No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
Poetas Muertos
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18/1/22

LA CODORNIZ VII

 




LA CODORNIZ


La

revista más audaz,

 para el lector más inteligente



CARTA AL DIRECTOR

Mi distinguido amigo:

  He recibido una carta suya pidiéndome un artículo para el extraordinario de LA CODORNIZ  y le aseguro que estoy verdderamente sorprendido de que el artículo me lo pida a mi en lugar de pedírselo a mi tía.          Usted se preguntará que qué demonios tiene que ver mi tía con este asunto del artículo de LA CODORNIZ, y entonces yo le tendré que decir que mi tía es una señora vieja, pesadísima, agria, pedante y de mal humor, y que por lo tanto, le podría hacer ese artículo que me pide mucho mejor que yo.                      Porque yo le confieso que desd que LA CODORNIZ, en lugar de hablar de flores, de pájaros, de caballos blancos y de vacas rubias, habla del precio del pimentón y del precio de las patatas, y de si hay queso o de si no hay queso, a mi, que no me gustan nada las patatas, ni el queso, no mucho menos el pimentón -que, además, no sé siquiera lo que es, no se me ocurre nada que escribir para ese semanario. Algunas veces he pensado enviarle a usted un artículo hablando de los tomates, que sí que me gusta; pero como no se exactamente el precio a que está el Kilo, que es, por lo visto, lo que austed y a sus lectores les interesa, no me he decidido a escribir ni una sola línea sobre el tomate.                                                                  


¡¡Hosco, irónico y maligno, el opíparo
humorista Mihura, (que aparece 
en esta fotografía ataviado con el
uniforme de los poetas), ha remitido
a nuestro Director la lacerante carta
que publicamos en esta página!!
¡¡Joven, valiente y con la risa a flor
de labio, Álvaro de Laiglesia promete 
contestar sin pérdida de tiempo
a esta oprobiosa carta!!

  Mi tía, en cambio, podría mandarle artículos interesantísimos, porque, además de saber el precio exacto de todas las legumbres, y lo que ha subido el alpiste, es una de las señoras que, como ahora LA CODORNIZ, se quejan de todo: de que los tranvías no funcionan bien; de que en el “Metro” hay poca luz; de que no hay lombarda; de que los salmonetes están por las nubes, y de que no hay suficientes bancos en el Retiro. En fin; de lo que se ha quejado la gente toda la vida.                                                                                                Esos <<noes>> que ustedes hacen, y otros muchos bastante bien traídos, los dice mi tía en casa todas las tardes a la hora del té, pero con la diferencia que ella los dice gratis, y, en cambio para oírselos decir a LA CODORNIZ hay que pagar dos pesetas. Pero, a pesar de decirlos gratis y con una voz bastante aguda, en cuanto ella viene de visita yo me pongo el sombrero y me voy a la calle, porque sus lamentos y su indignación me producen un sueño terrible y un aburrimiento espantoso. 

 Yo recuerdo que LA CODORNIZ  nació para tener una actitud sonriente ante la vida; para quitarles importancia a las cosas; para tomarle el pelo a la gente que veía la vida demasiado en serio; para acabar con los cascarrabias; para reírse del tópico y del lugar común; para inventar un mundo nuevo, irreal fantástico, y hacer que la gente olvidáse el mundo incómodo y desagradable en que vivía.                                                                                            
Mi Tía

  Para decir a nuestros lectores: <<No se preocupen ustedes de que el mundo esté hecho un asco. Vamos a olvidarlo y a procurar no enredarlo más. Y aquí reunidos, mientras la gente discute y se mata, nosotros, en un mundo aparte, vamos a hablar de las marinas, de las ranas, de los gitanos, de la luna y de las hormigas. Y nos vamos a reir de los señores serios y barbudos que siempre están dando la lata y buscándole los pies al gato. Y por eso los señores barbudos los dibula Herreros dentro de los bolsillos de sus personajes, allí arrinconados, sin poder hablar y a punto de morir de axfisia.

Marina
Rana
Gitano




                            Luna                                 Hormiga

  Ahora, LA CODORNIZ la encabeza el señor barbudo, que dice cosas impertinentes y desagradables. El ridículo señor barbudo, del que tanto nos hemos reido,

Señor barbudo del que tanto nos hemos reido.

se ha subido a la parra, se ha crecido de pronto, ha salido del bolsillo de los personajes de Herreros, ha trepado con habilidad a las primeras columnas y allí, encaramado, nos muestra un mundo en descomposición.. Y es natural que, despues de leer las cosas que dice el señor barbudo, se le quite a uno el apetito para reir con lo demás. Reconozca usted que es un aperitivo demasiado amargo.
  No dudo de que, a lo mejor, y con este cambio, se vende más LA CODORNIZ. La sección de <<quejas del vecindario>> que se publica en los periódicos diarios, y la de los crímenes pasionales, tambien tiene mucho éxito. A la gente le encanta enterarse de que un señor le ha sacado los higados a su esposa y de que otro señor se queja de que frente a su casa hay un solar que apesta. Porque el chisme, la crítica, la murmuración y lo putrefacto le encanta a lagente. Pero por eso mismo hay que evitarlo, y para eso había nacido LA CODORNIZ.

  Piense usted, señor director, que con estas críticas de la vida usted no va a arreglar el mundo, ni mucho menos va a arreglar los tranvías desvencijados.


Y solo va a conseguir fomentar el mal humor de las gentes, la murmuración y la acritud. Y nosotros, los humoristas, no hemos nacido para eso.                                                              Y  le ruego me disculpe el tono de esta carta, este <<no>> que lanzo a LA CODORNIZ; pero es que, al fin y al cabo. soy el padre de ella, y cuando usted me pidió la mano de mi hija, y se la concdí encantado, y asistí gozoso al matrimonio , no me figuré nunca que mi pobre hija, a los pocos años de casada, se iba a volver una señora gorda, de mal genio, y en lugar de vivir en una nube, como siempre había sido, se iba a preocupar, entre chiste y chiste, de lo que ha subido el pimentón, y de decirlo luego a los amigos. Reconozco que es usted un buen marido, que la cuida y la mima y le hace regalos ingeniosos; pero no estaría mal que, de vez en cuando, sacase a su mujer de la cocina y la llevase al campo o al cielo a jugar un poco con las estrellas.  


  No sé si publicará usted esta carta, o no, en lugar del artículo que me ha pedido. A lo mejor sí, porque es usted bastante valiente. Pero si la publica, le ruego que me conteste con otra carta, en el próximo número, explicándome por qué diablos está usted haciendo tanta tontería. 
  Reciba usted un abrazo cordial de su viejo suegro.


                                
    
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