LA TRAGEDIA DEL YAK-42: LA VERDAD JURÍDICA, LA VERDAD REAL Y LA
SOBERBIA
La
prudencia se me agota ante la publicación de tantas medias verdades interesadas
con la única fundamentación de las afinidades o disparidades políticas, la
última la que se permite, desde las páginas de ABC, el señor Díez Moreno, por
sus recuerdos tras haber sido Secretario
de Estado de Defensa con el señor Trillo, y llega a gritar (sic) “Yo soy
Trillo” como otros gritaron “soy Charlie” afanándose entusiasmado en ser el
vocero gritón. Pues yo ni fui Charlie ni soy Trillo, soy el abajo firmante. Y
expondré lo que creo que fue la verdad real sin precisar ni de solidaridades ni
de iracundos arrebatos.
Como
prólogo creo que debo decir que en el
retorno a la actualidad de esta terrible desgracia hay algo de oportunismo que
confieso que no sé a qué obedece, pero escuché que eso mismo dijo el Presidente
del Gobierno al que también sorprendió la publicación ahora del nuevo dictamen
del Consejo de Estado (dos años completitos -de octubre de 2014 a octubre de
2016- para redactar ochenta y dos páginas: la verdad unas 0.8 páginas a la
semana no parece mucha eficiencia. Quizá la senectud lo explique). Dictamen,
que si lo leen -yo le he hecho-, verán ya en el encabezamiento (arriba a la
izquierda) la relación de los consejeros, sin duda juristas de primera
división, pero embadurnados políticamente hasta las cachas, y de todo el espectro
político. No digo que no deba ser así, pero sin duda así es. Y resulta
llamativo que siga actuando algún partero de nuestra Constitución que sin
despeinarse pasó a alfombrar con sus amplísimos conocimientos jurídicos las
posiciones del más rancio y peligroso separatismo vasco. Hay que tener algo
singular dentro de la cabeza para hacer ambas cosas y “no estar loco”
(disculpen la frivolidad del bolero) o quizá andar muy sobrado de ambiciones.
Pero voy a
la verdad real de aquella desgraciadísima tragedia que me privó de sesenta y
dos de mis compañeros. En primer término, la contratación del maldito Yak-42
pudo ser legal y reglada pero sin duda no hubo la adecuada supervisión, al
menos una vez denunciadas las infames condiciones que tenía para el transporte
de seres humanos (¡soldados de España!, señor Ex Secretario de Estado), el
comportamiento cicatero del Ministerio -no del JEMACON- estuvo más cercano a la
patera que al transporte aéreo de soldados que regresaban tras arriesgar sus
vidas llevando la bandera de España en el hombro izquierdo, Noruega zanjó el
contrato de esos aviones dos años antes por su nula seguridad. Y quizá el señor
Diez Moreno deba analizar con más lucidez y menos desprecio que si la cadena de
mando militar no fue agradecida con el señor Trillo, no debió ser porque no les
gustaban las corbatas que usa el señor ministro, sino porque rehuyó la
responsabilidad que le correspondía cuando, en el mercado de pescado de
Trebisonda (Turquía) le ordenó de viva voz a un Oficial General que había que
terminar porque “Moncloa” decía que había que volver a Madrid. Y el General no
supo -o lo hizo y fue inútil- decirle a la cara a un ministro que no. Y como
las autoridades turcas se negaban, legítimamente, a autorizar la salida de los
restos si no estaban identificados documentalmente, el General ordenó, a su
vez, a los dos capitanes médicos que hicieran lo que pudieran y que ya se les
identificaría adecuadamente en Madrid. Pero ojo, los dos capitanes médicos no
eran forenses, sino patólogos; en el Cuerpo Militar de Sanidad no existe la
especialidad de Forense. Los anatomopatólogos son esos especialistas médicos
que estudian las células y las biopsias al microscopio, no identifican cuerpos
en pescaderías. Es como si a un médico general se le pide, por razones de prisa
política, que opere la catarata de un ojo en una cuadra. Recuerden que tras el
atentado del 11 M, los cuerpos de los fallecidos en los trenes estuvieron
semanas en IFEMA y fueron estudiados adecuadamente por decenas de forenses
traídos de toda España.
En la
Inspección General de Sanidad de la Defensa se sabe muy bien lo que pasó
realmente, pero ya nadie pregunta. Quizá no interese saber la verdad. Y así se
condenó a los médicos militares, al general y a los dos capitanes, por cumplir
una orden que nunca se debió cumplir aunque la ordenase el ministro Trillo en
persona, de viva voz y con testigos, hoy mudos. Si “Moncloa” o el señor Trillo
tenían prisa política que hubiesen corrido ellos, y si hacían falta semanas
para identificar los cuerpos de los soldados españoles y que se llevasen los forenses
que fueran precisos, que el señor Secretario de Estado de aquellos días los
hubiese solicitado al Ministerio del Interior que -estoy seguro- con su eficacia
demostrada los hubiera facilitado.
No disculpo
a los médicos –no debieron identificar lo que no estaba identificado, lo
mandase quien lo mandase–, ni tampoco valoro la verdad jurídica; explico la
verdad real: Hay órdenes que no se deben cumplir porque no se deben dar, y ni
¡Viva Honduras!, ni tenemos que regresar hoy a Madrid ni el “Manda huevos” es
aplicable a los soldados de España. Nada de esto dicen ni el señor Trillo, ni
el señor Díez Moreno, ni el Consejo de Estado, porque total ya tenemos tres
culpables: el general médico ya ha fallecido y los dos capitanes médicos ya
están fuera del Cuerpo Militar de Sanidad…
Sí, señor
Diez Moreno, hay que pedir perdón, bajarse del machito y abandonar tanta
soberbia de basilisco con corbata, porque se dio una orden inadecuada cuando
habían muerto mis compañeros a los que se trasladaba como ganado cuando
regresaban de una zona de conflicto armado.
Y no es
preciso gritar, señor ex Secretario de Estado, simplemente hay que decir la
verdad real, la verdad jurídica es de otro ámbito, y el dolor, el dolor queda
para unas familias que no las hace suyas.
Julio César Rivera Rocamora
General de Brigada
Médico (R)
Javier Zuriaga Sánchez

