No se hace uno viejo por haber vivido muchos años,
se hace uno viejo por haber defraudado su ideal.

Gral. MacArthur.
Poetas Muertos
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4/8/26

AQEL SEÑOR QUE INVENTÓ EL TORO --- La Codorniz

  




 AQEL SEÑOR QUE INVENTÓ EL TORO


La Codorniz


La lectura más audaz 

para el lector más inteligente




    El toro no es, como algunos creen, un producto de la naturaleza. El toro lo inventó un señor muy antiguo que se llamaba Toro de apellido, y este es el motivo de que el toro se llame toro, como la Gillette, las magdelenas se llaman magdalenas y el teléfono se llama teléfono. Si el señor que inventó el toro se hubiera llamado Feliu, los toros se llamarían "Felius" y las Corridas de toros se llamarían "Corrida de Felius". 

    
     El señor Toro era un modesto inventor que se dedicaba a inventar esa cosa que sirve para no poder abrir las latas de conserva y para no poder hacer cal. Su negocio era modesto, pero le producía lo suficiente para poder vivir y para ir todos los domingos a las corridas de toros, que en aquellos tiempos se llamaban corridas de caballo.
  En estas corridas existían ya los mismos elementos que en la actualidad, menos el toro, naturalmente, y los diestros lucían sus facultades toreando a un caballo, por lo cual recibían el nombre de caballero. 


    Las corridas eran aburridas. Los caballeros, al torear a los caballos, no corrían más peligro que el de ser atropellados, y esto quitaba emoción al espectáculo. El público empezó a distanciarse de las corridas y se dedicó a viajar en tranvía, que era el deporte favorito en aquellos momentos.
   ---¡Toros, eh! ¡Toros, eh! -gritaban los conductores del tranvía para atraer al público.

    El público no comprendía aquella palabra, porque, como ya hemos dicho y pensamos estar dicendo toda la tarde, los toros no se habían


inventado todavía; pero, a pesar de no comprender la palabra "toro" ni la palabra "¡eh", que tampoco se había inventado todavía, el público
veía el tranvía y se subía en él , dispuesto a ir donde fuese.
   Cuando los empresarios empezaron a darse cuenta de que perdían a su públicopara siempre, quisieron encontrar un procedimiento que salvase el negocio.


    --- ¡El público lo que quiere es "hule"! -aseguró un entendido.
   Y los empresarios probaron a darle al público un pedazo de hule. Todo fue inútil. El público se comió el pedazo de de hule y como no le gustó nada, prque sabía mucho a hule, dejó otra vez de ir al espectáculo.
    --- No, no; no era eso -aclaró el que había dicho lo del hule- Al decir "hule", quise decir emoción, peligro, tragedia...
 
---¿Cómo podríamos conseguir ese peligro? -preguntaban los empresarios llenos de esperanza.

    ---Con caballos furiosos -dijo uno.


    ---Enganchando detrás de los caballos un coche -propuso otro.
   ---¡Si los caballos tuvieran cuernos!... -comentó el señor Toro, que pasaba por allí en aquel momento.
   Todo el mundo sintió el escalofrío de la verdad. ¿Quién era aquel señor? ¿De donde venía? ¿Cómo se llamaba?...
   ---Me llamo Toro -exclamó al ser interrogado.
   ---¡Así ya podrá! -comentó un envidioso.
   El señor Toro a su casa obsesionado por aquella idea diabólica: ¡Si los caballos tuvieran cuernos!...
   El señor Toro llamó a su criada que ya estaba muy inventada, y, dándole cinco pesetas, le dijo:
   ---María: vaya usted a la caballería de la esquina y compre un caballo que sea bueno.
    La criada volvió al poco rato con un hermoso alazán envuelto en un periódico.
    El señor Toro puso "manos al caballo" y empezó su obra. Primero intentó ponerle unos cuernos de madera, pero hecho el ensayo correspondiente, resultó que, con la humedad se le hinchaban y no parecían cuernos, ni nada. Despues intentó ponérselos de hierro ¡pero el hierro tenía el inconveniente de pesar demasiado, y los caballos salían a la plaza arrastrando la cabeza y dejaban el suelo hecho una lástima. 


    Por fin, tuvo la idea luminosa:                                            --- ¿Por qué no ponerle a los caballos los cuernos de cuerno?
    Y, acto seguido, confeccionó unos cuernos de cuerno y se los colocó al caballo encima de la cabeza. Sólamente le quedaba un detalle:

     --- ¿Cómo vamos a llamar a esta cosa?
     --- ¡Cuernocaballo! -dijo uno.
     --- ¡Cabacuerno! -propuso otro
     --- ¡Rodríguez! ¡Como el empresario! - propuso un tercero
   --- Y ¿por qué no como el inventor? exclamó el empresario Rodrígez, algo molesto.

     ---¡Toro! -gritaron unos.
     ---¡Toro! -repitieron otros
     ---¡Toro, Toro! -aclamó la multitud llena de entusiasmo.
     Y, desde aquel día, el toro se llamó así.




EL TORO GUAPO





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