Tan español como la fregona.
No
hay revuelta que se precie que no los haya utilizado, ni protesta
revolucionaria que no los haya empleado.
Fue durante la batalla
de Seseña, en el otoño de 1.936. Las Fuerzas Nacionales se acercaban a Madrid, después de haberse demorado a
causa de la liberación del Alcázar de Toledo.
Se trataba de alcanzar la capital con la máxima rapidez para evitar, en lo
posible, la llegada del material de guerra que la Unión Soviética estaba enviando al gobierno del Frente Popular. Además, urgía
aprovechar la desmoralización que se había apoderado del bando enemigo.
El ala derecha del avance Nacional se encaminó hacia la
localidad toledana de Seseña. Allí
aguardaban las Milicias del comunista
Burillo y del General Gamir y la
1ª Brigada Mixta, de reciente
creación, del también comunista Líster.
Apoyando a estas nutridas fuerzas, la fuerte presencia de la aviación
soviética. Y, sobre todo, una quincena de Carros
de Combate T-26 enviados por la URSS
–una Compañía- comandados por el letón Pavel
Arman, agente soviético cuyo alias en España fue Grieser.
Los enfrentamientos entre los débiles blindados italianos
y los poderosos Carros soviéticos terminaron como era previsible. Apenas
disponían los Nacionales de posibilidades de defenderse. Y en ese momento
apareció un arma revolucionaria e improvisada, pero de efectos letales: la botella rellena de gasolina y taponada
con un trapo, al que se prendía fuego antes de arrojar contra los carros.
Su efecto era sorprendente: el combustible se desparramaba, una vez estrellado
el recipiente contra las planchas de acero, y servía de canal de expansión para
el fuego, que penetraba por todas partes y hacía estallar el Carro de Combate,
especialmente cuando se lanzaba sobre el motor.
Si bien se ignora la autoría de tal invención, es seguro
que nació de la inventiva de algún infante perteneciente a las unidades de Legionarios
o de Regulares que combatieron en Seseña
en octubre de 1.936. Lo que el ingenio aún no tenía, era nombre. Tardaría más de tres años en ser bautizado.
Y lo sería a miles de kilómetros de allí.
La guerra de invierno
Garantizada la neutralidad alemana por el pacto
recientemente firmado con el III Reich,
en el otoño de 1.939 la Unión Soviética
presentó una serie de reivindicaciones territoriales a Finlandia, que rechazó toda componenda, tanto por sentido del
decoro nacional, como por temor a que no se tratase más de que un primer paso
en la cesión de su soberanía.
El 30 de noviembre de 1.939, la aviación roja bombardeó Helsinki,
causando unas 200 bajas mortales. Al principio, los soviéticos negaron su autoría. No era de extrañar: cuatro días
antes habían bombardeado sus propias posiciones con artillería para fabricar un
incidente que facilitase la escalada hacia la guerra. Ahora negaban haber sido
los autores del bombardeo. Pero las fotografías tomadas no dejaban lugar a la
duda. Se trataba de la aviación roja,
enviada por Moscú.
Atrapados en una mentira que resultaba evidente para el
mundo entero, los soviéticos
ofrecieron una explicación alternativa: ciertamente, habían sobrevolado la
capital finesa, pero lo que habían lanzado era cestos de pan a la hambrienta
población –no podía ser de otra manera, tratándose de un país “fascista”. Sin
sombra de rubor, tal argumentación había sido hecho pública por el ministro de
exteriores (Comisario del Pueblo, en la jerga comunista) de la URSS, Viacheslav Skryabin, conocido
como Molotov (“martillo”). Así que
las bombas de aviación pasaron a ser conocidas como los “cestos de pan de Molotov”.
Al día siguiente, 1 de diciembre, comenzaron los combates
en tierra entre los finlandeses y los
soviéticos. Los primeros, abrumadoramente superados en todos los aspectos,
tuvieron que vérselas con masas de blindados ante las que muy poco podían
hacer. Hasta que, de entre la heroica tropa finesa, surgieron algunos
indomables infantes blandiendo el artefacto que los Legionarios habían inventado en Seseña: la botella de líquido
inflamable que, convenientemente manejada, destruía aquellos potentes Carros
rusos. Los mismos carros detenidos en la lucha en torno a Madrid.
Los finlandeses
le pusieron nombre al invento. Si las mortíferas bombas de soviéticas eran los
cestos de pan de Molotov, las
botellas finesas de gasolina bien podían ser cócteles. Y, ya puestos, llevar
también el nombre de aquél cínico comunista.
No es casual que el cóctel
Molotov fuera el fruto de la inventiva de la España Nacional pues, a las
alturas del otoño de 1.936, los alzados carecían de los abundantes recursos de
los que disponía el Frente Popular.
En mucha mayor medida que la ayuda germano-italiana, la soviética
fue verdaderamente decisiva por cuanto llegó en el momento apropiado para
detener el avance Nacional hacia Madrid,
que podría haber acortado la guerra en más de dos años.
Además de ese hecho, la diferencia de los Carros de
Combate enviados por los soviéticos
y los alemanes fue abismal. A las
poderosas máquinas de guerra rusas,
los carros alemanes apenas oponían el Pzkw
I, carente de cañón, y cuyo peso era la mitad del de sus enemigos. De
hecho, los Nacionales utilizaron los blindados
soviéticos tomados al enemigo, que fueron muchos, con preferencia a los
germanos. En total, los soviéticos enviaron a España 281 Carros por los 122 de los más bien inútiles Carros
alemanes.
El cóctel Molotov fue, así, la imaginativa solución que pudieron oponer
unos bravos Soldados carentes de medios, al despliegue de un enemigo sobrado de
ellos. Quizá por eso –porque quiebra la patraña del discurso dominante- nadie
se ha detenido a reivindicar tal invento.
Estos Soldados americanos de un grupo de Tank Destroyers, han sido instruidos en
el uso de armas AT improvisadas en el caso de perder sus blindados. La foto
sería de 1.942 en algún frente de la II Guerra Mundial y no parecen entusiasmados con sus cócteles molotv y "sticky bombs"
Francisco Javier de la Uz Jiménez


