ESE EJÉRCITO QUE VES.
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a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
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18/11/16

LA FIGURA DE LENIN - PARACUELLOS












Esto manda Gonzalo:
Gonzalo R-Colubi Balmaseda

La Historia que oculta Garzón,
 IU-PODEMOS, cuando ensalza la figura de Lenin

El diputado comunista ha publicado un tuit en el que vincula la Revolución Rusa con la paz, el pan y la tierra. Irónico cuando generó una guerra civil y una brutal represión, mató de hambre y acabó con la propiedad de la tierra.
Lunes, 7. Noviembre 2016 - 18:24

Los comunistas que quedan en España siguen intentando vendernos la mentira del paraíso socialista. Ese que, iniciado por Lenin, acabó con el régimen más criminal de la historia y que durante más de setenta años se impuso sobre los cadáveres de millones de inocentes, la mayoría niños, ancianos y mujeres. Pero para Alberto Garzón, el comunista español que pasará a la posteridad por desmontar los restos de IU y el PCE, los crímenes del comunsimo significan todo lo contrario.
Hoy, para los comunistas, es un día de celebración, como demuestra el tuit publicado por Garzón en su cuenta de la red social Twitter en el que asegura: “Hoy es el 99 aniversario de la revolución rusa de 1917; una revolución contra ‘El Capital’. #RevolucionEs Paz, Pan y Tierra”.

La referencia al golpe de Estado que dieron los bolcheviques el 7 de noviembre de 1917 es, cuanto menos, macabra. Y justificarlo diciendo que la revolución es “Paz, Pan y Tierra”, cuando la que dirigió Lenin -uno de cuyos retratos propagandístico ilustra el tuit del político- trajo una guerra civil que provocó millones de muertos, una posguerra con una economía impuesta que mató de hambre a otros tantos millones y una requisa de tierras que empobreció a los trabajadores agrarios, es un insulto a la memoria de las víctimas del comunismo.
Un golpe de Estado organizado por Lenin

Tras la revolución de febrero de 1917 se impuso un Gobierno formado por mayoría de socialistas moderados de los partidos Socialista Revolucionario y Constitucional Demócrata. Su presidente era Kerensky, que no quería permitir la entrada de los bolcheviques de Lenin en el Ejecutivo porque eran radicales, porque no tenían más del 15% de los votos y porque solamente tenían presencia en Moscú y Petrogrado.
Pese a su escasa representación electoral, Lenin ordenó en el mes de julio un primer golpe de Estado que fracasó, pero que le mostró los errores que no debería cometer nuevamente en la segunda intentona. Finalmente entre los meses de octubre y noviembre dieron el golpe definitivo con el que impusieron la dictadura del proletariado que asoló la Rusia soviética durante más de siete décadas.

El 24 de octubre la capital de Rusia, Petrogrado, amaneció ocupada por los milicianos de la Guardia Roja. Un día después tomaban el Palacio de Invierno, antigua residencia de los zares y en ese momento sede del Gobierno y el Parlamento ruso, forzando la huída de Kerensky y de todos sus ministros que fueron sustituídos por un gabinete presidido por Lenin y formado por ministros bolcheviques.

Ese es el golpe de Estado que para Garzón debemos tomar como ejemplo. Para intentar dar una apariencia de legitimidad a la situación, en plena euforia revolucionaria, Lenin convocó unas elecciones. Pero las perdió, obteniendo el 24% de los votos frente al 40% de los eseritas. Pero dio igual, porque no respetó los resultados y mantuvo el Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom), que fue inmediatamente reforzado por un servicio de Policía política secreta denominada ChK y a cuyo frente puso al siniestro Feliks Dzerzhinski.

Uno de los primeros decretos tras este segundo golpe de Estado fue el que modificaba el Código Penal e introducía la figura de “enemigo del pueblo”, es decir: “todos los individuos sospechosos de sabotaje, especulación, oportunismo...” que podrían ser detenidos inmediatamente y puestos a disposición de la nueva Policía política, no de los jueces.

En diciembre ilegalizó el Partido Constitucional Demócrata (KD) y sus principales dirigentes fueron detenidos, pero los Socialistas Revolucionarios (SR) -que seguían siendo la principal fuerza política en Rusia- se oponían a los brutales métodos de control social que pretendía imponer Lenin, en esa revolución que tanto anhela Garzón.

Acto seguido desplazó a importantes contingentes de la Guardia Roja a Petrogrado con la única misión de detener a los miembros del SR acusándolos de ser enemigos del pueblo. Una ironía cuando eran los miembros del partido que más apoyo popular tenían, especialmente entre los trabajadores no cualificados.
Cuando el 18 de julio se iniciaban las sesiones de la nueva Asamblea, diputados y simpatizantes del SR y de los comunistas críticos con Lenin, los mencheviques, organizaron una marcha pacífica hacia la sede de la Asamblea, pero la Guardia Roja abrió fuego contra ellos causando un centenar de víctimas, en su mayoría mujeres y ancianos.

Pese a los disturbios que se multiplicaban por todo Petrogrado, los diputados acudieron a la Asamblea, en la que los bolcheviques eran una minoría pese a controlar el poder, y se eligió una Cámara presididda por Víktor Chernov, miembro del SR. En protesta los bolcheviques abandonaron la Asamblea, que quedó disuelta. De esta manera el Gobierno de Lenin quedaba sin control.

El control de la sociedad por medio del terror

Los bolcheviques tenían fuerza en las dos principales ciudades rusas: Moscú y Petrogrado, pero apenas eran representativos en el resto del inmenso territorio del país. Por eso, la ChK recibió órdenes de imponer allí la dictadura del proletariado usando el terror como método de sometimiento. Las acciones más siniestras se registraron en Ucrania, Crimea, Kubán y el Don. Alli se asesinó a miles de personas por los métodos más brutales: decapitaciones, gaseamientos, fusilamientos, castraciones, cremaciones en vivo,…
Una vez instaurado el terror en esas zonas tocó el turno de limpiar Moscú. Como Lenin había explicado unos meses antes: “A menos que apliquemos el terror a los especuladores -una bala en la cabeza en el momento- no llegaremos a nada”. En abril de 1918 se produjeron las primeras grandes redadas y ejecuciones en Moscú: 520 políticos opositores fueron detenidos, la mayoría ejecutados. Al mes siguiente se cerraron más de 200 periódicos en toda Rusia.

La ChK tenía ya 12.000 agentes repartidos por toda Rusia, estaban en franca expansión. Un año después superarían los 200.000 agentes con sedes propias -con salas de tortura y celdas- en las principales ciudades del país.
El mes de julio Lenin ordenó el asesinato de toda la familia real rusa: el Zar Nicolás II, la zarina, su hijo, el príncipe heredero, las cuatro hijas y cinco empleados. Durante muchos años se negó el crimen, que la sociedad no iba a aceptar, y se explicó que se encontraban detenidos en un lugar seguro y secreto.

El 9 de agosto Lenin daba la orden de formar una troika dictatorial para “implantar el terror de masas, fusilar o deportar a las prostitutas que hacen beber a los soldados, a todos los antiguos oficiales (…), requisas masivas (…), deportaciones en masa...”. Seis días después firmaba órdenes de detención de todos los líderes del resto de partidos políticos. Los pocos restos de la democracia implantada en la revolución de febrero eran borrados de un plumazo.

Entre septiembre y octubre, la ChK asesinó a más de 15.000 personas, el triple de las ejecuciones cometidas por el zarismo en el último siglo.
Llegados a este extremo, sin posibilidad de una vía política, todas las fuerzas de la oposición contra los bolcheviques se unieron en una guerra civil para poner fin al terror rojo que ya se había impuesto en el país.
La guerra civil terminó con casi 12 millones de víctimas. Tres de ellos corresponden a muertos en acciones de guerra, cinco millones de muertos por hambre, dos millones de muertos por represión tras las conquistas del Ejército Rojo de ciudades y otros tantos muertos por enfermedades infecciosas, especialmente por una epidemia de tifus.

Mientras que el Ejército Rojo cometía todo tipo de atrocidades sobre las poblaciones conquistadas, la ChK desarrollaba archivos sobre todos los habitantes de las ciudades, a la vez que se construían los primeros campos de concentración, que en 1922 albergaban a más de un millón de presos.
Mientras todo esto ocurría, los pequeños propietarios agrarios habían sido masacrados. Los kulaks estaban siendo asesinados, bien por la ChK o por una lenta condena a muerte por hambre. Son muy significativas las palabras de felicitación que envía Lenin a Semashko, comisario de Salud, el 20 de agosto de 1919: “Le felicito por la exterminación enérgica de los kulaks”.


Esta es la figura de Lenin, un personaje político al que admira el dirigente comunista español Alberto Garzón. Un personaje que acabó con la joven democracia rusa nacida de la revolución de febrero de 1917, que acabó con la pequeña propiedad agraria y mató de hambre a millones de campesinos y sus familias, que creó la Policía política, la ChK y que durante su mandato ordenó el asesinato de, al menos, tres millones de personas, además de los 12 millones de víctimas de la guerra civil que causó.



Ochenta años del inicio de las sacas de Paracuellos
A plena luz del día, a las tres de la tarde del 7 de noviembre de 1936, los primeros centenares de víctimas de Paracuellos eran sacados de la cárcel Modelo y conducidos a las orillas del río Jarama.
Viernes, 4. Noviembre 2016 - 20:43


Que todo estaba premeditado, autorizado y organizado por las autoridades políticas del Frente Popular -que cobardemente abandonaron Madrid a su suerte tan sólo 24 horas antes-, está claro. Y lo está porque no recurrieron en el comienzo de las sacas a la nocturnidad ni a la búsqueda del anonimato. El 7 de noviembre de 1936, hace 80 años, a las tres de la tarde, dos decenas de autobuses municipales de dos pisos se repartían entre las diferentes prisiones de Madrid. El Ejército de Franco había tomado el oeste de la capital, estaba en Carabanchel y dominaba la Casa de Campo, además, ya se combatía edificio a edificio en la Ciudad Universitaria.

Mientras que los brigadistas internacionales intentaban frenar el avance de los legionarios de Yagüe, los milicianos comunistas organizados por el nuevo consejero de Orden Público, Santiago Carrillo, que recibía directrices directas de Moscú trasladadas a través del agente Mijail Kolstov empezaban con las sacas masivas.
El escenario variaba, pero el método de impronta soviética era el mismo siempre. La noche del seis de noviembre, milicianos y agentes soviéticos habían accedido, con permiso del director general de Seguridad, Manuel Muñoz, a los archivos de las prisiones y habían empezado a seleccionar a los detenidos -militares, falangistas, católicos, propietarios, periodistas, diputados de la derecha,…- que bajo la falsa información de su traslado a Valencia iban a ser asesinados al día siguiente por la tarde.

Las sacas que con destino a Paracuellos del Jarama comenzaron el 7 de noviembre y se prolongaron durante un mes no eran las primeras. El Gobierno del Frente Popular no podía argumentar que se produjeron durante el vacío de poder tras la huída hacia Valencia. Desde el 28 de octubre los cementerios de Boadilla del Monte, Pozuelo, Rivas-Vaciamadrid,… estaban siendo escenario de asesinatos organizados de presos de la cárcel Modelo, la de San Antón y la checa de Fomento.
Pero nunca el número había sido tan llamativo. Al menos cuatro sacas casi simultáneas se produjeron entre las tres de la tarde del día 7 de noviembre y la una de la madrugada del 8. Dos en la cárcel Modelo, una en la de San Antón y otra en la de Porlier, en total casi ochocientas víctimas que en menos de doce horas fueron asesinadas a orillas del río Jarama en Paracuellos.

Una vez allí, el procedimiento era mecánico, todo estaba programado y nada se dejaba a la improvisación. Se asesinaba siguiendo el modelo que ya habían puesto en práctica en la Unión Soviética. Era una técnica casi industrial en la que participaban los milicianos como ejecutores y paisanos de Paracuellos reclutados a punta de pistola para ajercer de sepultureros.

Lo cuenta el padre López Teulón, postulador de la causa de los mártires: “Los presos son obligados a bajar de los vehículos. En grupos pequeños -diez, quince- se los hace avanzar hacia las fosas previamente cavadas al efecto. Así van siendo fusilados, un grupo detrás de otro. Algunos milicianos se ocupan de dar el tiro de gracia a los heridos. Inmediatamente, un equipo de sepultureros arroja tierra sobre las zanjas. Llega entonces un nuevo grupo, con el que se repite la operación. Unas ochocientas personas cayeron en esa primera matanza masiva. Algunas horas más tarde llegó la segunda expedición: unos doscientos presos que conocerán la misma suerte”.
Y así durante un mes, hasta completar un número de víctimas comprendido entre los 5.000 y los 7.500 asesinados. Un número que los defensores de la Ley de Memoria Histórica, que magnifica las víctimas de un lado mientras desprecia a las del otro, pretenden obviar o reducir a unos centenares en el mejor de los casos.



Chevi Sr. 

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