ACADEMIA DE ARTILLERÍA
ACTO DE FIN DE CURSO, 2013
Palabras de General de Brigada Director de la ACART Alfredo Sanz y Calabria.
Palabras de General de Brigada Director de la ACART Alfredo Sanz y Calabria.
Excelentísimas
e Ilustrísimas Autoridades, señoras, señores, Artilleros:
Hace
32 años, me encontraba en formación donde hoy se sitúa la quinta Batería. Hacía
un calor similar al de hoy y me abrumaban múltiples sensaciones.
Por
una parte la alegría de finalizar mis estudios y la expectación propia de un
nuevo destino; por otra, el profundo dolor por el fallecimiento reciente, en
acto de servicio, de dos compañeros muy queridos, que también deberían haber
recibido sus estrellas de teniente ese mismo verano.
Pero
entre medias de aquellos sentimientos encontrados se abría paso una pregunta:
.
¿Cómo he llegado yo aquí?
.
No,
la pregunta no hacía referencia a lo obvio: para finalizar la carrera tuve que
hacer acopio – como todos los que han estudiado en esta casa, antes, entonces y
ahora – de dedicación y esfuerzo; sino a algo más íntimo, mucho más profundo.
.
¿Cómo he llegado yo aquí?
.
¿Cómo
he llegado yo aquí?
.
Es
cierto que procedo de una familia de militares, pero no mi padre ni mis abuelos
me impulsaron de manera explícita a abrazar la carrera de las armas, más bien
todo lo contrario; y, sin embargo, un día del año 1976 – también hacía mucho
calor – me presentaba en el Acuartelamiento de los Leones Zaragozano a hacer
las pruebas de ingreso.
.
¿Vocación?
¿Vocación?
.
No
sé bien lo que es eso. Cuando pienso sobre ello y me pregunto por qué he
dedicado mi vida a la defensa de España, me vienen a la mente múltiples
razones.
Algunas
son de carácter idealista: supongo que estar dispuesto a dar tu vida por valores como la libertad,
la justicia o la paz pueden ser una justificación.
Otras
son de carácter material: a fin de cuentas el oficio de militar tiene sus
riesgos, pero no deja de ser un trabajo seguro en los tiempos que corren, aun
cuando el salario no siempre es equivalente al esfuerzo que se nos exige, si lo
comparamos con otros ámbitos.
Finalmente,
hay razones que no lo son: simplemente se es militar porque un día se inició
este camino y la costumbre te mantiene en el mismo, sin necesidad de
planteamientos más profundos.
Sin
embargo, y siguiendo a Pascal cuando decía “el corazón tiene razones que la
razón no entiende”, creo que lo que aquí importa no es lo que diga la cabeza,
sino lo que sale de lo más profundo de cada uno de nosotros.
.
.
¿Qué
hago yo aquí?
.
Mis
tenientes, mis sargentos: espero que todos ustedes se hayan hecho esta pregunta
alguna vez en su vida; y si así no ha sido, nuca es tarde para empezar. A lo
largo del tiempo que han pasado en esta Academia hemos procurado fomentar en
ustedes el espíritu crítico y la búsqueda del rigor intelectual. Si quieren ser
buenos jefes comiencen por ser críticos y rigurosos con ustedes mismos.
No
se…, supongo que cada uno encontrará una respuesta diferente y , con toda
seguridad, si se hacen esa misma pregunta más de una vez en su vida, todas las
respuestas serán distintas pero, muy posiblemente, tendrán todas un nexo común,
algo que las unifica y las iguala, algo que les proporciona sentido; y ese algo
es el amor.
Amor
al oficio; amor a las tropas; amor, por encima de todo, a España.
Si,
puede haber quien se sorprenda al escuchar la palabra España en un discurso
oficial, pero es que nosotros, los militares, si perdemos el referente de la
comunidad a la que servimos y cuyos valores defendemos, nos convertimos en
mercenarios.
España,
siempre tan cuestionada. No les preocupe. España no es lo que dicen los medios
de comunicación; ni los políticos, tampoco lo que dicen las encuestas. España
es lo que cada uno de los españoles llevamos en el corazón. Una vez más, España
no se puede entender desde la razón – por más que ha habido quien lo ha
intentado -, sino desde el conocimiento profundo de sus gentes, de su realidad
social, de sus intereses, sus virtudes y sus defectos.
Conozcan
España, porque no se puede amar lo que no se conoce. Sufran con ella y
alégrense con ella, porque de ese roce nacerá la pasión suficiente para llenar
sus vidas; y les aseguro que, en los años que tienen por delante, tendrán
crisis y habrán de preguntarse más de una vez ¿qué hago yo aquí? O ¿cómo he
llegado hasta aquí?
Cuando
eso ocurra, miren en su corazón, y si allí no encuentran amor, váyanse,
cuelguen el uniforme y dedíquense a otra cosa, porque los sacrificios y
penalidades, y el rigor de la vida castrense solo pueden abordarse desde el
amor.
Apasiónense
con su profesión. Pocas hay tan bellas como la de ser militar. El trato
continuo con la gente, el arte del bien mandar y del mejor obedecer, la lealtad
por encima de todo, la disposición permanente a entregar la vida por los
demás…hacen de nuestro trabajo una experiencia única; de manera que disfruten y
diviértanse.
Como
diría San Agustín, trabajen cada día como si lo que hacen fuera a durar para
siempre, pero disfruten cada día como si fuera el último de su vida. O, si
quieren una versión un poco más moderna, recuerden al maestro Yoda diciéndole a
Luke Skywalker: hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes.
.
Y
sean agradecidos.
.
Agradezcan
a sus compañeros el valor de su amistad. Tengan en cuenta que la vida es muy
larga y tiene muchos recovecos. En los próximos años tendrán momentos espléndidos,
pero también algunos duros. Prepárense para cuando eso suceda manteniendo la
red que han tejido en estos años de Academia y háganla crecer. Su promoción
será vital en su futuro. Recuerden que nuestro oficio, al final, supone matar o
morir. Y en líneas generales, no se mata o se muere por las grandes ideas. Se
mata o se muere por cosas mucho más cercanas y que se resumen en eso que
llamamos cohesión.
Sean
agradecidos. Agradezcan a sus profesores sus esfuerzos y desvelos; atrévanse a
llamarles “maestros” cuando así lo consideren. En el fondo, son ustedes unos
afortunados, porque tienen un magnífico cuadro de profesores. En la reciente
evaluación externa, la Academia en su conjunto ha obtenido un resultado
“destacable” en todas las áreas; y camina con paso firme hacia su certificación
de calidad ¿creen que eso hubiera sido posible sin el compromiso y la
dedicación de sus profesores?
Pero
no solo de ellos: todos los miembros de esta Academia han estado a su servicio:
investigando, generando doctrina, sirviendo los simuladores, atendiendo sus
necesidades más básicas: dormir, comer, etc. Y las más elevadas: ahí están los
museos y la biblioteca. O su formación moral, que no se puede entender sin el
concurso decidido de la secretaría del Arma.
Agradezcan
a sus subordinados la oportunidad que les dan para que les guíen, porque cuando
se es un buen jefe se aprende más de los subordinados que de los superiores,
así escúchenles.
Pero, sobre todo, aprendan a decir gracias.
Pero, sobre todo, aprendan a decir gracias.
Den
las gracias a esta ciudad de Segovia, que hoy les hace hijos de ella. Tal vez
ustedes no se den cuenta todavía, pero llevan en su sangre una semilla que les
hará volver de cuando en cuando por esta Academia y esta ciudad, a veces tan
fría y, sin embargo, tan profundamente querida por todos los hijos del Real
Colegio.
Porque
eso es lo que son todos ustedes: los hijos del Real Colegio, los herederos de
250 años de historia, los dueños de un presente fascinante y los artífices de
un futuro que queda en sus manos.
Esa
es su responsabilidad, y están sobradamente preparados para ella. Solo falta
que la aborden desde el amor y la ilusión, y que corran los riesgos que se esperan
de su edad.
Háganlo
y diviértanse al hacerlo. Y, de vez en cuando, pregúntense… ¿Cómo he llegado
hasta aquí?
Gracias
a todos por su atención.
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO
Catedrático de Opinión Pública de la Universidad Complutense y de la Universidad San Pablo CEU
Llevo medio siglo cumplido
como profesor y catedrático de Universidad. En la pública y en la privada. Por
mis aulas han pasado algunos miles de alumnos de todo tipo: algunos muy buenos,
muchos buenos, demasiados malos y una excesiva minoría de muy malos. Algunos
procedían de las clases más acomodadas de la sociedad, pero la inmensa mayoría
venían de la amplia y baqueteada clase media, incluidos sus más humildes
sectores. He tenido como alumnos a futuros ministros de la izquierda y de la
derecha, futuros grandes empresarios, abogados, escritores, directores de
periódico. Algunos de ellos han merecido después una bien ganada notoriedad. Un
completo mosaico, en suma, de la heterogénea sociedad española.
He mantenido con muchos de
ellos una relación perdurable y muchos me han mostrado su confianza para
contarme sus problemas, profesionales o incluso personales. En estos tiempos y
en tantos casos esas confidencias versaban, muy a menudo, en torno al paro, esa
tragedia que ha atenazado a tantos y les ha mantenido en un insoportable dique
seco. En ningún caso —y lo escribo con la máxima rotundidad- en ningún caso,
repito, me he encontrado con algún alumno que no haya podido estudiar o que
haya tenido que abandonar sus estudios por razones económicas. En España, y desde
hace muchos años, quien haya querido cursar estudios universitarios y haya
estado capacitado para ello ha podido entrar en la Universidad.
Lo que sí recuerdo muy bien es
a alumnos que hace algunos años me iban a ver para preguntarme si en vez del 6
o 6’5 con que les había calificado, no podía subirle la nota a un 7…porque si
no, perdía la beca. Porque las becas había que ganárselas y nadie entendía que
pudiera merecerlas un 5 pelado, en tantos casos muestra de pura misericordia.
Sobre todo en estos tiempos en que ha bajado tanto el nivel de exigencia de
modo que —los profesores lo sabemos- muchos de los 5 de ahora muy posiblemente
habrían sido suspensos con los baremos de otrora.
La universitaria, no forma
parte de la enseñanza obligatoria y exigible. Es un plus que debe conseguirse
sobre la base de la vocación, de la capacidad y del esfuerzo. En mis tiempos
universitarios leíamos Misión de la Universidad de Ortega y Gasset y otros
libros del mismo estilo y teníamos conciencia de que acceder a la Universidad
imponía una responsabilidad a la que había que hacer frente con la búsqueda de
la excelencia y preparándose lo mejor posible para, una vez obtenida la
licenciatura o el doctorado, servir a la sociedad con el máximo de eficacia y
dedicación. La Universidad no era para cualquiera sino para el que mostraba
voluntad y se imponía la exigencia del estudio.
Pero todo aquello se ha venido
abajo por un mal entendido sentido de la “democratización” de la Universidad,
olvidando que el saber y en el conocimiento no progresan si se aplican los
criterios del voto y de las mayorías, válidos para tomar decisiones políticas.
Lo he hablado con muchos colegas y todos coinciden: La media de los alumnos que
acceden a la Universidad va de mal en peor por el desastre y el abandono de la
enseñanza secundaria. Cada día ignoran más cosas. Alumnos de los últimos cursos
de la carrera no saben situar en el mapa a Ucrania, creen que Kazajstán en un
pequeña república (2.7000.000 Kms. cuadrados), no saben quién es Baltasar
Gracián o ignoran el siglo en que vivió y reinó Felipe II.
La cotidiana lista de anécdotas sería
interminable. Lo que sucede es que en cada curso hay una minoría excelente,
aunque muy reducida, que lee libros (la inmensa mayoría no lo hace), ha podido
viajar, sabe inglés u otro idioma y, sobre todo, practica el estudio, aquello
de “hincar los codos” que nos decían hace décadas. Esa ínfima minoría es la que
justificaría esa solemne estupidez, que tantos repiten, según la cual la
presente generación joven es la mejor preparada de la historia de España. Pero
debe quedar claro que los culpables no son los jóvenes, que no son más que las
víctimas de un sistema que, sencillamente, les ha estafado. La leyes
socialistas —hasta ahora no ha habido otras- han sido nefastas y han hecho
creer a los jóvenes que tener un título es “un derecho” que, más o menos, hay
que regalárselo.
Pasar una asignatura sin ver
un solo libro, ni de texto ni de consulta, con solo unos apuntes mal tomados
que circulan como “los del profesor” es una práctica habitual. Y no les pidas
un trabajo porque recurrirán a Internet y lo entregarán sin saber de qué va la
cosa. Y puestos a “ampliar derechos”, eso que gustaba tanto a Zapatero, también
se impuso el “derecho” de pasar de curso con un montón de asignaturas del
anterior, en un insigne homenaje a la vagancia y a la desidia, que ha sido
política oficial hasta hace poco. Todo ello, por mor de la igualdad y de una
mal entendida democracia. Además no hay que traumatizar a ningún alumno con esa
cosa tan fea que es un suspenso.
La guerra al elitismo, propia
de la izquierda, ha sido en realidad una guerra a la excelencia. Y nos ha
conducido a una mediocridad aterradora. Así nos ha ido y así nos hemos quedado.
Y no hablemos de la enseñanza nacionalista porque ahí la estafa alcanza niveles
de escándalo. He visto libros de historia de Cataluña donde no aparecen los
Reyes Católicos y en los que no hay ni una página que no tenga su
correspondiente dosis de patrañas, incompatibles con los mínimos exigibles,
tanto desde el punto de vista educativo como desde el histórico y, sobre todo,
desde el ético.
Lo que no logro entender es la actitud de los
rectores —no sé si todos o solo algunos- con su posición ante la cuestión de la
becas y, en general, ante el propósito del ministro Wert de reformar el
sistema, al menos en los aspectos más inquietantes. ¿Es que queda alguien
todavía que crea que el sistema educativo español no exige perentoriamente una
reforma a fondo? Ni una sola de las universidades españolas está entre las
primeras doscientas del mundo. ¿No es bochornoso? ¿No sería mejor que esos
rectores se preocuparan más por aumentar la calidad de nuestra enseñanza
universitaria en vez de dar la lata con la nota exigible para las becas? ¿De
qué están orgullosos?
Hay que decirlo de una vez. En
España sobran universidades y sobran universitarios, alumnos y profesores. En
oposiciones a profesor o en tesis doctorales he visto bibliografías donde no
aparece ni un solo libro en inglés o en otro idioma extranjero. Pero en ciertas
universidades, sí he visto trabajos en la lengua co-oficial… ¡Gran afán de
divulgar el saber!. Seguro que en Harvard o en Oxford se despepitan por
traducir esas notables aportaciones. En Holanda o en los países escandinavos
todos, o casi todos, los trabajos universitarios se hacen en inglés. Y como me
han dicho muchos colegas de por allí, sus lenguas nacionales son puramente
domésticas. Hace años unos diputados franceses, con los que visitaba un
excelente centro de investigación en Barcelona, se sorprendían de que todo,
carteles y publicaciones, estaba en catalán… “¿Es que es sólo para ellos?”,
preguntaban.
En general y de nuevo, la
cantidad se ha impuesto sobre la calidad, los estrictamente “nacional” sobre la
universalidad, que es la razón de ser de la Universidad. Y, lógicamente, los
resultados han sido deletéreos. La falsa democratización no es más que una
brutal masificación que ha degradado a la institución universitaria y ha
convertido los títulos en papeles inútiles, de los que las empresas ya ni se
fían a la hora de contratar. Y eso que ahora ya a nadie se le ocurre decir que
las universidades sean el alma mater, el templo del saber o algo por el estilo.
Ahora se las concibe casi exclusivamente como escuelas de preparación
profesional. Pero ni por esas. Aunque hay en todo ello, seguramente, un fondo
de verdad, porque muchos de los alumnos universitarios deberían estar en una
digna formación profesional, que en España nunca ha existido de verdad, en
buena medida por el mercadeo ideológico de los sindicatos y, a veces, también
de las patronales. La idea, desde luego, ha cuajado y los alumnos la han
interiorizado y si les pides que lean a Tocqueville (casi ninguno lo sabe
escribir bien), siempre habrá algún listo que pregunte: “¿Pero eso me va servir
para encontrar trabajo?”. A lo mejor era un becario al que solo le había hecho
falta un 5 para conseguir su “derecho a beca”.
CUESTIÓN DE VALORES
LUIS ALEJANDRE
Una promoción de veteranos
soldados –la XVIII en términos castrenses salida de las Academias Militares con
el grado de teniente hace 50 años, se ha reagrupado estos días, primero en
Madrid en la antigua Escuela de Estado Mayor y después en cada uno de sus
centros de formación específicos: Toledo, Segovia, Valladolid, Hoyo de
Manzanares...
Habían jurado bandera en la
Academia General Militar de Zaragoza, allá por 1959, el mismo día en que el
entonces Príncipe Juan Carlos recibía el despacho de Teniente de Infantería.
Desde entonces han seguido unidos a su persona y a su trayectoria de servicio a
España. Añadiría incluso que muchos de ellos emulan al Monarca en su pasión por
pasar de vez en cuando por el «taller». Son las consecuencias de los muchos
años en unidades paracaidistas y de montaña, en misiones en el exterior o
residuales de accidentes y heridas.
Una promoción que ha convivido
y sufrido los zarpazos de este terrorismo que nos ha desgastado vilmente desde
la Transición. Promoción que tiene entre
sus filas al único oficial vivo condecorado con la Medalla del Ejército y al
primero que mandó una Misión de la ONU en Angola en 1989, meses antes de
desplegar contingentes nacionales en Namibia y Mozambique. Que tiene a quien
mandó la primera Agrupación Táctica en Bosnia, o quien en plena Guerra de los
Balcanes fue nombrado Hijo Adoptivo de Mostar reconociendo sus enormes méritos
en acercar a dos comunidades separadas físicamente por el rio Neretva, pero
sobre todo por un soterrado nacionalismo –lección que olvidamos– cainita e
irracional, renacido entre dos comunidades.
Todos nos fundimos en
emocionante formación, con los alféreces alumnos que pronto van a recibir sus
despachos de Teniente. Cincuenta años entre generaciones nos contemplaban, lo
que nos obligó a no pensar solo en el pasado, sino en el futuro. Los setentones
que aguantábamos el tipo, cara al duro sol de una mañana toledana, no podíamos
prever el horizonte profesional que aguardaba a aquellos jóvenes oficiales. Si
nosotros en 1963 pensábamos que nuestros destinos se limitaban a las buenas
unidades del Pirineo, a las Compañías de Operaciones Especiales, a las unidades
desplegadas en el Sahara, en Ceuta o en Melilla o en una de las Banderas
Paracaidistas y terminamos en el África meridional portuguesa, en Centroamérica
,en Bosnia, en Irak y en Afganistán, ¿qué horizontes les esperaban a estos
jóvenes oficiales? ¿Qué balance presentarían dentro de cincuenta años?
¡Imprevisible!
Todo bullía en nuestras
cabezas, cuando el «pater», nombre cariñoso y respetuoso con que señalamos a
nuestros capellanes castrenses, nos recordó la clave para alcanzar horizontes
seguros: ser honestos; ser sobrios; ser leales; hacer de la vocación un
servicio a la sociedad, y serlo para siempre sin fecha de caducidad. Sea cual sea
la situación administrativa, una vocación sirve mientras tiene vida. Porque la
sociedad necesita el ímpetu del joven pero también la experiencia y el
prestigio del veterano. Nuestros capellanes, que pueden pasar muchas veces
desapercibidos, y saben estar cerca en los momentos de separación y dolor, por
supuesto, también en los de reencuentro y alegría- en los que se convierten en
amigos, confidentes, enfermeros o psicólogos. Pues bien, este capellán sólo
hablaba de valores, como única forma de afrontar con dignidad una vocación de
servicio, porque todo lo demás –satisfacción por el deber cumplido, amor a la
familia, compañerismo, honrada ambición– «se os dará por añadidura».
Pensaba en todo esto mientras
percibía un ambiente sano entre uniformados y familiares, con hijos, orgullosos
de sus padres, educados en la sobriedad, roto sólo el silencio por el bullicio
de una legión de nietos.
Cuando en esta España a la que
juramos servir soplan vientos de deslealtades y promesas falsas e incluso
tribunales extranjeros rompen nuestro propio orden jurídico sin que se haya
producido el más elemental gesto que ratifica un proceso de paz, la entrega
incondicional de las armas. Lo vivimos bajo bandera de la ONU con la «contra»
nicaragüense, con el Frente Farabundo Martí salvadoreño, con la URNG
guatemalteca, o con la «unitá» angoleña, y no lo vivimos en nuestro propio
suelo patrio. No sólo rompen nuestro sistema jurídico. Intentan romper el alma
de quienes más han sufrido el dolor provocado por una organización criminal chantajista
y extorsionadora.
Todo estaba presente.
Sólo nos reconfortaba en aquellos momentos, sentir cómo vibraban,
fundidas voces jóvenes con otras veteranas, aquellas últimas estrofas del
himno de Infantería:
«De los que amor y vida te
consagran»
«canción
que brota de almas que son tuyas, de labios que han besado tu Bandera»,
«y por
verte temida y honrada, de nuevo tus hijos irán a la muerte».
Son los que: «te prometen ser
fieles a tu Historia. Y dignos de tu honor y de tu glo- ria».
¡Cuestión de valores!
José V. Ruiz de Eguílaz y Mondría
Coronel de Caballería

