LA CODORNIZ
revista más audaz,
para el lector más inteligente.
BRUNEQUILDITA
Y SU PADRE
-¡Desvergonzada! -murmuró el duque de los Gundemaros pensando en las horribles acciones de su hija Brunequildita-. ¡Desvergonzada!- El desdén que nutro en mi alma hacia ella es tan grande que, después de haber pensado en los gastos que me va a originar su nutrición, me parece que no me van a quedar doblones bastantes para mantenerme yo mismo. Pronunciadas estas amargas palabras, el viejo duque se quedó estrábico por el dolor que le habían producido.
Tembló al ver entrar al duque, su padre, que, señalándola con un dedo se puso a gritar: -¡Desvergonzada!... ¿Es cierto el rumor que ha llegado hasta mis oídos? ¿Debo creer las palabras que circulan acerca de ti y que aseguran que durante mi ausencia del castillo has asistido a una recepción en la corte? -¡Padre mío!... No creí obrar mal... -gimió la muchacha, sintiéndose presa del terror-. Por el contrario, supuse que era un honor el ser recibida en la corte...
-¡Embustera! -tronó el duque de los Gundemaros con voz terrible-. Entonces, ¿por qué tiemblas?... ¿Por qué palideces?... ¿Por qué tergiversas? ¿Poe qué te quedas atónita, perpleja, cariacontecida, estúpida y pálida?... ¡Desvergonzada! La verdad es la verdad, y yo, pobre desventurado, tengo que confesar al mundo que tu, mi hija, la duquesita de los Gundemaros, habiendo estado en la corte, ¡eres una cortesana! - ¡Piedad! -gimió Brunequildita ejecutando actos de desesperación originales y nuevos-, ¡Piedad padre mío! - ¡No hay piedad! -exclamó el duque-. Tu culpa es demasiado grave, y yo te expulso de mi hogar. ¡Vete! Brunequildita, la desvergonzada, salió de la estancia con paso vacilante, se volvió, lanzando al duque una mirada suplicante, apoyó el pie sobre una cáscara de plátano que el padre había colocado sobre el primer peldaño, dio un doble salto mortal y bajó rodando las escaleras. Fuera, el viento soplaba entre los árboles.
LA CAZA
Juan y Junior



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