HISTORIA DE UNA BODA I
LA CODORNIZ
CAPITULO UNO
eran las 3 y 25. (Greenwich y Longines, en colaboración.) Estaban ambos sentados en el <<hall>> del hotel. Quiero decir que estaban ambos sentados en ese salón d recepción, común a todos los hoteles, que en los países en que no se habla inglés se designa con la palabra inglesa <<hall>>. Ella se hospedaba con sus padres en el piso séptimo, habitaciones 736, 737, 738. El había ido a hablar con ella hacía dos horas justas. Y durante aquellas dos horas Mariano llevaba pronunciadas alrededor de siete mil doscientas palabras ardorosas, y Valentina había lanzado unos veintitrés monosílabos congelados, proporción fonético-filológica que se produce matemáticamente siempre que un hombre trata de convencer a una mujer de algo que la mujer no quiere convencerse. A las 3 y 26, Mariano exclamó:
---¡Vamos!, ¡decídete, Valentina! Considera que no tenemos más solución que el rapto, y que no estoy resuelto a raptarte ahora mismo...
Y eran las 3 y 30 exactas, cuando Valentina bajó sus largas pestañas, que parecían unos guantes negros agitados por el viento, arrugó ligeramente la naricilla, frunció los labios, que tomaron el aspecto de una ficha de <<pocker>>, y con aquellos síntomas, aceptó. El, entonces agregó con la poesía del triunfo: ---¡Gracias, alma mía! Para indagar en voz tenue: ---¿Qué prefieres? ¿Que te lleve en brazos a Checoslovaquia, o que nos vayamos a Oviedo en el automóvil de tu padre? En aquella época la paz barnizaba el mundo, y lo mismo podía irse en brazos a Checoslovaquia que en automóvil a Oviedo: era simplemente un problema de resistencia física. No obstante, Valentina replicó:
--- Prefiero que nos escapemos a Oviedo en el automóvil de papá. Espera un instante. Voy a coger mis cosas del tocador y a arreglarme un poco. Y desapareció en uno de los ascensores del hotel, en el que languidecía un <<botones>> agarrado a una palanca, merced a la cual se agitaba de arriba abajo y de abajo a arriba aquella <<coctelera>> de espejos y de esmalte blanco, ocupada constantemente por visitantes, por viajeros, por huéspedes y, de tarde en tarde, por algunas personas.
Pasaron seis horas, y Greenwich y Longines, en colaboración marcaron las 9 y 30. Volvió a aparecer Valentina en el <<hall>>. Pidieron el coche, que llegó pronto, finalmente y con la máxima suavidad, como todo aquello que va sobre ruedas. Subieron a él. Arrancaron. Cruzaron calles y más calles. Valentina lloró un rato suspirando:
---La pobre mamá... La pobre mamá... La pobre mamá... Luego susurró, llorando otro ratito:
---El pobre papá... el pobre papá... el pobre papá... Y como no había conocido a sus abuelos, después de aquello enjugó sus lágrimas y se abrazó a Mariano, declarando:
---¡Te adoro, Federico!
--- Mariano -corrigió él.
--- Eso. Mariano. Es que estoy tan azorada... ¡Te adoro Mariano! El soltó del volante una mano: para abrazar a Valentina. Ella le besó apasionadamente: para corresponderle. Y él soltó del volante la otra mano: para volcar quinientos metros más allá. Las tragedias de la vida moderna.

