ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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29/3/15

CÓCTEL MOLOTOV, INVENTO NACIONAL















Tan español como la fregona.


No hay revuelta que se precie que no los haya utilizado, ni protesta revolucionaria que no los haya empleado.



Fue durante la batalla de Seseña, en el otoño de 1.936. Las Fuerzas Nacionales se acercaban a Madrid, después de haberse demorado a causa de la liberación del Alcázar de Toledo. Se trataba de alcanzar la capital con la máxima rapidez para evitar, en lo posible, la llegada del material de guerra que la Unión Soviética estaba enviando al gobierno del Frente Popular. Además, urgía aprovechar la desmoralización que se había apoderado del bando enemigo.

El ala derecha del avance Nacional se encaminó hacia la localidad toledana de Seseña. Allí aguardaban las Milicias del comunista Burillo y del General Gamir y la 1ª Brigada Mixta, de reciente creación, del también comunista Líster. Apoyando a estas nutridas fuerzas, la fuerte presencia de la aviación soviética. Y, sobre todo, una quincena de Carros de Combate T-26 enviados por la URSS –una Compañía- comandados por el letón Pavel Arman, agente soviético cuyo alias en España fue Grieser.  

   Los T-26 eran excelentes Carros para su época. Los Nacionales no tenían nada que se les pareciera, y de hecho, aún no habían llegado los blindados que enviarían los alemanes que, de todos modos, no podían compararse con los soviéticos. Así que se hallaban en franca inferioridad de condiciones frente a los Carros enemigos. Estos tenían previsto avanzar al modo de la “guerra relámpago”, secundados por las tropas de Líster, rompiendo el frente y explotando el éxito. Pero Líster falló en seguir el avance de los Carros, y los blindados se quedaron sin combustible en pleno avance, con lo que la operación se vino abajo.

Los enfrentamientos entre los débiles blindados italianos y los poderosos Carros soviéticos terminaron como era previsible. Apenas disponían los Nacionales de posibilidades de defenderse. Y en ese momento apareció un arma revolucionaria e improvisada, pero de efectos letales: la botella rellena de gasolina y taponada con un trapo, al que se prendía fuego antes de arrojar contra los carros. Su efecto era sorprendente: el combustible se desparramaba, una vez estrellado el recipiente contra las planchas de acero, y servía de canal de expansión para el fuego, que penetraba por todas partes y hacía estallar el Carro de Combate, especialmente cuando se lanzaba sobre el motor.

Si bien se ignora la autoría de tal invención, es seguro que nació de la inventiva de algún infante perteneciente a las unidades de Legionarios o de Regulares que combatieron en Seseña en octubre de 1.936. Lo que el ingenio aún no tenía, era nombre. Tardaría más de tres años en ser bautizado. Y lo sería a miles de kilómetros de allí.

La guerra de invierno

Garantizada la neutralidad alemana por el pacto recientemente firmado con el III Reich, en el otoño de 1.939 la Unión Soviética presentó una serie de reivindicaciones territoriales a Finlandia, que rechazó toda componenda, tanto por sentido del decoro nacional, como por temor a que no se tratase más de que un primer paso en la cesión de su soberanía.

El 30 de noviembre de 1.939, la aviación roja bombardeó Helsinki, causando unas 200 bajas mortales. Al principio, los soviéticos negaron su autoría. No era de extrañar: cuatro días antes habían bombardeado sus propias posiciones con artillería para fabricar un incidente que facilitase la escalada hacia la guerra. Ahora negaban haber sido los autores del bombardeo. Pero las fotografías tomadas no dejaban lugar a la duda. Se trataba de la aviación roja, enviada por Moscú.

Atrapados en una mentira que resultaba evidente para el mundo entero, los soviéticos ofrecieron una explicación alternativa: ciertamente, habían sobrevolado la capital finesa, pero lo que habían lanzado era cestos de pan a la hambrienta población –no podía ser de otra manera, tratándose de un país “fascista”. Sin sombra de rubor, tal argumentación había sido hecho pública por el ministro de exteriores (Comisario del Pueblo, en la jerga comunista) de la URSS, Viacheslav Skryabin, conocido como Molotov (“martillo”). Así que las bombas de aviación pasaron a ser conocidas como los “cestos de pan de Molotov”.

Al día siguiente, 1 de diciembre, comenzaron los combates en tierra entre los finlandeses y los soviéticos. Los primeros, abrumadoramente superados en todos los aspectos, tuvieron que vérselas con masas de blindados ante las que muy poco podían hacer. Hasta que, de entre la heroica tropa finesa, surgieron algunos indomables infantes blandiendo el artefacto que los Legionarios habían inventado en Seseña: la botella de líquido inflamable que, convenientemente manejada, destruía aquellos potentes Carros rusos. Los mismos carros detenidos en la lucha en torno a Madrid.

Los finlandeses le pusieron nombre al invento. Si las mortíferas bombas de soviéticas eran los cestos de pan de Molotov, las botellas finesas de gasolina bien podían ser cócteles. Y, ya puestos, llevar también el nombre de aquél cínico comunista.

No es casual que el cóctel Molotov fuera el fruto de la inventiva de la España Nacional pues, a las alturas del otoño de 1.936, los alzados carecían de los abundantes recursos de los que disponía el Frente Popular.

En mucha mayor medida que la ayuda germano-italiana, la soviética fue verdaderamente decisiva por cuanto llegó en el momento apropiado para detener el avance Nacional hacia Madrid, que podría haber acortado la guerra en más de dos años.

Además de ese hecho, la diferencia de los Carros de Combate enviados por los soviéticos y los alemanes fue abismal. A las poderosas máquinas de guerra rusas, los carros alemanes apenas oponían el Pzkw I, carente de cañón, y cuyo peso era la mitad del de sus enemigos. De hecho, los Nacionales utilizaron los blindados soviéticos tomados al enemigo, que fueron muchos, con preferencia a los germanos. En total, los soviéticos enviaron a España 281 Carros por los 122 de los más bien inútiles Carros alemanes.

El cóctel Molotov fue, así, la imaginativa solución que pudieron oponer unos bravos Soldados carentes de medios, al despliegue de un enemigo sobrado de ellos. Quizá por eso –porque quiebra la patraña del discurso dominante- nadie se ha detenido a reivindicar tal invento. 


Estos Soldados americanos de un grupo de Tank Destroyers, han sido instruidos en el uso de armas AT improvisadas en el caso de perder sus blindados. La foto sería de 1.942 en algún frente de la II Guerra Mundial y no parecen entusiasmados con sus cócteles molotv y "sticky bombs"



Francisco Javier de la Uz Jiménez