No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
Poetas Muertos
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30/10/25

EL MIRÓN La Codorniz

 




 EL MIRÓN


La Codorniz


La lectura más audaz 
para el lector más inteligente





   HAY quien nace para hacer las cosas y quien nace para verlas hacer. Al respetable don Alberto le gustaba ver hacer las cosas, y cada día salía de su casa con el ánimo de ver lo que hacían los demás. Le importaba poco la clase de espectáculo. ¿Que asfaltaban la calle? Allí estba don Alberto viendo poner el asfalto a pleno sol, para después tener el derecho de decir: "En este pais no se trabaja."

    Un día le preguntó uno de los jugadores:
    ---En este caso, ¿qué movería usted, la torre o e
l alfil?
Don Alberto contestó sentenciosamente:
   ---No puedo decirle, porque en tantos años como llevo viendo jugar este maldito juego, aún no sé una palabra de él. Todavía no he podido explicarme por qué los peones marchan de frente y comen de costado y por qué los caballos dan unos saltos tan absurdos.
    Después se averiguó que don Alberto no conocía la marcha de ningún juego, y que lo que a él le gustaba era ver perder.                                    Esta era quizá la misión fundamental de los mirones: la de vver como se pierde. Por esto cuando don Alberto se ponía al lado de quien ganaba, paraba poco tiempo allí. Claro que este caso era rarísimo, pues su especialidad consistía en hacer perder, por un acto de pura presencia.

     ---Ya está usted aquí para secarme -decía el respetable magistrado o el bizarro coronel de la Remonta.
    Per don Alberto no se inmutaba y continuaba allí implacable hasta que veía desaparecer la víctima falta de fondos.
    Alguna vez disertaba:
    ---Yo no me explico como hay quien juegue. Yo no he visto en mi vida más que perder.
    En realidad esta es la misión del mirón, porque si los mirones repartiesen la suerte, serían disputados por los jugadores y tendrían siempre una silla preparada al lado del más influyente. pero la experiencia aconsejaba lo contrario. Y así, vemos esas mesas de juego bloqueadas por veladores para que nadie pueda sentare en torno. Falta por escribir el "Tatado del mirón", siquiera exista de su influencia una experiencia aterradora. Porque hay muchas clases de mirones. El más precioso es el intervencionista. Es decir, el que pone cátedra, ese hombre que en el ajedrez intenta mover las piezas por su cuenta, y en el tute aconseja achicarse o arrastrar de bajo.
    Estos hombres no solo hacen perder al que juega, sino que le riñen y le llaman torpe e ignorante.

     ---¡Yo no hubiera jugado así!   
     ---Pero vamos a ver, señor mío, ¿usted por qué no juega?
   ---¡Ah! Porque es un vicio muy feo, y, además porque aunque aún no lo he probado, estoy seguro de que no tendría suerte.
    Pero no siendo tan pernicioso, es aún más lamentable ese mirón que nunca habla, triste y meditabundo, que ve impasible la desgracia ajena y que no se cansa jamás de ver a su jugador predilecto con unas cartas infames
    ---Pero vamos a ver: ¿no podría usted marcharse a dar un paseo, que hace una tarde hermosa?
   El mirón escucha la invitación impasible y no se mueve.
    Hay otro mirón de mucho más peligro: el optimista. Este  saluda a losjugadores con palmadas en la espalda, y antes de sentarse para elegir un buen sitio, pregunta:
     ---Vamos a ver. ¿Quién pierde aquí?
    Una vez informado de este extremo interesante, se coloca junto al más desgraciado y le anima cariñosamente.
     ---Esto se acabó. Voy a infundirle la suerte. Yo me precio de no haber visto perder a nadie. Los buenos propósitos no suelen cumplirse, y el jugador sigue perdiendo.
      ---¡Esto debería estar prohibido! -dice el jugador.
      ---¿El qué? ¿El tener tan malas cartas?
      ---No; el mirón.
      Se levanta entonces el mirón optimista y dice sencillamente:
    ---Señor, yo no tengo la culpa de que no sepa usted tener las cartas en la mano.
    Indudablemente el azar se sirve del mirón para sus fines siniestros y hay jugadores que se obstinan en luchar contra el mirón como un fctor más de suerte, y aun le llaman por el placer de vencerle.
  ---A ver, acérquese usted aquí, don Alberto probemos una vez si hace usted que cambie esto.
Y don Alberto se acerca con aire suficiente y protector, pero con el propósito siniestro de aniquilar a aquel hombre valeroso que ama el peligro y aun le atrae hacia sí. Mas la vida del mirón no tiene nada de alegre; no es un oficio demasiado brillante. Para el caso tanto da mirar por el ojo de una cerradura como una partida de póker. Todo ello se reduce a disfrutar sorprendiendo la intimidad ajena. No sé por qué haya de ser más vulnerable leer una carta furtivamente a la espalda de quien la escribe, que ver furtivamente una escalera máxima en manos de quin la oculta como un tesoro. En realidad, el que mira es el gran enemigo del que hace. El mirón de escaparates no es que piense comprar nada; es que fiscaliza al comerciante para poder advertir al comprador inexperto: "No compre usted esos pasteles, que llevan ahí cinco días." Lo que equivale a aconsejar: "No eche usted el as de espadas, porque se lo fallan."
    Alguien dirá que los mirones también dan fama. Que el éxito lo proclaman los mirones. Que el hombre trabaja especialmente para el expectador. Y, ciertamente, a don Heraclio Fournier, tan evidente en el as de oros, le venera más el mirón que el que juega. Y es que don Heraclio ha puesto su nombre y su rúbrica en el hazar con un valor de legionario.
    El mirón tiene su vida activa y, después de muchos años pasados entre malas caras y denuestos, se acoje a una bien ganada jubilación. Entonces se dedica exclusivament a ser mirón de solitarios, cuando no cae en la tentación de hacerlos él mismo. Don Alberto terminó haciendo solitarios, y no se retiraba ninguna noche a dormir sin haber sacado alguno. Una vez se le acercó un mirón, y allí estuvo hasta la madrugada viéndole en el intento de que el solitario saliese. Al fin Don Alberto se levantó airado y dijo silenciosamente:
     ---Está visto; con mirones no sale el solitario jamás.
    Y desde ese día se construyó para su uso una cámara blindada, en la que se encerraba para hacer solitarios.
FRANCISCO DE COSSIO







                                      Charlize Theron

25/10/25

HUGO, EVELINA Y EL CRIADO - La Codorniz




 EL ESTRENO DE LA SEMANA 

HE AQUÍ LA FUNCIÓN QUE ACABAMOS DE PRESENCIAR 
EVELINA, PAR DE HOLANDA
DRAMA

La Codorniz


La lectura más audaz 
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  HUGO.-Evelina , amor mío; tengo que dejarte ¡Yo soy principe y tu costurera!... Mi padre no consentiría jmás nuestra boda.

  EVELINA.-Tú no me amas. Hugo.

  HUGO.-Te amo; pero el honor de la familia me obliga a ahogar la voz de mi corazón. Adios. (Se dispone a marcharse. Evelina se desmaya.)

   CRIADO. (Llegando a caballo.) ¡Un despacho!

    HUGO.-¡Dame! (Lee ávidamente.) ¡Cielos! ¡Qué cambio de situación! Yo no soy el hijo del príncipe Ubaldo, sino un humilde trovador. ¡Y tú, Evelina, a quien todos creían una pobre costurera, eres una duquesa!

 EVELINA.-Hugo, amor mío; debo dejarte. Yo duquesa; tú trovador. Mi padre no consentiría nunca en nuestra boda.

 HUGO.-Tu no me amas Evelina .

 EVELINA.-Te amo; pero el honor de la familia me obliga a ahogar la voz de mi corazón. Adiós. (Hugo se desmaya.)

 CRIADO. (Llegando a caballo.) ¡Un mensaje!

 EVELINA.-¡Para mí! (Lee avidamnte) ¡Cielos! ¡Qué cambio de situación! Yo no sy una duquesa, sino la hija de un cíngaro. Y tú Hugo, a quien todos creían un pobre trovador, eres el marqués del Alba.

 HUGO.-Evelina, amor mío; tengo que dejarte. Yo, marqués; tú cíngara. Mi padre no consentiría nunca nuestra boda.

 EVELINA.-Tu no me amas, Hugo.

 HUGO.-Te amo; pero el honor de la familia me obliga a ahogar la voz de mi corazón. Adiós. (Evelina se lleva a los labios un anillo que contiene veneno.)

 CRIADO. (Llegando a caballo.) ¡Un pliego!

 HUGO.-¡Para mí! (Lee avidamente) ¡Cielos! ¡Qué cambio de situación! Yo no soy el marqués del Alba, sino un pobre pastor recogido por una familia caritativa, Y tú, Evelina, a quien todos creían hija de un cíngaro, estás emparentada con la real casa de Andorra. 

EVELINA.-Hugo, amor mío; tengo que dejarte. Yo emparentada con la casa real de Andorra; tú pastor. Mi padre no consentiría nunca nuestra boda.

 HUGO.-Tu no me amas Evelina.

 EVELINA.-Te amo; pero el honor de la familia me obliga a ahogar la voz de mi corazón. (Se dispone a marcharse)

 CRIADO. (Llegando a caballo.) ¡Un rollo!

-Dile al capatáz que te dé el agujero más grande que tenga. Ahora necesito hacer la puerta...


 EVELINA.-¡Para mí! (Lee avidamnte.) ¡Cielos! ¡Qué cambio de situación! Yo no estoy emparentada con ninguna real casa; soy tan solo la hija de un humilde ciudadano, y tú, Hugo, a quien todos creían un simple pastorcillo, eres el descendiente directo del rey FelipeII.

 HUGO.-Evelina, amor mío; tengo que dejarte. Yo, descendiente de Felipe II; tú, ciudadana. Mi padre no consentiría nunca nuestra boda.

 EVELINA.-Tú no me amas Hugo.

 HUGO.-Te amo; pero el honor de la familia me obliga a ahogar la voz de mi corazón. Adiós. (Evelina se lleva un puñal al pecho.)

 CRIADO. (Llegando a caballo.) ¡Un aviso!

 HUGO.-¡A mí! (Lee ávidamente.) ¡Cielos qué cambio de ituación! ¡Yo no soy el descendiente directo de FelipeII, sino un joven saltimbanqui abandonado por sus padres. Y tú Evelina, a quien todos creían una simple ciudadana, eres la reina de las Azores.

 EVELINA.-Hugo, amor mío; tengo que dejarte. Yo, reina; tú, saltimbanqui. Mi padre no consentiría nunca nuestra boda.

 HUGO.-Tú no mme amas, Evelina.

 EVELINA.-Te amo; pero el honor de la familia me obliga a ahogar la voz de mi corazón. Adiós. (Hugo desenvaina su espada y hace ademán de clavársela)

CRIADO.-(Llegando a caballo.) ¡Un pliego!

EVELINA.-¡Dame! (Lee ávidamente) ¡Cielos qué cambio de situación! Yo no soy la reina de las Azores, sino la infelíz hija d una bruja. Y tú Hugo, a quien todos creían un joven saltimbanqui, ere el preteniente al trono de Nueva Zelanda.

 HUGO.-Evelina amor mío debo dejarte. Yo pretendiente al trono; tú, bruja. Mi padre no consentiría nunca nuestra boda.

EVELINA.-Tu no me amas Hugo.

HUGO.- Te amo; pero el honor de la familia me obliga a ahogar la voz de mi corazón. Adiós. (Se dispone a marcharse. Evelina decide envenenarse.

CRIADO.-(Llegando a caballo.) ¡Una misiva!

HUGO.-¡Dame! (Lee ávidamente) ¡Cielos, qué cambio de situación! Yo no soy pretendiente al trono de Nueva Zelanda, sino un simple panadero. Y tú, Evelina, a quien todos creían una bruja, eres nada menos que condesa  y par de Holanda.

EVELINA.-Hugo, amor mío; tengo que ejarte. Yo, condesa y par de Holanda; tu panadero. Mi padre no consentiría nunca nuestra boda.

HUGO.-Tu no me amas Evelina.

EVELINA.-Te amo; pero el honor de la familia me obliga... (Las voces van atenuándose, la escena se obscurece, cae el telón.)

FIN







 Funambulista

https://youtu.be/h46SffDSrbA?si=mvxyubERA3dH0vJJ



18/10/25

LA FELICIDAD --- La Codorniz

  



LA FELICIDAD

Cuando por estar llena la tercera clase la Compañía autoriza a algunos viajeros a utilizar la clase segunda...


La Codorniz 


La lectura más audaz 
para el lector más inteligente





    El indivíduo a quien se dirigió el caballero se incorporó un poco asombrado.                                                                              ---¡Yo! -dijo-. Me gustaría saber por qué he de ser yo.                       ---Porque usted es el único que se aprovechó de su concierto. Todos lo oímos sin querer, y todos teníamos cara de disgusto; pero usted tarareó la canción ayudado por el instrumento.                                                  En conciencia debe de pagar.
   Murmuró algo, pero no pudo oponerse, porque el otro tenía razón. Y le miré aprobadoramente.
    El chiquillo, en esto, se deslizó del regazo de su madre -que no hizo nada por retenerle- y se dedicó a aventurarse en escursiones entre las piernas de los viajeros. Nadie se atrevía aún a darle patadas, pero era evidente que sus ejercicios no despertaban ni la más leve admiración. El caballero de junto al pasillo, cuando el inquieto molusco se apoyó en su rodilla produjo un rumor muy parecido al de un perro que cree que le van a quitar el hueso que roe.
    ---¡Chitín! -llamó la madre.
    Y lo cogió en brazos.
   ---Es travieso, ¿eh? -indagó un viajero, que creyó que ya había pasado definitivamente la molestia y sentía esa locuacidad que produce el haber vencido un riesgo.
  ---¡Es un diablo! -contestó con indudable orgullo de madre.
   El crío se ajitaba en sus brazos, y para darnos una idea de lo fuerte que era su vástago, se dejó patear por él hasta declararse vencida.
    ---¡No puedo dominarlo! ¡Nadie puede dominarlo! -declaró-. Únicamente  lo tendremos quieto si le dejan ustedes ir cerca de la ventanilla. ¿Permite usted, señor?

    El interpelado era el más sucio de todos aquellos buscadores de patatas. Ya porque le extrañase que le llamasen "señor", ya porque no quisiera ceder su sitio, tardó en responder, pero no hizo falta, porque el crío ya le pisaba la chaqueta, en ruta hacia el vídrio, donde atornilló la naríz, sin dejar d moler con pequeñitas coces las ancas del viajero desahuciado. Desde entonces se dedicó a dar a su madre estentóreas noticias de los estraordinarios descubrimientos del mundo que podía hacer desde su observatorio.


     ---¡Mamá, mamá: una gallinita!
     ---¡Mamá, mamá: un árbol!
     ---¡Mira, mira, mamá: un niño con una cabrita!
    Y la madre:
     ---Sí, Chitínn; sí.
    Y él:
    ---¿Me has de "compá" un niño con una "cabita"?
    ---Sí, Chitínn; sí.
   ---Hay que tener cuidado -dijo sombriamente el desaciado de la ventanilla- con dejar ir a los niños así, cerca de una portezuela. Ya he visto yo, en León, una vez... Iba un chico así, como éste, de la misma manera que va éste, y como la puerta estaba mal cerrada...                            Y contó la historia truculenta de un niño destrozado, con tantos detalles espeluznantes, que se notaba que era mentira.


    ---Pero esta portezuela va bien cerrada -opinó la madre.
    ---Así nos parecía a todos que iba la otra. Nada hay peor que fiarse de las portezuelas cerradas.
    ---Cierto, cierto -otorgó la señora-. ¿Quier hacer el favor de pasarle un brazo por la cintura al niño?
     El hombre lo hizo así, después de mirarnos a todos para ver si le animábamos a la resistencia. pero estábamos sumidos en una egoista inhibición. Supongo que el husmeador de huevos debió pellizcar al crío, porque este chilló y abandonó un momento su afán de ilustrarse y de ver mundo para arañarle fieramente una mejilla, lo que le valió que su madre volviese a recordarle que era el diablo. Si era el diablo al menos carecía de esa mala pasión del rencor, ya que al segundo siguiente, olvidado de todo y juzgándose mal situado para contemplar con el necesario horizonte las maravillas del globo que habitamos, puso los dos pies sobre el muslo del sufrido ex propietario de la ventanilla, y debió de deducir de este ensayo que había dado en el quid y que los panoramas necesitan ser examinados desde la altura, porque e sentó en el hombro del indivíduo, agarrándose para ello a su cabellera, cabellera que visiblemente no había consentido hasta entonces -sino muy pocas veces- el contacto del peine.
   Entonces el sujeto martirizado abrió con una mano la portezuela , asió al chiquillo con la otra mano, lo arrojó a la vía y volvió a cerrar.
    La madre se puso en pie, dando gritos, insultando al viajero y amenazándole con hacerlo ahorcar.

     ---¡Alto! -intervino en aquel punto el caballero venerable, sentado junto al pasillo-. Yo soy criminalista y entiendo algo de leyes. Ese hombre obró en legítima defensa. Nada se puede hacer contra él.

       La señora se quedó estupefacta.

   ---¡Bueno! -dijo al fin-. Ustedes hacen este recorrido casi todos los días; los conozco bien. Me quedan tres chicos como ese; los traeré en el próximo viaje.
    Y se marchó al otro departamento.
    El señor criminalísta, que resultó muy ameno, nos contó después muchos casos notables; entre ellos, el de un famoso ladrón que entró en la morada de un millonario y se escondió muy bien para esperar a que todos durmiesen y llevarse una fortuna; y los niños del millonario "cogieron una perra", como suele decirse, no sé por qué, y estuvieron llorando dos horas seguidas, lo que no representaba ningún exceso en susu hábitos, y, al cabo de las dos horas, el ladrón salió del magnífico escondite, donde nadie hubiese podido encontrarle, y dió un puñetazo muy fuerte en una mesa, y gritó como un loco: "¡Aquí no hay quien pueda estar escondido, ni quien tenga cabeza para robar, ni quien resista esto! ¡Me voy ahora mismo!" Y se fué echando venablos.                        Así, de una anécdota en otra, llegué a mi estación de destino.
    Y entonces vine a mi casa y me puse a escribir este relato, porque entre los lectores de un periódico siempre hay algunos aficionados a las narraciones de viajes.

W. FERNANDEZ FLORES





Nostálgico Jazz Lounge & Swing Clásico