han
desmayado dos por el calor",
dice Álvarez Leiva. Mientras, en el aula donde se desarrolla
la entrevista, no paran
de entrar personas para plantearle todo tipos de cuestiones
que él resuelve con
apenas tres palabras, apuntando siempre al meollo de la
cuestión. "Un hombre
acostumbrado al mando", piensa el plumilla. Veterano en
mil catástrofes (Irán,
Indonesia, Haití, Filipinas...), los callos del alma no
evitan, sin embargo, que, en
algunos momentos, brille en sus ojos una luz de emoción al
recordar algunas
situaciones. Visitar repetidamente el infierno deja sus
cicatrices.
-Usted pertenece a la vieja estirpe de los médicos
militares. ¿Por qué
decidió unir los dos caminos?
-La militar fue, digamos, una vocación tardía. Ya había
cursado mi especialidad y
llevaba unos años ejerciendo la Medicina en la vida civil,
pero me pareció una
oportunidad de enriquecerme con una profesión que me
apasionó.
-Uno de sus primeros destinos fue el Sahara, en Tropas
Nómadas.
¿Voluntario?
-No, me tocó. Estaba destinado en el Hospital Militar de Las
Palmas y, en navidades,
me llamó el director y me dijo: "Leiva, te han
destinado a Smara". Yo creí que eso
estaba en Almería y le dije: "Entonces vuelvo a la
Península", a lo que él respondió:
"No hijo, no te vas a la Península, te vas al
desierto".
-¿Le pareció una faena?
-La verdad es que, al principio, fue chocante. Lo primero,
el cambio de uniformidad:
sustituir el pantalón, la camisa y la corbata por unos
short, unas nailas, una
camiseta y un turbante enorme... Fue un cambio absoluto y,
al principio, algo
traumatizante, pero cambió mi vida completamente.
-Algunos hemos crecido con las historias de nuestros mayores
sobre el
antiguo Sahara español. Son, casi siempre, recuerdos alegres
pese a la
precariedad y la dureza, con el brillo dorado de la juventud
y de los buenos
tiempos.
-El Sahara sublima a la persona. En Las Palmas yo llevaba
una vida relajada y
agradable, con un nivel bastante acomodado, pero, de
repente, me encontré en
medio del desierto y tuve que empezar a despojarme... Te
quedas desnudo ante la
vida y el medio ambiente... Te das cuentas de que tienes que
vivir con una escasez
de recursos extrema, pero que consigues sobrevivir. Llegas a
despojarte de un
montón de cosas accesorias y consigues ir más ligero de equipaje...
En definitiva, te
ayuda a diferenciar lo que es importante de lo
fundamental... Eso, junto las heladas
e infinitas noches y el tremendo calor del día, es el
desierto.
-En el Sahara, usted vivió en primera línea uno de los
momentos más
críticos de la historia contemporánea española, la Marcha
Verde. Me
imagino que fue una experiencia frustrante y dolorosa.
-Fue absolutamente traumatizante. Las autoridades dieron
unos bandazos
tremendos. Yo era un teniente médico joven, un tebib
(enviado) como decían los
saharauis, con mucha ilusión y energía, y me llamó el
gobernador general del
Sahara de entonces, el general Gómez de Salazar, para que
fuese durante un tiempo
ministro de Sanidad en un gobierno de transición que se iba
a montar... De aquello
pasamos a que, casi sin previo aviso, abandonásemos a
nuestras tropas y al pueblo
saharaui en aquella terrible mañana de nuestra salida de
Smara. La llamada
Operación Golondrina [la evacuación de las tropas españolas
del Sáhara] fue, como
usted dice, frustrante.
-También estuvo en misión oficial, a partir de 1986,
ayudando a la
Nicaragua sandinista en los tiempos más que difíciles de la
guerra de la
Contra. Es curioso ver a militares españoles de aquella
época colaborando
con un gobierno revolucionario.
-No teníamos esa percepción y no hubo choque ideológico.
Nosotros fuimos muy
bien recibidos y atendidos como la madre patria. Tuve una
relación muy directa con
el presidente Ortega, que iba en un buick color crema
precioso que nadie tenía por
allí... Pero, claro, entonces él ya tenía esas capacidades.
Fue mi primera misión fuera
del desierto. Atendíamos a una población muy necesitada en
Estelí, un pueblo muy
pequeño y agradable donde montamos un hospital de campaña.
En Nicaragua se
despertó mi vocación por las situaciones de crisis.
-¿Algún episodio destacable?
-Un día secuestraron a cuatro enfermeras que habían salido
al pueblo. Pertenecían a
las llamadas damas de Sanidad Militar, un cuerpo
lamentablemente extinto, porque
eran de una capacidad, una entrega, un rigor y una
disciplina absolutamente
encomiables. Inmediatamente llamamos a las autoridades y,
sorprendentemente,
nos pidieron como condición para su liberación lápices,
cuadernos y libros de
enseñanza básica... Fue una broma de mal gusto para llamar
nuestra atención, un
susto gratuito.
-No vamos a nombrarlos todos, pero usted ha estado en muchos
de los
escenarios catastróficos de los últimos años: Irán, Iraq,
Turquía,
Mozambique, el tsunami de Indonesia, Haití... No quiero
hacer un ranking,
pero ¿alguno le llamó especialmente la atención?
-Las inundaciones de Mozambique. Llegamos en una situación
absolutamente
desesperada para atender a una población de unas 60.000
personas que había
quedado aislada por el agua en una zona selvática a la que
sólo se podía acceder por
helicóptero. Era una isla en la que se habían concentrado
personas, animales y
enfermedades como la malaria y la disentería. La misión era
muy difícil y, tal como
nos dijo el embajador español, nadie quería acudir. Cuando
llegamos nos recibió una
monja malagueña de las Hermanas de la Caridad que me dijo:
"Bienvenido,
comandante. No sabe lo que nos alegramos que llegue
España". Por sus
indicaciones, empezamos a recoger a los niños desperdigados
que estaban colgados
de los árboles, perdidos, desnutridos. En seis horas
teníamos ya unos sesenta niños
lavados y alimentados... Caían rendidos en las tiendas y se
pasaron horas y horas
durmiendo. Para mí fue la misión más bonita, me marcó mucho.
-El tsunami de Indonesia traumatizó especialmente a la opinión
pública
occidental... Quizás por la existencia ya de medios
tecnológicos que
permitieron la grabación y difusión por particulares de
imágenes muy
dramáticas. También porque afectó a muchos turistas europeos
y
norteamericanos.
-Lo peor fue el tsunami mediático. Como suele ocurrir,
durante los primeros días se
produjo tal concentración de recursos y de medios en la zona
de la tragedia que, al
final, lo que hicieron fue estorbarse los unos a los otros.
Para los profesionales de la
acción humanitaria fue un problema muy importante. Todos
esos medios que se
habían concentrado en tan breve espacio de tiempo
desaparecieron en el momento
en que cesó la presión mediática. A esos profesionales entre
comillas que llegan a
los escenarios catastróficos y están cuatro o cinco días
para después irse los
llamamos paracaidistas. No dejan nada, sólo problemas
añadidos.
-Y, como se dice ahora, ¿no se han mejorado los protocolos?
-La última catástrofe en Filipinas se ha gestionado muy
bien, porque se ha elegido
ya un modelo de actuación internacional. En el aeropuerto
había un macrocentro de
operaciones que lo primero que te preguntaba es lo que
traías y que podías hacer.
Después de Indonesia y Haití, la Organización Mundial de la
Salud ha mejorado
bastante los procedimientos. Sobre todo se ha conseguido que
no entren en las
zonas los que no tiene nada que ofrecer. Antes había muchos
paracaidistas. En
Filipinas me preguntaron: "Doctor Leiva, ¿ustedes qué
traen? ¿tienen grupos
electrógenos, agua, medicinas, tiendas?".
-Toda catástrofe tiene consecuencias muy visibles en las
infraestructuras y
en los cuerpos, pero también el alma y la mente de las
personas quedan
dañadas. En estas ocasiones, imagino, el hombre saca lo
mejor y lo peor de
sí mismo.
-Sí, yo he visto las dos cosas. En los primeros momentos,
las gentes malas -porque
existen las malas personas- van a intentar abastecerse de
todo: comida, sexo, agua,
seguridad... Estos individuos se convierten en depredadores
muy complicados de
gestionar si no se cuenta con fuerzas armadas. Sin embargo,
es cierto que los
depredadores se suelen neutralizar bastante pronto, en menos
de una semana,
cuando se consiguen reconstruir las fuerzas policiales. Lo
peor es la agresión física y
psicológica que sufren las niñas o las personas con alguna
discapacidad o
enfermedad crónica. Sin embargo, lo cierto es que son muchas
más abundantes las
personas generosas, aquellas que se llegan a privar de cosas
para que tú te sientas
cómodo y bien atendido, para devolverte el favor.
-¿Cuáles son las peores catástrofes?
-El agua, por exceso o por defecto, es la que causa el mayor
número de calamidades
en el mundo. Sin embargo, lo más agresivo son los
terremotos, porque no sólo
destruyen el escenario de la ciudad, sino también las
estructuras administrativas, de
gobierno, de defensa, de seguridad, de saneamiento... Además
hay que tener en
cuenta el enorme número de traumatismos médicos.
-Desde hace ya mucho tiempo el cine ha encontrado en las
catástrofes un
auténtico filón. El público llega a la sala cargado de
palomitas, se acomoda
en la butaca y se dispone a pasar un buen rato gracias al
morbo. ¿Qué le
parece esto?
-No es malo que la gente tenga una aproximación a la
realidad. Lo que pasa es que,
en el cine, esa aproximación no es multisensorial, se queda
en los ojos y en los
oídos... De alguna manera estas películas pueden
sensibilizar al público y
predisponerlo hacia las acciones humanitarias.
-Hay personas que desconfían de las ONG. ¿Hay razones para
estas dudas?
-En la acción humanitaria hay mucho fraude. Lo que hay
detrás de la enorme
proliferación de ONG es un enorme negocio. Ahora este
problema ha disminuido un
poco, pero eso ha sido algo muy lamentable. Hay que tener en
cuenta que, después
de la guerra, lo que más dinero mueve es la acción humanitaria.
Hay que ser muy
cuidadosos, porque muchas veces es muy difícil que el dinero
llegue a los
damnificados. A mí me pregunta mucha gente a quién le daría
yo un donativo y les
respondo sin ninguna duda: a las organizaciones religiosas.
Éstas invierten en el
terreno, conocen a las gentes, saben quiénes son los más
débiles, están inmersas...
-No podemos omitir la palabra tristemente de moda: ébola. En
la crisis por
el contagio de la auxiliar Teresa Romero se han vivido
momentos de
auténtico sainete. Como sociedad, no podemos estar muy
orgullosos. ¿Fue
buena idea traer a los misioneros enfermos?
-Sí, un estado tiene que estar para proteger a sus
ciudadanos en cualquier parte del
mundo. Yo he estado en muchos lugares con problemas y me
sentaría muy mal que,
en una situación de crisis y después de tantos años de
entrega, mi gobierno me
dejara tirado.
-¿Qué se puede hacer para mejorar nuestra repuesta al ébola?
-En este momento la gestión del ébola se debería
centralizar. En Andalucía ya se ha
dado un paso y en vez de haber ocho hospitales de referencia
hay uno... Aunque
quizás habría que poner otro en la zona oriental para
disminuir la logística que
requeriría el traslado de pacientes. Yo le daría la gestión
de una crisis de ébola al
Ejército, con un hospital de campaña fuera de la ciudad y
con un buen soporte
logístico vía aérea para que, por medio de helicópteros, se
puedan trasladar allí a los
pacientes contaminados... Soy consciente de que lo que estoy
diciendo puede
parecerle a más de uno un disparate, pero creo que hay que
reflexionar sobre si es
adecuado tener en España más de treinta hospitales de
referencia en medio de
áreas metropolitanas.
-Las autoridades sanitarias nacionales y madrileñas, en esta
ocasión ambas
del PP, no han estado muy afortunadas en la crisis. Se llegó
casi a insultar a
una señora que se había contagiado por ser voluntaria.
-Hay una norma que no falla nunca: cualquier crisis se carga
al político que tiene
que gestionarla, sea del partido que sea. En este caso ha
habido una serie de
actuaciones desafortunadas, empezando por las declaraciones
a las que usted hace
referencia. Además está la cuestión del perro... No podemos
seguir humanizando a
los animales. Hay que saber distinguir lo importante (el
animal) de lo fundamental
(las personas).
-¿Está Sevilla preparada para una catástofre?
-Pongamos las cosas en su sitio: nadie está preparado para
una catástrofe, ya que,
por definición, ésta siempre supone una desproporción entre
los medios que
tenemos y los problemas que debemos resolver. Sin embargo,
en Sevilla, gracias a
Dios, existen muchos recursos e infraestructuras que son una
garantía para resolver
una situación de crisis. Los españoles no valoramos los
magníficos recursos
sanitarios que tenemos. En Sevilla, en caso de una emergencia
en apenas ocho
minutos puede usted disponer de un equipo médico con unas
capacidades altísimas.
Acuérdese del accidente del Alvia en Santiago de Compostela:
médicamente el
siniestro se resolvió en menos de cuatro horas a pesar de la
caída de la noche... Eso
es una auténtica maravilla asistencial.
Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda

