EL CONGRESO DE LOS DESVENTURADOS
La Codorniz
La lectura más audaz
para el lector más inteligente
En el año 1885 se reunió el Congreso de los Desventurados. ¡Potencia del recuerdo! ¡Parece que lo estoy viendo! A una seña del presidente, se levantó, palidísimo, el congresista no podía llamarse Jacobo, pero que, sin embargo, tenía el feo nombre de Abdón.
Voces de benevolencia y de consuelo saludaron al orador, cuyo rostro, marcado por el dolor y los sufrimientos, denunciaba claramente al hombre envejecido antes de tiempo; en una palabra: "al hombre que no había conocido juventud".
---¿Poe qué? -Comenzó, con voz llena de amargura-. ¿Por qué mi nombre es el de Abdón, cuando yo muy bien podía haberme llamado Jacobo?
Una sacudida hizo temblar a la sala. El enigma que durante años y años había torturado a las mentes de los estudiosos iba a ser revelado. La tragedia de aquel hombre no sería ya un misterio para nadie.
---¡Jacobo! - exclamó el orador -. ¡Nombre adorado!
Y sonrió durante unos instantes, tendiendo los brazos a la sombra del sueño inutil, a la ilusión de la felicidad que no había podido alcanzar nunca.
Calló un poco, y luego gritó:
---¡Maldita sean las cintas rojas! -y rompió de un golpe, aplastándola con el puño, una pesadísima barra de hierro que llevaba consigo, con la misma facilidad con que otro hubiese roto una taza de porcelana.
Un interminable y caluroso aplauso saludó el bellísimo gesto de fuerza del infeliz, y el mismo presidente, el gran Pedro de Montesergio, rey de los desventurados por haber perdido a su madre cuatroveces consecutivas y las cuatro veces en circunstancias igualmente trágicas, por lo que llevaba cuatro anchas bandas negras en la manga de la levita, se levantó de su asiento para congratularse con el oador.
---¡Maldita sean las cintas encarnadas! -repitió el hombre que hubiera podido llamarse Jacobo-. Eramos dos gemelos, señores. Mi padre me puso a mi de nombre Jacobo, y a mi hermano Abdón. La desgracia quiso que nos pareciésemos tanto, que tuvo mi padre que adornarme a mi con una cinta azul, y a mi hermano, con una cinta encarnada, con objeto de poder distinguirnos con facilidad. ¿Quién fue -y al llegar aquí la voz del orador se hizo terrible y estridente-, quién fue el que, en aquella oscura noche de diciembre de 1846, cambió rápidamente las cintas, colocándome a mi la de mi hermano, y a mi hermano la mía? ¿Quién fue?
---¡Yo no! -gritó de pronto. Levantándose de su asiento, Francisco de Santos el infeliz asturiano, el hombre al que se le habían muerto, uno tras otro, en el espacio de un año, doce abuelos. Llevaba en el sombrero una cinta negra tan ancha, que le llegaba casi hasta el cielo. ---"¡Excusatio non petite, acusatio manifesta!" -gritó con voz tremenda el hombre que hubiera podido llamarse Jacobo.
---¿Qué quiere decir? -preguntó el presidente.
---Yo lo sé -respondió el hombre que hubiera podido llamarse Jacobo-. Yo lo sé, pero no podría explicarlo. Sólo conozco esta frase en la versión latina.
---Como yo -exclamó en aquel momento Otto Kaufmann, el viudo de Friburgo -. Yo, por ejemplo, sé eso de "Mente sana in corpore sano", pero lo sé sólamente en latín, y nunca he sabido que significa.
---¡Tu eres! gritó el hombre que hubiera podido llamarse Jacobo al infelíz asturiano-. ¡Tu eres el que nos cambió las cintas!
---¿Yo? ¡Le doy my palabra que no fui yo! -exclamó noblemente Francisco de Santos. Pero la mentira se leía en su rostro.
---De no ser por eso -añadió el orador, llorando-. tal vez me llamase yo Jacobo, y no Abdón, que es el nombre de mi hermano.
---Pruebas -dijo entonces el presidente-. Necesito pruebas.
---No tengo pruebas -replicó el hombre que podría llamarse Jacobo-, pero pido a Dios, si mi voz pued subir tan arriba, que descargue un rayo para carbonizar al culpable!
---No tengo pruebas -replicó el hombre que podría llamarse Jacobo-, pero pido a Dios, si mi voz pued subir tan arriba, que descargue un rayo para carbonizar al culpable!
---¡No empecemos con las maldiciones, por favor! -chilló Francisco de Santos, loco de terror-. Y, rápidamente, confesó ser él el que cambió las cintas.
---¿Por qué lo hiciste? -preguntó el presidente.
---Caprichos de milonario -respondió, riendo, Francisco de Santos.
Y dicho esto, este gran infelíz se levantó y abandonó la sala.
---¡Inconsciente! -le gritaron varios al pasar-. ¡Has causado la ruina de un hombre!
Y todos, en un conmovedor y maravilloso plebiscito de simpatía, rodearon al hombre que hubiera podido llamarse Jacobo, intentando consolarle, diciendo, que en el fondo, el nombre de Abdón no era tan feo y que quién sabe cuantos hubieran pagado una fortuna por tenerlo.
Pero como el vinagre para las heridas, así eran estos consuelos para el ánimo del gran infeíz, el cual, con los ojos enrojecidos, aunque ya sin lágrimas, murmuraba de vez en vez y maquinalmente:
---¡Jacobo, nombre adorado!
M.


