
LA CODORNIZ

La revista más audaz,
para el lector más inteligente.
CARTAS AL DIRECTOR
FRIALDAD - EL CEREBRO DE MI TÍA - PAYASO TRISTÓN - ¡NO LEA USTED MIS CARTAS! ¿HARÉ EL ARTÍCULO DE CINE? AUTÓGRAFOS Y CHIQUILLOS FUTBOLISTAS Y ACTORES
Mi distinguido amigo: Resulta que estoy muy enfadado, porque según me han dicho, se dedica usted a leer a la gente las cartas que yo le escribo referentes a las cosas esas del cine, y como en esas cartas, además de decirle muchas tonterías, suelo hablar de cosas de las que no se debe hablar, he observado que varios señores relacionados con el asunto este de las películas me han mirado con frialdad y con extrañeza, como se mira a eos perros que son muy monos, que están muy bien educados, que siempre están haciendo gracias y que, de pronto, sin saber por qué, cuando hay más visitas en el salón, levanta una pata y se hace <<pis>> en medio de la alfombra.
Arrepentido...
Hay, incluso, quien ha llegado a decir que estas cartas las ha publicado usted en <<La Codorniz>>, cosa que, aunque me resisto a creer, no he podido comprobar todavía porque yo no leo nunca <<La Codorniz>>. Y no piense usted que al decir esto pretendo hacer una paradoja, o que si no leo <<La Codorniz>> es porque <<La Codorniz>> no me divierta. No leo nunca <<La Codorniz>>, simplemente, porque si me río mucho, la gente piensa que estoy leyendo un artículo mío, con lo cual pueden creer que soy un vanidoso. Y si la leo muy serio y sin reirme nada, la gente puede pensar que estoy leyendo un artículo de usted, y que soy un envidioso miserable. Naturalmente que para que nada de esto ocurriese yo podía leer <<La Codorniz>> a solas en mi casa, cuando nadie me viese. Pero esos momentos en que estoy solo en casa, sin que nadie me vea, los aprovecho para leer <<María o la hija de un jornalero>>, que es una novela que me gusta muchísimo y que ya la he leído en secreto varias veces.

Claro está que todo esto son preocupaciones estúpidas que uno tiene, porque en cuanto una escribe en un periódico, o estrena una comedia, o dirige una película, o la interpreta, cree que todo el mundo está pendiente de uno, y la vrdad es que a uno nadie le hace caso y que a la gente le tiene sin cuidado lo que uno sea ni lo que uno haga. Lo único que le importa a la gente es que uno sea bueno y simpático y que de buenas propinas a los camareros. Y para demostrale que esto es verdad, le diré que al tercer año de dirigir yo <<La Codorniz>> me entró una neurastenia terrible y me puse tristísimo. Entonces recordé la popular anécdota de aquel célebre payaso -creo que se llamaba Tony Grice- que
tambien tenía una neurastenia infernal, que nada le divertía y que fue a ver al médico y el médico, sin saber quién era, le dijo: <<Usted lo que tiene que hacer es distraerse y reírse mucho. ¿Por qué no va usted al circo a ver trabajar a Tony Grice>> A mi esta anécdota me ha parecido siempre maravillosa y me hacía mucha ilusión que yo fuese al médico, que le hablase de mi tristeza y mi melancolía, y que él me dijese: <<¿Por qué no lee usted <<La Codorniz>>?>> Y fuí al médico y, efectivamente, despues de escucharme, me dijo: <<Usted lo que tiene que hacer, para curarse d la melancolía, es distraerse y reírse mucho.¿Por qué no lee usted "Cucu">> Claro está que ahora me doy cuenta d que esta anécdota no demuestra nada. Pero uno no puede estar demostrandolo todo con anécdotas, entre otras cosas porque uno no sabe más anécdotas que ésta y eso por una verdadera casualidad.
De todos modos, no me gusta que lea uste mis cartas a nadie, ni mucho menos que las publique, porque la gente es extraordinariamente vanidosa y si yo, por ejemplo, hago alguna consideración sobr los peritos electricistas, cada perito electricista que lee el artículo piensa que m refiero a él personalmente, porque no concibe que en el mundo pueda existir otro perito electricista más importante. Me acuerdo que una vez dije en un cuento que las mujeres tienen un cerebro d mosquito, y una tía mía, riquísima, que vivía en mi casa, creyó que aquello lo había dicho por ella, y después de desheredarme cogió las maletas y se marchó indignada.
Mi Tía
Y esto es una solemne tontería, porque ningún escritor escritor se refiere concretamente a nadie en sus artículos, y la prueba de ello es que si yo me hubiera referido a mi tía, en lugar de decir que las mujeres tiene cerebro de mosquito, hubiese dicho que tienen cerebro de manzana asada o de tortuga anémica, que es lo que realmente tenía mi tía.
Tortuga anémica
En cuanto al artículo de cine que le ofrecí, ya no me atrevo a hacerlo, porque, después que usted ha leído todas mis cartas por ahí, me temo encontrarme en la calle a gente que tarbaje en el cine y me miren con antipatía. Porque esto es lo malo que tiene la gente de cine; que siempre están en la calle y en los cafés y que se los encuentra uno a cada momento. Yo creo que se debía formar una Sociedad anónima Cinematográfica, con un capital de veinte millones de pesetas que, en lugar de dedicarse a hacer películas, se dedicasen exclusivamente a comprar un campo y construir en él una gran jaula de oro para meter en ella a los actores y actrices que
trabajan en películas, pues estos actores y estas actrices se dejan ver tanto en la calle, en los cafés en los restaurantes, en el <<Metro>>, en casa de su abuelo, en la verbena de San Antonio y han repartido ya tantos autógrafos entre los niños y niñas pobres de la localidad, que ya todos parecen de nuestra familia, y los niños y las niñas pobres han comenzado a perderles el respeto y a no tomarlos en serio cuando en las películas que interpretan se enamoran de un amor imposible o lloran de nostalgia por un amor perdido, o salen en la pantalla con un bigote postizo y una barba, como muchas veces no hay más remedio que salir.
En España, el éxito de Charles Boyer, por ejemplo, o el de Diana Durbin, no es porque el primero sea mejor que ninguno de nuestros actores ni la seguna sea más artista que ninguna de nuestras actrices.
Deanna Durbin Charles Boyer
Es, simplemente, porque nadie ls ha visto al natural, ni está familiarizado con su vida privada ni con sus costumbres. Si Charles Boyer y Diana Durbin viviesen en Madrid todo el año y la gente los viese a cada momento en la calle, en la plaza de toros, en el tranvía, tomando gambas en la terraza de un café de la calle Alcalá, o firmando autógrafos a unos niños en una acera d la Gran Vía, el público de cine, que es tan especial, terminaría perdiendo por ellos todo su interés y después de tenerlo al lado en un partido de fútbol, se moriría de risa cuando los vies vestidos con levita y miriñaque, llorando de amor en
un jardín. Naturalmente que, al decir esto, yo no pretendo ni mucho menos que los lectores que trabajan en el cine dejen de tomar gambas, porque las gambas son riquísimas y además tienen mucho fósforo. Pero lo que sí pretendo es que cuando en la calle se les acerque un niño asqueroso, con un cuadernito, para pedirles un autógrafo, en lugar de darles un autógrafo les den un martillazo en la cabeza, porque parece que no, pero los niños esos son los que tienen la culpa de que nuestros actores cinematográficos, en lugar de ser sombras llenas de misterio, como debe ser, tengan una popularidad de toreros o futbolistas, cosa que no les conviene en absoluto.
Y precisamente demostrando la diferencia que debe haber entre la popularidad del torero, el futbolista o el boxeador y el actor cinematográfico, pienso escribir un artículo la semana que viene, no porque a mi me importe nada esta diferencia, la cual me tiene completamente sin cuidado, sino porque yo vivo de los artículos y no tengo más remedio que escribir cosas, aunque las cosas que escriba me importen en el fondo un rábano. Hasta la semana que viene, le envía un abrazo su buen amigo
ASÍ ES LA VIDA