No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
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2/6/21

MI VIAJE POR ÁFRICA XLVII



MI VIAJE POR ÁFRICA XLVII


Pero mi cambio de planes  había vuelto inútiles las previsiones, por lo que en la nueva ruta nos vimos obligados a desbrozar nosotros mismos los senderos de la maleza que los asfixia, aunque solo lleven unos meses sin usar, y a procurarnos improvisados refugios y tiendas. Así pues, el avance fue lento y los campamentos, modestos. Pero las maravillas del escenario nos compensaron el esfuerzo.
Nos pasamos todo un día reptando por las faldas de los bosques de Hoima, en medio de una opulenta vegetación que apenas sería capaz de describir. Había viajado por los bosques tropicales de Cuba y de la India, y con frecuencia, había admirado su fascinante aunque un poco siniestra exuberancia. pero las junglas de Uganda, debido a su esplendor, a la variedad de sus formas y colores, a la profusión de espléndida vida -plantas, aves, insectos, reptiles, fieras-, a sus vastas proporciones y a la desbordante fecundidad del proceso natural que se puede contemplar en plena acción, eclipsaron, y hasta barrieron, todas las impresiones previas. No sin un secreto sentimiento de aversión, uno se convierte en espectador de una intensa y simultánea convulsión de vida y muerte. La reproducción y la decrepitud se encuentran en perfecta lucha, enzarzadas en infinitos abrazos. En este rutilante suburbio ecuatorial, inmensos árboles forcejean entre sí luchando por el espacio vital para expandirse mientras los más débiles intentan desplegarse hacia arriba -con apariencia agónica- en busca de luz solar y vida. El suelo rebosa de irreprimible vegetación. Cada superviviente, hollando el putrefacto moho de los rivales exterminados, se remonta a las alturas hasta enfrentarse con una nueva hueste de antagonistas aéreos y ser agobiado por masas de vegetación parásita, sofocado por las magníficas enredaderas en flor, entrelazado, amarrado o entretejido con interminables marañas de plantas trepadoras. Los pájaros son tan vistosos como mariposas; las mariposas, tan grandes como pájaros. El aire zumba con criaturas voladoras; la tierra hormiguea bajo los pies. El cable del telégrafo recorre este laberinto vegetal en dirección norte, hasta Gondokoro, ¡incluso sus postes se han cubierto de brotes!




A medida que avanzábamos, subiendo o bajando continuamente las ondulaciones del terreno y cruzando súbitas alternancias de relucientes tramos de luz o de cerrada oscuridad, el camino de sólida arenisca se iba volviendo cada vez más ancho y suave. Se podían observar columnas de hormigas en formación militar. Es posible que cada cien yardas estos fieros ejércitos atravesaran la carretera hasta cuatro veces. Se mueven en filas regulares y con propósitos a la vez secretos e inquebrantables. Forman una banda de color marrón, de tal vez dos pulgadas de ancho por una y media de fondo, que se va arrastrando a través de tu camino. Sus extremos se pierden en los recesos de la jungla y nunca deja de moverse con una multiplicada rapidez , pues cada hormiga avanza a toda prisa ya sea sobre el terreno o sobre las espaldas de sus camaradas en movimiento. Flanqueando la columna principal, a la distancia aproximada de una yarda, se divisan las barreras protectoras formadas por los guardaflancos, y hasta un radio de  unas cinco yardas, pululan las incansables y temerarias patrullas de reconocimiento examinando cada objeto y cada pulgada. ¡Ay de enemigo al que sorprendan esta hordas! Independientemente de su tamaño o naturaleza, al instante será atacado por un creciente número de asaltantes que, una a una, hunden sus poderosas mandíbulas en la carne con un instinto tan despiadado que se dejarían arrancar la cabeza antes de soltar su presa.





Estos ejércitos de hormigas me fascinaban hasta tal punto que no pude resistirme a interferir en su marcha. Intenté romper la serpenteante cuerda que formaban al desplazarse deshaciendo suavemente la columna con mi bastón. Aunque se mostraron muy sorprendidas, perplejas e incluso indignadas, no se detuvieron ni siquiera un segundo. Al instante las obreras subieron corriendo por mis botas buscando un acceso con avidez y, cuando dejé de observarlas para volver la vista a mi bastón, me dio la impresión de que tenía vida propia. Con un gesto tan ágil que podría haber sido malinterpretado, lo arrojé lejos de mi retrocediendo de un salto hasta situarme fuera del peligroso círculo y me refugié detrás de una enorme roca, a una distancia respetable, El brigada sudanés de la escolta, un espléndido negro que lucía el elegante porte de un granadero y una larga fila de medallas sobre su túnica caqui, olvidó por un momento su compostura para sonreir de oreja a oreja. Pero cuando lo invité a rescatar mi bastón, que yacía abandonado en el campo a merced de las mandíbulas del victorioso enemigo, enseguida recuperó su habitual  aire de gravedad. El leal hombre, en todo caso, fue capaz de controlar la situación.








KILL´TIME