No hay nada que me haya hecho
pensar más este verano en la evanescencia (palabro) del poder,
que ver al otrora poderoso Almirante Torrente empujando- solo, erguido y
mirando al infinito-, su carrito de la compra en el "Alcampo" de
Ferrol. ( A esto se puede argüir en contra: <> ).
El triunfo fue una
espectacular ceremonia que se celebraba en la antigua Roma para agasajar al general o comandante
militar (en latín Dux) que hubiera regresado victorioso con su
ejército de alguna campaña en tierras extranjeras. Para el general protagonista
era un día glorioso. Su ejército quedaba a la espera en el Campo de Marte, sin poder traspasar las Murallas Servianas. En principio, sólo podían
celebrar un triunfo los miembros del orden senatorial y convertirse, con ello, en vir
triumphalis (no triumphator que es una forma moderna).
En el siglo II a. C. el general tenía que haber sido aclamado imperator por sus tropas para poder solicitar "el Triunfo" al Senado, que era la institución que podía concederlo. El espectáculo consistía en un desfile militar que recorría un itinerario previsto que comenzaba en el Campo de Marte. Para entrar en la ciudad pasaba por una puerta especial de las murallas llamada Porta Triumphalis; de allí al Velabrum, Foro Boarium y Circo Máximo, desde donde se dirigía al monte Capitolino a través de la Vía Sacra del Foro Romano, haciendo el triumphator el recorrido completo en una cuadriga acompañado por un esclavo, que sosteniendo los laureles de la victoria sobre su cabeza le recordaba constantemente la fórmula: Respice post te, hominem te esse memento («Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre»).
Francisco José Torrente Sánchez
En el siglo II a. C. el general tenía que haber sido aclamado imperator por sus tropas para poder solicitar "el Triunfo" al Senado, que era la institución que podía concederlo. El espectáculo consistía en un desfile militar que recorría un itinerario previsto que comenzaba en el Campo de Marte. Para entrar en la ciudad pasaba por una puerta especial de las murallas llamada Porta Triumphalis; de allí al Velabrum, Foro Boarium y Circo Máximo, desde donde se dirigía al monte Capitolino a través de la Vía Sacra del Foro Romano, haciendo el triumphator el recorrido completo en una cuadriga acompañado por un esclavo, que sosteniendo los laureles de la victoria sobre su cabeza le recordaba constantemente la fórmula: Respice post te, hominem te esse memento («Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre»).
Francisco José Torrente Sánchez
Máximo exponente del poder
soterrado en el Ministerio de Defensa
FRANCISCO JOSÉ TORRENTE nació el 22 de abril de 1940 en
El Ferrol (A Coruña), ingresando a los 16 años de edad (1956) en la Escuela
Naval Militar.
Su carrera profesional presenta dos itinerarios solapados
pero muy diferentes: el primero se desarrolla en el ámbito estrictamente
militar de forma bien discreta y el otro se vincula al ámbito político con
resultados mucho más notables.
Entre sus destinos a flote figuran el mando del
Dragaminas “Turia”, el de la Corbeta “Diana” y el de la Fragata “Baleares”,
habiendo sido también jefe de Operaciones del Mando de Escoltas de la Flota.
Como complemento de su preparación militar realizó cursos de especialista en
Electrónica y en los sistemas de misiles superficie-aire “Tartar” y “Standard”,
estos últimos en Estados Unidos. También obtuvo las aptitudes de Centros de
Información y Combate, de Comunicaciones, de Control de Helicópteros y de Mando
Superior, así como el Diploma de Guerra Naval.
Sus destinos en tierra incluyen plaza de profesor en la
Escuela Naval Militar y en la Escuela de Guerra Naval, donde impartió las
asignaturas de Electrónica y de Táctica, respectivamente. Tras ocupar diversos
destinos de menor rango en el aparato administrativo de la Defensa, entre ellos
la Subdirección de Estudios y Planes integrada en la Dirección General del
Servicio Militar y la Subdirección de Mantenimiento de la Dirección de
Construcciones Navales Militares (de la Jefatura de Apoyo Logístico de la
Armada), en 1994 comienza su imparable ascenso político de la mano del entonces
ministro de Defensa, Julián García Vargas, quien el 4 de febrero de ese año le
nombra director de su Gabinete Técnico.
En ese mismo puesto de confianza política fue mantenido
por el también ministro socialista Gustavo Suárez Pertierra y, a continuación,
por el ministro del primer Gobierno del PP, Eduardo Serra. Este último le
promovió, además, a la Dirección General de Política de Defensa (DIGENPOL) el
27 de junio de 1997, en sustitución del general Víctor Suances. Otro ministro
de Defensa del PP, Federico Trillo-Figueroa, le nombró Jefe del Estado Mayor de
la Armada (AJEMA) el 15 de diciembre de 2000, ascendiéndole, en consecuencia,
al máximo empleo de Almirante General, aunque para ello tuviera que ser
recomendado de forma insistente por el anterior ministro del ramo (Eduardo
Serra) ante el propio presidente Aznar.
Aquel nombramiento coincidió con el de un nuevo JEMAD,
que por los turnos rotatorios establecidos al respecto entre los tres ejércitos
correspondía también a un miembro de la Armada. La selección de los titulares
de ambos cargos, AJEMA Y JEMAD, se saldó con la designación del entonces
almirante saliente en la jefatura del Estado Mayor de la Armada, Moreno
Barberá, como Jefe del Estado Mayor de la Defensa, tras una batalla soterrada
que concluyó con la defenestración del almirante Joaquín Pita da Veiga, en
aquel momento director general de Personal del Ministerio de Defensa, como
candidato a alguno de los dos cargos.
La decisión se vio influenciada por una maniobra poco
edificante de Torrente, quien personalmente recordó en el entorno de Moncloa
que Joaquín Pita da Veiga era hijo de Gabriel Pita da Veiga, jefe del Estado
Mayor de la Armada en 1972 y ministro de Marina en 1977, dimisionario ante el
presidente Adolfo Suárez cuando éste legalizó al PCE, circunstancia que, en
caso de elevar su rango político, hubiera podido conllevar, en su opinión, una
inconveniente imagen de retorno al franquismo. La realidad es que la
personalidad y el talante del candidato eliminado con aquella intoxicación
política, quedaban muy lejos del perfil antidemocrático insinuado por su
“compañero” Francisco Torrente.
En relación con el desgraciado accidente del avión de transporte
“Yak-42” ocurrido en Trabzon (Turquía), el 26 de mayo de 2003, que ocasionó la
muerte de 75 personas, 62 de ellas militares españoles, se da la circunstancia
de que fue precisamente Francisco Torrente quien, siendo DIGENPOL, inició las
contrataciones precarias de aviones comerciales de fabricación rusa con la
NAMSA (Agencia de la OTAN). Hasta entonces, el Ministerio de Defensa venía
suscribiendo ese tipo de servicios con compañías convencionales españolas, como
sucedió con los relevos realizados en Bosnia, Kosovo y en otros escenarios
remotos.
Tras mantenerse hábilmente al margen de las graves
responsabilidades propias de aquel caso, el almirante Torrente terminaría
alentando más tarde el afán persecutorio del nuevo ministro de Defensa
socialista, José Bono, contra su antecesor en el cargo, Federico
Trillo-Figueroa, a quien de cualquier forma él debía su nombramiento como
AJEMA. También fue el consejero militar del PSOE que, tras las elecciones
legislativas celebradas en mayo de 2004, recomendó la renovación general de
toda la cúpula militar y, en particular, el cese del JEME, Luis Alejandre, con
dos objetivos simultáneos: evitar su previsto ascenso a JEMAD, puesto para el
que terminó promocionando a su amigo Félix Sanz, y, sobre todo, para presentarle
de forma más o menos implícita como cabeza de turco del caso “Yak-42”.
Félix Sanz había ocupado el puesto de Subdirector General
de Planes y Relaciones Internacionales precisamente en la Dirección General de
Política de Defensa dirigida por el almirante Torrente, cargo para el que fue
designado el 14 de mayo de 2004 siendo entonces ascendido a teniente general.
En ese juego de afinidades políticas interesadas, apenas un mes más tarde, el
25 de junio, le volvió a promocionar para ocupar de forma precipitada, y contra
todo pronóstico, la Jefatura del Estado Mayor de la Defensa, alcanzando ya el
rango de General de Ejército.
Por otra parte, al amparo de esa operación de recambio de
la cúpula militar, y lejos de aceptar su consecuente retiro tras haber desempeñado
el cargo de AJEMA, él mismo se postuló ante el Gobierno socialista como
Secretario General de Política de Defensa (SEGENPOL), exigiendo que se le
otorgara el rango administrativo de Secretario de Estado para poder prevalecer
protocolariamente sobre cualquier otro representante del estamento militar,
excluido naturalmente Su Majestad el Rey Juan Carlos.
El nepotismo del almirante Torrente y su facilidad para
gestar ascensos no merecidos, tiene otro de sus referentes más significados en
la promoción de su propio hermano, Juan Miguel Torrente Sánchez, al empleo de
general de brigada del Cuerpo de Intendencia de la Armada, perjudicando
gravemente a compañeros de varias promociones con mayores méritos para obtener
ese ascenso. A continuación, y apoyado en la misma ausencia de méritos,
protagonizó otro escándalo al intentar ascenderle a general de división,
desvergüenza que fue frenada por la oposición prácticamente generalizada de
todo el almirantazgo. Sin embargo, aquella humillación no le impidió ganar su
descarada apuesta familiar de forma más disimulada, después de haber cesado
como SEGENPOL el 19 de enero de 2007 “por razones personales”, dado que el
nombramiento de su hermano se produjo finalmente mediante Real Decreto
645/2007, de 8 de mayo.
Como anécdota final, sin duda caracterizadora de la
personalidad del almirante Torrente, aparentemente discreto y retraído, y
quizás algo acomplejado ante el currículo militar de otros compañeros de armas,
baste señalar el enfrentamiento personal e institucional que en el verano de
2002 mantuvo con el almirante Francisco Rapallo, que en aquellos momentos
ostentaba la Jefatura de la Zona Marítima del Cantábrico. Como tal, éste
ocupaba el Pabellón de El Montón, situado en el barrio ferrolano de Caranza,
que era la residencia veraniega adscrita oficialmente al cargo, pero el AJEMA,
que disponía de una magnífica vivienda familiar en la que se acomodaba durante
sus tradicionales desplazamientos a su ciudad natal, ordenó el desalojo manu
militari del mismo para ocuparlo personalmente en atención indebida a su
mayor rango.
Mientras Francisco Torrente ocupó el cargo de AJEMA
también fueron proverbiales sus desplazamientos a Galicia durante la Semana
Santa con el principal objeto de presidir las procesiones y actos litúrgicos correspondientes.
En ellos obligaba al Almirante-Jefe de la Zona Marítima a situarse varios pasos
detrás de él, actitud tan insistente y de tan mal estilo que determinó la
radical negativa de éste a acompañarle en ese tipo de celebraciones.
El almirante Torrente Sánchez es el prototipo de militar
profesionalmente mediocre que, utilizando prácticas políticas arribistas, sabe
llegar a la cumbre del poder fáctico. En ese recorrido, y tanto en el Cuartel
General de la Armada como en el Ministerio de Defensa, ha alcanzado cierta fama
de experto catador de ginebras, hombre desleal con sus compañeros y poco amigo
de la verdad. Connotaciones personales que quizás justifiquen el repudio que
padece en los medios sociales de la Armada.
Como era de esperar, una vez concluida su vida política y
militar en enero de 2007, Francisco Torrente también supo acceder sin mayor
dificultad a ocupar la Presidencia de la empresa EXPAL (Explosivos Alaveses S.
A.) y la de su grupo matriz (MaxamCorp Holding S. L.), cuyo cliente nacional de
referencia siempre ha sido el propio Ministerio de Defensa, donde, en previa
inmediatez, él mismo ocupó una Secretaría de Estado considerada “alto cargo del
Gobierno”. Y, desde luego, con la habilidad suplementaria necesaria para que un
dictamen jurídico de ese mismo Departamento ministerial, hecho “a medida”, le
permitiera contravenir de forma flagrante lo establecido al respecto en el
artículo 8 de la Ley 5/2006, de 10 de abril, de regulación de los conflictos de
intereses de los miembros del Gobierno y de los Altos Cargos de la
Administración General del Estado.
Todo un record, que, no obstante, culminaría el 26 de
marzo de 2009 al ser nombrado Presidente de AFARMADE (Asociación Española de
Fabricantes de Armamento y Material de Defensa y Seguridad). En su primera
declaración, la Junta Directiva presidida por Torrente se comprometió a
impulsar la Asociación “haciendo de esta un instrumento eficaz para abordar
los desafíos y retos del Sector con el objetivo de defender las capacidades y
tecnologías españolas”, pero su único logro, alcanzado apenas tres meses
después, el 9 de julio de ese mismo año, consistió en trasladar a la Asamblea
General la conveniencia de su disolución.
Su propuesta fue ratificada el 23 de septiembre de 2009,
fecha en la que AFARMADE dejó de existir formalmente. Con ello, Torrente añadía
a sus muchos deméritos profesionales el haber oficiado de “enterrador” de un
organismo que durante sus 24 años de existencia fue el principal representante
e interlocutor de la industria de Defensa y Seguridad española.
Culminando su histórica habilidad para procurarse
prebendas y beneficios oficiales de discutible justificación, el 16 de junio de
2010 fue distinguido por el Gobierno de Rodríguez Zapatero con la Medalla de la
Orden del Mérito Constitucional, destinada a premiar la realización de
actividades relevantes al servicio de la Constitución y de los valores y
principios en ella establecidos, sin que sus compañeros de armas las
consideraran especialmente destacables en su quehacer personal.


