ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
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17/5/16

LA BATALLA POR EXTREMADURA: BADAJOZ, AGOSTO DE 1936 - I






 Capítulo 


Tenía previsto escribir sobre otro tema, incluso no relativo a la Guerra Civil, pero el reciente fallecimiento de mi padre me ha impulsado a modificar mis planes y a escribir sobre lo que ocurrió en aquellos días del mes de agosto de 1936, apenas empezada la Guerra Civil. Mi padre, Ramón Candil Rangel, fue oficial de Infantería y combatió durante toda la Guerra civil, siendo merecedor de numerosas condecoraciones e incluso avances en la escala. Acabó la Guerra como teniente de infantería con solo 20 años, pero en Badajoz, en 1936, cuando por primera vez supo lo que era una guerra, tenía solo 17 años, y fue uno de los supervivientes de aquella, casi primera, batalla de nuestra Guerra Civil, pero su historia es otra historia. No obstante, le dedico estas líneas como un modesto homenaje a lo que le tocó vivir.


Ramón Candil Rangel

Año 1943 ó 1944. Entonces estaba destinado en el Regimiento de Carros de Combate Oviedo 63, en Laucien, Tetuán, en Marruecos.

En Badajoz no hubo carros de combate ni medios mecanizados. La batalla, como muchas otras de la Guerra Civil, fue esencialmente un combate de infantería, al asalto y a la bayoneta, con escaso apoyo de otras armas. Mucho se ha escrito sobre ello, aunque quizás no lo bastante, pero poco o casi nada se ha dicho sobre la breve aparición de unos medios blindados en los momentos iniciales de la batalla. Estos medios blindados fueron utilizados por la Legión, como apoyo de fuego, en la brecha de la Trinidad. Fueron unos camiones blindados de ruedas “Modelo Bilbao 1932", incautados por la Legión en el parque móvil de la Comandancia de la Guardia de Asalto de Sevilla.

Las características de estos camiones eran: camión Ford V8 M30 (algunos modelos estaban basados en el camión Dodge 4X4 mod.1932), que se blindaron y se dotaron con una torreta con una ametralladora Hotchkiss de 7 mm. Se fabricaron de serie unos 50 ejemplares que pasaron a las dotaciones de la Guardia de Asalto. Tenían una tripulación que estaba compuesta de tres tripulantes (conductor, jefe, tirador) y con capacidad para transportar cinco fusileros. Podían alcanzar una velocidad de 50 Km/hora en carretera, no siendo aptos para campo a través, lo que limitaba mucho su capacidad. Durante la toma de Mérida el 11 de agosto, fueron capturados otros dos “Bilbao 1932”. Su eficacia militar para una guerra como la española, fue insignificante como se demostró en el ataque a la Brecha de la Trinidad.


Autoametralladora “Bilbao Modelo 1932”

Al frente de estos dos vehículos estaba el Capitán de Caballería Gabriel Fuentes Ferrer, que conocía Badajoz al dedillo, ya que un hermano suyo, el Teniente de la Benemérita Pedro Fuentes Ferrer estaba destinado en la Comandancia de la Guardia Civil. Con los  blindados, integrado en la V Bandera que mandaba Castejón, participó en la toma de los pueblos bajo extremeños de la Ruta de la Plata, destacando tanto en la batalla de los Santos de Maimona, como en la toma de Zafra, donde se significó el 7 de agosto, en la liberación de los presos que estaban recluidos en la iglesia parroquial de Sta. Marina.

El día 13 de Agosto de 1936, se encontraba en las proximidades de Badajoz, y en el ataque a la Brecha de la Trinidad, que tuvo lugar a las tres de la tarde del día 14, el teniente coronel Yagüe le ordenó que con  los dos blindados iniciaran el asalto y entrada en Badajoz, protegiendo y apoyando a la IV Bandera del Tercio, algo muy discutible desde un punto de vista de empleo táctico de esos medios. El Capitán Fuentes obedeció y al mando de un vehículo tuvo que detenerse ante una lluvia de granadas de mano, y debido a los gases y detonaciones quedó conmocionado. El conductor del vehículo dio la vuelta y salió de allí. Según Francisco Pilo (1) este camión blindado quedó detenido en las inmediaciones de la brecha a causa de “las bombas de mano que desde la muralla lanzaron contra la tanqueta, logrando inmovilizarla". Este oficial, que protagonizó, sin duda, el primer empleo de vehículos blindados de Caballería de la Guerra Civil,  al acabar la guerra retomó su pasión por el caballo en Sevilla como profesor de equitación. Vaya también aquí mi homenaje personal a este oficial.


Puerta de la Trinidad, acceso a la ciudad en los años 30. En la actualidad, reconstruida como zona ajardinada.

Pero analicemos los planteamientos y pormenores de lo ocurrido aquellos días…

Situación y antecedentes

Badajoz, en 1936, era una sencilla ciudad agrícola española, a orillas del río Guadiana, muy próxima a Portugal, y reunía cerca de 40.000 habitantes en aquellos días. La situación en 1936 no era ni peor ni mejor que la de otras ciudades españolas similares, aunque Extremadura era ciertamente una de las regiones más pobres y atrasadas de toda la República española de entonces. Ello ofrecía un caldo de cultivo singular muy adecuado para que se dieran todo tipo de desigualdades y conflictos sociales en los que las posturas radicales se exacerbaban fácilmente y daban pié a que la izquierda radical dominase el espectro político. Ignoro si esto puede ser equiparable a la actualidad.

No obstante, la situación en Extremadura, al estallar la Guerra Civil el 18 de julio de 1936, contenía una serie de peculiaridades que la diferenciaban del resto del país, especialmente debido a la Ley de Reforma Agraria promulgada por la República, que otorgó a los campesinos (más del 50% de la población activa) la posibilidad de ser dueños de las tierras que trabajaban, a través de la expropiación a los latifundistas y que produjo un enorme enfrentamiento entre clases sociales, sobre todo cuando en marzo de 1936 los campesinos de Badajoz decidieron acelerar la entrada en vigor de la ley e invadieron  por su cuenta las fincas a las que supuestamente iba a afectar la ley citada. (Mi propio abuelo, Antonio Candil, como delegado del Ministerio de Gobernación en la provincia, trató de llevar este asunto de acuerdo con los cauces legales y acabaría siendo encarcelado por ello por orden del gobernador socialista, encontrándose en prisión en el momento de la entrada de las fuerzas de Yagüe en la ciudad).

El 18 de julio de 1936 no sucedió oficialmente casi nada en Badajoz, aunque sí sucedieron muchas cosas. Ni siquiera se puede decir que el Alzamiento fracasara, porque ni siquiera se inició en términos reales.  El General de Brigada Luis Castelló Pantoja, comandante militar de la plaza al estallar la guerra civil, permaneció fiel a la República, aunque posteriormente el 6 de agosto, efectivos de la Guardia Civil, y algunos elementos de la Guardia de Asalto se alzaron, recluyéndose en su acuartelamiento –en la propia Comandancia de la Guardia Civil-, durante unas horas, hasta que al ser atacado el cuartel, en que se habían hecho fuertes, por las fuerzas regulares de la guarnición y milicias populares, volvió la situación  a manos del gobierno. La población civil, si no totalmente de izquierdas, se mantuvo esencialmente pasiva, algo que posteriormente le sería recriminado de alguna forma por las autoridades nacionales.


El General Castelló fue más tarde nombrado por la  República Ministro de la Guerra

Pese a que se produjeron algunas insurrecciones ligeras de la Guardia Civil en Villanueva de la Serena, Guareña y San Vicente de Alcántara -entre otros lugares-, por el momento éstas habían podido ser controladas por las fuerzas republicanas en toda la provincia de Badajoz, y sus efectivos desarmados como medida cautelar. Por ello, a priori la situación no era excesivamente  difícil para los republicanos en Badajoz, y desde Madrid no parecía considerarse necesaria la adopción de medidas adicionales, al margen de la de encomendar al Coronel Ildefonso Puigdengolas Ponce de León relevar a la autoridad militar de la plaza, al ser nombrado Ministro de la Guerra el General Castelló a raíz del Alzamiento, y abandonar consecuentemente Badajoz.


       Coronel Puigdendolas

El Coronel Puigdengolas era un militar de carrera, con experiencia que iba desde la guerra de Cuba hasta la guerra de Marruecos. Ya mayor, se mostró decidido partidario de la República (2), y hasta parece ser que era miembro de relieve en la masonería. Entra dentro de lo posible que su actitud fuera más bien una actitud propia de cierta revancha, al no haber sido ascendido a general –culpando al Ejército de ello-, que una actitud genuinamente de izquierdas. En abril de 1931, en el momento de la proclamación de la República, estaba destinado en Sevilla como jefe de la Guardia de Seguridad, puesto que mantuvo con el nuevo régimen, y en agosto de 1932 se opuso a la sublevación del General Sanjurjo (la “sanjurjada”). Durante la República se afilió a la Unión Militar Republicana, ascendiendo a coronel y pasando a la situación de reserva en mayo de 1936. Al estallar la guerra civil, se encontraba en Madrid, sin destino, y sería uno de los militares profesionales más activos en la defensa de la República, y que acudió inmediatamente a prestar servicio de forma voluntaria, cuando podía haber tratado de pasar desapercibido. No solo se puso a disposición de las autoridades gubernamentales sino que tomó el mando de la columna que salió de Madrid para sofocar las revueltas nacionales en Alcalá de Henares y Guadalajara. Probablemente, por su conducta leal para con la República, fue elegido por las autoridades, o por el propio General Castelló, para hacerse cargo del mando en Badajoz, ya que el Coronel Cantero, Jefe del Regimiento de Infantería Castilla nº 3, y sucesor por línea de mando de Castelló, era visto cuando menos como dudoso desde Madrid.

El coronel José Cantero Ortega estaba al mando del Regimiento de Infantería Castilla núm. 3, (hoy Castilla 16) el 18 de julio de 1936. Cuando el 21 de julio, la mayoría de oficiales del Regimiento le propusieron implicarse en la sublevación estuvo dudoso, pero presionado por un comandante contrario al Alzamiento –el comandante Enrique Alonso-, decidió recabar la opinión de los suboficiales, y al final permaneció fiel a la República. El coronel Cantero  -católico practicante-, era de un carácter más bien tímido y apocado, apenas conocido en los círculos sociales de la ciudad, y no muy dado a tomar decisiones arriesgadas. Ello le costaría la vida, en última instancia, y provocaría de forma indirecta los cruentos sucesos de Badajoz, al armarse las milicias y ofrecerse una cierta resistencia organizada a las columnas nacionales. Cantero, curiosamente, tenía un hermano –también coronel, de Ingenieros y de Estado Mayor-, que se encontraba en Sevilla, y se manifestó a favor del Alzamiento, actuando como jefe de estado mayor del General Queipo de Llano. (Su hijo, curiosamente, sargento en el mismo regimiento, y amigo de mi padre, participaría activamente durante toda la guerra, con el Ejército Nacional, y en la posguerra pasaría a formar parte de la policía gubernativa).

Teniente Coronel José Vega Cornejo

La Guardia Civil, ante la ausencia de acción del Ejército, tampoco reaccionó. De hecho, el jefe accidental de la Comandancia, teniente coronel José Vega Cornejo, se mantuvo leal a la República, aunque casi la totalidad de sus oficiales, y los guardias, estaban claramente a favor del Alzamiento. Hay que tener presente que la Guardia Civil llevaba sufriendo numerosas vejaciones, y muestras de desprecio, casi ya desde el inicio de la Segunda República –no se habían olvidado los sucesos de Castilblanco, como no podía ser de otro modo-, y la exasperación ante lo que se consideraba falta de autoridad era considerable.

Es incomprensible, en cualquier caso, que la Guardia Civil se dejase desarmar, y aceptase acuartelarse ya desarmada, quedando inerme, de esta forma, a cualquier acción popular que pudiera desencadenarse, máxime cuando precisamente la Guardia Civil era una fuerza amante del orden y del respeto, claramente afecta a los principios que inspiraban el Alzamiento, por lo que solo cabe concluir que actuó de ese modo, por disciplina, y obedeció, las ordenes que dio el propio Teniente Coronel Vega (3), y aun así, su actuación resulta incomprensible.

Por el contrario la Guardia de Asalto –con la excepción aislada de algunos elementos- era claramente fiel al Gobierno, y contraria al Alzamiento. En Badajoz había un Grupo de Asalto constituido por una compañía de Seguridad y otra de Asalto. La compañía de Asalto, bajo el mando del Capitán Manzano, fue asignada a la Columna Mangada en sus operaciones por el sur de la provincia de Ávila para intentar atacar la retaguardia de las fuerzas nacionales que dominaban el Alto de los  Leones. Los Carabineros, que, en su totalidad, eran republicanos, estaban al mando del Teniente Coronel Pastor, del que  el Coronel Puigdengolas escribió que “era hombre de probada fe republicana del que no había que dudar” (4).


Columna Mangada, Unidad de Milicias republicanas que luchó durante los primeros meses de la Guerra Civil al mando del Teniente Coronel Retirado Julio Mangada


Milicianos y el Ejército Republicano durante la Batalla de la Sierra del Guadarrama. Alto de los Leones

Al mismo tiempo, ante la desorganización de la parte del Ejército que permaneció leal al Gobierno, y el claro antimilitarismo de gran parte de los ciudadanos, surgieron bandas de milicias populares. En Badajoz, los gobernantes locales formaron lo que se llamó “Guardia Cívica” que, en esencia, estaba compuesta por delincuentes y gente marginal, y en toda la ciudad comenzó una época de persecuciones y crímenes que aterrorizó a la mayoría de los ciudadanos. Las milicias se hicieron dueñas de la calle, dirigidas por algunos políticos que predicaban un postulado de muerte, venganza y destrucción. Al menos hay constancia de 11 asesinatos cometidos fríamente por dicha fuerza en la capital, en los primeros días tras el Alzamiento.

En el Gobierno Civil, el Coronel Puigdengolas se entrevistó con el gobernador –Miguel Granados-, el 25 de julio, y con los representantes del Frente Popular, quienes le transmitieron su preocupación por la sospecha de la posible sublevación y unión al Alzamiento, del Regimiento y de la Guardia Civil de la ciudad, y ya al mismo día siguiente, 26 de julio a primera hora, Puigdengolas ordenó al Coronel Cantero que entregase a las milicias populares todo el armamento y el resto de las municiones y explosivos que quedaban en el cuartel y no estaba asignado. Este armamento era el que teóricamente correspondía al tercer batallón en cuadro del Regimiento. Con todo ello se llegó a armar a unos 500 milicianos.

Esta era la situación existente que hacía que, a primeros de agosto de 1936, la totalidad de la provincia de Badajoz estaba bajo dominio republicano, siendo precisamente en este momento cuando las fuerzas nacionales inician su marcha hacia tierras pacenses. La rápida intervención y llegada a Mérida y Badajoz, de las tropas de Yagüe iba a provocar un cambio importante no solo en el escenario extremeño, sino en todo el contexto de situación de la Guerra Civil. 

La importancia estratégica de Extremadura y de la provincial de Badajoz

La situación geográfica y la configuración del mapa político tras la sublevación militar de julio confirieron a la provincia de Cáceres una enorme importancia estratégica para los ejércitos nacionales.  Tres eran los factores determinantes: en primer lugar, la frontera con Portugal, puesto que así las tropas sublevadas se aseguraban el suministro de municiones y el abastecimiento de material que les proporcionaba el régimen amigo de Portugal.  En segundo lugar estaba el hecho de que Cáceres se convertía, por el suroeste, en la avanzadilla del Ejército del Norte al mando del General Mola.  Y por último resultaba patente que, dominada la provincia de Cáceres y remontando el valle del Tajo, se podía organizar una ofensiva sobre Madrid desde el suroeste, ofensiva que se sumaría a la que Mola realizaba ya sobre el norte de la capital.

La situación militar después de los primeros días de confusión, permitía al General Franco dos opciones para lo que él consideraba prioritario en la campaña: la toma de Madrid.  Estando en manos nacionales el suroeste de Andalucía, la ofensiva hacia la capital de España podía dirigirse a través de Córdoba y Despeñaperros -con lo cual se seguía una línea más recta-, o bien, dando un mayor rodeo, pero contando con algunas ventajas importantes añadidas, iniciar desde Sevilla el asalto a la provincia de Badajoz, para, una vez unidas las tropas nacionales, al norte y al sur, concentrar los ataques sobre el Valle del Tajo, y seguir la progresión hacia Madrid.

Numerosos documentos prueban que el Estado Mayor republicano creía firmemente que la opción elegida por Franco sería la de Despeñaperros -un error garrafal-, lo que le llevó a fortificar sus defensas en esa área, descuidando y abandonando a su suerte a las tropas de Badajoz.  Las graves consecuencias que este error tuvo para los intereses de la República resultarían de mayores consecuencias que la propia tragedia de Badajoz. En cierto modo se podría decir que la República sello su suerte en Badajoz.

El Teniente General José Díaz de Villegas sintetizó los inconvenientes del camino andaluz y las ventajas del extremeño: “En la ruta de Despeñaperros se encontraban las siguientes dificultades: primero, angostura del collado y singular facilidad de su defensa, que había sido prevista por los rojos acumulando allí cuantiosos elementos, incluso concentrando dinamiteros andaluces para realizar destrucciones extensas, y segundo, la ruta de ese collado tenía además la dificultad de que el Valle del Guadalquivir se estrecha rápidamente a medida que remonta su curso (... ) En cambio, la ruta de Extremadura ofrecía las siguientes ventajas: primero, la muy cualificada de la sorpresa; segunda, la no escasamente importante de apoyar el flanco izquierdo sobre la frontera de Portugal y, en cambio, poder flanquear la marcha por el Este con cierta facilidad; tercero, proporcionaba contacto inmediato entre los Ejércitos del Norte y del Sur”.

Pudiera muy bien  ser, además, que Franco se decidiera por la campaña de Extremadura movido por la necesidad imperiosa que tenía el Ejército de Mola de suministros, fundamentalmente municiones, aunque no le habían estado cerrados los caminos exteriores que pasaban por Portugal, por cuya vía había recibido seis millones de cartuchos. En consecuencia, Franco ordenó con toda seguridad a Yagüe, conquistar la provincia de Badajoz y tomar contacto con la débil guarnición militar que se había sublevado en Cáceres.

Badajoz en 1936, por sí solo, no era importante estratégicamente hablando. No constituía ningún punto de referencia para nadie, y ciertamente no estaba en los planteamientos de Franco enfrentarse a la República en Badajoz, ni tampoco se le pasó por la mente a nadie en el Ministerio de la Guerra, en Madrid, presentar batalla allí a los sublevados. Únicamente su proximidad a Portugal le confería cierto interés. Las escasas defensas de la plaza eran producto de ese desinterés –como se ha dicho-, y de la falta de intenciones militares, por parte de ambos bandos. Los acontecimientos que sucedieron fueron producto, por tanto, del devenir de la situación, y de la evolución propia de los hechos.

Fuerzas en presencia

El día 1 de agosto nos encontramos con que las fuerzas que había en Badajoz estaban formadas por un batallón disminuido solamente del Regimiento Castilla 3 –esencialmente el II Batallón – (5), teniendo en cuenta los turnos de permiso de verano, dos compañías de Carabineros, y poco más de una compañía de seguridad de la Guardia de Asalto, hasta un total de unos 600 efectivos, a los que había que sumar además unos 6.000 milicianos, aunque es difícil precisar su número aproximado, dado que en los últimos días, habían llegado muchos a la ciudad, procedentes de los pueblos. No se contabilizan los efectivos de la Guardia Civil, por encontrarse éstos desarmados y concentrados en la capital, siendo sospechosos de simpatizar con el Alzamiento.


Los Guardias de Asalto era un cuerpo de policía militar de la República, que coexistía con la Guardia Civil

Las fuerzas de la Guardia de Asalto, que eran mandadas por el comandante Luis Benítez, estaban formadas por unos 40 hombres de Seguridad y 30 de Asalto. Estos últimos constituían una Sección de Especialidades, con cuatro ametralladoras Hotchkiss mod. 1914 de 7 mm., y dos morteros Valero de 50 mm. Además, se ordenó concentrar en la capital a todos los Carabineros disponibles en la provincia, y de esta manera se reunió a unos doscientos hombres más que fueron organizados en dos compañías. La Sección de Especialidades del Cuerpo de Asalto fue agregada con sus ametralladoras y morteros a las fuerzas de Carabineros.


Ametralladora Hotchkiss  mod. 1914 de 7 mm en acción

El Coronel Puigdengolas no disponía de carros blindados ni de artillería, si se descartan algunos posibles camiones artesanalmente blindados, ni tampoco contó con apoyo aéreo efectivo de ningún tipo, pero estos datos no son relevantes para explicar la caída de Badajoz frente a las tropas de Yagüe. La fuerza más numerosa de que disponían los republicanos en Badajoz era, sin duda, la de los milicianos, en su mayoría campesinos armados de escopetas de calibres 12 y 16, armas poco aptas para la guerra, pero suficientes para atemorizar a los posibles simpatizantes del Alzamiento. Aunque se les distribuyeron los fusiles disponibles en el Regimiento, es seguro que quedaron muchos milicianos desarmados, o armados precariamente, con escopetas de caza.

La fuga de defensores, milicianos o militares, fue la mayor lacra con que se tuvo que enfrentar Puigdengolas. Según iban acercándose los nacionales a Badajoz, mayor era el número de defensores que huían como podían, dejando abandonados los puestos que debían defender. Así, la cantidad de defensores disponibles en Badajoz empezó a menguar a partir del mismo 25 de julio. De hecho el propio Puigdengolas calcula que sólo en los primeros días de agosto cerca de 200 milicianos abandonaron Badajoz y se volvieron a sus pueblos. Aunque para hacer regresar a los que se habían ido, Puigdengolas los reclamó a los respectivos alcaldes, en sus diarios reconoce que no tuvo ningún éxito (6).

Por ello, los días previos al asalto, la cifra de defensores había menguado espectacularmente, y de los 835 milicianos estimados, armados finalmente con fusiles, que había en Badajoz, tras los bombardeos iniciales de la aviación nacional debieron quedar menos de 300, pero según Puigdengolas estarían más bien en torno a los 275. Hacia el 12 de agosto estas fuerzas hubieran quizás bastado para ofrecer  una cierta defensa de Badajoz,  si no hubieran abandonado los puestos  que a cada uno se le asignó en la línea de defensa, pero esas fuerzas, que sumaban en torno a un total de 575 hombres, eran todo lo que había para defender Badajoz.  La carencia de artillería, armas pesadas y armas automáticas en general, suponía un grave hándicap para la defensa.

Por lo que se refiere a los militares, la proporción de huidos no era mejor sino todo lo contrario ya que en los primeros días del bombardeo de la aviación  nacional, casi todos los soldados se volvieron a sus pueblos. El día 13 de agosto escasamente quedaban en Badajoz sesenta o setenta soldados.


El avión italiano Fiat CR-32 –Chirri durante uno de sus vuelos

Fue elemento básico de la Caza nacional durante la Guerra Civil, con un máximo de diecinueve escuadrillas en vuelo en agosto de 1938.


Las deserciones fueron motivadas por el pánico que dominaba a muchos de los milicianos y soldados, pero también, en muchos casos, por el deseo de los militares de pasarse a los nacionales. Ya el día 7 de agosto, una semana antes de la llegada de las fuerzas nacionales del teniente coronel Yagüe, el comandante José Calderón Rinaldi -al que Puigdengolas había encargado organizar a las milicias, y que se le había ofrecido como republicano leal-, junto con otro oficial y varios milicianos y soldados, habían huido a través de la frontera portuguesa. Igualmente el teniente de Intendencia que estaba encargado del Depósito y Centro de Intendencia, huyó a Portugal para posteriormente unirse a los nacionales.

La moral era muy baja. El gobernador civil – Miguel Granados-, escribió al Ministro de la Guerra –el General Castelló, antiguo gobernador militar de Badajoz-, acusando la desmoralización de las fuerzas, que había aumentado por la actividad aérea nacional que se venía sufriendo. En la mañana del día 13 el propio gobernador se marchó de Badajoz. Los dirigentes del Frente Popular también desaparecieron, pero no sin antes romper las listas de sus afiliados.

No obstante, según el propio Puigdengolas, la defensa de Badajoz era posible con los medios materiales y humanos de que se disponía pese a reconocer su escasez. La muralla, a pesar de que estaba abierta por tres brechas, junto con el trazado del casco antiguo de la ciudad, eran enormemente favorables para la defensa, como se demostró al ser la ciudad asaltada por los legionarios y regulares. Puigdengolas consciente de su debilidad fundamental -la falta de instrucción y espíritu de sus milicianos-, los parapetó con algunas armas automáticas sobre la vieja muralla de la ciudad, pensando, quizás ingenuamente, que contaba con la lealtad de la guarnición.

A pesar de esta situación, la batalla fue dura y las consecuencias posteriores inmediatas, tremendas.

Las fuerzas nacionales sublevadas en Andalucía, especialmente en Sevilla, recibieron a primeros de agosto sustanciosos refuerzos del Ejército de África permitiéndoles tomar la mayor parte de Andalucía. Las fuerzas de África organizadas en columnas móviles fueron eliminando toda resistencia armada, política, o de cualquier tipo. Granada fue reforzada, Huelva tomada, y Córdoba resistió.

Dándose cuenta de lo difícil que iba a ser abrirse paso en Despeñaperros, en manos republicanas, las columnas de Yagüe, tomaron la Ruta de la Plata, a través de Extremadura, conquistando todos los pueblos sin apenas resistencia, excepto  combates esporádicos, más bien escaramuzas, que los republicanos locales, mal armados,  podían ofrecer. Durante el mes de agosto de 1936, sólo el Ejército de África se movía en el sur de España, en clara contraposición a la pasividad de las fuerzas republicanas. No había fuerzas republicanas consistentes y organizadas ni en Andalucía ni en Extremadura, y los diversos pueblos y núcleos urbanos, a lo largo de la ruta de marcha, caían uno tras otro sin mayores problemas. Badajoz no iba a ser una excepción.

Juan Yagüe era, sin duda, el mando más capaz del Ejército de África.  Sus planteamientos tácticos eran muy imaginativos y dinámicos, y frecuentemente dio pruebas de una inteligencia y creatividad sorprendentes. De alguna manera puede ser considerado como uno de los precursores de la guerra de movimiento o blitzkrieg, que se haría popular en los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, el ritmo de avance de las  columnas mandadas por Yagüe en su recorrido a través de Extremadura durante agosto de 1936, no tendría equivalente con ninguna guerra hasta la fecha, y tan sólo se vio superado pocos años después, durante la Segunda Guerra Mundial, por las fuerzas acorazadas de la Wehrmacht.

En tan sólo cuatro semanas, Yagüe llegaría a avanzar casi 500 km., quedándose a 100 kilómetros escasos de Madrid, aunque es preciso reseñar que las fuerzas a las que se enfrentó eran solamente milicianos, pobremente armados y mal organizados, y no un ejército regular, aunque de esto solamente se puede culpar a las autoridades y mandos militares de la República.

La idea del modelo de columnas posiblemente se deba al propio Teniente Coronel Yagüe, aunque no desmerezcan en nada sus ejecutores y mandos directos –los tenientes coroneles Asensio y Tella, y el comandante Castejón-, tras su experiencia en la guerra de Marruecos, en donde la organización de columnas para socorrer los fortines y blocaos sitiados por los rifeños, era un procedimiento tradicional. Es posible también que Yagüe –como buen profesional y ávido lector-, hubiera tenido conocimiento del comportamiento y procedimientos de las columnas Celere italianas, en la guerra de Abisinia, y su organización influyese su pensamiento de alguna forma.

La táctica que empleaban las columnas para la toma de pequeñas localidades en las que se atrincheraban núcleos de resistencia armada, consistía en ir penetrando en el pueblo desde las afueras, rompiendo los cercos hasta llegar al centro, para lo cual se enviaba a la fuerza en camiones a gran velocidad por las calles principales del lugar, hasta llegar a la plaza central. Los soldados descendían entonces de los vehículos, e iban avanzando rápidamente hacia las afueras en un movimiento anular, sembrando el desconcierto entre las fuerzas del adversario, y aplastando cualquier oposición.


Legionarios por las calles de Badajoz

La verdadera eficacia de las columnas recaía en su calidad, antes que en su cantidad. El enlace con la retaguardia, y la protección de los flancos, eran aspectos más teóricos que reales, que se delegaban en destacamentos ligeros de la Guardia Civil, y de voluntarios y falangistas, las más de las veces con mejor voluntad que experiencia y eficacia (7). Pero, sobre todo, el verdadero factor de protección y seguridad de las columnas radicaba en la ausencia de capacidad militar real del adversario, que en estos primeros días se encontraba en situación de casi total colapso moral.

La 1ª Columna al mando del Tte. Coronel Asensio, que inició el avance, en Sevilla, el 2 de agosto, a las 20.00 horas, estaba compuesta por:

•          II Tabor de Regulares de Tetuán.

•          IV Bandera del Tercio

•          Dos auto-ametralladoras Bilbao

•          Una batería de obuses de 70 mm

•          Una compañía de Zapadores

•          Una estación de radio a caballo

•          Servicios de Sanidad

La 2ª Columna al mando del Comandante Castejón, que avanzaba con un desfase de 24 horas respecto de la primera, inició el avance el 3 de agosto, estando compuesta por :

•          V Bandera del Tercio.

•          II Tabor de Regulares de Ceuta

•          Una batería de obuses de 75 mm.

•          Una columna de municionamiento.

•          Una sección de Transmisiones.

•          Servicios de Intendencia.


•          Servicios de Sanidad.

La 3ª Columna, al mando del teniente coronel Heli Rolando de Tella, y con una composición similar a las dos primeras, más una sección de la Guardia Civil, no inició su avance hasta el día 9 de agosto –se trataba de fuerzas que habían sido trasladadas desde  África el día 5 en el convoy de  La Victoria-, dirigiéndose directamente hacia Mérida, en cuya ocupación  tomaría parte el día 11, tras haber recorrido 200 km. Esta columna, sin embargo, permanecería ya en Mérida, y no tomaría parte en la conquista y ocupación de Badajoz. Posiblemente, no obstante, alguna unidad de esta columna, quizás su batería de artillería, fue agregada bien a Castejón, o a Asensio, para la toma de Badajoz.


Tabor de Regulares esperando el embarque a la península

El traslado realizado por aire y mar, fue decisivo para el Ejército nacional

El conjunto de las tres columnas –bajo el mando de Yagüe- es lo que se conoció bajo el nombre de Columna Madrid, cuyo objetivo no era otro que la capital de España.

En suma, contra Badajoz los nacionales acumulaban  unas fuerzas del orden de los 3.000 hombres – aproximadamente los efectivos de una brigada disminuida moderna-, pero sin apenas artillería –y de calibre no superior a 75 mm-, escasos zapadores, morteros de calibre no superior a 50 mm, y escasas armas automáticas y ametralladoras, y ninguna defensa antiaérea, aunque tampoco les hizo, a decir verdad, dada la escasa actividad de la aviación republicana. En teoría se iban a enfrentar a una fuerza numéricamente superior, de casi 8.000 adversarios, pero en la práctica no eran muchos más de 500 efectivos los que se opusieron a la entrada de las fuerzas nacionales en Badajoz, dadas las deserciones de los últimos días.

De alguna forma, aunque Yagüe no lo sabía a ciencia cierta, la superioridad  nacional era total, no solo cualitativamente, sino también cuantitativamente. La toma de Badajoz podía darse por hecha, aunque faltaba materializar el hecho. Y ciertamente, muchas de las bajas podrían haberse evitado con un mejor conocimiento de la situación, y de las defensas de la plaza. Si había alguna carencia en especial, en las columnas nacionales, ésta no era otra que la de información. Prácticamente se avanzó a ciegas, sin saber –las más de las veces-, lo que se podía encontrar al otro lado, improvisando continuamente, y dando pruebas de una gran flexibilidad, virtudes necesarias, sin duda, pero ciertamente arriesgadas.

Destacó la inactividad casi total de la República, cuyos mandos militares en Madrid, tenían, sin duda, conocimiento del avance nacional a través de Extremadura, y aun así, tras la toma ya de Mérida, prácticamente no reaccionaron nada más que en forma improvisada, apresurada, y sin ninguna coordinación ni plan coherente, organizando un contraataque en Mérida el día 14,  que no dio ningún resultado por falta de coordinación entre las columnas que lo llevaron a cabo.

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1 Francisco Pilo: Ellos lo Vivieron, 3ª Edición, página 178

2 Hay que decir, en honor a la verdad, que la mayoría de los militares sublevados eran realmente afectos a la República, y algunos, como el general Queipo de Llano, eran conocidos como notoriamente republicanos. El propio Franco fue Jefe del Estado Mayor del Ejército durante un cierto periodo. En cualquier caso, ninguno de los generales en activo en 1936 demostró inicialmente ninguna actitud anti-republicana, otra cosa es que estuvieran en desacuerdo con el caos reinante en la nación.

3 Vega había sido ascendido a teniente coronel a principios de Julio de 1936, pero la rapidez de los acontecimientos y el tiempo necesario para la publicación de su ascenso hizo que muchos no tuvieran conocimiento de ello, motivo por el cual algunos autores se refieren siempre a él, como “Comandante Vega”.

4 Diarios de Puigdengolas, pág. 57  

5 El 21 de julio –cumpliendo órdenes de Madrid-, y para reforzar la capital ante la situación en la sierra, el Regimiento había destacado dos compañías –la 3ª y 4ª del Primer Batallón-, al mando de un comandante, con lo cual, conscientemente o inconscientemente, se había debilitado al Regimiento.

6 En los diarios, Puigdengolas recoge la huida de 200 milicianos a sus pueblos en el apartado “Del 25 de julio al 5 de agosto” sin mayor precisión, Diarios de Puigdengolas, pág. 7.

7 La Marcha sobre Madrid, J. M. Martínez Bande, Servicio Histórico Militar, pág. 25



Mayo de 2016

Antonio J. Candil

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