No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
Poetas Muertos
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11/1/22

DOS SERVILLETEROS






LOS DOS SERVILLETEROS


La
revista más audaz, para
el lector más inteligente.


  El matrimonio incompatible, pero resignado, comía todos los días frente a frente, con frialdad haciendo el gesto de sacar la servilleta del servilletero, como el que se hace al sacar el  puñal de su vaina.



  La adaptación a la mesa, la aclimatación a su sitio, la lograban gracias a aquellos ademanes que permitían desenvolver el despliegue de la servilleta, su flamear de banderola blanca y de vela con que cubrían su expresión dura e intansigente. Después clavadas en su sitio las servilletas, jugaban un momento con los servilleteros de Ostende, preciosos servilleteros en metal dorado con nieles caprichosos,pareja infausta que compraron el primer año de su matrimonio.
  Ejercían sobre ellos aquellos servilleteros una disciplina estraña, y cuando acalorados se mostraban en una discusión, al jugar con los servilleteros había un momento en que se les quedaban mirando fijamente, y el matrimonio se comprimía e iba amainando y callando poco a poco.
  Ya se sabía; los servilleteros aquellos les ataban al banco más firme, al banco de la matrimonial mesa de comedor. Era de ver como eran lo más particular y personal de la mesa aquellos dos servilleteros solitarios, en un frente a frente desdeñoso, desde que una hora antes de la colación se ponían en la mesa.
  Él no podía faltar a la comida. Si al acordarse de su casa no hubiera visto más que los platos, los cubiertos y una servilleta bien dobladilla o metida en forma de abanico en una copa, no habría ido muchas noches; pero se acordaba de su servilletero original, especialísimo, marcando un sitio que era el suyo, que no podía ser sino el suyo entre todos los de la ciudad por la identificación que marcaba el servilletero de metal nielado y se levantaba como  magnetizado por el brillante objeto lejano y se dirigía a su casa.




  Hasta que un día, la cicatera esposa le alzaprimó más, le maltrató, le vejó aprovechándose de que el servilletero era el grillete que le esposaba a ella, así como el suyo le unía por el otro brazo a él, y entonces, con un rasgo de energía y valor, el marido enservilletado cogió el servilletero con decisión y, tirándolo por el balcón del comedor, gritó satisfecha, mientras tomaba la puerta:

  -¡Ya soy libre! ¡Libre al fin!

  Y levantaba sus manos desencadenadas, desenservilletadas, como sueltas del círculo de metal apretado del servilletero oprimente.