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12/4/15

75 ANIVERSARIO DE LA MATANZA DE KATYN













Genocidio soviético, vergüenza occidental




Abril de 1.943. La radiodifusión alemana anuncia el hallazgo a las afueras de la ciudad rusa de Smolensk de varios miles de Oficiales polacos asesinados por la NKVD.



En abril de 1.943, la radiodifusión alemana anunciaba al mundo la noticia: en cierto lugar, a las afueras de la ciudad rusa de Smolensk,  habían sido hallados los cuerpos de varios miles de Oficiales polacos asesinados por la NKVD, la policía política de la URSS.

Para Berlín, la noticia suponía un filón propagandístico de primera magnitud, por cuanto los asesinatos abrían una cuña de disensión entre los polacos y los soviéticos, y situaba a los angloamericanos ante una disyuntiva diabólica: apoyar a los asesinos comunistas –quienes llevaban el peso de la lucha contra el III Reich- o secundar a las víctimas polacas –cuya causa era de justicia y por cuya libertad habían declarado la guerra a Alemania cuatro años atrás.



Los prolegómenos

En septiembre de 1.939, la Unión Soviética había capturado numerosos prisioneros, como consecuencia del reparto de Polonia que había acordado con Hitler el mes anterior. Durante el otoño y el invierno siguientes, miles de estos prisioneros se hacinaban en distintos campos de la URSS, a la espera de una prometida repatriación ya que, anexionada la parte oriental de su país a la URSS, serían considerados en el futuro ciudadanos de la Unión Soviética.

A comienzos de abril de 1.940, este anhelo pareció hacerse realidad cuando les fue  notificado que se les transportaba “al Oeste”, dándoles así a entender que volvían a casa. Para facilitar la tarea, en los campos de concentración soviéticos se orquestaron homenajes que incluían bandas de música y discursos. Entretanto, en Moscú y con fecha de 5 de marzo de 1.940, Stalin había determinado su exterminio.

Pese a que los polacos tradicionalmente recelaban de los rusos, no imaginaban lo que éstos, devenidos en comunistas, eran capaces de hacer. Por entonces apenas se sospechaba la gigantesca matanza que los bolcheviques habían efectuado contra su propio pueblo; sólo en Ucrania, entre 5 y 8 millones de campesinos habían muerto a consecuencia de la colectivización en los años anteriores. De modo que puede suponerse lo que la URSS estaba dispuesta a hacer sufrir a los pueblos conquistados gracias al pacto con Hitler.

Aunque los prisioneros polacos habían perdido su optimismo inicial apenas comenzada la evacuación, al ser descargados de los trenes se desvaneció la más mínima esperanza que aún pudiesen albergar. Junto a las vías, les esperaban los “cuervos negros” de la NKVD, las furgonetas de transporte de la policía política, a las que fueron obligados a subir con ademanes imperiosos, entre perros policías azuzados por los agentes y las porras y los rostros hostiles de los sicarios bolcheviques. El que las ventanillas hubiesen sido cubiertas con barro para impedir la visión de los detenidos no presagiaba nada bueno.

Cuando quisieron darse cuenta, los polacos ya habían sido concentrados a unos 20 kms. de Smolensk, en un bosque conocido como Katyn, próximo a la localidad de Gnezdovo. Estaban ciertamente “al Oeste”, aunque jamás alcanzarían sus hogares, como se les había inducido a creer.  

El genocidio

Los lotes de presos eran despachados con el clásico procedimiento comunista del tiro en la nuca. Sólo en torno a un 5% de los cadáveres hallados en las fosas comunes demostraron haber dispuesto de la posibilidad y los recursos necesarios como para oponer algún tipo de resistencia más o menos efectiva. Las ejecuciones tenían lugar entre la puesta de sol y el amanecer, y se llevaban a cabo con pistolas de fabricación alemana tipo Walter del calibre 7.65.

Algunos, de entre ese 5% que contó con la posibilidad de oponer resistencia, fueron asesinados a bayonetazos o sometidos a torturas que les produjeron la muerte. Otros resultaron asfixiados por los agentes del NKVD taponándoles las vías respiratorias con serrín, procedimiento barato y silencioso. Particularmente cruel fue el destino reservado a ciertos recalcitrantes, a quienes se les dispusieron cuerdas en sus extremidades y cuello de tal modo que, con cada movimiento que efectuaban, se ahorcaban a sí mismos lentamente.  

Los contingentes llegaban a diario a la zona de Katyn, en número de varios cientos, a contar desde el 3 de abril hasta el 19 de mayo de 1.940, con excepción de la noche del 1 de mayo, fiesta nacional en la URSS. El primero fue el más numeroso, sumando unos 390 prisioneros pero, en adelante, alcanzarían un máximo de 250. El total de asesinados en Katyn roza los 22.000. Las matanzas de Katyn se complementarían con otras realizadas a lo largo y ancho de la URSS en las que se liquidaría a otros 15.000 polacos presos.

Stalin odiaba a los polacos por varias razones, pero en especial porque le habían hecho fracasar en la guerra que había librado contra ellos en 1.920. El hecho de ser una nación  campesina de marcada religiosidad –católica-, un pueblo fiel a sus costumbres y  tradiciones, no le hacía ciertamente más simpático a los ojos del dictador georgiano. Quizá con la excepción de a su propio pueblo, Stalin no trató a nadie peor que a los polacos. La política soviética en los territorios polacos incorporados a la URSS fue deliberadamente criminal. Katyn fue una consecuencia extrema. Pero las deportaciones, los asesinatos y las humillaciones inferidas a este pueblo fueron la médula espinal de su política hacia él.
























La vergüenza

Cuando los alemanes hicieron público el hallazgo de las fosas de Katyn, los soviéticos reivindicaron airadamente su inocencia y, ante la insistencia de los polacos en llevar la investigación a sus últimas consecuencias, rompieron relaciones con el gobierno polaco radicado en Londres.

La felonía comunista llevó el asunto hasta el punto de que los soviéticos incluyeron el crimen entre los puntos de la acusación en Nüremberg cuando, finalizada la guerra, se juzgó a los derrotados alemanes. La URSS no reconoció la autoría del crimen hasta 1.990 –y sólo de modo parcial; tendrían que publicarse los documentos en 1.992 para aquilatar la verdadera responsabilidad de la cúpula del Estado comunista en el crimen de Katyn. Pero los soviéticos conocían lo que había sucedido desde 1.959, como poco, cuando Kruschev ordenó la elaboración de un dossier sobre el asunto. Las firmas de Stalin, de Beria, de Kalinin, de Voroshilov, de Kagánovich, de Mikoyán y de Molotov en la orden de fusilamiento dejan poco margen a la duda.























Grados y dineros recuperados de las fosas comunes

Los aliados, en el fragor de la guerra, no quisieron saber nada de las reclamaciones de los polacos, y se pusieron del lado de los asesinos. Stalin y Molotov se burlaron abiertamente de los polacos, pero a fin de cuentas se trataba de quienes perpetraran el crimen. Los británicos, sin embargo, habían declarado la guerra al Reich en nombre de la libertad de Polonia. Su postura era, por esa precisa razón, más repudiable y cínica, si cabe.

Churchill pensó en prohibir la prensa polaca que se publicaba en el Reino Unido para evitar que se refiriese al asunto; el premier británico telegrafió a Stalin haciendo saber al tirano comunista que estaba de su lado. Los aliados se hacían los distraídos, como si la cuestión fuera dudosa y complicada de aclarar, pero una comisión internacional –y neutral- de la Cruz Roja dictaminó la autoría soviética ya en 1.943 sin margen alguno de duda.

Los forenses estaban ciertos: los polacos se habían convertido en cadáveres tres primaveras atrás, en .1940. Los vecinos de la zona recordaban los extraños sucesos –y los inequívocos sonidos que los acompañaron- y aseguraban corresponderse con aquellas fechas. Además, los últimos recortes de prensa que fueron hallados en los bolsillos de las víctimas databan de abril de 1.940. También había restos de diarios que se interrumpían en esas fechas de abril o mayo de 1.940. Por otro lado, resultaba absurda la tesis de que los alemanes transportaran hasta el centro de Rusia a unos prisioneros polacos para ser ejecutados.

Sin embargo, para Churchill, no tenía “sentido escarbar en unas tumbas que ya tienen 3 años”. Y, en definitiva, “no vamos a arruinar la paz de Europa por causa de los polacos”.  Roosevelt, por su parte, sólo prestó atención a Polonia hasta que celebraron las elecciones de noviembre de 1.944, ya que había varios millones de votantes de ascendencia polaca en los EE.UU. y mantuvo una deliberada ambigüedad; pero, pasados los comicios, también abandonó a los polacos.

Las democracias, que habían ido a la guerra por Polonia, aseguraban ahora que Polonia no merecía una guerra. Las decenas de miles de muertos polacos caídos en la Unión Soviética fueron asesinados por los comunistas, pero su sacrificio fue burlado cínicamente por quienes habían jurado batirse por un orden de cosas más elevado, en el que la libertad y la dignidad humana se constituían en teóricas piedras angulares.

Katyn permanecerá para siempre como un crimen soviético. Y también como una vergüenza occidental.


70 años sin reconocerlo


No fue hasta 2.010 cuando la Duma rusa reconoció el homicidio de Katyn” como un crimen del régimen de Stalin.

En él murieron más de veinte mil Oficiales del Ejército polaco y durante mucho tiempo la masacre fue atribuida a los nazis.

En 1.990 los rusos reconocieron la responsabilidad de la Armada Roja; en 2.010 Vladimir Putin participó en la conmemoración del 70 aniversario de la masacre.

El 15 de julio de 2.012, el Patriarca ortodoxo de Moscú y de toda Rusia, Kirill, visitó el lugar del crimen.



En una entrevista exclusiva a (Tempi), el director cinematográfico había declarado: «Hasta 1.989 hubiera sido imposible realizar una película sobre “Katyn”, porque según la versión oficial impuesta por los soviéticos, la masacre de veintidós mil Oficiales del Ejército polaco, realizada en 1.940 en los bosques de “Katyn”, había sido obra de los alemanes. En realidad, en Polonia todos sabían que los culpables eran los rusos, y nadie estaba dispuesto a rodar una película llena de mentiras; de este modo, Katyn seguía siendo una herida abierta en nuestra historia».




Francisco Javier de la Uz Jiménez



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