No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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14/2/22

CASTELLANO IMPURO - BARRIOS RESIDENCIALES

 




LA CODORNIZ

La

revista más audaz, 

 para el lector más inteligente.



CASTELLANO IMPURO

     Hay que dictar una orden, con sello de urgencia, si queremos mantener puro el bonito idioma del que estamos orgullosos! ¡Con horror estamos viendo en las librerías, siniestras ediciones ultramarinas, en las que se hace burla de nuestra sintaxis, de nuestra prosodia, y de ese libro tan severo que se llama <<Diccionario de la lengua>!                                                        ¡Hay que evitar a toda costa, que se filtren en nuestro mercado libros suramericanos que no hayan sido revisados previamente por enérgicos correctores de estilo! Nosotros adoramos a nuestros hermanos trasatlánticos, pero tenemos el deber de evitar que se juegue con nuestra gramática como si fuera un balón de fútbol.                                                                    


  No es arriesgado suponer que de esta importación masiva de americanismos, se derivarán escorias imborrables en nuestro idioma vernáculo. Cuando a un público se le satura de Sandrinis, Negretes y Cantinflas, amén de ediciones poco escrupulosas, con criterio de jerga localista, no se le puede pedir que se exprese en un español digno.                                       ¿De qué nos sirve predicar <<Legua española>> en los colegios, si en cuanto el alumno sale a la calle le hablan de <<mucamas>> y <<manitos>>?                                                  ¡Corrección de estilo a todo importador de literatura que pretenda introducir su su mercancía en nuestro país!   


              

  ¡Nosotros no leeremos ningún libro impreso fuera de España que no traiga, en su primera página, un sello de <<Estilo revisado> por un organismo competente que garantice la legibilidad de su texto!


BARRIOS RESIDENCIALES

    Eso de <<barrio residencial>> parece una alocución venida de Guatemala. No sé si tendrá raíces profundamente hispánicas, pero nos suena un poco a aguacate. Cuando Madrid era pequeño, o las barriadas extremas, pobladas de hotelitos más o menos vascos o más o menos andaluces, según las oscilaciones del mal gusto de los contratistas, se les llamaba colonias. Tampoco comprendo el motivo de esta denominación, y, no sé por qué vuelve a sonarme a transmarino. pero se ha dejado de decir <<colonias>>, que sonaba un poco a medio pelo, y se ha empezado a designar a las urbanizaciones de casas propias, garaje, piscina, toldo color naranja y perro dogo, con el bonito nombre de <<barrio residencial>>



  En el antiguo sistema cabía el hecho de que se mezclase la propiedad privada con el comercio privado. Acompañaba al hotelito de deleznable mampostería barata, el carro del buhonero bien surtido de hojas de afeitar, cepillos i tarjetas postales para el novio de la criada. Iban allí, a esos confines a donde no alcanzaba el metro, ciertos mercaderes trashumantes, con su cargamento de quincalla útil. Eran como esos viajantes sirios o sefarditas, que arriban d vez en cuando a las prisiones de las Guayanas para surtir a los presos de lo que su aislamiento les tiene privados. Y en las <<Colonias>>, donde todavía las cosas tenían nombre de hijos de familia, <<Pepita>>, <<María Asunción>> o <<Lolita>>, la llegada del mercader, con su aire de haber atravesado el desierto a lomos del dromedario, se recibía con alborozo: <<¿Trae usted betún para el calzado.?>> <<La semana que viene necesito dos botes de sidol, un plumier y una esponja.>> <<¿Me ha traído usted el rollo para la máquina de retratar?...>>

Sidol - Plumier y - Esponja

  Hoy ha desaparecido ese pequeño comercio que tenía siempre una mercancía un poco estropeada, y oliendo a moho, como salvada de un naufragio. Y a la par que el comercio, también se ha esfumado la industria. Se han extinguido los pequeños talleres. Ya no se oye el serrucho del carpintero, ni el soplete del fontanero, ni el taco redondo del zapatero remendón.
  Y es sólo por eso. Porque ahora a las colonias de hoteles propios se les llama <<barrios residenciales>>. Y lo primero que proscribe la distinguida ley de estos sitios es la presencia de la faena. Ver trabajar es una de las cosas que más irritan al ocioso.
    



  Por eso, si uno llega a sufrir un percance en un sitio tan <<chic>> se tiene que reventar. Si se le avería la bicicleta, ¿dónde hay un taller? En ninguna parte. Un taller es feo, es antiestético, anti <<residencial>>. Bicicleta a cuestas hay que ir de puerta en puerta, de verja en verja, y habérselas con cada perro como un caballo, preguntando: ¿Dónde me podrían arreglar esto? Y señala uno con vergüenza su bicicleta manca, como un pobre mutilado napolitano ante los turistas -mitad avergonzado, mitad esperanzado- su pierna rota. Pero no hay porches. Hay buganvilias, hay rosales, piscinas, cenadores y whisky, pero no hay recauchutado.               Cuando después se llega al extremo de no esperar ya nada de la vida sino una gaseosa, tampoco se encuentra la gaseosa. Todos reciben allí sus bebidas por valijas y las guardan en sus frigidaires. ¿Para qué instalar un vulgar aguaducho que, además, estropearía el conjunto? Ni porche, ni gaseosa, ni carpintero compasivo para darnos un martillazo a tiempo en la rueda estropeada.

Buganvillas

  Y nos vamos hacia el corazón de la ciudad, hacia esas calles feas y sucias donde no hay perros posados por el <<clearing>>, ni enredaderas de madreselvas, pero donde aparece en una esquina el primer hombre vestido con con un mono azul. Es un hombre desgreñado y hábil, que nos soluciona el problema. Y pensamos que en ese punto de la ciudad, donde toda belleza se ha perdido, acaba la civilización y empieza la cultura. O, dicho en otros términos, acaba la bouganvilia y empieza el parche.

BARONESA ALBERTA










Boys Do Fall In Love