Por ALEXANDER ORLV
SELECCIONES
DEL READER´S DIGEST
ALEXANDER ORLOV es el jefe de más alto rango del Servicio Secreto soviético que haya
roto con eI Kremlin. Desde 1938 vive
en los Estados Unidos. En 1953 publicó un libro titulado Historia secreta de los crímenes de Stalin.
General Alexander Orlov. Foto pasaporte
He aquí el asombroso
relato de lo que quizá haya sido el mayor atraco de la historia, narrado por
primera vez y con todo detalle por su principal organizador.
AQUELLA tarde del 22 de octubre de 1936, a la luz del crepúsculo,
salí de Cartagena. A mi lado, en el
coche, incapaz de dominar su nerviosismo, se hallaba un alto funcionario de la Dirección General del Tesoro. Nos
seguía una columna de veinte camiones de cinco toneladas. Nuestro punto de destino
estaba en las colinas que se perfilaban a lo lejos, a seis u ocho kilómetros al
norte. Se trataba de un polvorín de la
Armada, pero lo que en aquellos momentos nos ocupaba era algo más
importante que granadas y cordita.
Cuando el convoy se detuvo, ya había caído la noche. Al
descender del automóvil observé unas pesadas puertas de madera, reforzadas con
barras de hierro, que cubrían el frente de la ladera y junto a las que montaban
guardia varios centinelas. Uno de ellos corrió los enormes cerrojos y abrió una
puerta doble frente a nosotros. Vimos una espaciosa gruta artificial, excavada
en la roca, escasamente iluminada por varias bombillas eléctricas.
En el interior, esperando nuestras órdenes, se hallaban
sesenta marineros españoles. Apiladas contra las paredes, había miles de cajas
de madera, todas iguales. Las cajas contenían lingotes y monedas de oro, y
virutas. Todo ello valía centenares de
millones de dólares. Ante mí se amontonaba el tesoro que una vieja nación
había acumulado a través de los siglos. Aquello era lo que yo había venido a
buscar y mi tarea era hacerlo llegar a Moscú.
Corrían los primeros meses de la guerra civil española. Durante diez días yo
había estado preparando la "Operación
Oro" con todo detalle. Algunos dirigentes republicanos, temiendo que
las reservas oro del país pudieran caer en poder de las fuerzas del General Franco, decidieron confiar el
tesoro, "para mayor
seguridad", a José Stalin.
Aunque autorizada (con dudosa legalidad) por dichos dirigentes republicanos, la
transacción constituyó, posiblemente, el
mayor atraco de la historia.
El envío a la Rusia soviética de la mayor parte de las reservas españolas de oro —por lo menos seiscientos millones de
dólares, según mis cálculos— ha sido objeto de todo género de rumores y
conjeturas durante más de dos décadas. Del grupo de hombres que estuvieron
implicados en los comienzos de la operación, solo dos viven toda-vía: un
español y yo.
Cajas
del oro guardado en el polvorín de la Armada en Cartagena
HABÍA llegado yo a Madrid el 16 de setiembre de 1936;
unos dos meses después del comienzo de la guerra civil española, para dirigir
un numeroso grupo de técnicos soviéticos
en cuestiones militares y de inteligencia. Mi grado en la N. K. V. D. (siglas en
ruso de "Cornisariado del Pueblo para Asuntos Internos", es decir, la
Policía Política) era el equivalente
a General.
Actuaba como asesor principal del Gobierno republicano en
lo referente a espionaje, contraespionaje y guerra de guerrillas, cargo que iba
a desempeñar durante casi dos años.
Al igual que todos los rusos destacados en España, sentía
una apasionada devoción por la causa de la República.
Nos instalamos en el último piso de la Embajada soviética en Madrid, donde
disponíamos de un potente equipo de radio.
Llevaba allí menos de un mes cuando el Oficial de cifra
entró en mi despacho con el libro de claves bajo el brazo y un radiograma en la
mano.
—Acaba de llegar de Moscú —dijo—, y estas son las
primeras líneas: "Absolutamente
secreto. Debe ser descifrado personalmente por Schwed".
Schwed era mi nombre clave. Descifré el resto del mensaje. Tras
una nota introductoria del jefe de la N.
K. V. D., Nikolai Yezhov, se
leía:
"Prepare con el
jefe del Gobierno, Largo Caballero, el envío de las reservas de oro de España a la Unión Soviética en un vapor ruso.
Todo debe hacerse con el máximo secreto. Si los españoles exigen un recibo,
rehúse --repito—, rehúse. Diga que el Banco del Estado entregará un recibo
oficial en Moscú. Le hago
personalmente responsable de la operación. Firmado:
Ivan Va-silyevich".
La firma era el nombre en clave, rara vez utilizado, del propio Stalin.
¿Sería posible que Largo
Caballero y sus colegas, españoles patriotas y honrados, consintieran en poner
el oro de su país en las voraces manos de Stalin?
¿Pensarían sinceramente que el Kremlin,
que despreciaba la ley y la moralidad "burguesas", podría devolver
semejante riqueza una vez en posesión de ella? Pude averiguar que la respuesta
a estos interrogantes era afirmativa. De hecho, la idea de "proteger" las
reservas de oro de su posible captura por parte del enemigo, mediante el
envío de las mismas a Rusia, ¡había
tenido su origen en los propios e inquietos líderes republicanos!
Cámara acorazada del Banco de España
Las fuerzas de Franco
apretaban su cerco en torno a Madrid
y la caída de la capital parecía inminente. El traslado del oro y la plata
de las cajas del Banco de España fue
ordenado en una disposición secreta, de fecha 13 de setiembre, firmada por el Presidente
de la República, Manuel Azaña, y el
ministro de Hacienda, Dr. Juan Negrín.
Este decreto facultaba al ministro para trasportar los metales preciosos "al lugar que, en su opinión,
ofreciera las mayores garantías de seguridad". También señalaba que, "a su debido tiempo", la trasferencia
seria regularizada mediante su discusión y aprobación por las Cortes. Sin
embargo, este requisito no se cumplió
jamás.
Por discutible que fuese la legalidad del Decreto, la
medida no implicaba el envío del tesoro fuera del país. Pero al empeorar la
situación militar, Negrín,
desesperado, resolvió hacer uso de sus poderes. Con este fin decidió sondear
—solo el presidente y el jefe del gobierno tenían conocimiento de esta decisión—
al agregado comercial soviético acerca de la posibilidad de situar el oro en
Rusia. El agregado informó a Moscú, y Stalin aprovechó la oportunidad.
Dos días después de haber recibido la orden de Stalin conferencié con Negrín en nuestra Embajada.
El ministro de Hacienda, un catedrático recién llegado a
la Administración, parecía el verdadero prototipo del intelectual: opuesto teóricamente
al comunismo, pero, si bien de una
manera vaga, simpatizante con el "gran
experimento" ruso. Esta
candidez política contribuye a explicar su impulso de enviar el oro a aquel
país. Además, con Alemania e Italia
al lado de los nacionalistas, y ante la indiferencia de las democracias occidentales,
Rusia era un aliado, la única gran
potencia que apoyaba a los republicanos españoles.
— ¿Dónde están ahora las reservas de oro? —pregunté.
—En Cartagena
—contestó—. En una de las viejas grutas, al norte de la ciudad, utilizadas por
la Armada como polvorín.
Otra vez la suerte de Stalin, pensé satisfecho. Mi tarea se simplificaba enormemente por
el hecho de que el cargamento estuviera ya en Cartagena. Aquella amplia bahía era donde los buques rusos descargaban sus suministros de armamento y equipo. No
solamente barcos, sino también personal de confianza soviético, estaban a nuestro alcance fácilmente.
Otro político
español tenía que ser informado: el ministro de Marina y Aire, Indalecio Prieto. Necesitábamos sus
barcos de guerra para escoltar el cargamento a través del Mediterráneo hasta Odesa, en el mar Negro. Cuando se le
consultó, accedió a dar las órdenes necesarias.
La rapidez era vital. El menor rumor expondría nuestros
barcos a ser interceptados. Además, el temperamento del pueblo español era tal
que, si se filtraba algún indicio de que el tesoro de la nación iba a ser
enviado al extranjero —iy a la Rusia
comunista!--, toda la operación y sus autores hubieran terminado
trágicamente.
Siguiendo instrucciones de Negrín, un alto funcionario de la Dirección General del Tesoro me dio detalles acerca del oro y su
lugar de almacenamiento. Había unas diez mil cajas, cuyas dimensiones
eran 30,5 x 48,2 x 17,7 cm, cada una con 65 kilos y medio del precioso metal,
lo que suponía unas 650 toneladas.
A la vista hay 112 estanterías con un total de 34 toneladas.
El oro de Moscú necesitaría 1.700 estanterías como esas.
Al día siguiente salí para Cartagena por carretera. En aquella base me encontré con nuestro Agregado
Naval y viejo amigo mío Nikolai Kuznetsov
(que durante la segunda guerra mundial
fue ministro de Marina de la URSS), al que di instrucciones para hacerse
cargo de todos los buques rusos que
llegaran a Cartagena, lograr que
fueran descargados rápidamente y ponerlos bajo mi mando. Un carguero soviético estaba en el puerto,
y se esperaba la arribada de otros más. También conferenciamos con el jefe español
de la base, el cual puso sesenta
marineros a mi disposición.
Me enfrenté luego con el problema de trasportar el oro
desde la gruta al muelle. Una Brigada soviética
de tanques había desembarcado en Cartagena dos semanas antes y se
hallaba destacada en Archena, a unos
65 kilómetros de distancia. Su jefe era el Coronel S. Krivoshein, al que los españoles conocían por Melé. Krivoshein puso a mi disposición veinte de sus camiones militares y
otros tantos de sus mejores conductores.
Finalmente, todo estuvo a punto. Mis camiones estaban
aparcados en la estación de ferrocarril cartagenera, con un tanquista soviético, vestido con
uniforme español, al volante de cada uno. Los sesenta marineros que cargarían el oro habían sido enviados a la
gruta con una o dos horas de anticipación. Los tripulantes de cuatro barcos rusos, incluidos cocineros y
camareros, sabían ya que les esperaban varias noches de duro trabajo para
llevar a bordo un importante cargamento. Y así, el 22 de octubre, al caer la
tarde, me dirigí al polvorín seguido de una caravana de camiones.
Los marineros españoles, todos ellos procedentes de la flota submarina, eran jóvenes y de escasa corpulencia. Hacían falta
dos de ellos para llevar una caja y subirla al camión. Para facilitar el
recuento limité la carga de cada vehículo a cincuenta cajas y, una vez cargados,
envié los camiones al puerto en grupos de diez.
Cuando volvían, dos horas más tarde, otros diez vehículos
estaban dispuestos a partir con otras quinientas cajas. Mi coche, en el que
viajaba yo u otro miembro de la N. K. V.
D. y uno de los funcionarios del
Tesoro, encabezaba cada convoy.
Cuando la operación estuvo en marcha planteé finalmente
al funcionario de la Dirección General
del Tesoro, que se hallaba a mi lado, la pregunta que había evitado
cuidadosamente hasta entonces:
—¿Cuánto oro se
supone que vamos a enviar?
Debido a la atropellada preparación del envío en la parte
que correspondía a los españoles, el funcionario contestó:
—¡Oh, más de la
mitad, supongo!
Sería, pensé, mucho más.
La carga y el trasporte continuaron durante tres noches,
desde las siete de la tarde a las diez de la mañana. Aquellas fueron noches sin
luna. Como la ciudad estaba permanentemente a oscuras, no podíamos usar los
faros. A veces un conductor perdía de vista el camión que le precedía, y parte
de la columna se fraccionaba.
Uno de los barcos rusos donde fueron cargadas las cajas
de oro del Banco de España
Tuve muchas preocupaciones a causa de esto, porque los tanquistas, aunque vestían
uniforme español, no hablaban una palabra de castellano. ¿Qué pasaría si
eran detenidos por una patrulla militar y tomados por espías alemanes? La justicia
de la guerra civil era rápida y tajante. ¿Y si se registraban los camiones? La
noticia de que unos extranjeros se llevaban camiones cargados de oro podía
provocar un estallido de violencia política.
Otro motivo de angustia era la posibilidad de un
bombardeo nacionalista. Las grutas inmediatas a la utilizada como depósito del
oro estaban llenas de explosivos; un impacto directo significaría el fin de
todos nosotros. Por otra parte, nuestros barcos podían ser hundidos en el
puerto.
Durante aquellos días no dormí más de cuatro horas, por
término medio. Entre carga y carga, los marineros encerrados en la gruta
dormían también, tendidos en el suelo. Les dábamos emparedados, café, bebidas
frías, chocolate y cacahuetes. Para matar el tiempo, muchos de ellos jugaban a
las cartas. Resultaba irónico que emplearan en sus partidas monedas de cobre y,
en algunos casos, cacahuetes, estando rodeados
de millones en oro.
La suerte nos acompañó hasta la tercera y última noche.
Hacia las cuatro de la madrugada, un grupo de bombarderos apareció súbitamente
sobre las colinas. Desde la gruta podíamos escuchar la explosión de las bombas
en los muelles. En el puerto, según pude saber por las declaraciones de los conductores que regresaban, los
aviones habían alcanzado a un carguero español que estaba fondeado junto a nuestros
barcos. Decidí acelerar la operación y hacer que mis buques abandonaran la bahía
lo más rápidamente posible.
Cuando aquella noche, después de cargado, el último
camión salió para los muelles, pedí al funcionario
del Tesoro que me dijera la cifra final.
—He contado 7.800 cajas --contestó--; tres
cuartas partes de las reservas de oro.
A las diez de la mañana del 25 de octubre la última caja
subió a bordo del último barco. Llegó entonces el momento tan inevitable como
embarazoso para mí: ¡Me pedían un recibo!
—¿Un recibo? —dije esquivando la mirada inyectada y
patética del funcionario, y aparentando indiferencia—. Pero, compañero, no estoy
autorizado a dárselo. No se preocupe, amigo mío, ese recibo será extendido por
el Banco del Estado de la Unión
Soviética cuando todo sea comprobado y pesado allí.
El funcionario se quedó de una pieza, como si hubiera
sido alcanzado por un rayo. Apenas podía hablar con coherencia. No comprendía...
Aquello podía costarle la vida en esos momentos… ¿Debería llamar a Madrid?
Yo estaba dispuesto a mantenerle alejado del teléfono,
por la fuerza si fuera necesario. En su lugar, le sugerí que enviara un representante
del Tesoro en cada barco, en calidad
de vigilante oficial del oro.
He
aquí, publicada por vez primera, la página de firmas de un recibo, fechado el 5
de febrero de 1937, por lo que se atestigua la llegada de 7.800 cajas de oro
español para su “custodia” en Moscú.
Lógicamente, esta concesión no significaba nada. Pero
aquel hombre estaba tan aturdido que se aferró a dicha solución.
Dos horas después zarparon los buques. Por fin pude informar
a Moscú que el precioso cargamento
iba ya rumbo a Odesa.
POSTERIORMENTE, y por los informes de algunos altos
funcionarios del Servicio de
Inteligencia que iban y venían entre Rusia
y España, pude conocer lo sucedido en el lado soviético de la operación. Un gran número de agentes de la N. K. V. D., procedentes de Moscú y Kiev, se reunieron en Odesa. Durante varios días trabajaron
como estibadores descargando las cajas y llevándolas a un tren especial. Una
amplia zona, desde los muelles a la estación de ferrocarril, fue acordonada por
tropas escogidas. Cuando el tren salió para Moscú, centenares de Oficiales armados escoltaron el cargamento,
como si atravesaran territorio enemigo.
Supe que Stalin,
para celebrar el golpe, ofreció una magnifica recepción a los altos jefes de la
N. K. V. D. la noche siguiente de la
llegada del cargamento a Moscú. Todo
el Politburó estuvo presente. El
dictador estaba entusiasmado. ¡Qué triunfo para un hombre que había empezado su
carrera política organizando atracos a los bancos en favor de su causa.
El jefe de la N. K. V. D., Yezhov, contó a un amigo mío que Stalin pronunció estas joviales palabras:
—Nunca volverán a
ver su oro, del mismo modo que no pueden verse sus propias orejas.
En los veintiún meses que trascurrieron entre la "Operación Oro" y mi
deserción del régimen soviético,
estuve en estrecho contacto con los líderes republicanos españoles, pero el
asunto siguió siendo un callado y doloroso secreto entre nosotros. Estaba
seguro de que su acción había empezado a parecerles un error monumental.
La única vez que se mencionó la cuestión fue
en el curso de una conversación con Negrín.
—¿Recuerda aquellos cuatro hombres de la Dirección
General del Tesoro que fueron enviados a bordo de sus barcos? —preguntó—. Todavía están en Rusia, y ya ha pasado un año. Me pregunto por qué a esos pobres
muchachos no se les permite regresar a su tierra.
Aquellos cuatro
desdichados, según pude descubrir mucho tiempo después, no pudieron salir de Rusia hasta que terminó la guerra en
España.
El General Franco
debió de enterarse de la desaparición del oro tan pronto como tomó a Madrid. Pero su Gobierno no dijo una
palabra de ello durante más de dieciocho años. La moneda española, ya un tanto
débil, podría haberse derrumbado si se hubiera sabido que las arcas nacionales
estaban casi vacías.
El silencio oficial se rompió una sola vez, en diciembre
de 1956, después de la muerte del Dr.
Juan Negrín. De entre sus papeles privados se rescató finalmente un recibo oficial por el oro depositado en
la Unión Soviética.
Pocos meses después, en un artículo claramente irónico,
el periódico Pravda admitía que unas
quinientas toneladas de oro habían llegado
a la URSS en 1936, y que el Gobierno
soviético había expedido el oportuno recibo. El oro, seguía diciendo el
diario, era la garantía por el pago de los aviones, armas y otras mercancías
soviéticas enviadas a la República española. No solo se había gastado todo,
¡sino que todavía se debían cincuenta millones de dólares a la Rusia soviética!
La orden de traslado y sus motivaciones
Junta de accionistas del Banco de España en el interior
de la caja fuerte, junto a lingotes de oro Manuel Azaña y Juan Negrin
El 13 de septiembre de 1936 el nuevo Ministro de
Hacienda, el socialista Juan Negrín, por iniciativa propia
emitió un decreto “reservado”. El Decreto
reservado decía lo siguiente:
“Ministro de Hacienda”
Excmo. Sr:
Por su excelencia el Presidente
de la República, y con fecha 13 del actual, ha sido firmado el siguiente
decreto reservado: La anormalidad que en el país ha producido la sublevación
militar aconseja al Gobierno adoptar aquellas medidas precautorias que
considere necesarias para mejor salvaguardar las reservas metálicas del Banco de España, base del crédito
público. La índole misma de la medida y la razón de su adopción exigen que este
acuerdo permanezca reservado. Fundado en tales consideraciones, de acuerdo con
el Consejo de Ministros, y a
propuesta del de Hacienda, vengo en disponer, con carácter reservado, lo
siguiente:
Art. 1º: Se autoriza al Ministro de Hacienda para que en el momento que lo considere
oportuno ordene el transporte, con las mayores garantías, al lugar que estime
de más seguridad, de las existencias que en oro, plata y billetes hubiera en
aquel momento en el establecimiento central del Banco de España.
Art. 2º: El Gobierno dará cuenta en su día a las Cortes de este Decreto.
Madrid, 13-9-36”.
Es de observar que en aquella época el Banco de España era un ente privado, Sociedad Anónima, y no un Organismo Público como lo es hoy.
El Decreto fue firmado por el Presidente del Gobierno del Frente Popular, Manuel Azaña, a quien no se le informó cuando se aplicaría el
decreto, ni tampoco el destino del tesoro.
Las cajas de oro
fueron transportadas en camiones a la Estación
del Mediodía, y desde allí a Cartagena,
donde de depositaron en los polvorines de La
Algameca, en una Base Naval bien
custodiada. El traslado por vía férrea hasta Cartagena fue protegido por la «Brigada
Motorizada» del PSOE.
El cajero principal del Banco de España se suicida y los consejeros Martínez Fresneda y Álvarez Guerra denunciaron la extracción del
oro por constituir una ilegalidad y presentaron su dimisión.
El propio Indalecio
Prieto escribió al respecto que no podían vanagloriarse de esta aventura
conocida como el oro de Moscú: “Un ministro socialista pidió autorización
para proceder libremente; el Gobierno, del que formábamos parte otros cinco
socialistas, incluso quien lo presidía, se la concedió, y socialistas eran
también los bancarios que dispusieron cuanto se les ordenó, tanto en España como en Rusia, así como los paisanos que convoyaron el cargamento entre
Madrid y Cartagena”.
Francisco Javier de la Uz
Jiménez







