ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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11/7/16

EL CABO TRISTÁN UN HÉROE DE BRUNETE













INFORMA: Un Soldado del 73 Batallón de Toledo.


SITUACIÓN: El Batallón 73 es agregado a la 13 División el 8 de julio.

DESARROLLO DE ACONTECIMIENTOS: Toma parte el Batallón en los fuertes combates defensivos de los días 8 a 11. En el contraataque general del día 18, él 73 Batallón de Toledo ocupa al enemigo la llamada Loma Quemada (Cota 672, a dos kilómetros al sudeste de Brunete), posición importantísima que cambió varias veces de manos a lo largo de la batalla. En esta operación se distingue el Cabo Tristán Pérez Romero, el cual contribuye con extraordinario arrojo a la ocupación del objetivo, encontrando una honrosa muerte y siendo condecorado con la más alta recompensa española al valor militar, la Cruz Laureada de San Fernando.

Estábamos enseñados a todo... A combatir, a no hacer nada, a rascarnos la piojera, y hasta a no comer. Pero nunca había visto un tío como Tristán. Y el caso es que nadie sospechaba que aquel muchacho fuera capaz de hacer lo que hizo.

Nada. Era un mozo de media bragueta, como el que dice. Harto de tirar cantos a los chirles en la torré dé la Iglesia de su pueblo hasta hacía cuatro días. Pero se ve qué aprendió lo suyo desde que le llamaron la quinta.

Llegamos juntos a la Compañía; la 3ª. Nuestro Batallón yo no sé por qué, llevaba el número 73 y pertenecíamos  al Regimiento de Toledo. Cosas de la milicia, porque nosotros no éramos de Toledo, sino de Zamora, y allí había sólo dos o tres de Toledo. Bueno; eso no importa: El caso es, que allí llegamos una porción y nos echaron  para las Compañías.  A Tristán y a mí nos metieron en la . Yo llevaba buena amistad con Tristán: Claro que, por las cosas de la vida, él se había ganado los galones de Cabo y yo no pasaba de “peluso”, o sea, de “soldao raso”. Le habían  hecho jefe de mi Escuadra y mandaba mucho.

Pero era muy loco, eso sí. Era un chalao a veces, y le venía bien tener un paisano por allí que le cuidará y le tirara del ronzal “ca y cuando”.

“Mira, que un día te dan”, le decía yo. Y él, nada, en cuanto tenía ocasión “¡hala p'aIante”. “Tristán, que yo no quiero compromisos!”, que si patatín que si patatán. Y él tan terne.

Y en Brunete ya se lo dije: “Que esto es otra cosa, Tristán, que de aquí no sales vivo”, y el tío se reía de mí. Lo que quería era sacar los galones de Sargento. Ya se lo decía: “¿Y dónde vas a estar mejor qué en tu casa, con tu hacienda y tu pasar?” Pero nada conseguí. Nada más que lo que ya sabe todo el mundo: que le mataron los rojos a pellizcos

Llegamos a Brunete el, día 8 en pleno fregao. Nos metieron en el ajo en seguida. Los cantamañanas de los rojos se querían meter por cerca de un riachuelo que había, y nosotros los atacamos. Fue un principio como para echar a correr y no volver la cabeza atrás. Pero allí había que estarse.  

No habían pasado ni cuatro horas cuando empezaron de nuevo. Nos zurraron bien con cañones y ametralladoras, sobre todo de los tanques, qué tenían muchos, aunque, esta vez, no iba para nosotros el ataque gordo. Tristán decía que nos habían cogido miedo aunque no estaba muy seguro. El caso es que los veíamos a veces más allá de unos cerros que teníamos delante y pasaban hacia la derecha. Se veía a sus aviones bombardear por allí y se veían columnas de humo que se elevaban al otro lado del riachuelo. Debía de haberse organizado un folklore de miedo.

Bueno… Pero contar todo lo de aquellos días sería muy largo, y, además, que yo no sé de esas cosas y a lo mejor meto la pata. Yo voy a hablar sólo de lo que vi más importante, especialmente de lo que tiene que ver con Tristán y su muerte.

El día 9 nos dieron una vida de perros. A eso de las diez ya se lió. Veíamos venir el ataque como en sueños. Parecía que no iba con nosotros, pues estábamos demasiado cansados de los interminables sobresaltos del día anterior. Empezamos a tirar. Pero aquellos tíos se echaban encima. Y fuego en su alma, y nada, ellos p'alante y p'alante, hacia nosotros. Que no se paraban como otras veces, porque, como eran de Lister, los que se detenían los mataban sus Comisarios. Yo no sé quiénes eran los Comisarios, pero debían de ser de aúpa. Un amigo nuestro, de Ponferrada, decía que eran algo así como los curas de  los comunistas, pero con pistola. Yo no sé lo que serían, pero allí estaban los tíos ya cerca de los parapetos. Tristán, tan loco como siempre, se incorporó en los sacos terreros y se lió a tirarles bombas de mano. Se  había juntado muchas y las tiraba todas él, porque las tiraba muy bien y no desperdiciaba ni una. ¡Menudo julepe les dio! Como que ni pistola de Comisario ni leche... Allí se quedaron acurrucados los que seguían vivos. 


 Panorámica desde Cerro del Mosquito


Pero aquello no fue más que el empiece. Vinieron más gente y llegamos a las manos. Y eso sí que no hay quien lo cuente, porque ahí vale todo y pasa cualquier cosa. En nuestra parte cobraron bien. Los que entraron, allí se quedaron machacaos. De los nuestros, echamos de ver que faltaban algunos, y era que se los habían llevado prisioneros. Por lo visto, cogieron hasta a un Alférez, y también se lo llevaron con ellos, aunque por la noche se volvió pa casa. Habíamos estado a punto de que nos cogieran a todos, pero nos reforzaron con una Compañía de El Serrallo, y, a eso de las cuatro, los pudimos echar.

Por la tarde empezaron a tirarnos con todo lo que tenían. Estaba visto que no nos querían dejar vivir. ¡Y otro ataque tremendo con los tíos metidos en nuestras líneas! ¿Y qué voy a contar de esto? Pues que estuvimos toda la tarde de tiros y de miedo y de odio. Nos reforzaron otra vez los de El Serrallo y mantuvimos la línea, aunque ya quedamos p'al arrastre. Lo más chocante de ese día fue que nos cogieron algunos prisioneros en nuestras mismas trincheras, sin que las perdiéramos. Era la primera vez que veía yo eso, porque entraban a cientos y, la verdad, de cobardes no tenían nada. Tristán se portó como un jabato, y, gracias a unos cuantos, como él, pudimos evitar lo peor. El caso es que, aunque los rojos estuvieron dentro de la posición, siempre quedaban armas nuestras que hacían fuego, y tíos que lanzaban docenas y docenas de bombas de mano.

Por la tarde atacaron los nuestros, pero no mi Batallón, que ya no estaba p'alardes. Los de Salamanca se portaron muy bien, creo.

El día 10 perdimos terreno porque aquellos tíos cada  vez echaban más gente al combate, y estuvimos luchando todo el día, sin interrupción. Hasta conseguimos recuperar parte de lo perdido en un contraataque de nuestro Batallón. Pero los rojos se quedaron con Loma Quemada, que es el cerro más alto que hay por allí, precisamente el cerro donde Tristán había de morir.

El día 11 nos atacaron muchas veces, pero no seguido como el 10, sino a golpes. Se conoce que les venía gente nueva y la echaban, y, cuando veían que ya no había nada que hacer, juntaban otros tíos, y otro ataque que te pego. Y así cinco o seis ataques gordos, que yo ya perdí la cuenta.

Luego ya nos cogieron miedo. Hasta que no atacamos nosotros, el día 18, allí no se movió nadie. Tiraban ellos, les contestábamos, pero todo fuegos artificiales, sin casi bajas.

Y el día 18 fue el día fatal para el pobre Tristán. Por la noche habíamos ocupado una posición desde la que teníamos que salir al ser de día. Tristán se movía como un lobo, sin hacer ruido. Llevaba la bolsa de costado lleno de bombas de mano. Nos había pasado revista y dio novedades. Estábamos todos listos ya. 

Ese día, (La 13 División ocupa la cota 672 “Loma Quemada”, de gran valor estratégico, en un combate muy duro, seguido de fortísimos contraataques. (El Cabo Tristán Pérez Romero ganó en la ocupación de esta cota la Cruz Laureada de San Fernando, a costa de su vida).

Parche da la 13 División

Pasaron los minutos. ¡Madre! ¡Qué sequera en la boca y qué temblor de codos! Pero no había que beber. Soplaba un poco de aire fresco. Me sudaba el cogote y sentía frío en las sienes. ¿Y si echara un traguito de agua? No; agua, no. El hijo de tío Caracuerno se murió porque le pegaron un tiro en la tripa y había bebido. Lo peor de ser Soldado raso es que nunca sabe uno lo que va a pasar. Ahora estás aquí y luego sales andando. Eso es todo. Entre la noche se veían las sombras de los parapetos enemigos, al otro lado de la barranca. Y me puse a pensar que serían desgraciados como nosotros que no sabían qué iba a pasar diez minutos después. Estas guerras civiles son así... Allí, lo mismo habría alguno de mi pueblo y como si no.

Empezaba a amanecer. Corría un relente fresco, y, entre el olor a muerto, venían ramalazos de olor a paja quemada y, también a veces, como a hierba humedecida por el rocío de la mañana. Pero seguía el olor de siempre. El viento era libre y traía el olor de tierra de más allá del frente.

Una descarga de artillería. Era el 105. Las cuatro explosiones rasgaron, poco después, las sombras en algún lugar más allá de nuestro horizonte. Otra descarga, más a la derecha, y luego muchas, de muchos cañones. Sobre todo del 75, que lo conocíamos bien. Olía a azufre. La loma enemiga que teníamos enfrente se destacaba sobre un fondo cárdeno como una puesta de sol. La loma se quedaba en la sombra y parecía enorme. ¿Cómo íbamos a subir allí? Si el enemigo tiraba nos pararía en seco. No habría manera...

Vi a Tristán levantarse de un salto. Cuantis que se veía ya con la luz de la mañana, Tristán gritaba algo. Nos subimos al parapeto. La loma de enfrente era ahora, como un volcán, corrió yo había aprendido en la escuela que son los volcanes. Echaba fuego, pero era de los cañones nuestros. Tristán iba ya cuesta abajo a grandes zancadas. A su derecha, delante, iba un Oficial. Salté de la trinchera. Vi al Oficial caer. Tristán gritaba, dando trompicones por la cuesta abajo. Corrí. A mi lado iban los otros. Detrás de mí oía gritos también. Yo grité (gritar quita el miedo). Pero ya no había miedo. Ya había sólo prisa. Cayó un tío a mi lado. Yo seguí. “¡Ayúdame!”, me dijo. “¡Vu d'ai!”, le dije yo, o sea, vete de ahí, que es como lo decimos los de mi pueblo. El Tristán estaba ya subiendo la loma. Saltaba como un gamo. ¡Qué tío! Los galones de Sargento le iban a matar. De pronto le vi tirarse al suelo, como hacía él las cosas, de golpe. Yo ya creía que le habían dado.

Vi que la gente se retrancaba. Caían algunos que otros. Detrás andaban los sanitarios. Bien pensado, sería mejor que me dieran un tiro cuanto antes, así habría camilla, por lo menos, para llevarme. Pero quiá. Seguí. Echaba el bofe por la cuesta arriba. Detrás de mí sentía el resuello de los que me seguían. Llegué donde Tristán. Estaba vivo. Le vi quitar la anilla a una bomba y lanzarla. Luego, otra y otra. Estábamos en un repliegue pequeño que nos cubría de los tiros de fusil por la derecha y por la izquierda, Tristán se apoyaba en un montón de piedras para asomarse y tirar las bombas. “¡Tú, ahí, a cubrirme! Vosotros, aquí a mi derecha... ¡Cubridme todos! ¡Fuego, fuego! ¡Venga, fuego!” Cuando me asomé para tirar me pasaron raspando dos o tres balas. “¡Tira, so mamón!” Tiré. Tristán lanzaba sus bombas con precisión. Vi volar a dos por el aire. Les había arreao a modo. Y, en esto, nada, que empieza a dar voces y que se levanta y tira p'arriba como un gato. Tiraban por, todas partes. Ya caería. “¡Ahora!” No. Seguía el tío p'arriba. Más allá iba más gente. Nosotros seguimos, Se tiró a la trinchera de patas, saltando el parapeto. Corrimos detrás. Los rojos hacían cara. A bombazos de mano se defendían, pero nadie volvía las costillas. Reculaban dando la cara. Saltó más gente nuestra el parapeto. Un bombazo oportuno nos abrió paso. La posición  era nuestra. Los rojos corrían, fuego en su alma. Cayeron algunos; otros seguían. Allí acurrucados, con las manos en la nuca, había unos prisioneros. Estaban pálidos. Pusieron a uno a vigilarlos.

Era un respiro. Se conoce, que habíamos hecho algo. Los Oficiales iban acoplando la gente, colocando las armas pa defendernos. Pero, de pronto, Tristán echó pa la derecha. Un poco más allá, en un mogote, seguían tirando los rojos. La 2ª Compañía estaba parada. Y el Tristán que, se larga pa los rojos como una verdadera furia. Y nosotros que le seguimos como si no supiéramos bien lo que hacíamos, como soñando. Y los rojos que nos tiran a nosotros. “¡Venga p'alante...! ¡Venga, venga, que son nuestros!”; y nada, que les coloca dos bombas que espachurran a una ametralladora, que era la que paraba a la 2ª Compañía. Y la que rompe cuesta arriba y sube y se enzarza en una capea de miedo con los que quedaban. 

Pero Tristán ya no era un hombre. Era una fiera. Le brillaban los ojos como carbones cuando nos dijo: “¡Yo sigo! ¡Seguidme!” Yo me fui tras él, y, conmigo, otros dos. Pero Tristán corría. “¡Vamos a cogerles los cañones!”. Volví la cabeza. Iba yo solo. Tristán corría. “¡Chacho, que te cogen! ¡Tristán, vuelve, que vamos solos!” Pero no me oía o no me quería oír. Sentí en una pierna un golpe, como un cantazo. Y seguí llamando a Tristán. Me dolía la pierna. Estaba como dormida. Me palpé. Sangre. Tristán había saltado una pared de piedra. Llegué yo, llamándole y arrastrando la pierna. Estaba metido entre los cañones y pegaba con el fusil corno si fuera un garrote. Estaba bastante lejos y no podía levantar la pierna. Le vi golpear a uno, después a otro. Luego le dieron a él. Y cayó en el suelo. Le vi intentar levantarse, pero le dieron un golpe tremendo y se quedó tendido.

Entonces me dio miedo. Estaba allí, herido y solo. Intenté andar, pero no podía. La herida empezaba a dolerme como una quemadura profunda. Necesitaba que me viera un médico, que me cuidaran, pero allí no había nadie. Tristán estaba también solo donde había caído. Los rojos se marcharon con los cañones. 

Al Cabo don Tristán Pérez Romero le fue concedida la Laureada por su actuación en la batalla de Brunete en virtud de Orden de 17 de noviembre de 1940, Diario Oficial número 259.


Cruz Laureada de San Fernando


BRUNETE.- Rafael Casas de la Vega




 Francisco Javier de la Uz Jiménez



1 comentario:

Juan Salafranca dijo...

Magnífica manera de contar una operación