ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
INICIO

22/12/14

APRECIO POR EL SOLDADO


La divertida historia de la esposa del coronel y el soldado que compartió su plato con ella
Por ANTONIO MANZANO  20/12/2014
 
Releyendo los viejos relatos que dejó el conde de Clonard –un general historiador del siglo XIX- en su monumental obra “Historia Orgánica de las Armas de Infantería y Caballería españolas” me encontré con una historieta que, al principio, me dio que pensar y que, al final, me hizo sonreír.



Vengo insistiendo en que los productores de películas y de series de televisión lo tienen fácil con nuestra Historia, con mayúscula, porque les proporciona relatos de todo tipo: épicos, dramáticos y también divertidos.

Antes de contar esta historieta, conviene aclarar que ‘coronela’, como recoge el Diccionario de la Real Academia Española, es la esposa del coronel, del jefe del regimiento, aunque es un significado que no se usa ya. ‘Coronela’ también significa la antigua bandera real de los regimientos, antes de que se adoptaran las de los colores nacionales rojo-amarillo-rojo en 1843; pero estas líneas no van de banderas, sino de otras cosas más humanas.

Estando, en 1780, el regimiento de infantería América en el campo de San Roque –Cádiz-, para un nuevo intento de expulsar a los británicos de Gibraltar, se incorporó el nuevo coronel que, como era normal en ese tiempo, era mejor conocido por el título de nobleza que tenía: era el conde de Peñafiel, y su esposa la condesa de Peñafiel. Siguiendo las costumbres de aquel siglo, los oficiales del regimiento organizaron una comida en honor de ambos y, en cierto momento, el sargento mayor (este empleo se denomina en la actualidad comandante) recitó esta poesía:

“Brillante oficialidad

que con tal magnificencia

obsequias con excelencia

a esta Excelencia y beldad…

Aquí hay que interrumpir la declamación del sargento mayor y explicar la reiteración de la palabra ‘excelencia’ que, con minúscula, alude a la calidad y abundancia del banquete –excelente- y, con mayúscula, alude al tratamiento de ‘excelentísima señora’ correspondiente a la condesa. Por otra parte, ‘beldad’ es ‘mujer notable por su belleza’. Un piropo lanzaba el sargento mayor, pero sigamos con la poesía:

…del objeto la entidad

y vuestra alta profusión

hacen decir con razón

que, en aqueste día festivo,

ni cabe más en motivo

ni cabe más en función”.

Podemos suponer que la oficialidad cerró este brillante poema con aplausos dedicados tanto al sargento mayor poeta por haber, por fin, acabado, (otro día les contaré el chiste del oficial que no se reía tras el chiste del coronel) como a la condesa.

A esas palabras respondió la condesa diciendo: “No tengo yo medios, señores, para competir en el campo de Gibraltar con la profusión y finura de este brillante obsequio y aplazo para Madrid el corresponder con mi gratitud”. Estaba anunciando a los oficiales del regimiento que, cuando hubiera la ocasión propicia, les invitaría a un banquete en su residencia en la capital del reino.

Después, hicieron una visita a las instalaciones del regimiento y pasaron por donde los soldados estaban comiendo. Según el relato de Clonard que estamos siguiendo, la condesa fue recibida “con vivas y aclamaciones” seguramente porque la comida de ese día era extraordinaria o, también, porque pocos soldados habrían tenido tan cerca a una dama de tanta categoría.

Un gesto entre bromista y desafiante

En un gesto que tendría algo de desafío al estatus de la nueva coronela –una especie de prueba de fuego o de abuso de la situación-, uno de los soldados ofreció a la condesa su cuchara llena de rancho, creando una situación un tanto insólita y, es de suponer, desconcertante para todos. Este tipo de acercamientos eran impensable en aquella sociedad y ejército ya que estaban altamente jerarquizados y había grandes separaciones entre las clases.

El caso es que, siguiendo el relato de Clonard, “la condesa, que tenía mucho talento, graduó el valor que tendría no desairar al soldado y, tomándola [la cuchara] con mucha gracia, comió toda la porción”, hecho que entusiasmó a los soldados que le dieron vivas y aplausos.

La condesa se había dado cuenta de lo importante de la ocasión que ese atrevido soldado le brindaba. Porque, si no aceptaba comer de esa cuchara –que sería lo más natural en una refinada dama-, nadie se sentiría decepcionado si acompañaba a la negativa una leve sonrisa; pero si aceptaba comer ¡de la cuchara particular de un soldado! estaba dando a los soldados el mensaje de que, para ella, merecían su atención. Y si la coronela se interesaba por los soldados, el coronel no tendría más remedio que hacerlo también. Buena noticia para los soldados.



Porque ese gesto que rompía la barrera entre las clases militares y sociales era insólito en ese tiempo. ¡La coronela confraternizando con los soldados! ¡Una condesa junto a los soldados procedentes de la plebe! ¿Dónde se ha visto cosa igual? Efectivamente; podemos suponer con toda tranquilidad que la condesa pasó por un trance muy duro, aunque disimulándolo con una sonrisa; comer de la cuchara de un desconocido de la clase social más distante; que, además, la cuchara sería de madera y no de plata; que lo que tenía esa cuchara no era precisamente un plato delicado sino ‘menestra’ –la comida diaria de los soldados del siglo XVIII, un potaje de verduras, carne y tocino cocinado en grandes peroles- y, finalmente, toda esta desconcertante situación ocurría ante las expectantes miradas de los 300 soldados del batallón y de los oficiales del regimiento, con el coronel como el primer sorprendido.



Con ese gesto, la condesa de Peñafiel, es decir, la coronela del regimiento América, demostró lo que muchos deberían tener: aprecio por aquellos que, en las filas de los ejércitos, están dedicados a defender y proteger los intereses colectivos de los españoles poniendo en riesgo sus vidas.

                                                               Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda


2 comentarios:

aficionado a la historia dijo...

Con toda seguridad no nos equivocaremos, si afirmamos, que los nombres de los protagonistas eran:

El Coronel, el brigadier D. Pedro Zoilo Téllez de Girón y Pérez de Guzmán, VIII Duque de Osuna (G. de E.), VIII Marqués de Peñafiel, XII Conde de Ureña, Caballero del Toisón de Oro.

La coronela, su joven, bella, e inteligente esposa, era su sobrina María Vicenta Pacheco Téllez de Girón, hija del VII Duque de Uceda.

El Sargento Mayor, piropeador y poeta, sería el Coronel D.Joaquín de Oquendo.

Gonzalo Rodríguez-Colubi Balmaseda dijo...

Implacable puntualización, si señor.