
CARTAS QUE EL PUNDORONOSO NIÑO JUANITO ESCRIBE A SU AMADISIMO ABUELO I
Amadísimo abuelo mío: He aquí que vuestro nieto Juanito, a quien estimabais como escolar inmejorable y óptimo hijo, a vuestras plantas, humillado y confuso, se arroja y llora. Sí, abuelo querido, ¡he fumado un cigarro! Sabréis que estos días pasados ha sido huésped de mi casa el tío Diego Moreno, hermano de mi madre, bombero valerosísimo a quien non solo admiro por su altísima estatura y por sus enormes bigotes, doblemente retorcidos con ayuda de papelotes y lacitos, sino también por su manera maravillosa de fumar un cigarro larguísimo, del que sacaba grandísimas bocanadas de humo con exquisito deleite. Y aconteció que, no ha muchos días, estando él en compañía de mi padre y de mi madre, los cuales, llorando presas de vivísima emoción, escuchaban atentamente cuanto él decía de los voraces incendios, y habiendo, en el calor de la narración, dejado por un instante el cigarro en el cenicero colocado sobre la mesa, prestamente cogílo yo sin que ninguno se apercibiese de esta bravura o fraude mío, y hui al jardín, pues yo también quería fumar como el tío Diego

Y acercado que hube el cigarro a mi boca, salió abundantísimo humo y chispas originadas por el aíre, beatamente decía: "Esto sí que es deleite", llorando dentro de mi por la emoción que me embargaba, pues me figuraba ser semejante a todos los bomberos.
¡Estúpido de mi! ¡Insensato! ¡Peor que el peor de los díscolos niños que suelen ser la causa de la muerte de sus madres! Pues lo que, durante brevísimo tiempo, parecióme dulce y agradabilísimo, convirtióse prestamente en horroroso, he hízome revolincar la cabeza y perder tierra, y todo me parecía que daba vueltas a mi alrededor, mientras yo, que me había puesto palidísimo, arrojaba súbitamente todos los alimentos que había injerido.
Hasta que caí al suelo, dándome un golpe contra la nuca. Acudieron a mis lamentos mi amorosísimo padre y mi madre, toda llorosa, y también el tío Diego y los criados, que emitían sordos gritos, y hasta nuestro bue maestro don Domingo, cuidadosísimo de sus discípulos y doctísimo en historia. Y cogiéndome entre todos me llevaron a mi alcoba, y todos lloraban y sacudían la cabeza, y los hombres se retorcían barbas y bigotes.
Y mi padre decía ¡"He aquí que muere por haber fumado un cigarro"! ; mientras mi madre sollozaba y murmuraba entrecortadamente: ¡Cigarro! ¡Cigarro! ¿De cuantos irreparables males eres tu la causa? Y así hasta que llegó el cirujano que habían avisado los domésticos. Cuando este hubo traspasado el umbral de la puerta, acercóse a él mi padre para besarle las vestiduras y acariciarle las barbas, y a todo respondió el cirujano con grandes inclinaciones y solemne agitar de chistera.
Y luego que mi padre le hubo preguntado con angustia: "Morirá?, este óptimo cirujano, doctísimo en los cuerpos humanos y en toda suerte de enfermedades, respondió de esta guisa: "No, no morirá, pues que veo en el suelo restos de comida que él, indudablemente, ha expulsado, y signo es este de reacción"
Y dicho esto, añadió: "Está salvado", y marchóse después de dejarse besar los pies por todos los presentes. Una vez que me hube curado, dióme mi padre furiosísimos vergajazos, en número de cuarenta y ocho, y yo gozaba y decía muy fuerte: "¡Maldito cigarro! ¡Viva la escuela!" Y también: "¡Volveré a los buenos libros y al vivir cívico!"
Al volver a la escuela, mi maestro, el sabio caballero don Domingo, abofeteóme largamente delante de todos hasta que me hizo llorar, y no contento con esto, el dignísimo varón golpeóme con su vara tan violentamente que durante más de una hora permanecí medio muerto a sus pies. Y bien empleado me estaba puesto que yo, abandonando la Historia y la Geografía, me había dado al vicio del tabaco, y antes prefería verme cuarenta veces muerto que repetir la felonía.
Besa a usted los pies su acongojado nieto,
JUANITO