CARTA A UN NUEVO REY
Majestad,
Permítame dirigirle estas
líneas para informarle de lo que siento, en lo que concierne a su proclamación
como nuevo Rey de España, con el nombre de Felipe VI.
Lo primero de todo, quiero
felicitarle por su acceso al trono. Desde el punto de vista abstracto, soy más
republicano que monárquico, pero pertenezco a ese numerosísimo grupo de
españoles a quienes, en realidad, la forma de estado no les preocupe en exceso.
La Monarquía no despierta en mí pasiones, pero tampoco me molesta. Miro alrededor,
y veo numerosas repúblicas que funcionan perfectamente, como la alemana, la
francesa o la americana. Pero veo también monarquías - como la inglesa, la
holandesa o la noruega - que funcionan igual de bien que cualquier república.
Por tanto, no seré yo quien dedique un minuto de su tiempo, habiendo problemas
graves, a discutir sobre si la monarquía es mejor que la república o viceversa.
Pero aunque fuera republicano
furibundo, seguiría felicitándole igual, aunque solo fuera por educación.
Mientras no cambiemos nuestra actual Constitución por los procedimientos
marcados en la Ley, usted es el Jefe del Estado y simboliza la unidad de la
Nación. Y yo así lo acato.
Escuché con atención su
discurso en las Cortes, para tratar de intuir cuál será su actuación a partir
de ahora. Y he de decir que ese discurso me produjo sentimientos encontrados.
Habló usted de unidad de la Nación, habló de transparencia, recordó a las
víctimas del terrorismo... Todo eso está muy bien. Lo que pasa es que las
palabras se las lleva el viento, y solo obras son amores, como usted mismo dejó
entrever al citar aquella frase del Quijote: "no es un hombre más que otro
si no hace más que otro".
Más me llamaron la atención,
por tanto, los silencios que las palabras. Me llamó la atención, por ejemplo,
que no hiciera usted ni la más mínima mención de carácter religioso en su
discurso, dado que el 70% de los ciudadanos españoles se declaran católicos y
dado que ostenta Vd. los títulos, entre otros, de Majestad Católica, Rey de
Jerusalén y Canónigo honorífico y hereditario de la Iglesia Catedral de León y
de la basílica de Santa María la Mayor en Roma. En los días posteriores, parece
que ha compensado Vd. esa omisión, eligiendo El Vaticano como destino de su
primer viaje oficial. Bien está esa compensación.
Tampoco entendí que no hiciera
usted ni la más mínima mención a las Fuerzas Armadas, siendo como es Capitán
General de los Ejércitos. Puedo entender que quisiera usted acentuar así la
"normalidad" del relevo en la Jefatura del Estado, pero creo que una
mínima mención a nuestros soldados en misiones internacionales no hubiera
estado de más.
Como tampoco estaría de más
que alguien se dignara a explicarnos (recuerde su promesa de transparencia) por
qué ha cambiado usted el escudo de la Casa Real con tanta premura,
especialmente teniendo en cuenta que hace tan solo un mes los representantes
políticos de Amaiur reclamaban, precisamente, los cambios que Vd. ahora ha
realizado. Tal vez un cierto sentido de la oportunidad política habría
aconsejado postergar durante un tiempo esa decisión.
Pero reconozco que todo eso
son detalles que no necesariamente tienen importancia. Su discurso fue el que
es, y ahora toca remangarse y trabajar.
Y ahí precisamente es donde se
centran mis preocupaciones. Como Vd. bien sabe, Majestad, España está sometida
a tensiones insoportables y crecientes en el plano territorial, tensiones que
amenazan esa unidad de la Nación que Vd. simboliza. Y en los medios de
comunicación menudean las noticias sobre las presiones que Vd. recibe desde muy
diversos sectores - los nacionalistas, el PSOE, ciertos empresarios - para que
haga algún "gesto" que permita abrir una negociación entre quienes
quieren romper España y quienes tienen la obligación de defender la
Constitución.
En otras palabras: son muchos
quienes no ocultan su intención de utilizarle a Vd. como coartada para
conseguir esa ruptura de España, inmediata o a plazos, que por otros medios no
consiguen. Y estoy verdaderamente preocupado por cuál vaya a ser su respuesta,
Majestad. Le confieso que no tengo ni idea de si va Vd. a dejarse usar como
coartada por quienes quieren destruir la Nación. Confío en que no, pero no lo
sé.
Me gustaría poder darle un
voto de confianza, pero me han defraudado tantas veces en estos últimos diez
años, que ya no me quedan más votos de confianza que dar. No me lo tome Vd. a
mal, Majestad, porque no pretendo faltarle al respeto: se trata de una simple
decepción de carácter general, que no tiene nada que ver con Vd. en concreto.
Me han engañado tantas veces, que no estoy dispuesto a que me engañen una más.
A eso se une una cuestión de
calendario: en los próximos cuatro meses, la tensión territorial alcanzará su
culmen. Si yo disminuyera ahora mi nivel de exigencia por darle un voto de
confianza a Vd., podría encontrarme a la vuelta del verano con que ya todo está
decidido, y en sentido contrario a los intereses de España. Y con que ya es
tarde para reaccionar. Por eso, prefiero adoptar una actitud escéptica y
esperar a ver cuáles son los pasos que va dando Vd. en estos primeros meses de
reinado.
Déjeme decirle, Majestad, que
somos muchos los españoles que estamos ya muy hartos. Hartos de ser ignorados
por nuestra clase política; hartos de ser tratados como ciudadanos de segunda
en amplias regiones de nuestro propio país; hartos de ver cómo nos prohíben
educar a nuestros hijos en nuestro propio idioma; hartos de ver cómo los que
hicieron del asesinato de españoles su negocio, se sientan ahora sonrientes en
instituciones públicas; hartos de pasar estrecheces para sostener un sistema
autonómico que nos arruina; hartos de ver cómo se pisotean y ningunean de
manera cotidiana otros símbolos de la Nación no menos importantes que la figura
de su Majestad...
Nada de eso es culpa suya,
claro está. Pero sí que está en su mano ayudar ahora, desde su función
moderadora constitucional, a que las cosas cambien. Y a que los
"gestos" y el "diálogo" se apliquen a defender y contentar
a quienes aman a España y respetan la Constitución, en vez de aplicarse, como
hasta ahora, a ceder cada vez más ante quienes no asumen la Constitución y solo
buscan destruir España. Somos muchos, Majestad, los españoles que no entendemos
que siempre se premie al que incumple la ley y al que viola los derechos de los
ciudadanos. Somos muchos los españoles que queremos dejar de sentirnos
invisibles, Majestad.
Es por eso que seguiré
atentamente su visita a Cataluña, programada para el próximo jueves. Tengo
curiosidad por ver si en esa visita habrá algún gesto, por ejemplo, hacia todos
esos catalanes que se sienten españoles y que han visto cómo el Estado les
dejaba tirados hace tantos años. Tengo curiosidad por ver si en esa visita se
acordará Vd., por ejemplo, de los padres que pelean infructuosamente para que
les dejen educar a sus hijos en la lengua oficial del Estado. ¿Tendrá Vd.
alguna palabra para ellos? ¿Les hará algún guiño? Ojalá que así fuera.
Permítame terminar, Majestad,
diciéndole que, aunque me es imposible darle ya a nadie ningún voto de
confianza, en realidad soy muy fácil de ganar. Y muy agradecido. Como casi
todos los españoles. Sin necesidad de salirse de su papel constitucional, defienda
Vd. a España y a los españoles y tendrá en mí al más leal de sus paladines.
Si no lo hace, yo no me
llevaré ningún chasco: quien nada espera, ninguna decepción puede sufrir. Pero
hay otros muchos españoles que sí que han saludado con ilusión su proclamación,
Majestad, y que sí que sentirían de corazón ver sus esperanzas traicionadas una
vez más. Le ruego que no les defraude.
Atentamente suyo
Luis del Pino
Ricardo Pardo Zancada.

3 comentarios:
Bien la carta, bien escrita, educada, etc. Los inconvenientes: que no la leerá el rey, y que no hace mención del Pino a la Ley de la Memoria Histórica que el padre del rey firmó, pese a que al subir al trono en el que le situó Franco, dijo aquello de que quería ser rey de todos los españoles. Luego firmó la ley para serlo sólo de una parte, que este rey Felipe VI podría recuperar.
Si se mira con detenimiento, puede apreciarse una diferencia sustancial entre:
- Una persona que se dirige a Su Majestad El Rey de España para decirle lo que espera de él, amenazándolo con la frustración de unos cuantos en caso de no satisfacer sus expectativas.
- Otra que se dirige a Su Majestad El Rey de España y Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, para decirle que volcará todas sus fuerzas en cumplir todas las expectativas que Su Majestad haya puesto en él.
¡Vamos! Que se le ocurre a un Soldado dirigirse a su Cabo para decirle lo que espera de él, y lo primero que hacen es empapelarlo.
En atención al comentario de D. Jesús Flores Thíes, creo necesario aclarar lo siguiente:
- El artículo 91 de la Constitución Española dice lo siguiente:
"El Rey sancionará en el plazo de quince días las leyes aprobadas por las Cortes Generales, y las promulgará y ordenará su inmediata publicación".
Me permito recomendar, con carácter general (que incluye al Coronel Flores, aunque no haya ascendido), la lectura de los siguientes artículos de dicha Constitución:
- Artículo 1.3
- Artículos 61 al 65
- Artículos 81 al 92
O sea, el único que puede derogar la Ley de la Memoria Histórica, es el Gobierno actual (del PP), que tiene mayoría absoluta en las Cortes y en el Senado.
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