ESE EJÉRCITO QUE VES.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás,
tratando de ser lo más,
y de parecer lo menos.
Poetas Muertos
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18/7/14

EL ASALTO AL CUARTEL DE LA MONTAÑA












El Cuartel de la Montaña, estaba situado en la montaña del Príncipe Pío, junto a la Plaza de España (Madrid); fue construido en el año 1.860 por Ángel Pozas. Desde 1.968, su solar lo ocupa el Templo de Debod.


Templo de Debod (Madrid)

El 18 de julio de 1.936, el militar encargado de sublevar Madrid designado por el General Mola para tomar el mando de la 1ª División Orgánica era el  General Rafael Villegas, pero debido a su manifiesta indecisión, es el General Joaquín Fanjul  Goñi quien se hizo cargo.

En el Cuartel de la Montaña, se alojaba un Regimiento de Infantería, otro de Zapadores Minadores y un Grupo de Alumbrado e Iluminación. El 18 de julio de 1.936 los Partidos Políticos y las Organizaciones Sindicales afiliadas al Frente Popular sospecharon que las Tropas allí acuarteladas esperaban el momento oportuno para secundar el alzamiento militar.



Cuartel de la Montaña

El Cuartel fue  protagonista de uno de los episodios más cruentos de la Guerra Civil en Madrid, puesto que allí se hicieron fuertes las tropas de los sublevados de la ciudad.



LA HERMOSA TRAGEDIA DEL CUARTEL DE LA MONTAÑA

LA SUBLEVACIÓN

         Después de una larga noche, para las gentes perseguidas por las Milicias populares rojas, ocurrió lo que nadie esperaba, “el Cuartel de la Montaña se había rendido”, cuando todos deseaban que de allí partiera el alzamiento de Madrid.

Todo Madrid pudo escuchar la nota fría y radiada por el Ministerio de la Gobernación a medio día: “El episodio del Cuartel de la Montaña ha terminado”. Por lo demás, informes vagos que corrían de boca en boca por las calles y que todo el mundo había podido escuchar. Se veían expresiones de gozo salvaje en el rostro de los milicianos, que esgrimían mosquetones reglamentarios, lucían prendas militares como trofeos de conquista, y gorros cuarteleros las prostitutas. Decían: no ha quedado un fascista en el Cuartel. Los hemos “apiolao” como ratas…

El Cuartel y sus calles aledañas estaban cercadas por la turba desde el atardecer anterior. Las Fuerzas de Policía y milicias de las Juventudes Socialistas estaban apostadas en las esquinas. Habían emplazado dos ametralladoras en los tejados de los edificios próximos al Cuartel, con ellas, dominaban la entrada del Cuartel de Zapadores y podían batir  el Pabellón del Grupo de Alumbrado. En el paseo de Rosales, había en una camioneta, Fuerzas de Asalto al mando de un Teniente apellidado Solán, que había prometido permitir el acceso al Cuartel de cuantos voluntarios se presentaban, pero traicionando su palabra, los hombres a su mando tiroteaban desde la camioneta a varios grupos de Falangistas que intentaron cruzar. Del Cuartel, salió arriesgando su vida, el Capitán Ponce de León recriminando al Teniente Solán por su conducta, pero éste, intentando excusarse con evasivas, finalmente se negó rotundamente a ayudar al Movimiento. Las milicias de las Juventudes marxistas y dos carros blindados de Asalto, mandados por un Oficial, completaron el cerco. 



Cercada la calle Luisa Fernanda, frente al Cuartel de la Montaña

(Foto de http://www.fotosmilitares.org)


La lucha sería desigual, los Oficiales caballerosos y hombres dignos y respetables tendrían  que enfrentarse con la canalla sin ley, sin freno ni escrúpulos.

 La determinación del Gobierno, fue entregar las armas al pueblo. Cumpliéndola, el día anterior se presentó en el Cuartel de la Montaña un Comandante de Artillería, ayudante de Casares Quiroga (Presidente del Gobierno hasta esa fecha), acompañado de personal del Parque de Artillería y cinco camiones. Traían de Casares la orden de hacerse cargo de 57.000 cerrojos de fusil que estaban depositados en el Cuartel de Infantería de la Montaña, pertenecientes a otros tantos fusiles que se hallaban en el Parque de Artillería, con el objeto de completar y poner a disposición de uso las armas para entregarlas a los Sindicatos y al populacho. El Comandante Mayor del Regimiento, señor Castillo, leal a la causa, se resistía a acatar la orden, a lo que el Artillero le contestó: Tengo órdenes de llevármelos conmigo inmediatamente.

Se decidió entonces consultar al Coronel Serra, Jefe del Rgto. de Infantería nº 4. Éste, salió de su despacho y después ponerse de acuerdo con el Jefe de Zapadores nº 1, Coronel Fernández de la Quintana, bajó al jardín. Allí le esperaban un grupo de Oficiales y Caballeros Cadetes, entusiastas del Movimiento. -Mi Coronel- le dijo uno de ellos: Usted sabe para qué quiere el Gobierno marxista esos cerrojos… Van a armar a la chusma contra nosotros… El Coronel serenamente contestó: Estad tranquilos, caballeros Oficiales… tengo cincuenta y siete años y no moriré siendo un traidor… La noble rebeldía estaba iniciada. Se negaron terminantemente los cerrojos. Los cinco camiones regresaron vacíos. Mientras tanto, en el Cuartel se habían tomado precauciones. Desde el anochecer empezó a notarse la afluencia de grupos en las esquinas próximas. Un taxi, ocupado por milicianos, pasó a toda velocidad por la calle de Ferraz  y desde él hicieron una descarga contra el Cuartel, repeliendo los centinelas la agresión.

Amaneció el día 19, las noticias de África confirmaban el triunfo del Movimiento, anunciando el propósito de Franco de traer sus Fuerzas a la Península. A la una de la tarde llegó el General Fanjul, vestido de civil, entró acompañado de su hijo, el Teniente Médico José Ignacio Fanjul Sedeño. Le recibieron  los Coroneles Fernández de la Quintana y Serra. Una vez cambiado, de uniforme, dirigió alocuciones a los Jefes, Oficiales y Suboficiales en todas las Unidades. A pesar de las arengas del General, hubo algunos Sargentos que, poco después, se presentaron a sus Oficiales manifestando que no se encontraban en buen estado de salud y entregaron su baja por enfermos. ¡Eran los traidores!  A todos ellos se les dio la orden de marcharse a sus cuartos de las Compañías y se les recogió el armamento.

General Joaquín Fanjul Goñi


El General, en seguida redactó para la imprenta el Bando de declaración del Estado de Guerra con diez artículos, y tomó el mando de la 1ª División Orgánica del Ejército. Mientras se esperaba que otras Guarniciones de Madrid se sumasen al Movimiento, en el Cuartel, se hacía una rápida selección, apartando y desarmando a las clases cuya adhesión era sospechosa. Los refuerzos, no llegaron, no podían llegar. La noche  trágica, se venía encima, y ya las entradas en Madrid estaban tomadas por el populacho y alrededor del Cuartel se iba formando una espesa barrera humana, erizada de fusiles y de odio.

Vistos los preparativos del enemigo, se dictaron órdenes para contrarrestarlos. Se apostaron en las ventanas del Cuartel, Soldados seleccionados, buenos tiradores. En el patio, un grupo de Sargentos y Cabos adiestraban a los Falangistas en el manejo del fusil. Se emplazaban ametralladoras en sitios estratégicos. Los Oficiales circulaban por todas partes, pronunciando arengas, estimulando a la Tropa, dando ejemplo en el esfuerzo, en el entusiasmo, en la fraternidad… 

No llegaban las Baterías artilleras anunciadas y el enemigo, mientras tanto, reforzaba el cerco. Los observadores lo confirmaban. En los solares de las antiguas Caballerizas Reales se emplazaban piezas del 155 y del 105 apuntando contra la fachada del Cuartel de Infantería. A la Plaza de España y a la calle de Ferraz llegaban otros cañones con las Fuerzas del Cuerpo de Asalto.


























Obús del 155, empleado en el asalto al Cuartel de la Montaña

A las dos de la madrugada un zumbido hondo y prolongado despierta a las Fuerzas del Cuartel de la Montaña. Eran los primeros aviones del Gobierno, que volaban sobre el Cuartel. Las comunicaciones telefónicas estaban cortadas desde antes y el enlace de la Central militar intervenido. Despertó la Tropa. Los Soldados seguían en sus respectivas Compañías; pero el aspecto del Cuartel varió. El ruido de la Aviación era constante, y era lógica la reacción de sobresalto. Con las primeras luces del alba los aviones  volvieron a volar sobre la Montaña, arrojaban proclamas, en ellas, el Gobierno se dirigía a la Tropa, aconsejándoles que matasen a sus Jefes, prometiéndoles, si lo hacían, el licenciamiento. El paqueo” desde las azoteas y balcones próximos era cada vez más intenso. Se observó desde el Cuartel que una Compañía de la Guardia Civil tomaba posiciones en sus cercanías. Los cañones de la Plaza de España y los de los jardinillos de Ferraz eran servidos por Fuerzas de Asalto.

EL CERCO

El Cuartel de la Montaña, disponía de dos Regimientos: el de Infantería de Línea nº 4 y el de Zapadores nº 1, y un Batallón de Alumbrado, haciéndose fuerte con algo más de  1.300 hombres, entre militares y civiles. Entre los primeros se encuentran 145 Oficiales y cuarenta y dos Caballeros Cadetes que estaban de permiso en Madrid; entre los segundos, 170 Falangistas. Su inferioridad numérica  respecto a los sitiadores era abrumadora. Ese día, el Cuartel es rodeado por tropas leales al Gobierno de la República, Guardias de Asalto y Milicias marxistas y la Aviación Militar. Además se unieron a estas Unidades 5.000 mineros y 2.200 presidiarios llegados de Madrid la noche anterior.

La Plaza de España, estaba tomada militarmente por dichas Fuerzas. Entre las estatuas  de Don Quijote y Sancho y al comienzo  de la calle Ferraz, se habían emplazado dos cañones Schneider de 75 mm. En la esquina de Ferraz, se situó un carro blindado, unos metros delante, numerosas ametralladoras y a pocos pasos, dos carros blindados más. Escuadrones de la Guardia Civil y de Asalto habían tomado el paseo de Rosales, la parte alta de Ferraz y las calles que lo enfilaban por su parte Este. Un cañón de 155 mm estaba emplazado en los jardinillos de Ferraz, dispuesto a tirar a cero… y todos los balcones y terrazas desde los que se denominaba el Cuartel se hallaban guarnecidos con Guardias de Asalto y milicianos. Toda esta fuerza estaba mandada por un Comandante de la Guardia Civil, por otro de Asalto, varios Capitanes y Tenientes, un Capitán de Artillería y el Teniente de Asalto, asesino de Calvo Sotelo, Máximo Moreno.

























Barricada en Plaza de  España, las Fuerzas de la Guardia Civil y Asalto organizan a los milicianos

(Foto de http://www.fotosmilitares.org)


























Blindados “Bilbao” en la Plaza de España esquina calle Ferraz

(Foto de http://www.fotosmilitares.org)


         El Comandante Hidalgo de Cisneros, ayudante del Ministro de la Guerra, llevó las órdenes escritas para efectuar el ataque. Del Parque de Artillería enviaron antes del alba gran cantidad de municiones.

         A las siete menos cuarto del día 20, los sitiadores decidieron enviar un parlamentario al Cuartel. El emisario avanza hacia él llevando al hombro, en un garrote, un pañuelo blanco; salen al paso varios Oficiales y lo conducen a presencia del Coronel Serra. Éste, con afable indiferencia,  le pregunta: Vamos a ver. ¿Qué quiere usted de mí? – Responde el sindicalista, mi Coronel, de parte de los Comandantes, que si dentro de cinco minutos, usted y sus Fuerzas no se rinden al Gobierno legítimo, serán bombardeados con tiro de cañón y aéreo. ¿Nada más?preguntó el Coronel. Nada más, respondió el emisario. Pues diga usted a los que mandan –contestó el Coronel- que yo no sé si son Comandantes, y si lo son, los desconozco; que las Fuerzas a mi mando no obedecen las órdenes de un Gobierno de asesinos. Estamos al lado del General Franco, que acaudilla el Movimiento, y la Guarnición que en toda España se ha sublevado para terminar con el deshonor y la ruina en que la República nos ha sumido. Diga usted a los que le envían que pueden empezar a bombardear cuando quieran. Nosotros no nos rendimos.

         Eran las siete en punto de la mañana, desde el Ministerio de la Gobernación, por la radio, hablaban exhortando a los sitiadores a rendirse. Arenga inútil. Desde la azotea más alta que dominaba el Cuartel, se instala de noche una receptora de radio, un amplificador y un micrófono. Un periodista de ultraizquierda dice a los Soldados del Cuartel que abandonen a sus Mandos y salgan sin armas, que les engañan éstos y que ya están licenciados.  

         Una rociada de tiros contestó, desde el Cuartel, a la sagaz arenga. Y en seguida los dos cañones del 75 mm situados en la Plaza de España lanzaron sus primeros proyectiles. La primera granada que entró en el Cuartel perforó el muro de los Pabellones donde habitaba la Oficialidad. Al sentir la explosión, varios jóvenes Falangistas se lanzaron a tierra. El Caballero Cadete Luis Barberán, que más tarde había de ser asesinado, les gritó: ¡Arriba todos! ¡Arriba España! ¡Los Cadetes no se tiran al suelo! La agresión fue bravamente repelida. Se generalizó la lucha. Un grupo de Falangistas y Caballeros Cadetes, con el Teniente Grifoll a la cabeza, hizo una salida por el gimnasio hasta la explanada del Cuartel y logró que se replegaran los milicianos que les hostigaban desde la arboleda de la plaza de España.


Cañón abriendo fuego, e impacto en el Cuartel de la Montaña


        Aumentaban sin cesar las bajas. El Cuartel de Infantería, por su fachada delantera, estaba acribillado a cañonazos. Uno de los proyectiles deshizo el Cuarto de Banderas, debido a la confusión, el Capitán marxista  detenido, Santiago Martínez, pudo salir de allí. Se marchó a las Compañías donde estaban refugiados los Soldados y Clases que no habían llegado a intervenir directamente en la lucha. Ducho en esta clase de propagandas, se dedicó a soliviantar el ánimo  de los rezagados con comentarios derrotistas, diciéndoles que todo estaba perdido y que era estúpida la defensa del Cuartel contra Fuerzas enormente superiores. Y como corroborando sus palabras desalentadoras, en aquellos instantes la Aviación roja hizo un nuevo raid sobre el Cuartel arrojando bombas. 

        Se acentuaba el mal cariz de la defensa. El General Fanjul acababa de ser herido por una esquirla de metralla levemente en la cabeza, el Coronel Serra lo estaba también en un brazo, y muchos Falangistas, Cadetes y Oficiales habían sido alcanzados por los proyectiles. Pero mientras en los parapetos y en la explanada se resistían con insuperable heroísmo los ataques, dentro del Cuartel empezaba la desmoralización. La labor del Capitán Santiago Martínez y de algunos Sargentos empezaba a dar sus frutos. Los verdaderos adictos estaban luchando en la explanada y en los parapetos. Mientras, el Capitán marxista y sus secuaces soliviantaban a la Tropa. Ellos fueron los culpables del episodio, acaso decisivo, para la suerte de los defensores del Cuartel, que se desarrolló mediada la mañana.


























Milicianos esperando el ataque al Cuartel de la Montaña

(Foto de http://www.fotosmilitares.org)


LA CAÍDA

        En la ventana de una de las Compañías del Regimiento de Infantería apareció puesta, por no se ha sabido quién –un traidor-, una bandera blanca. Los Jefes del Cuartel ignoraban esto: no lo habían autorizado, no se contó con ellos. También lo ignoraban los defensores del recinto exterior. Por eso es una trágica calumnia la versión que del suceso explotaron los del Frente Popular para propaganda… En el Cuartel de la Montaña no hubo traición por parte de los sublevados. Ni el General Fanjul, ni Mando alguno la autorizaron. Pero al verla ondear en una de las ventanas, los sitiadores, considerando el recinto rendido, se lanzaron en tropel hacía la rampa de entrada, ávidos de la presa codiciada, y los defensores cumplieron con su deber. Dispararon los morteros e hicieron funcionar frenéticamente las armas automáticas. El resultado fue una verdadera carnicería. La rampa quedó sembrada de cadáveres de asaltantes. No se rechazó el ataque sin pérdidas. El Capitán Gonzalo Menéndez recibió un tiro en el vientre. Media hora más tarde moriría.

       Los Soldados apremiados por el Capitán Martínez y por los Sargentos que lo secundaban, se habían armado y, encañonándoles con sus fusiles, procedieron a detener a los Oficiales, Cadetes, Falangistas y a los Soldados afectos. Los traidores dominaban ya el interior, con su superioridad numérica. Los defensores se veían cogidos entre dos enemigos: los que atacaban desde fuera y los que dentro se habían insubordinado. Hubo rasgos heroicos, desesperadas resistencias gloriosas. Junto a la cantina, un grupo de cinco Falangistas no quiso entregar sus armas; apretados codo con codo, se defendieron hasta agotar sus municiones. Cayeron acribillados. Un Caballero Cadete, Antonio Rodríguez Amat, se vio encañonado por numerosos fusiles y conminado a entregar el suyo, sin defensa posible, se negó a rendir el arma: Yo no doy mi fusil sino por orden de mis superiores. Lo asesinaron en el acto, cayendo acribillado. Al mismo tiempo, otros grupos de amotinados abrían a los asaltantes las puertas del Cuartel que daba al paseo de Rosales. Los Jefes y Oficiales detenidos eran encerrados en el Cuarto de Banderas y en el Comedor.



Momentos anteriores al asalto, al fondo un blindado “Bilbao”

(Foto de http://www.fotosmilitares.org)


Las milicias iniciaban la invasión del Cuartel. El espectáculo supremo de horror dantesco iba a empezar con la primera oleada de populacho frenético que irrumpió en el Cuartel, destrozando  cuanto encontraba su paso. Ciegos de odio, ni siquiera respetó a los que, desde dentro, las habían ayudado tan eficazmente al triunfo. De una de las Compañías salió un grupo de Soldados amotinados a recibirlos llevando  a manera de bandera una gran sábana blanca manchada de sangre; un Sargento de los que se habían esforzado en sublevar a la tropa, al frente del grupo, y dirigiéndose a los invasores, gritaba: ¡Hermanos! ¡Hermanos! ¡Ya está aquí el pueblo! Una descarga cerrada de los asaltantes le respondió. Cayó acribillado a balazos, y con él casi todos los Soldados del grupo. La turba se enseñó con los cadáveres: les quitaban los fusiles, les arrancaban los correajes y las cartucheras, destrozándoles las ropas. Muchos Soldados, enloquecidos por el terror, se arrodillaban implorando piedad de sus verdugos, tiraban al suelo sus guerreras, se arrancaban los emblemas… Los más miserables se mezclaban a los grupos de asesinos y los guiaban por el Cuartel, coreando sus gritos de muerte: ¡A los Oficiales! ¡A los Oficiales! 

La horda no respetó ni a los que, heridos durante la lucha, estaban en la Enfermería. Entraron en ella y remataron a todos. Al Teniente Gorozarri, herido, que pudo salvarse durante los primeros momentos, cuando lo sacaban en ambulancia, fue acribillado a navajazos por un grupo de milicianos.


























Entrada al Cuartel de la Montaña el primer grupo de atacantes

(Foto de http://www.fotosmilitares.org)


Tras el asalto a las instalaciones se producen matanzas de Oficiales, cayendo muchos heridos y otros prisioneros. Veinte de ellos, encerrados en el Cuarto de Banderas, deciden suicidarse pegándose un tiro. El enfrentamiento provoca más de 500 muertos, de ellos, se estima que la cifra de prisioneros asesinados tras la rendición es superior a 130, además de decenas de heridos. Murieron más de la mitad de los Falangistas, y algunos lograron confundirse entre los asaltantes y salvar la vida, pero otros fueron identificados  y fusilados. El General Fanjul es detenido por el Teniente Moreno, de la Guardia de Asalto y el Coronel Serra muere. Las milicias obreras se hacen con los cerrojos y fusiles. El Comandante Ramos, que vio la entrada de los asaltantes en el Cuartel, manifestó: “Cuando se vio llegar esta situación, el Coronel del Regimiento con personal del mismo y camaradas de la Falange, escondieron cajas de cerrojos de fusil e incendiando otras”.

 “Con la entrada de las masas se realizó la matanza y el tormento más grande que se ha conocido para los que dentro del Cuartel quedaban con vida. Jefes, Oficiales, Suboficiales, Sargentos, Cabos y Soldados, con Camaradas de la Falange, fueron muertos a bayonetazos, hachazos y tiros por toda aquella chusma”.



 Dando el tiro de gracia a los defensores del Cuartel de la Montaña en el patio central

(Foto de http://www.fotosmilitares.org)


     

Masa enloquecida (incluidos muchachos y mujeres) que masacra cruelmente a todo militar que encuentra a su paso. El patio central del Cuartel queda cubierto de cadáveres producto de tan salvaje y brutal matanza.












       















Un Oficial interrogado por los milicianos antes de ser fusilado

(Foto de http://www.fotosmilitares.org)

           Sobre el carácter extremadamente cruento de aquella salvaje acción, quedó el testimonio de uno de sus protagonistas: el comunista Enrique Castro Delgado, creador del 5º Regimiento de Milicias y miembro del Comité Central del Partido Comunista de España. Así lo explicó en un célebre pasaje de su libroHombres made in Moscú”:

          Ya dentro del Cuartel, alguien dice: “Allí” están los que no han escapado, serios, lívidos, rígidos… Castro sonríe al recordar la “fórmula”. “Matar…, matar, seguir matando hasta que el cansancio impida matar más… Después… Después construir el socialismo.” […] Que salgan en filas y se vayan colocando a aquella pared de enfrente, y que se queden allí de cara a la pared… ¡Daros prisa! La fórmula se convirtió en síntesis de aquella hora…, luego un disparo…, luego muchos disparos… La fórmula se había aplicado con una exactitud casi maravillosa.”

Esto es, un resumen fiel y dramático, recordando lo que el Gobierno en manos del Frente Popular llamó, lacónicamente y fríamente, “el episodio del Cuartel de la Montaña”. Fue una epopeya y el martirio de un puñado de héroes.




Cuartel después del bombardeo. El edificio, había quedado muy dañado durante el asedio, y luego, a lo largo de los 3 años que duró el “no pasarán”, aquella zona fue de las más castigadas, y recibiría el impacto de muchos proyectiles de artillería debido a su cercanía con la línea de frente. Cuando termina la Guerra es ya tan sólo un conjunto de ruinas irrecuperables, algunas de las cuales podían aún verse a principios de los años sesenta. Años después, lo que quedaba fue derribado y en su suelo se creó un enorme parque, El parque del Oeste, donde aún se pueden ver perfectamente conservadas algunas casamatas, y hace pocos años encontraron un obús sin estallar.



















Placa conmemorativa  Parque de la Montaña



Obra monumental situada como mural de una escalera y simula un parapeto de sacos terreros, realizado todo ello en piedra y sobre ellos una figura mutilada en bronce, obra de Joaquín Vaquero Turcios, inaugurada en 1.972.


JUICIO SUMARÍSIMO AL GENERAL FANJUL.  FUSILAMIENTO

El General Fanjul, que resultó herido, junto con su hijo y el Coronel Fernández de la Quintana, consiguió escapar de la matanza, siendo hecho prisionero y conducido a la Cárcel Modelo. Acusado de rebelión militar, fue juzgado, junto con el Coronel últimamente citado, en la propia prisión, en juicio sumarísimo, por la Sala VI del Tribunal Supremo. El General Fanjul, como abogado, se defendió a sí mismo. Al Coronel Fernández de la Quintana lo asistieron los letrados Fernando Cobián y Fernández de Córdoba y Manuel Carrión, este último pasante de José Antonio Primo de Rivera y ambos abogados presos en el mencionado establecimiento.

Se mantuvieron tranquilos ante sus Jueces, negándose a repudiar el Movimiento y sin arrepentirse de su participación en el mismo, proyectado para la grandeza de España. Firmaron la sentencia que les condenaba a muerte. El General Fanjul, que era viudo, contrajo matrimonio antes de ser fusilado.

Recibieron los auxilios espirituales, formalizaron su última voluntad, y al alba del 18 de agosto de 1.936, fueron entregados al pelotón encargado de hacer efectiva la sentencia.

José Ignacio Fanjul Sedeño Teniente médico, hijo del General Fanjul, fue conducido a la Cárcel Modelo de Madrid, en la que fue asesinado el 22 de agosto de 1.936 por milicianos afectos a la causa republicana.


LOS CABALLEROS CADETES

Treinta alumnos de Infantería, dos de Artillería y diez de Ingenieros habían hecho sus prácticas en el Cuartel de la Montaña, de Madrid. Cuarenta y dos Caballeros Cadetes, se encontraban allí la noche trágica del 17de julio de 1.936. En la mañana del domingo día 19, mandados por el Teniente Manuel Grifol Moreno, iban a la Iglesia de los Carmelitas de la Plaza de España; oían Misa, confesaban, comulgaban, y ofrecían sus vidas al Dios de los Ejércitos.

En la mañana siguiente, de los cuarenta y dos Caballeros Cadetes, veintiocho murieron por Dios y por la Patria en el Cuartel de la Montaña. Muy pocos días antes del asedio, los Cadetes salieron del Cuartel; habían terminado sus prácticas, tenían vacaciones, y se marcharon hacia sus respectivos lugares. Pero la noche del 17 de julio volvieron los cuarenta y dos Cadetes al Cuartel. Los había traído, desde todos los lugares, el sagrado afán de poner sus vidas al servicio de la Causa de España.

El Caballero Cadete Javier Caperochipi estaba en Valladolid, camino de San Sebastián, donde le esperaba su padre. El Cadete Francisco García estaba en Zaragoza. Ellos prefirieron acudir a la cita que la Gloria y la Muerte le habían dado en el Cuartel de la Montaña. El Caballero Cadete Rafael Domínguez Tabarés también estaba lejos, en la distancia geográfica y en los sentimientos políticos. No obstante, se presentó en el Cuartel la madrugada del 18 y dijo: Esto es una locura, no estoy de acuerdo con vosotros, pero yo quiero correr la suerte de mis compañeros. Y Dios quiso que fuera así: Domínguez Tabarés murió asesinado por las hordas.

La Teniente Manuel Grifoll Moreno, alma, hermano y jefe de aquellos cuarenta y dos Cadetes heroicos, era su maestro y les dio la lección magnífica de su ejemplo. Con él, los veintiocho mártires fueron a la Iglesia, a la batalla, y comparecieron ante Dios. Con su ejemplo, sus Cadetes fueron Caballeros a cumplir su deber, leones en el combate, mártires cristianos en la hora del supremo sacrificio. Mezcló su sangre con la de ellos y vuestro holocausto no fue estéril. “IN MEMORIAM”




Francisco Javier de la Uz Jiménez



Fuentes consultadas:

El Cuartel de la Montaña (1.940), por José María Carretero (El Caballero Audaz)

3 comentarios:

Eduardo Zamora Torres dijo...

Magnífico y documentado relato, donde se expresa lo que allí ocurrió. Que Dios quiera, que cosas como estas, no sucedan nunca más en nuestra querida España.

Anónimo dijo...

Muy buen artículo, que he leído con interés. Tengo 47 años, y familiares míos vivían en las proximidades del Paseo de Rosales en 1936. Todavía recuerdo sus relatos de lo sucedido aquellos años en Madrid. Tremenda explosión de odio y tensión acumulados. Sucesos todavía no clasificables como acciones de guerra, más bien como ajuste de cuentas ... Una barbaridad. Luego vendría la Guerra, que por ser civil... realmente nadie ganó. Es sorprendente como en los últimos años se han borrado del espacio público los símbolos del régimen instaurado por la media España que venció la contienda, por parte de los herederos de la otra media... ¿Acaso todo aquello nunca sucedió?.

Jose V. Ruiz De Eguílaz y Mondría dijo...

Recuerdo que todo comentario ANÓNIMO que sea destructivo será eliminado, como acabo de hacer. En actitud adversa, lo mínimo es dar la cara.