CADA VEZ QUE BUSCAN REPUBLICANOS EN LAS
FOSAS… VUELVEN A APARECER NACIONALES
Desde luego, si no fuese por lo penoso, por lo tétrico y
por la gravedad de los hechos de los que se trata sería para tomárselo a risa. El resumen es este: Cada vez que alguna comisión de la memoria intenta encontrar alguna fosa en la que
buscar a unos pobres republicanos asesinados vilmente por los fascistas sin
escrúpulos, lo que acaban apareciendo son Soldados
o Civiles asesinados por los milicianos republicanos, ya fueren
anarquistas, comunistas, o socialistas… eso si no sucede que cuando aparecen
los asesinados, se acaba descubriendo que fueron víctimas de “fuego amigo” ya que las luchas entre ellos estaban al
orden del día.
Recientemente se hacía viral una noticia de la aparición
de un grupo importante de Soldados
Nacionales cuando se realizaba la búsqueda de dos republicanos en unas
fosas comunes. Cuando decidimos dar cobertura a la noticia observamos con
sorpresa que se trataba de una noticia
de hace cuatro años, que por circunstancias que desconocemos y porque a
veces en la red las noticias entran en caprichosos bucles ha vuelto a saltar al
presente, no obstante la noticia nos sirve de pie para recordar, que no es la
primera vez que hechos parecidos suceden, que el rojerío siempre ha sido capaz de ganar la batalla de la publicidad,
que es la única en la que no hay que echarle ningún valor ni avanzar de frente,
pero en cuanto profundizamos un poco descubrimos que por mucho que quieran
maquillar la realidad, la verdad
histórica, difiere notablemente de la memoria histórica, la cual es
absolutamente selectiva.
Es habitual que los memorialistas hablen de las fosas
dispersas por España, los muertos de las cunetas, y adjudiquen su autoría sin duda a Franco y a sus huestes, aunque a
medida que estas se van encontrando y abriendo, la realidad que sin duda debe
ser tozuda y como no, franquista, dice
lo contrario. Se ha dado incluso las circunstancias, que cuando han pensado
que el tema no iba a transcender, si los muertos lo habían sido por la represión republicana,
principalmente de retaguardia… inmediatamente
se procedía a cerrar nuevamente la fosa no fuese a resultar que los benditos
del Frente Popular fuesen a quedarse con el culo al aire.
Y así paso cuando buscaban en terrenos de la Brigada Paracaidista de Alcalá de Henares
en el 2008, se pensaba que podrían ser asesinados por los franquistas, pero
de repente aparecieron del orden de doce
cadáveres, y tras comprobar su procedencia y verificar que habían sido víctimas
de los excesos del frentepopulismo, se volvió a echar tierra encima y se
dejaron descansar, no fuera a descubrirse que alguno era el descuartizado Nin, y nos
sorprendiésemos aún más del resultado obtenido.
Al año pasó algo parecido en Teruel, en la pequeña
localidad de Rubielos de Mora, donde
encontraron varias fosas que al parecer tenían brigadistas que habrían caído en el la campaña de Aragón. Se llegaron a recuperar 4 cuerpos, por al
analizarlos se descubrió que en una
represión interna fueron pasados por las armas por sus propios compañeros,
se llegaron a localizar 46 cuerpos, pero dado la etiología de las muertes, y
que se acabó la partida económica los otros 42 arrojados a las fosas por el
comunismo siguen allí guardando el sueño de los justos.
Lo mismo ocurrió en
el 2012 en Villa Sana de Mena, donde igualmente se halló una fosa con montones
de ocupantes, pero… nuevamente los
cadáveres habían llegado a tal estado tras
pasar por las manos asesinas de comunistas socialistas y anarquistas, los
cuerpos eran unos cincuenta, pero siendo como fue… también siguen en la fosa.
Allí también permanecían
unos trescientos asesinados lanzados a un pozo de plata de la época de los
romanos, en Camuñas, provincia de
Toledo, donde Franco aun sabiendo
que los enterrados eran Nacionales,
tras colocar una placa a la entrada de
la Mina, les permitió seguir con su eterno descanso.
En el año 2014 ocurrió la noticia que nuevamente ahora ha visto la luz,
y es que dos republicanos que intentaban
encontrar los cadáveres de sus familiares, tras marcar un sitio en el que
tenían la seguridad que se encontraban porque el enterrador era familiar de uno
de ellos, se llevaron la sorpresa de que
por uniformes, cascos, correajes y demás pertrechos eran 72 soldados
franquistas, muertos y enterrados por el bando republicano.
En Lérida en la primera gran exhumación anunciada a bombo y
platillo el año pasado, en la fosa de Figuerola
d´Orcau, cuando trataban de
encontrar unos represaliados del franquismo, lo que encontraron fue a 17
individuos, que sin demasiadas dudas pudieron dictaminar que eran Soldados
muertos durante la Guerra Civil, del Bando Franquista. Los indicios apuntan
que fueron enterrados de manera apresurada dado que han aparecido con la
vestimenta, las botas puestas y, en algunos casos, con los cinturones de
munición.
Vamos un éxito, si le
piden a Gallardón la vieja tuneladora del metro de Madrid, descubren la perdida
Atlántida.
¡Y cuánta gente
lucrándose del íntimo y legítimo dolor de familiares de republicanos a través
de dirigidas subvenciones!
UNO DE LOS EJEMPLOS DE
PARCIALIDAD DE ESA MEMORIA HISTÓRICA:
LA MAYOR FOSA DE LA REPRESIÓN
REPUBLICANA
DOS EXPERTOS QUE HAN COLABORADO con Garzón han encontrado en una mina romana de Toledo las evidencias de la que puede ser la mayor fosa común del Bando Nacional. Es la memoria histórica del otro bando.
Se han resistido hasta el final. Amontonados a 25 metros
de profundidad y sepultados bajo 20.000 kilos de cal y arena arrojados por sus
verdugos, los muertos de Camuñas, en
Toledo, han tardado en aparecer. Pero lo han hecho, al fin. Después de
cinco días de duro trabajo, a la una y media de ayer sábado los espeleólogos
anunciaron la noticia que todos esperaban.
–¡Hay huesos!
Huesos. Primero un
cráneo. Luego un esqueleto completo. Y después, muchos más. Un montón de
cadáveres de víctimas de la represión republicana de unos dos metros de altura.
Aparentemente, cientos de ellos –es probable que más–, que constituyen la
prueba documental de la mayor fosa común del bando nacional encontrada tras la
dictadura.
Para extraerlos ha sido necesario poner en marcha una
operación, de la que LA RAZÓN ha sido testigo en exclusiva, inédita hasta ahora
en España. Primero, por la complejidad que supone adentrarse en busca de restos
a tanta profundidad. Segundo, porque nunca hasta ahora se había introducido
bajo tierra un georradar de última
tecnología. Y, sobre todo, porque es
la mayor operación de memoria histórica del Bando Nacional emprendida hasta la
fecha. De llevarla a buen puerto se han encargado cuatro infatigables espeleólogos de la Sociedad de Ciencias
Aranzadi, tres de ellos Tolosa, uno de Beasain. Vascos, vascos: de los que
no se rinden. Junto a ellos, un cura con mucha memoria. Y un técnico en radares
con una moral inagotable.
Vivos y muertos
Al igual que en tantas y tantas cunetas repletas de
víctimas republicanas, de tapias de cementerios y bosques apartados en los que
aún quedan muertos de la contienda del 36, en la mina de Las Cabezuelas, a
medio camino entre Toledo y Ciudad Real, se esconden los desastres de la
Guerra. Durante dos años y medio, los milicianos fueron arrojando al fondo del
pozo –una antigua explotación romana de plata– a todos aquellos que
consideraban partidarios del bando nacional. ¿Requisitos? Cualquiera: ir a misa, no levantar el puño, tener tierras
o ser religioso. Las víctimas eran recogidas en todos los pueblos de la zona,
transportadas en camiones y empujadas al abismo. Los más viejos del lugar
sostienen incluso que eran traídas en vehículos soviéticos de las checas de
Madrid. Dicen que al principio los tiraban vivos, hasta que un miliciano que
empujaba a un sacerdote cayó con ellos. Para qué correr riesgos. A partir de
entonces, tiro en la nuca en la boca del pozo... y el siguiente.
–¡Hay huesos!
El anuncio es el final de una historia que bien pudo
haber terminado mal. Lo sabe Asier
Izaguirre, que se ha pasado cuatro días sacando arena del fondo de la mina. Del
centro de la Tierra. Palada va, palada viene. Carretilla arriba, carretilla
abajo. Al salir, una palmadita en la espalda: “¡Esto es más duro que escalar el
Himalaya, ¿eh?!”. Veremos. Habrá tiempo para comprobarlo. Izaguirre embarca mañana lunes camino del techo del mundo, en una
nueva misión del programa de televisión “Al
filo de lo imposible”. Será su cuarta subida a la cumbre y su novena expedición de
este tipo. “¡Lo que vas a presumir tú en el campamento base con los nepalíes
contando lo de la mina de Camuñas!”, le tienta su compañero Tito Aguirre.
¿De dónde sale tanta arena?
Alpinista como él, Tito es también duro y rocoso. Del
mismo Tolosa. Lleva ya unos cuantos “ochomiles” a sus espaldas, pero se
desenvuelve con similar soltura a 25 metros bajo tierra. Arriba, sujeto con un
arnés y sobre la lápida que recuerda a “los
cristianos que dieron sus vidas víctimas de la
Guerra de 1936 a 1939”, Sebas sube y baja carretillas, una tras
otra, pero se niega a perder la cuenta: “¿Habéis apuntado ésta última?”,
pregunta con insistencia. El jueves son 109. El viernes concluye con 139. ¿Pero
de dónde sale tanta arena? Con la sotana
llena de polvo hasta el alzacuellos y los zapatos marrón obrero, Jorge López
Teulón, el postulador de la causa de los mártires de Castilla-La Mancha, se
encarga de vaciar cada carro, mientras Luis
Avial, el dueño de la empresa Cóndor Georradar, el moderno robot empleado
en la exhumación, se afana en buscar restos metálicos con el detector. “Para
que luego digan que los curas no trabajamos”, bromea el Sacerdote.
López Teulón ha sido el gran promotor del proyecto. Es él quien ha
removido Roma con Santiago para buscar la financiación necesaria que cubra los
14.400 euros de la exhumación. Avial,
por su parte, se ha embarcado por amor al arte. Por una cuestión de conciencia.
Mientras ellos trabajan arriba, Paco
Etxeberria, el cuarto integrante de Aranzadi,
da paladas al fondo del pozo junto a sus compañeros. Dicen de él que es el
mejor forense antropólogo de España, y lo demuestra su currículum. Por ahora no
le ha dado por subir “ochomiles”, pero ha
participado ya en la exhumación de cien de las 175 fosas de la Guerra Civil que
se han abierto en España. En 99 de ellas había restos de republicanos. Sólo una, la de Villasana de Mena (Burgos),
era de víctimas franquistas. Dos, con la de Camuñas.
Los expertos de Garzón
Etxeberria es uno de los siete expertos que eligió Baltasar Garzón para buscar víctimas de
la represión franquista. Luis Avial
ha participado en la apertura de 13 de las 19 fosas investigadas por el juez.
Ninguno de los dos lo dudó cuando les propusieron subirse al barco. “Si se
trata de vulneraciones de los Derechos Humanos, contad con nosotros”, respondió
el forense. Los muertos no tienen ideología.
Montones de cal
Llevar a buen puerto la misión ha sido de lo más
laborioso. Lo primero fue, el pasado martes, retirar la lápida en honor a los
caídos colocada sobre la boca de la mina, al finalizar la guerra, ante la
imposibilidad material de rescatar un solo cuerpo. Después de asentar los
muros, tocó retirar arena. Kilos y kilos. El miércoles llegaron las primeras evidencias. Confundidas con la
tierra aparecieron las primeras bolas de cal, que los republicanos arrojaron
poco antes de que la región cayera en manos del bando nacional para dificultar
el rescate de los cuerpos. El
desesperado intento por borrar las huellas no fue más que un atajo en la
Historia. “La cal destruye los tejidos blandos, pero fortalece los huesos.
Es como una cápsula del tiempo”, explica Avial.
El primer ingrediente para el suspense llegó el viernes.
Un arnés por aquí. Otro por allá. Y listo. Por primera vez se introdujo un georradar a tanta profundidad para
rastrear la presencia de restos de huesos o cualquier otra sustancia distinta a
la arena. La misión del robot, el más sofisticado de este tipo que existe en el
mundo, fue hacer una lectura del terreno, similar a la que se realiza con un
tac nuclear, para detectar cualquier anomalía. “¡Muy buenas noticias! –proclama Avial
al salir del pozo–. Estamos a dos metros y medio de un cambio en el terreno
¡Pueden estar ahí los huesos!”.
“Estamos a un palmo, ¡a sólo un palmo! No creo que haya
más”, anuncia al salir el forense
Etxeberria mientras, derrengado, da cuenta de un almuerzo de queso
manchego. “Sería mejor chorizo, pero es que estamos en vigilia”, se lamenta el
Sacerdote. Nadie protesta, ni mucho menos.
No hay tiempo que perder. El proyecto va ya a
contrarreloj y hay que volver al tajo. A seis manos, los tres operarios de Aranzadi vuelven a llenar carros y
carros de arena. Muy pronto llega la
segunda evidencia: aparecen cada vez
más restos de maderas, aparentemente de puertas y tablones, que fueron
arrojados tal cual para rematar los cuerpos indefensos, cubrirlos de escombros
y, según los lugareños, quemarlos después. Un obstáculo más para los que, 70
años después, quieren hacer uso de memoria histórica.
No hay tregua. Más carros, más arena, más piedras, más
madera, más cal. ¿Dónde están los huesos? ¿De dónde diablos sale tanta tierra? Llegan nuevos testimonios que indican
que, necesariamente, debe haber luz al final del túnel: un anciano de la vecina Puerto Lápice, republicano, acaba de confirmar
que allí se arrojó durante la Guerra Civil “a mucha gente”, y que llegaban
camiones de fuera cargados de cuerpos. Encima se echó mucha arena, reconoce. A
fe que se hizo a conciencia.
“Suspendemos la operación”
Carros, arena, piedras, madera, cal. Y vuelta a empezar.
Más carros, más arena, más piedras, más madera, más cal. Al margen de una vaina
disparada de fusil y un proyectil del 9
corto sin percutir, no se hallan más que tornillos y lo que parecen ser goznes de
puertas. Eso sí: hay restos de una granada arrojada desde el
exterior para que estallara en el fondo. El blanco era seguro. Los
supervivientes, si por aquel entonces quedaba alguno, no pudieron escapar de
ella.
A última hora del viernes, sin embargo, cunde el
desánimo. La operación está a punto de venirse abajo. Se han sacado ya 15
toneladas, pero de los cuerpos no hay ni rastro. Los muertos de Camuñas se niegan a salir. El Sacerdote Jorge López Teulón se desespera: “Si no aparece nada en
media hora, tapamos y volvemos después de Semana Santa”. El técnico del
georadar no pierde la fe: “Tiene que estar ahí, tiene que estar ahí mismo”. El forense Etxeberria y Asier Izaguirre deben
marcharse, éste último para su expedición al Himalaya. Y no es plan de tocar
las nubes sin haberse quitado antes ni tan siquiera el polvo del fondo del
infierno.
Si se quiere seguir el viernes hacen falta voluntarios
que echen una mano a boca de mina. “Yo
contrato a quien sea, pero esto no lo dejamos así”, promete el dueño de la
finca. Y lo cumple. Al alba del sábado hay ya las manos suficientes para hacer
un último esfuerzo. Poco antes de comer, una de las paladas acaba con la
incertidumbre. Adosado al fondo aparece una cavidad que da paso a una sala de
unos siete metros, utilizada en la antigua mina. Allí están los cadáveres que llevan una semana buscando.
Lo que ven los ojos de los espeleólogos es lo que tantas
veces han contado los viejos del lugar.
En la mina de Camuñas se mató a mucha gente por el simple pecado de ser de derechas
o ser creyente. Ahora se podrá documentar, por fin, cuántos fueron. Después
de mucho sufrimiento, el más ambicioso proyecto de memoria histórica ha llegado
a buen puerto. “Dios aprieta, pero no ahoga”, concluye Luis Avial.
La sorpresa de los romanos
Los espeleólogos de
la Sociedad de Ciencias Aranzadi estaban preparados para encontrarse en el
fondo de la mina a las víctimas de la represión de la República, pero no lo que hallaron en la cavidad anexa que, contra
todo pronóstico, se abría junto al fondo del pozo: una sala de unos siete metros de ancho por siete de largo y tres de
alto que utilizaron los romanos para sacar las vetas de plata de la mina. En
ella se hallaban los restos, perfectamente conservados, de tres caballos,
supuestamente utilizados por los romanos como norias para extraer el metal
precioso. Y no sólo eso: en esa misma
galería, se abre otro pozo de unos ocho metros de profundidad repleto de
secretos aún por explorar.
A la espera del forense
Por el momento es imposible aventurar cuántos cadáveres
se han encontrado en el fondo de la mina
de Las Cabezuelas. Los primeros cuerpos han aparecido a unos dos metros del
suelo, aunque están mezclados con arena. En esas condiciones y con el paso del
tiempo, habrán perdido toda la presencia de partes blandas y se habrán
apelmazado, con lo que ocupan un espacio mucho menor de lo habitual. Su estado
de conservación es casi perfecto.
Será el forense Paco
Etxeberria quien examine los restos para determinar cuántos cadáveres hay,
aunque en la superficie que ocupan es lo suficientemente grande como para que
la cifra supere los varios centenares.
Su destino dependerá de lo que decidan los promotores del proyecto, pero si son
muchos, en principio, se descartará su exhumación. Al menos ya se ha desvelado el destino de una parte de los 130.000
desaparecidos de la guerra.
Francisco Javier de la Uz Jiménez


